jueves, 19 de marzo de 2026

José Antonio Ramírez Lozano: Los motivos del lobo

El poema “Los motivos del lobo” de Ramírez Lozano dialoga de forma explícita con la tradición literaria, especialmente con el conocido texto homónimo de Rubén Darío, pero con una mirada irónica y crítica hacia la sociedad contemporánea. Aquí ya no estamos ante una fábula moralizante clásica, sino ante una relectura desencantada del mito de San Francisco de Asís y el lobo de Gubbio.
Desde el inicio, el poema plantea una ruptura: “ya ni la fe le asegura los milagros”. Ya no estamos en un marco religioso. La figura del santo aparece degradada, casi ridiculizada, al recurrir a soluciones propias del consumismo cotidiano (“el súper de la esquina”, “Royal Canin”), lo que introduce un tono irónico que atraviesa todo el poema. El milagro se sustituye por el producto comercial, evidenciando la banalización de los valores espirituales.
El lobo, por su parte, se convierte en el verdadero portavoz ideológico del texto. A diferencia de la versión clásica, donde acaba domesticado, aquí se mantiene firme en su naturaleza salvaje. Su negativa a aceptar la comida industrial o la vida doméstica simboliza una resistencia frente a la alienación moderna. En este sentido, el animal encarna el instinto, la autenticidad y una forma de verdad incómoda.
El discurso final del lobo es el núcleo crítico del poema. En él se denuncia una sociedad debilitada por el consumismo, la autoengañosa complacencia y la pérdida de instinto: “vendidos al consumo como están / de sus propios engaños”. La “bondad” que predica el santo aparece cuestionada, no como virtud, sino como signo de debilidad colectiva. Así, el poema invierte los valores tradicionales: la ferocidad del lobo se presenta como una forma de lucidez, mientras que la mansedumbre humana se revela como decadencia.
Además, el poema incorpora referencias contemporáneas (marcas comerciales, profesiones modernas, rutas geográficas concretas) que rompen el tono legendario y sitúan la acción en un contexto reconocible. Este contraste entre lo mítico y lo cotidiano refuerza el carácter paródico y crítico del texto.
En conclusión, Ramírez Lozano ofrece una reinterpretación moderna y desmitificadora del relato tradicional. El poema no solo cuestiona la vigencia de los valores religiosos, sino que lanza una crítica mordaz a la sociedad actual, dominada por el consumo y desconectada de su esencia más primaria. El mensaje final: el mundo ha cambiado tanto que ya no hay lugar para milagros ni para santos, y quizá tampoco para una bondad que ha perdido su sentido.

