lunes, 27 de febrero de 2017

Gabriela Mistral: La Cenicienta




 Cenicienta, Cenicienta,
pegada al fogón se pasa
y el hollín la va cubriendo
como penitente saya.

Con la ardentez de la hoguera
se quemaron sus pestañas;
de lavar grandes mosaicos
quebrada tiene la espalda.

De amigas tiene la leña
que en el fogón arde y salta,
las sartenes hervidoras
y cuatro ratitas blancas.

Su madrastra sólo quiere
las hijas de sus entrañas;
las besa de sol a sol
y las tiene regaladas;
esclavos les dan masaje
y camareras las bañan
y entre sus brocados rojos
descansan congestionadas.
Mas son feas como el susto
de medianoche cerrada…

A veces las dos se acuerdan
de la pobre Encenizada
y le dicen:  ”Ea, ven,
péinanos, que tienes gracia,
abróchanos las hebillas
y venos tejer la danza”.

Y la pobre Cenicienta,
con una tierna mirada,
les anuda los cabellos
y arrodillada las calza.

Un día el rey dio una fiesta
por ver gracia derramada.
Para asistir a la fiesta
se preparan las hermanas.
Está ya hace cuatro días
sobre ellas la Encenizada
depilándoles las cejas,
amasando sus gargantas,
enseñando reverencias,
corrigiéndoles la danza…

Tiene quemados los dedos
de rizarlas y rizarlas;
de ceñirles la cintura
se rinde desventurada.
Y bailan siempre como ocas
y caminan desgarbadas.

Al fin se fueron al baile
y se apagó su rumor.
¡Ay!, qué callada la noche
para oírse el corazón,
¡la Cenicienta que llora
apegadita al fogón!

La llama del fuego brinca
distrayendo su aflicción;
las cuatro ratitas vienen
a mirarla alrededor.

Pero Cenicienta tiene
(¡ay!, ¡bendito sea Dios!)
hada que fue su madrina
y que se llama Esplendor.
cuando los criados duermen
con silencio de ilusión,
va abriendo puertas y puertas
y llegando hasta el fogón,
—¡Ah!, mi Cenicienta –dícele–,
ábreme tu corazón.

¿No quieres ir a la fiesta?
¿Lloras por eso mi amor?
Dícele la pobrecilla:
—Soy la hija del Tizón;
y la ceniza me cubre
hasta el mismo corazón.
El hada va sacudiéndole
con el aliento el hollín:
Cenicienta va quedando
desnuda como un jazmín.
La va mirando, mirando
y el mirarla es un cubrir
su cuerpo de velo de oro,
amaranto y carmesí.

—¡Ay!, ¡madrina!, ¿y mi carruaje?
—Hijita, ya vas a ver.
—¡Ay!, ¡madrina!, ¿y mis lacayos?
—Hijita, vienen también.
—¡Ay!…  ¿y mis palafreneros?
—Hijita, déjame hacer…

Las cuatro ratitas blancas
se hicieron caballos árabes
y los lagartos azules
dos lacayos fulgurantes,
y la calabaza vuelta
concha perla, fue carruaje.

—Mi ahijada Cenicienta,
¡acabaste de nacer!
No te reconoce tu ogro
de madrastra si te ve.
Ahora corres al baile
y bailarás como un pez:
pero por la medianoche
te despides sin volver,
porque el encanto termina
cuando el día alza la sien.
¡Cómo galopa el carruaje,
que en momentos no se ve
y la calabaza entra
en el palacio del rey!

Está el baile en su comienzo:
la sala alumbra mil lámparas
y los tocadores hieren
misterios de cobre y plata.
Del resplandor del palacio
la misma noche se aclara;
el baile se va tejiendo
a lo largo de cien salas,
y parece que es la tierra
la desposada que danza.

Rigen el rey con el príncipe
esta noche apasionada
y el orden de las parejas
que parecen marejadas
y de repente las guzlas
como los cobres se paran;
se vuelven todos los rostros:
¡va entrando la Encenizada!

Con tanta gracia camina
como la nube dorada;
con tal donaire saluda
que es como si se donara.

