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jueves, 27 de agosto de 2020

Gabriel García Márquez: Crónica de una muerte anunciada (Audiolibro completo)

El día en que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5.30 de la mañana para esperar el buque en que llegaba el obispo. Había soñado que atravesaba un bosque de higuerones donde caía una llovizna tierna, y por un instante fue feliz en el sueño, pero al despertar se sintió por completo salpicado de cagada de pájaros. «Siempre soñaba con árboles», me dijo Plácida Linero, su madre, evocando 27 años después los pormenores de aquel lunes ingrato. «La semana anterior había soñado que iba solo en un avión de papel de estaño que volaba sin tropezar por entre los almendros», me dijo. Tenía una reputación muy bien ganada de interprete certera de los sueños ajenos, siempre que se los contaran en ayunas, pero no había advertido ningún augurio aciago en esos dos sueños de su hijo, ni en los otros sueños con árboles que él le había contado en las mañanas que precedieron a su muerte. 

 Sigue el texto completo


jueves, 14 de mayo de 2020

Horacio Quiroga: A la deriva


El hombre echó una veloz ojeada a su pie, donde dos gotitas de sangre engrosaban dificultosamente, y sacó el machete de la cintura. La víbora vio la amenaza, y hundió más la cabeza en el centro mismo de su espiral; pero el machete cayó de lomo, dislocándole las vértebras.

El hombre se bajó hasta la mordedura, quitó las gotitas de sangre, y durante un instante contempló. Un dolor agudo nacía de los dos puntitos violetas, y comenzaba a invadir todo el pie. Apresuradamente se ligó el tobillo con su pañuelo y siguió por la picada hacia su rancho.

El dolor en el pie aumentaba, con sensación de tirante abultamiento, y de pronto el hombre sintió dos o tres fulgurantes puntadas que, como relámpagos, habían irradiado desde la herida hasta la mitad de la pantorrilla. Movía la pierna con dificultad; una metálica sequedad de garganta, seguida de sed quemante, le arrancó un nuevo juramento.

Llegó por fin al rancho y se echó de brazos sobre la rueda de un trapiche. Los dos puntitos violeta desaparecían ahora en la monstruosa hinchazón del pie entero. La piel parecía adelgazada y a punto de ceder, de tensa. Quiso llamar a su mujer, y la voz se quebró en un ronco arrastre de garganta reseca. La sed lo devoraba.

-¡Dorotea! -alcanzó a lanzar en un estertor-. ¡Dame caña1!

Su mujer corrió con un vaso lleno, que el hombre sorbió en tres tragos. Pero no había sentido gusto alguno.

-¡Te pedí caña, no agua! -rugió de nuevo-. ¡Dame caña!

-¡Pero es caña, Paulino! -protestó la mujer, espantada.

-¡No, me diste agua! ¡Quiero caña, te digo!

La mujer corrió otra vez, volviendo con la damajuana. El hombre tragó uno tras otro dos vasos, pero no sintió nada en la garganta.

-Bueno; esto se pone feo -murmuró entonces, mirando su pie lívido y ya con lustre gangrenoso. Sobre la honda ligadura del pañuelo, la carne desbordaba como una monstruosa morcilla.

Los dolores fulgurantes se sucedían en continuos relampagueos y llegaban ahora a la ingle. La atroz sequedad de garganta que el aliento parecía caldear más, aumentaba a la par. Cuando pretendió incorporarse, un fulminante vómito lo mantuvo medio minuto con la frente apoyada en la rueda de palo.

Pero el hombre no quería morir, y descendiendo hasta la costa subió a su canoa. Sentose en la popa y comenzó a palear hasta el centro del Paraná. Allí la corriente del río, que en las inmediaciones del Iguazú corre seis millas, lo llevaría antes de cinco horas a Tacurú-Pucú.

El hombre, con sombría energía, pudo efectivamente llegar hasta el medio del río; pero allí sus manos dormidas dejaron caer la pala en la canoa, y tras un nuevo vómito -de sangre esta vez- dirigió una mirada al sol que ya trasponía el monte.