lunes, 16 de marzo de 2026

Vicente Aleixandre: Ciudad del paraíso

 Ciudad del Paraíso es un esfuerzo singular de creación. El poeta parte de su propia experiencia y selecciona unos recuerdos. Ahí comienza una hermosa aventura que tiene que valerse del instrumento lingüístico, pues sin él no podría referirse a sus experiencias, a sus intuiciones o a su intento de organizar esa parcela del mundo sobre la que se proyecta. Esfuerzo singular que convierte al poeta en creador y no en expositor o transmisor, pero la creación empieza al elegir una sustancia de contenido (Málaga) a la que se va dotando de una forma de contenido (los elementos simbólicos que el poeta selecciona) para después recurrir a una forma de expresión en la que vuelven a ejercitarse otra serie de lecciones, sea en cuanto a su enunciado, sea en cuanto a su distribución. Aleixandre crea su mundo evitando cualquier estridencia: la adjetivación -sobre la que apoyan sus transposiciones- está llena de júbilos y goces; en contraposición, los sustantivos sirven de fundamento a unas intenciones muy concretas, y los verbos organizan la oposición patética entre la vida fugaz del hombre y la duradera de la ciudad. Pero toda esta complejidad gramatical no es sino un discreto apuntar a hechos prodigiosos (el descubrir el mundo, la evocación, la historia) que, una vez descubiertos, sirven para trasponer el plano de la contingencia al de los valores absolutos. La anécdota que aquí se narra es un fragmento de historia vivida por el poeta, entreverada con la historia contingente de la ciudad. Es precisamente el historicismo que acertamos a descubrir lo que sustenta una realidad mítica, valedera para cualquier ocasión y circunstancia. Cualquier hombre capaz de sentir el paso del tiempo, el amor filial, el sentido del paisaje, acertará a comprender su propia ciudad del Paraíso. Pero esta validez general no puede lograrse con recursos que particularicen a la creación. El poeta recurre a seleccionar los elementos poéticos que, indeclinablemente locales, salvan la circunstancia localista y la hacen universal. Para ello busca procedimientos intensivos, el más eficaz de todos la eliminación de la metáfora en el plano de la expresión; con ello los sustantivos se hacen esencias, pero esencias válidas en sí mismas y no en la anécdota pintoresca. Son los símbolos que representan todo lo que la ciudad es y todo lo que permite que la ciudad sea en la memoria de los hombres; resulta entonces que estos sustantivos no son una pura denotación trivial, sino que connotan un mundo paradisíaco en el que el poeta vivió y en el que la ciudad sigue existiendo. El plano al que aluden estos sustantivos es el de una realidad cuya contingencia terrena fue salvada por los adjetivos que actuaron de transpositores. Allí han convergido las tensiones del poeta: la ciudad cuyos símbolos se han aprehendido es una ciudad mítica a la que vemos dentro de una creación que se mantiene virginal: como Venus flotando sobre la espuma, mientras los Vientos mecen su cabellera y el Océano la codicia para alcanzar su plenitud. El poeta no ha desmitificado las palabras, sino que las ha hecho ser recreadoras del mito, vida nueva en un mundo viejo: los ojos del niño asustados de tanto prodigio han salvado el desgaste de las cosas para hacerlas ser -de nuevo- unción paradisíaca, emoción recién estrenada en las cosas que empiezan a tener un nombre intacto todavía. Pero el discurso poético exige nuevas selecciones: el plano de la forma no se agota en la trivialidad de una ordenación vulgar. Ahora, el poeta se sitúa en la tradición literaria de su pueblo: elige un verso largo que permita la exposición remansada. Pero no se conforma con los bienes logrados por los demás. Aventura su intento y logra ritmos nuevos mezclando viejos tipos métricos y estableciendo combinaciones que -ya- parecen triviales, pero que no se habían usado, o fijando unos tipos de acentuación que obligan a una cadencia rítmica uniforme, con independencia del contar de las sílabas. Y así queda esta criatura, equilibrada en la forma de su contenido, equilibrada en la forma de su expresión; sin gangas extrañas ni concesiones pintorescas. Todo fruto de una sabia eliminación, que nos deja -sólo- los elementos imprescindibles, porque de los demás el poeta ha sabido prescindir. Y como cobijo de estas selecciones, otra sagaz y ecuánime, el metro innovador y clásico a la vez. Viejo y nuevo juntamente, como el soplo del Creador sobre las criaturas: continuada efusión de amor que se repite en cada nueva vida, aunque su brisa nos llegue desde la aurora de la eternidad.

Manuel Alvar
Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes

jueves, 12 de marzo de 2026

José Ángel Buesa: Carta sin fecha

 El poema “Carta sin fecha” de José Ángel Buesa se caracteriza por un tono íntimo, melancólico y profundamente sentimental. A través de la forma de una carta que nunca llega a situarse en un momento concreto, el poeta construye un espacio emocional suspendido en el tiempo, donde el recuerdo y la ausencia se convierten en los verdaderos protagonistas.

El poema gira en torno al amor perdido y la persistencia del recuerdo. La “carta” funciona como símbolo de comunicación imposible: el hablante poético escribe a alguien ausente, quizá definitivamente perdido. La ausencia de fecha refuerza la idea de que el sentimiento no pertenece a un momento específico, sino que permanece vivo más allá del tiempo. De este modo, el poema sugiere que el amor y la nostalgia pueden sobrevivir incluso cuando la relación ya ha terminado.

Buesa utiliza un lenguaje claro y directo, rasgo típico de su obra. No busca una complejidad formal excesiva, sino una expresión emocional accesible. Esta sencillez permite que el lector se identifique fácilmente con la experiencia del hablante.
El poema destaca por el uso de imágenes ligadas a la memoria, la distancia y el paso del tiempo. La estructura epistolar crea cercanía y da la impresión de que el lector está presenciando una confesión íntima. Además, el ritmo pausado y la repetición de ideas relacionadas con la ausencia contribuyen a construir una atmósfera de nostalgia constante.

martes, 10 de marzo de 2026

Ana María Matute: Envidia

 Envidia es un cuento de Ana María Matute, publicado en 1961 en el libro Historias de la Artámila. Narra la historia de Martina, una criada alta, fuerte y de carácter áspero, temida en la cocina por su genio y por no tolerar burlas ni confidencias. Su figura imponente y su aparente autosuficiencia hacen pensar que nada puede afectarla. Sin embargo, una noche de invierno, durante una conversación sobre la envidia, sorprende a todos al dejar entrever que, tras su dureza, se esconde una herida silenciosa, arraigada en lo más íntimo de su memoria.