Aún vacilaba el príncipe
como el ciervo entre dos aguas.
Al verla sale a su encuentro
como quien entrega su alma.

Sobre la pareja cae
el millón de las miradas
y ellos pasan entre todos
ligeros como dos llamas.

Al sonar la medianoche
Cenicienta se separa
y sube al carruaje que
como jabalina escapa.

Cuando ya llegaba el día
volvieron las hermanastras
y despertó el mundo entero
al escuchar su algazara.
Desde el profundo fogón
Cenicienta viene, cándida,
y pregunta cómo ha sido
el baile de las hermanas.
Y las ogresas le cuentan
de la noche iluminada,
de la música de fuego
y de la princesa extraña
que al salir dejó la fiesta
como novia amortajada.

El rey renovó el convite
para la noche cercana,
y las ogresas partieron
en su carroza escarlata.
Y la pobre Cenicienta
en torno al fogón quedaba;
del fogón iba a la puerta
empinadita del ansia.

Llegó el hada Resplandor
y empezó a hermosearla
hasta hacerla grande de oros
como la noche estrellada.
(¡Ay, cómo va galopando
el trineo de las ratas,
y los lagartos azules
y la veloz calabaza!).

Cenicienta fue hacia el príncipe:
el príncipe le tendió
una mano en que los pulsos
se hacían puro temblor.

Pasa como un torbellino
la pareja del amor
y los ojos de las damas
echan desesperación.

Cenicienta tiene miedo
de oírse la propia voz,
porque está viviendo un sueño
tan perfecto como Dios.

Al llegar la medianoche
no oyó sonar el reloj
y al bajar las escaleras
su zapatito saltó…

Al otro día salieron
desde el palacio real
cuarenta heraldos voceando
pregón de Su Majestad:

—Que las mozas comarcanas
que el rey invitó a bailar
dejen probar en sus plantas
un zapato de cristal;
que a la dueña el mismo día
va el príncipe a desposar.
Se abrieron todas las casas
como vivas de ansiedad,
y las jóvenes hicieron
maravillas por calzar
el zapato más menudo
que la ampolla de la sal.

A casa de Cenicienta
golpeando ahora están
los heraldos.  Y las mozas
con qué jadeante afán
prueban y prueban gimiendo
el zapato sin igual.

Y del fogón Cenicienta
avanzando luego va
y las ogresas se ríen
cuando la ven alargar
su piececito de almendra,
vivo de felicidad.

Y se van enmudeciendo
las ogresas, al mirar
que el piececito se queda
en el cuenco de cristal;
y se van poniendo rojas
y terminan por llorar
viendo que la Cenicienta
con el zapato echa a andar.

Y aquella misma mañana
desposó el príncipe Sol
a María Cenicienta
veladora del tizón,
hija de ninguna madre,
desnudita hija de Dios…

sábado, 25 de febrero de 2017

Margaret Atwood: Penélope y las doce criadas (Cap. 24/29)