La pierna entera, hasta medio muslo, era ya un bloque deforme y durísimo que reventaba la ropa. El hombre cortó la ligadura y abrió el pantalón con su cuchillo: el bajo vientre desbordó hinchado, con grandes manchas lívidas y terriblemente doloroso. El hombre pensó que no podría jamás llegar él solo a Tacurú-Pucú, y se decidió a pedir ayuda a su compadre Alves, aunque hacía mucho tiempo que estaban disgustados.

La corriente del río se precipitaba ahora hacia la costa brasileña, y el hombre pudo fácilmente atracar. Se arrastró por la picada en cuesta arriba, pero a los veinte metros, exhausto, quedó tendido de pecho.

-¡Alves! -gritó con cuanta fuerza pudo; y prestó oído en vano.

-¡Compadre Alves! ¡No me niegue este favor! -clamó de nuevo, alzando la cabeza del suelo. En el silencio de la selva no se oyó un solo rumor. El hombre tuvo aún valor para llegar hasta su canoa, y la corriente, cogiéndola de nuevo, la llevó velozmente a la deriva.

El Paraná corre allí en el fondo de una inmensa hoya, cuyas paredes, altas de cien metros, encajonan fúnebremente el río. Desde las orillas bordeadas de negros bloques de basalto, asciende el bosque, negro también. Adelante, a los costados, detrás, la eterna muralla lúgubre, en cuyo fondo el río arremolinado se precipita en incesantes borbollones de agua fangosa. El paisaje es agresivo, y reina en él un silencio de muerte. Al atardecer, sin embargo, su belleza sombría y calma cobra una majestad única.

El sol había caído ya cuando el hombre, semitendido en el fondo de la canoa, tuvo un violento escalofrío. Y de pronto, con asombro, enderezó pesadamente la cabeza: se sentía mejor. La pierna le dolía apenas, la sed disminuía, y su pecho, libre ya, se abría en lenta inspiración.

El veneno comenzaba a irse, no había duda. Se hallaba casi bien, y aunque no tenía fuerzas para mover la mano, contaba con la caída del rocío para reponerse del todo. Calculó que antes de tres horas estaría en Tacurú-Pucú.

El bienestar avanzaba, y con él una somnolencia llena de recuerdos. No sentía ya nada ni en la pierna ni en el vientre. ¿Viviría aún su compadre Gaona en Tacurú-Pucú? Acaso viera también a su ex patrón mister Dougald, y al recibidor del obraje.

¿Llegaría pronto? El cielo, al poniente, se abría ahora en pantalla de oro, y el río se había coloreado también. Desde la costa paraguaya, ya entenebrecida, el monte dejaba caer sobre el río su frescura crepuscular, en penetrantes efluvios de azahar y miel silvestre. Una pareja de guacamayos cruzó muy alto y en silencio hacia el Paraguay.

Allá abajo, sobre el río de oro, la canoa derivaba velozmente, girando a ratos sobre sí misma ante el borbollón de un remolino. El hombre que iba en ella se sentía cada vez mejor, y pensaba entretanto en el tiempo justo que había pasado sin ver a su ex patrón Dougald. ¿Tres años? Tal vez no, no tanto. ¿Dos años y nueve meses? Acaso. ¿Ocho meses y medio? Eso sí, seguramente.

De pronto sintió que estaba helado hasta el pecho.

¿Qué sería? Y la respiración…

Al recibidor de maderas de mister Dougald, Lorenzo Cubilla, lo había conocido en Puerto Esperanza un viernes santo… ¿Viernes? Sí, o jueves…

El hombre estiró lentamente los dedos de la mano.