24
Coro: Conferencia sobre antropología

Ofrecida por: las Criadas

¿Qué le sugiere nuestro número, el de las criadas -el número doce-, a la mente cultivada? Hay doce apóstoles, hay doce meses, ¿y qué le sugiere la palabra «mes» a la mente cultivada? ¿Sí? Usted, señor, el del fondo. ¡Correcto! La división del año en meses está basada en las fases lunares, como todo el mundo sabe. Y no es casualidad, claro que no es casualidad, que fuéramos doce criadas. ¿Por qué no once, ni trece, ni las ocho lecheras del cuento? Porque no éramos simples criadas. No éramos meras esclavas y fregonas. ¡Claro que no! ¡Por supuesto que teníamos una función más elevada! ¿No seríamos las doce doncellas, en lugar de las doce criadas? ¿Las doce doncellas lunares, compañeras de Artemisa, la virginal pero mortífera diosa de la luna? ¿No seríamos ofrendas rituales, leales y obedientes sacerdotisas que primero nos permitíamos un comportamiento orgiástico con los pretendientes, propio de los ritos de fertilidad, y luego nos purificábamos lavándonos con la sangre de las víctimas masculinas -¡montones de ellas, qué gran honor para la diosa!- y renovábamos así nuestra virginidad, al igual que Artemisa renovaba la suya bañándose en un manantial teñido con la sangre de Acteón? Luego nos habríamos inmolado voluntariamente, porque era necesario, y habríamos representado la fase oscura de la luna para que el ciclo entero pudiera renovarse y la plateada diosa-luna llena pudiera elevarse una vez más. ¿Por qué habría que atribuirle a Ifigenia más generosidad y devoción que a nosotras?
Esta lectura de los acontecimientos en cuestión liga -y perdón por el juego de palabras- con la soga de barco de la que nos colgaron, pues la luna nueva es una embarcación. Y luego está el arco, que ocupa un lugar muy prominente en la historia: el arco con forma de luna menguante de Artemisa, que Odiseo utiliza para disparar una flecha que atraviesa doce hachas. ¡Doce! ¡La flecha atravesó el ojo de las doce hachas, los doce círculos con forma de luna! Y el ahorcamiento en sí... ¡piensen, queridas mentes educadas, en el significado del ahorcamiento! ¡Por encima del suelo, en el aire, conectadas al mar, gobernado por la luna, por un cordón umbilical relacionado con los barcos! ¡Vamos, hay demasiadas pistas para que no lo vean!
¿Cómo dice, señor? Usted, el del fondo. Sí, correcto, el número de meses lunares es, en efecto, trece, de modo que habríamos tenido que ser trece. Por tanto, dice usted -con cierta petulancia, podríamos añadir- que nuestra teoría sobre nosotras mismas es incorrecta, porque sólo éramos doce. Pero espere: ¡en realidad éramos trece! ¡La decimotercera era
nuestra suma sacerdotisa, la encarnación de la propia Artemisa! ¡Sí, era nada menos que la reina Penélope!
Así pues, posiblemente nuestra violación y posterior ahorcamiento representa el derrocamiento de un culto lunar transmitido por vía matrilineal por parte de un nuevo grupo de bárbaros usurpadores patriarcales adoradores de un dios padre. Su cabecilla, que evidentemente era Odiseo, habría reclamado la realeza casándose con la suma sacerdotisa de nuestro culto, es decir, con Penélope.
No, señor, esta teoría no son simples e infundadas pamplinas feministas. Comprendemos su reticencia a sacar a la luz cosas así -las violaciones y los asesinatos no son temas agradables--, pero no cabe duda de que esos derrocamientos se producían por todo el mar Mediterráneo, como en numerosas ocasiones han demostrado las excavaciones de los yacimientos arqueológicos.
No cabe duda de que aquellas hachas -que curiosamente no se emplearon como armas en la posterior matanza, que curiosamente nunca han sido explicadas de forma satisfactoria en tres mil años decomentarios- debían de ser las labrys, hachas rituales de doble hoja asociadas con el culto a la Gran Madre de los minoicos, ¡las hachas utilizadas para cortarle la cabeza al Año Rey al final de su estación de trece meses lunares! ¡Qyé profanación! ¡El insurrecto Año Rey utilizando el arco de la sacerdotisa para disparar una flecha a través de sus hachas rituales de la vida y la muerte, para demostrar su poder sobre ella! Al igual que el pene patriarcal se encarga de disparar unilateralmente en el... Pero nos estamos entusiasmando demasiado.
En el esquema prepatriarcal podría haberse celebrado una competición de tiro con arco, pero ésta se habría desarrollado de forma correcta. El ganador habría sido declarado rey ritual durante un año, y después lo habrían ahorcado (recuerden la figura del ahorcado, que sólo ha sobrevivido como una modesta carta del Tarot). También le habrían cortado los genitales, como corresponde al zángano que se ha apareado con la abeja reina. Ambos hechos, el ahorcamiento y la ablación de los genitales, habrían asegurado la fertilidad de los cultivos. Pero Odiseo, el usurpador forzudo, se negó a morir al final de su período legítimo. Ávido de una vida y un poder más prolongados, encontró sustitutos. Se cortaron genitales, pero no fueron los suyos sino los del cabrero Melancio. Hubo ahorcamiento, en efecto, pero fue a nosotras, las doce doncellas lunares, a las que colgaron en lugar de a él.
Podríamos continuar. ¿Les gustaría ver algunas vasijas pintadas, algunas tallas de diosas? ¿No? No importa. Se trata de que no se emocionen ustedes demasiado respecto a nosotras, queridas mentes educadas. No tienen que considerarnos ustedes muchachas reales, de carne y hueso, que sufrieron de verdad, que fueron víctimas de una injusticia real.