-Un jueves…

Y cesó de respirar.

miércoles, 25 de diciembre de 2019

Gabriel García Márquez: El avión de la Bella Durmiente



Era bella, elástica, con una piel tierna del color del pan y los ojos de almendras verdes, y tenía el cabello liso y negro y largo hasta la espalda, y una aura de antigüedad que lo mismo podía ser de Indonesia que de los Andes. Estaba vestida con un gusto sutil: chaqueta de lince, blusa de seda natural con flores muy tenues, pantalones de lino crudo, y unos zapatos lineales del color de las buganvilias. “Esta es la mujer más bella que he visto en mi vida”, pensé, cuando la vi pasar con sus sigilosos trancos de leona, mientras yo hacía la cola para abordar el avión de Nueva York en el aeropuerto Charles de Gaulle de París. Fue una aparición sobrenatural que existió sólo un instante y, desapareció en la muchedumbre del vestíbulo.
         Eran las nueve de la mañana. Estaba nevando desde la noche anterior, y el tránsito era más denso que de costumbre en las calles de la ciudad, y más lento aún en la autopista, y había camiones de carga alineados a la orilla, y automóviles humeantes en la nieve. En el vestíbulo del aeropuerto, en cambio, la vida seguía en primavera.
         Yo estaba en la fila de registro detrás de una anciana holandesa que demoró casi una hora discutiendo el peso de sus once maletas. Empezaba a aburrirme cuando vi la aparición instantánea que me dejó sin aliento, así que no supe cómo terminó el altercado, hasta que la empleada me bajó de las nubes con un reproche por mi distracción. A modo de disculpa le pregunté si creía en los amores a primera vista. “Claro que sí”, me dijo. “Los imposibles son los otros”. Siguió con la vista fija en la pantalla, de la computadora, y me preguntó qué asiento prefería: fumar o no fumar.
         —Me da lo mismo —le dije con toda intención—, siempre que no sea al lado de las once maletas.
         Ella lo agradeció con una sonrisa comercial sin apartar la vista de la pantalla fosforescente.
         —Escoja un número —me dijo—: tres, cuatro o siete.
         —Cuatro.
         Su sonrisa tuvo un destello triunfal.
         —En quince años que llevo aquí —dijo—, es el primero que no escoge el siete.
         Marcó en la tarjeta de embarque el número del asiento y me la entregó con el resto de mis papeles, mirándome por primera vez con unos ojos color de uva que me sirvieron de consuelo mientras volvía a ver la bella. Sólo entonces me advirtió que el aeropuerto acababa de cerrarse y todos los vuelos estaban diferidos.
         —¿Hasta cuándo?
         —Hasta que Dios quiera —dijo con su sonrisa. La radio anunció esta mañana que será la nevada más grande del año.
         Se equivocó: fue la más grande del siglo. Pero en la sala de espera de la primera clase la primavera era tan real que había rosas vivas en los floreros y hasta la música enlatada parecía tan sublime y sedante como lo pretendían sus creadores. De pronto se me ocurrió que aquel era un refugio adecuado para la bella, y la busqué en los otros salones, estremecido por mi propia audacia. Pero la mayoría eran hombres de la vida real que leían periódicos en inglés mientras sus mujeres pensaban en otros, contemplando los aviones muertos en la nieve a través de las vidrieras panorámicas, contemplando las fábricas glaciales, los vastos sementeras de Roissy devastados por los leones. Después del mediodía no había un espacio disponible, y el calor se había vuelto tan insoportable que escapé para respirar.
         Afuera encontré un espectáculo sobrecogedor. Gentes de toda ley habían desbordado las salas de espera, y estaban acampadas en los corredores sofocantes, y aun en las escaleras, tendidas por los suelos con sus animales y sus niños, y sus enseres de viaje. Pues también la comunicación con la ciudad estaba interrumpida, y el palacio de plástico, transparente parecía una inmensa cápsula espacial varada en la tormenta. No pude evitar la idea de que también la bella debía estar en algún lugar en medio de aquellas hordas mansas, y esa fantasía me infundió nuevos ánimos para esperar.
         A la hora del almuerzo habíamos asumido nuestra conciencia de náufragos. Las colas se hicieron interminables frente a los siete restaurantes, las cafeterías, los bares atestados, y en menos de tres horas tuvieron que cerrarlos porque no había nada qué comer ni beber. Los niños, que por un momento parecían ser todos los del mundo, se pusieron a llorar al mismo tiempo, y empezó a levantarse de la muchedumbre un olor de rebaño. Era el tiempo de los instintos. Lo único que alcancé a comer en medio de la rebatiña fueron los dos últimos vasos de helado de crema en una tienda infantil. Me los tomé poco a poco en el mostrador, mientras los camareros ponían las sillas sobre las mesas a medida que se desocupaban, y viéndome a mí mismo en el espejo del fondo, con el último vasito de cartón y la última cucharita de cartón, y pensando en la bella.
         El vuelo de Nueva York, previsto para las once de la mañana, salió a las ocho de la noche. Cuando por fin logré embarcar, los pasajeros de la primera clase estaban ya en su sitio, y una azafata me condujo al mío. Me quedé sin aliento. En la poltrona vecina, junto a la ventanilla, la bella estaba tomando posesión de su espacio con el dominio de los viajeros expertos. “Si alguna vez escribiera esto, nadie me lo creería”, pensé. Y apenas si intenté en mi media lengua un saludo indeciso que ella no percibió.
         Se instaló como para vivir muchos años, poniendo cada cosa en su sitio y en su orden, hasta que el lugar quedó tan bien dispuesto como la casa ideal donde todo estaba al alcance de la mano. Mientras lo hacía, el sobrecargo nos llevó la champaña de bienvenida. Cogí una copa para ofrecérsela a ella, pero me arrepentí a tiempo. Pues sólo quiso un vaso de agua, y le pidió al sobrecargo, primero en un francés inaccesible y luego en un inglés apenas más fácil, que no la despertara por ningún motivo durante el vuelo. Su voz grave y tibia arrastraba una tristeza oriental.
         Cuando le llevaron el agua, abrió sobre las rodillas un cofre de tocador con esquinas de cobre, como los baúles de las abuelas, y sacó dos pastillas doradas de un estuche donde llevaba otras de colores diversos. Hacía todo de un modo metódico y parsimonioso, como si no hubiera nada que no estuviera previsto para ella desde su nacimiento. Por último bajó la cortina de la ventana, extendió la poltrona al máximo, se cubrió con la manta hasta la cintura sin quitarse los zapatos, se puso el antifaz de dormir, se acostó de medio lado en la poltrona, de espaldas a mí, y durmió sin una sola pausa, sin un suspiro, sin un cambio mínimo de posición, durante las ocho horas eternas y los doce minutos de sobra que duró el vuelo a Nueva York.
         Fue un viaje intenso. Siempre he creído que no hay nada más hermoso en la naturaleza que una mujer hermosa, de modo que me fue imposible escapar ni un instante al hechizo de aquella criatura de fábula que dormía a mi lado. El sobrecargo había desaparecido tan pronto como despegamos, y fue reemplazado por una azafata cartesiano que trató de despertar a la bella para darle el estuche de tocador y los auriculares para la música. Le repetí la advertencia que ella le había hecho al sobrecargo, pero la azafata insistió para oír de ella misma que tampoco quería cenar. Tuvo que confirmárselo el sobrecargo, v aun así me reprendió porque la bella no se hubiera colgado en el cuello el cartoncito con la orden de no despertarla.
         Hice una cena solitaria, diciéndome en silencio lo que le hubiera dicho a ella si hubiera estado despierta. Su sueño era tan estable, que en cierto momento tuve la inquietud de que las pastillas que se había tomado no fueran para dormir sino para morir. Antes de cada trago, levantaba la copa y brindaba.
         —A tu salud, bella.