jueves, 23 de febrero de 2017

Robert Fischer: El caballero de la armadura oxidada (Cap. 3/7)




EL SENDERO DE LA VERDAD

Cuando el caballero despertó, Merlín estaba sentado silenciosamente a su lado.
- Siento no haber actuado como un caballero - dijo - Mi barba está hecha una sopa.- añadió disgustado.
- No os excuséis - dijo Merlín - Acabáis de dar el primer paso para liberaros de vuestra armadura.
- ¿Qué queréis decir?
- Ya lo veréis - replicó el Mago. Se puso de pie. Es hora de que os vayáis.
Esto molestó al caballero. Estaba empezando a disfrutar de estar en el bosque con Merlín y los animales. De cualquier manera, le parecía que no tenía adónde ir. Aparentemente, Julieta y Cristóbal no lo querían en casa. Es verdad que podía volver al asunto de la caballería e ir a alguna cruzada. Tenía muy buena reputación en batalla, y había muchos reyes que se sentirían felices teniéndolo a su lado, pero ya no le parecía que luchar pudiese tener sentido.
Merlín le recordó al caballero su nuevo propósito: liberarse de la armadura.
-¿Por qué molestarse? - preguntó el caballero ásperamente - a Julieta y a Cristóbal les daba igual si me la quito o no.
- Hacedlo por vos mismo - sugirió Merlín - El estar atrapado entro todo ese acero os ha causado muchos problemas, y las cosas empeorarán con el paso del tiempo. Incluso podríais morir a causa de una neumonía por culpa de una barba empapada.
- Supongo que sí, mi barba se ha convertido en un fastidio - replicó el caballero - Estoy cansado de cargar con ella y estoy harto de comer papillas. Ahora que lo pienso, ni siquiera me puedo rascar la espalda cuando me pica.
- ¿Y cuando fue la última vez que sentisteis el calor de un beso, olisteis la fragancia de una flor, o escuchasteis una hermosa melodía sin que vuestra armadura se interpusiera entre vosotros?
- Ya ni me acuerdo - murmuró el caballero con tristeza - Tenéis razón, Merlín. Tengo que liberarme de esta armadura por mí mismo.
- No podéis continuar viviendo y pensando como lo habéis hecho hasta ahora - dijo Merlín - Fue así como os quedasteis atrapado en ese montón de acero al principio.
- Pero, ¿cómo puedo cambiar todo eso? - preguntó el caballero intranquilo.
- No es tan difícil como parece - explicó Merlín, conduciendo al caballero hacia un sendero - Éste es el sendero que seguisteis para llegar a estos bosques.
- Yo no seguí ningún sendero - dijo el caballero - iEstuve perdido durante meses!
- La gente no suele percibir el sendero por el que transita - replicó Merlín.
- ¿Queréis decir que el sendero estaba ahí pero yo no lo podía ver?
- Sí, y podéis regresar por el mismo, si asó lo deseáis; pero conduce a la deshonestidad, la avaricia, el odio, los celos, el miedo y la ignorancia.
- ¿Estáis diciendo que yo soy todo eso? - preguntó el caballero indignado.
- En algunos momentos, sois alguna de esas cosas - admitió Merlín en voz baja.
El mago señaló hacia otro sendero. Era más estrecho que el primero y muy empinado.
- Parece una escalada difícil - observó el caballero.
- Ése - dijo Merlín asintiendo - es el Sendero de la Verdad. Se vuelve más empinado a medida que se acerca a la cima de una lejana montaña.
El caballero contempló el empinado camino sin entusiasmo.
- No estoy seguro de que valga la pena. ¿Qué conseguiré cuando llegue a la cima?
- Se trata de lo que no tendréis. - explicó Merlín - iVuestra armadura!
El caballero reflexionó sobre esto. Si regresaba por el camino por el que había venido, no tendría esperanzas de liberarse de su armadura y, probablemente moriría de soledad y fatiga. La única manera de quitarse la armadura era, por lo visto, seguir el Sendero de la Verdad, aunque pudiese, en tal caso, morir intentando trepar hacia la empinada montaña.
El caballero observó el difícil sendero que tenía delante. Luego miró hacia abajo, y contempló el acero que cubría su cuerpo.
- Está bien - dijo con resignación - Probaré el Sendero de la Verdad. Merlín asintió:
- Vuestra decisión de transitar un sendero desconocido, teniendo que cargar con una pesada armadura, requiere mucho coraje.
El caballero sabía que tenía que comenzar de inmediato, porque, si no, podría cambiar de opinión.
- Iré a buscar mi fiel caballo - dijo
- Oh, no - rebatió Merlín, moviendo la cabeza de lado a lado - El camino tiene partes demasiado estrechas para que un caballo pueda pasar. Tendréis que ir a pie.
Horrorizado, el caballero se dejó caer sobre una roca.
- Creo que prefiero morir por culpa de una barba empapada - dijo, perdiendo todo el coraje con una rapidez impresionante.
- No tendrás que viajar solo - le dijo Merlín - Ardilla os acompañará.
- ¿Qué pretendéis, que cabalgue sobre una ardilla? - preguntó el caballero, asustado ante la idea de tener por compañera en tan arduo viaje a un animal sabelotodo.
- Puede que no me puedas montar - dijo la ardilla - pero me necesitaréis para que os ayuda a comer. ¿Quien si no, masticará las nueces para vos y las pasará por vuestra visera?
Cuando Rebeca oyó la conversación, voló desde un árbol cercano y se posó en el hombro del caballero.
- Yo también os acompañaré. He estado en la cima de la montaña y conozco el camino - dijo.
La buena disposición que mostraban los dos animales para ayudarle, proporcionó al caballero el coraje que necesitaba.
"Bueno, bueno - se dijo -uno de los principales caballeros del reino necesitando que una ardilla y un pájaro le den coraje!"
Se puso de pie con gran esfuerzo, indicándole a Merlín que estaba listo para comenzar el viaje.
Mientras caminaban por el sendero, el mago sacó una exquisita llave dorada de su cuello y se la dio al caballero.
- Esta llave abrirá las puertas de los tres castillos que bloquearán vuestro camino.
-iLo sé! Gritó el caballero - Habrá una princesa en cada castillo, y mataré al dragón que la retiene y la rescataré...
-iBasta! - lo interrumpió Merlín - No habrá princesas en ninguno de estos castillos. E, incluso si las hubiese, en estos momentos no estáis capacitado para rescatar a ninguna. Tenéis que aprender a salvaros vos primero.
Tras la reprimenda, el caballero permaneció en silencio, mientras Merlín continuaba:
- El primer castillo se llama Silencio; el segundo Conocimiento y el tercero Voluntad y Osadía. Una vez hayáis entrado en ellos, encontraréis la salida sólo cuando hayáis aprendido lo que habéis ido a aprender.
Desde el punto de vista del caballero, esto no parecía tan divertido como rescatar princesas. Además, en aquel momento, visitar castillos no era lo que más le apetecía.
- ¿Por qué no puedo simplemente rodear los castillos? Preguntó malhumorado.
- Si lo hacéis, os extraviaréis del sendero y seguramente os perderéis. La única manera de llegar a la cima de la montaña es atravesando los castillos -dijo Merlín firmemente.
El caballero suspiró profundamente mientras contemplaba la empinada y estrecha senda. Desaparecía entre los altos árboles que sobresalían hacia unas nubes bajas. Presintió que este viaje sería mucho más difícil que una cruzada.
Merlín sabía lo que el caballero estaba pensando.
- Sí - afirmó - es una batalla diferente la que tendréis que librar en el Sendero de la Verdad. La lucha será aprender a amaros.
-¿Cómo haré eso? - preguntó el caballero.
-Empezaréis por aprender a conoceros - respondió Merlín - Esta batalla no se puede ganar con la espada, así que la tendréis que dejar aquí - la tierna mirada de Merlín descansó en el caballero por un momento. Luego añadió -: Si os encontráis con algo con lo que no podáis lidiar, llamadme, y yo acudiré.
- ¿Queréis decir que podéis aparecer dondequiera que yo me encuentre?
- Cualquier mago que se precie lo puede hacer - replicó Merlín. Dicho esto desapareció.
El caballero quedó asombrado.
- iPero bueno... si ha desaparecido! Ardilla asintió.
- A veces realmente la hace buena.
- Gastaréis toda vuestra energía hablando - les riño Rebeca - Pongámonos en marcha.
El yelmo del caballero emitió un chirrido cuando éste asintió. Partieron con Ardilla al frente y, detrás, el caballero con Rebeca sobre su hombro. De tanto en tanto, Rebeca volaba en misión exploratoria y volvía para informarles de lo que les esperaba más adelante.
Después de unas horas, el caballero se derrumbó, exhausto y dolorido. No estaba acostumbrado a viajar sin caballo y con la armadura puesta. Como de todas maneras era casi de noche, Rebeca y Ardilla decidieron parar para dormir.
Rebeca voló entre los arbustos y regresó con algunas bayas, que empujó a través de los orificios de la visera del caballero. Ardilla fue a un arroyo cercano y llenó algunas cáscaras de nuez con agua, que el caballero bebió con la pajita que Merlín le había proporcionado. Demasiado agotado como ara esperar a que Ardilla le preparara más nueces, se quedó dormido.