         Terminada la cena apagaron las luces, dieron la película para nadie, y los dos quedamos solos en la penumbra del mundo. La tormenta más grande del siglo había pasado, y la noche del Atlántico era inmensa y límpida, y el avión parecía inmóvil entre las estrellas. Entonces la contemplé palmo a palmo durante varias horas, y la única señal de vida que pude percibir fueron las sombras de los sueños que pasaban por su frente como las nubes en el agua. Tenía en el cuello una cadena tan fina que era casi invisible sobre su piel de oro, las orejas perfectas sin puntadas para los aretes, las uñas rosadas de la buena salud, y un anillo liso en la mano izquierda. Como no parecía tener más de veinte años me consolé con la idea de que no fuera un anillo de bodas sino el de un noviazgo efímero. “Saber que duermes tú, cierta, segura, cauce fiel de abandono, línea pura, tan cerca de mis brazos maniatados”, pensé, repitiendo en la cresta de espumas,de champaña el soneto magistral de Gerardo Diego. Luego extendí la poltrona a la altura de la suya, y quedamos acostados más cerca que en una cama matrimonial. El clima de su respiración era el mismo de la voz, y su piel exhalaba un hálito tenue que sólo podía ser el olor propio de su belleza. Me parecía increíble: en la primavera anterior había leído una hermosa novela de Yasunarl Kawabata sobre los ancianos burgueses de Kyoto que pagaban sumas enormes para pasar la noche contemplando a las muchachas más bellas de la ciudad, desnudas y narcotizadas, mientras ellos agonizaban de amor en la misma cama. No podían despertarlas, ni tocarlas, y ni siquiera lo intentaban, porque la esencia de¡ placer era verlas dormir. Aquella noche, velando el sueño de la bella, no sólo entendí aquel refinamiento senil, sino que lo viví a plenitud.
         —Quién iba a creerlo —me dije, con el amor propio exacerbado por la champaña—: Yo, anciano japonés a estas alturas.
         Creo que dormí varias horas, vencido por la champaña y los fogonazos mudos de la película, Y desperté con la cabeza agrietada. Fui al baño. Dos lugares detrás del mío yacía la anciana de las once maletas despatarrada de mala manera en la poltrona. Parecía un muerto olvidado en el campo de batalla. En el suelo, a mitad del pasillo, estaban sus lentes de leer con el collar de cuentas de colores, y por un instante disfruté de la dicha mezquina de no recogerlos.
         Después de desahogarme de los excesos de champaña me sorprendí a mí mismo en el espejo, indigno y feo, y me asombré de que fueran tan terribles los estragos del amor. De pronto el avión se fue a pique, se enderezó como pudo, y prosiguió volando al galope. La orden de volver al asiento se encendió. Salí en estampida, con la ilusión de que sólo las turbulencias de Dios despertaran a la bella, y que tuviera que refugiarse en mis brazos huyendo del terror. En la prisa estuve a punto de pisar los lentes de la holandesa, y me hubiera alegrado. Pero volví sobre mis pasos, los recogí, y se los puse en el regazo, agradecido de pronto de que no hubiera escogido antes que yo el asiento número cuatro.
         El sueño de la bella era invencible. Cuando el avión se estabilizó, tuve que resistir la tentación de sacudirla con cualquier pretexto, porque lo único que deseaba en aquella última hora de vuelo era verla despierta, aunque fuera enfurecida, para que yo pudiera recobrar mi libertad, y tal vez mi juventud. Pero no fui capaz. “Carajo”, me dije, con un gran desprecio. “¡Por qué no nací Tauro!”.
         Despertó sin ayuda en el instante en que se encendieron los anuncios del aterrizaje, y estaba tan bella y lozana como si hubiera dormido en un rosal. Sólo entonces caí en la cuenta de que los vecinos de asiento en los aviones, igual que los matrimonios viejos, no se dan los buenos días al despertar. Tampoco ella. Se quitó el antifaz, abrió los ojos radiantes, enderezó la poltrona, tiró a un lado la manta, se sacudió las crines que se peinaban solas con su propio peso, volvió a ponerse el cofre en las rodillas, y se hizo un maquillaje rápido y superfluo, que le alcanzó justo para no mirarme hasta que la puerta se abrió. Entonces se puso la chaqueta de lince, pasó casi por encima de mí con una disculpa convencional en castellano puro de las Américas, y se fue sin despedirse siquiera, sin agradecerme al menos lo mucho que hice por nuestra noche feliz, y desapareció hasta el sol de hoy en la amazonia de Nueva York.

Junio 1982.

miércoles, 10 de mayo de 2017

El cuaderno que descubre el amor entre Rubén Darío y Francisca

A Francisca

Ajena al dolo y al sentir artero,
Llena de la ilusión que da la fe,
Lazarillo de Dios en mi sendero,
Francisca Sánchez, acompaña-mé…..
En mi pensar de duelo y de martirio
Casi inconsciente me pusiste miel.
Multiplicaste pétalos de lirio
Y refrescaste la hoja de laurel.
Ser cuidadosa del dolor supiste
Y elevarte al amor sin comprender.
Enciendes luz en las horas del triste,
Pones pasión donde no puede haber.
Seguramente Dios te ha conducido
Para regar el árbol de mi fe.
!Hacia la fuente de noche y de olvido,
Francisca Sánchez, acompaña-mé….!
(21 de febrero de 1914)
El 6 de febrero de 1916 murió Rubén Darío en León de Nicaragua.  Lejos, en España, sola con su hijo, quedó Francisca Sánchez, su último y grande amor.
Esta es la historia:
La Sierra de Gredos, alta y fría, divide las provincias de Ávila y Toledo, en el corazón de Castilla la Vieja. Entre Teresa de Jesús y El Greco se recoge en el puño de los montes una pequeña aldea: Navalsaúz.
De un lado, las torres de la catedral de Ávila y sus viejas murallas imponentes. Del otro, el río Tajo que refleja los cielos tempestuosos de Toledo y guarda en sus orillas, entre juncos y cigarrales, la huella poética de Garcilaso de la Vega.
La aldea es tan pequeña que casi no figura en los mapas. Es como tantos otros pueblos de Castilla, olvidados y silenciosos, que viven hacia adentro, en sus casas de paredes blancas de cal. Don Quijote y Sancho parecen a punto de salir al encuentro del viajero en las calles empedradas y oscuras. Navalsaúz es pobre y en el invierno, el terrible invierno de Castilla, escasea la lumbre y las mujeres se envuelven, ateridas, en sus mantos negros. Todas parecen entonces viudas, viudas inconsolables y llorosas.
Entre ellas durante mucho tiempo una, Francisca. Viuda en realidad de sí misma o de un sueño. Alta y fuerte, recogidos hacia atrás los cabellos donde brillaban unas cuantas canas, Francisca Sánchez vivía pobre, triste y olvidada en Navalsaúz.
Con ella su tesoro. Dos grandes baúles llenos de papeles, cartas, borradores de poemas. El archivo de Rubén Darío que Francisca, su compañera durante quince años, guardaba religiosamente con veneración, con angustia y amor.
Madrid 1901
Francisca era una sencilla campesina española. Tenía dieciséis años y ni siquiera sabía leer o escribir cuando Rubén Darío la conoció en 1901 y la llevó consigo desde entonces. Vivió en París con él, en el ambiente bohemio y feliz de la Francia de principios del siglo veinte, cuando la primera guerra mundial todavía no encapotaba, amenazante, el despreocupado horizonte de la Bella Época.
Tuvieron un hijo que se llamó Rubén. Rubén Darío Sánchez. Después de su encuentro con el poeta Francisca aprendió a leer, escribir y hablar correctamente. Fueron los años de más brillante producción de Darío y de su mayor influencia en la vida literaria de España y América. A veces pobre, de repente rico, cuando representaba a su país como diplomático. La mayor parte del tiempo vivía escasamente, con el producto de sus crónicas periodísticas y las ediciones de sus libros. Siempre tuvo a Francisca a su lado, pero ella pocas veces pasaba al primer plano.
En París, en medio de la bohemia literaria, había para ella sitio al lado del poeta. En París hay un lugar para todo.  Pero en los altos medios diplomáticos y sociales, Francisca no debía aparecer. Seguramente ocupó siempre ese lugar escondido, silencioso, amoroso, que tuvo en la vida de Amado Nervo la rubia francesita Ana Cecilia Dailliez. Cuando Rubén Darío estaba en lo alto, Francisca Sánchez aparentemente se esfumaba y surgía de Nuevo, visible a su lado, cuando el oropel de la gloria desaparecía.