A la mañana siguiente le despertó el sol cayendo sobre sus ojos. La luminosidad le molestaba. Su visera nunca había dejado pasar tanta luz. Mientras intentaba entender este fenómeno, se dio cuenta de que Ardilla y Rebeca le estaban observando, al tiempo que parloteaban y arrullaban con excitación. Hizo un esfuerzo por sentarse y, de repente, se dio cuenta de que podía ver mucho más que el día anterior, y que podía sentir la fresca brisa en sus mejillas.
¡Una parte de su visera se había roto y se había caído! "¿Cómo habrá sucedido?", se preguntó.
Ardilla contestó a la pregunta que él no había formulado en voz alta.
- Se ha oxidado y se ha caído.
- Pero ¿Cómo? - preguntó el caballero.
- Por las lágrimas que derramasteis después de ver la carta en blanco de vuestro hijo - dijo Rebeca.
El caballero meditó sobre esto. La pena que había sentido era tan profunda que su armadura no había podido protegerle. Al contrario, sus lágrimas habían comenzado a deshacer el acero que le rodeaba.
-¡Esto es! Gritó - ¡Las lágrimas de auténticos sentimientos me liberarán de la armadura!
Se puso de pie más rápido de lo que había hecho en años.
- ¡Ardilla! ¡Rebeca! - gritó -¡Espabilad! ¡Vamos al Sendero de la Verdad!
Rebeca y Ardilla estaban tan llenas de alegría con lo que estaba sucediéndole al caballero que no le dijeron que su rima era malísima. Los tres continuaron la ascensión de la montaña. Era un día muy especial para el caballero. Notó las diminutas partículas iluminadas por el sol que flotaban en el aire, filtrándose a través de las ramas de los árboles. Miró con detenimiento las caras de algunos petirrojos y vio que no eran todas iguales. Le comentó eso a Rebeca, que dio pequeños saltitos, arrullando alegremente.
- Estáis empezando a ver las diferencias en otras formas de vida porque estáis empezando a ver las diferencias en vuestro interior.
El caballero intentó comprender qué quería decir Rebeca exactamente. Era demasiado orgulloso para preguntar, pues todavía pensaba que un caballero tenía que ser más listo que una paloma.
En ese preciso momento, Ardilla, que había ido a explorar, regresaba alborotada.
-El Castillo del Silencio está justo detrás de la próxima subida. Emocionado ante la idea de ver el Castillo, el caballero apuró el paso.
Llegó a la cima del monte sin aliento. Era verdad, el castillo se veía a lo lejos, bloqueando el sendero por completo. El caballero les confesó a Ardilla y Rebeca que estaba decepcionado. Había esperado una estructura más elegante. En lugar de eso, el Castillo del Silencio parecía uno más.
Rebeca rio y dijo:
-Cuando aprendáis a aceptar en lugar de esperar, tendréis menos decepciones.
El caballero asintió ante la sabiduría de estas palabras.
- He pasado casi toda mi vida decepcionándome. Recuerdo que, estando en la cuna, pensaba que era el bebé más bonito del mundo. Entonces mi niñera me miró y dijo: "Tenéis una cara que sólo una madre puede amar". Me sentí decepcionado por ser feo en lugar de hermoso, y me decepcionó que la niñera fuera tan poco amable.
- Si realmente os hubierais sentido hermoso, no os hubiera importado lo que ella dijo. No os hubierais sentido decepcionado - explicó Ardilla.
Esto tenía sentido para el caballero.
- Estoy empezando a pensar que los animales son más listos que las personas.
- El hecho de que podáis decir eso os hace tan listo como nosotros - replicó Ardilla.
- No creo que todo esto tenga nada que ver con ser listo - dijo Rebeca - Los animales aceptan los humanos esperan. Nunca oiréis a un conejo decir: "Espero que el sol salga esta mañana para poder ir al lago a jugar". Si el sol no sale, no le estropeará el día al conejo. Es feliz siendo un conejo.
El caballero pensó en esto. No recordaba a ninguna persona que fuera feliz simplemente por ser una persona.
Al poco rato llegaron a la puerta del enorme castillo. El caballero cogió la llave dorada de su cuello y la introdujo en la cerradura. Y mientras abría la puerta, Rebeca le dijo:
- Nosotras no iremos contigo.
El caballero, que estaba empezando a amar y a confiar en los animales, se sintió decepcionado por que no le acompañaran. Estaba a punto de decirlo, cuando se dio cuenta. Estaba esperando otra vez.
Los animales sabían que el caballero dudaba entre entrar o no en el castillo.
- Os podemos mostrar la puerta - dijo Ardilla, pero tendréis que entrar solo.

martes, 21 de febrero de 2017

Joyce Kilmer: Árboles




Creo que nunca veré
un poema tan hermoso como un árbol.
Un poema cuya boca hambrienta esté pegada
al dulce seno fluyente de la tierra;
un árbol que mira a Dios todo el día.
Y alza sus brazos frondosos para rezar.
Un árbol que en verano podría llevar
un nido de petirrojos en sus cabellos;
en cuyo pecho se ha recostado la nieve;
quien vive íntimamente con la lluvia.
Los poemas son hechos por personas como yo.
Pero solo Dios puede hacer un árbol.

domingo, 19 de febrero de 2017

Gustavo A. Bécquer: Introducción sinfónica



Por los tenebrosos rincones de mi cerebro, acurrucados y desnudos, duermen los extravagantes hijos de mi fantasía, esperando en silencio que el arte los vista de la palabra para poderse presentar decentes en la escena del mundo. Fecunda, como el lecho de amor de la miseria, y parecida a esos padres que engendran más hijos de los que pueden alimentar, mi musa concibe y pare en el misterioso santuario de la cabeza, poblándola de creaciones sin número, a las cuales ni mi actividad ni todos los años que me restan de vida serían suficientes a dar forma. 
Y aquí dentro, desnudos y deformes, revueltos y barajados en indescriptible confusión, los siento a veces agitarse y vivir con una vida oscura y extraña, semejante a la de esas miríadas de gérmenes que hierven y se estremecen en una eterna incubación dentro de las entrañas de la tierra, sin encontrar fuerzas bastantes para salir a la superficie y convertirse al beso del sol en flores y frutos. 
Conmigo van, destinados a morir conmigo, sin que de ellos quede otro rastro que el que deja un sueño de la media noche, que a la mañana no puede recordarse. En algunas ocasiones, y ante esta idea terrible, se subleva en ellos el instinto de la vida, y agitándose en terrible, aunque silencioso tumulto, buscan en tropel por donde salir a la luz, de las tinieblas en que viven. 
Pero, ¡ay, que entre el mundo de la idea y el de la forma existe un abismo que sólo puede salvar la palabra; y la palabra tímida y perezosa se niega a secundar sus esfuerzos! Mudos, sombríos e impotentes, después de Rimas 2 la inútil lucha vuelven a caer en su antiguo marasmo. Tal caen inertes en los surcos de las sendas, si cae el viento, las hojas amarillas que levantó el remolino.

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sábado, 4 de febrero de 2017

Antonio Rodríguez Almodóvar: La niña que se perdió buscando un cuento




La niña tenía tantas ganas de leer aquel cuento, que cuando llegó a la Feria del Libro se soltó de la mano de su padre y empezó a preguntar de caseta en caseta. Se lo había contado su abuela, pero lo malo es que no se acordaba del título, o no lo sabía, ni del autor, ni de la editorial, como le habían enseñado en el cole. Sólo se acordaba del argumento, que trataba de un niño que vivía solo, porque había sido abandonado por sus padres. Su único amigo era un halcón peregrino, un ave preciosa, con la que se entendía a las mil maravillas, a base de silbidos. Toda la vida la hacían juntos. Incluso cuando se dirigían al colegio por las mañanas, el animal llevaba la mochila con sus fuertes garras. Esto desataba la envidia de los compas, que por eso se metían con el niño:

-Como vives solo, cualquier día te agarra la Bruja Curuja. ¡La que se come a los niños crudos!
De esta frase la niña se acordaba perfectamente, y con ella fue preguntando de caseta en caseta. Pero ningún librero supo dar con aquel cuento. Se interrogaban unos a otros, buscaban en sus ordenadores. Nada.
-Pero, niña, ¿quién te ha contado ese cuento tan horrible? ¿Tú no sabes que los papás nunca abandonan a sus hijitos? Mira, en cambio, tengo aquí este otro cuento, muy bien ilustrado, que cuenta la historia de una niña que nunca salía sola de casa –le dijo uno. Pero aquello no le interesó para nada a la niña. Y otro:
-¿Cómo es eso de que una Bruja se comía a los niños crudos? ¡Qué asco! Mira, tengo aquí este cuento precioso, donde el lobo de Caperucita se arrepiente de lo malo que ha sido. –Aquello todavía le interesó menos a la niña. Un tercero quiso convencerla de que le comprara un libro lleno de espejitos y falsos brillantes, y un cuarto de que se llevara otro de princesas de merengue que hablaban por teléfono con la peluquería.
Cuando se convenció de que nadie parecía conocer aquel cuento, desconsolada, quiso volver con su padre. Pero entonces se dio cuenta de que se había perdido. Buscó por todas partes, abriéndose paso entre la mucha gente que visitaba la feria. Cansada de dar vueltas, sintió que nunca saldría de aquel bosque de piernas. Notó que el corazón le repicaba y miró hacia arriba, por si reconocía a alguien, pero no. Todos eran extraños y nadie se percataba de su situación. Sólo en un trocito de cielo, por entre las cabezas de los mayores, vio planear la silueta de un ave muy grande y le pareció que andaba buscándola. En aquel momento, una mano se le posó en un hombro y la niña se llevó un susto tremendo. Pero, al levantar y girar la cabeza, vio el rostro sonriente de una chica, vestida con una chaqueta verde, en la que se podía ver el anagrama del Ayuntamiento.
-Me parece que te has perdido, ¿a que sí?
Cuando su padre la encontró, en la caseta de los niños perdidos, ya la niña había empezado a usar un bloc y un bolígrafo que le habían dado para que se entretuviera. Y aunque apenas sabía escribir, empezó a inventarse una historia. Una historia de una niña a la que sólo le gustaban los cuentos que le contaba su abuela.