Como en aquel verano doloroso para Antonio Machado, cuando Leonor Izquierdo, la esposa casi niña, tuvo los primeros síntomas de la enfermedad que pronto la llevaría a la tumba. Francisca Sánchez la cuidó amorosamente y Rubén Darío apoyó a Machado, para que pudiera regresar con Leonor a España.
La Decadencia Trágica
La carrera de Rubén Darío en el servicio exterior de Nicaragua se cortó bruscamente. Tan bruscamente como la de José Asunción Silva en la diplomacia colombiana. Se dice que a Rubén Darío le costó caro uno de sus poemas, que no agradó a los gobernantes de Nicaragua en aquel tiempo.
La salud del poeta y su estabilidad económica comenzaron a derrumbarse al mismo tiempo y pensó en volver a América. Lo decidió a cumplir su propósito el estallido de la Primera Guerra Mundial, la misma que él había vaticinado años antes en su poema a Francia:
Los bárbaros, Francia! Los bárbaros, cara Lutecia!
Bajo áurea rotonda reposa tu gran paladín.
Del cíclope al golpe ¿qué pueden las risas de Grecia?
¿qué pueden las Gracias si Herakles agita su crin?
“Del cíclope al golpe” desapareció la Revista Mundial donde colaboraba. Ya no tenía ningún cargo oficial. Su única entrada fija se la daba La Nación de Buenos Aires por sus crónicas. La situación económica empeoraba y la guerra ensombrecía el horizonte europeo.
Fue entonces cuando Alejandro Bermúdez, un amigo nicaragüense, le propuso una serie de conferencias en los Estados Unidos, Centroamérica y posiblemente América del Sur. El poeta aceptó. Pero no podía llevar consigo a Francisca ni a su hijo, que tenía para entonces doce o trece años.
Francisca se quedó en España, Rubén Darío viajó a los Estados Unidos a fines de 1914 y después de muchos meses de avatares económicos, amarguras y esperanzas truncas, murió en León de Nicaragua el 16 de febrero de 1916.
Sobre la cabeza de Francisca se desataron más desgracias. Su madre y sus hermanos fueron muriendo, uno tras otro. Al luto por Rubén Darío se sumaron otros cinco con fulminante rapidez. Francisca estaba sola y muy pobre. Algún tiempo más tarde hizo, con esfuerzos sobrehumanos, un viaje a Nicaragua con su hijo para visitar la tumba de Rubén Darío y pedir ayuda para la educación del muchacho al gobierno de Nicaragua.
Rubén Darío Sánchez se quedó en Nicaragua y Francisca regresó a Castilla. Pasaron los años. Un hombre español, sincero y bueno, se casó con ella. Tuvieron una hija. Rubén Darío Sánchez, ya hombre, ingresó a la carrera diplomática en Nicaragua, seguramente ayudado por la poderosa influencia de amigos del poeta tan importantes como los Debayle. Pero murió a los 39 o 40 años, cuando se encontraba en México, donde desempeñaba un cargo bastante gris en la embajada nicaragüense.
El Archivo de Rubén Darío
Hacia el refugio de Francisca en Navalsaúz viajaron constantemente periodistas y escritores, impulsados por la curiosidad de conocer el archivo de Darío. Francisca, si bien concedió acceso a los papeles a algunos de los visitantes, entre ellos el argentino Alberto Ghiraldo, se negaba a vender las preciosas cartas. El marido español murió, se casó la hija y enviudó a su vez. En mundo en su frenético girar se olvidaba, poco a poco, de Francisca Sánchez.
Hasta que un día emprendieron el pesado y largo viaje desde Madrid hasta Navalsaúz dos escritores: Antonio Oliver, catedrático de la Universidad de Madrid y su esposa, la novelista, poeta y académica Carmen Conde. Oliver se había propuesto crear un Seminario de Literatura Hispanoamericana y quería, a toda costa, rescatar los papeles de Rubén Darío del olvido y de una posible destrucción.
Pero Francisca Sánchez se negó a venderlos. No quería cambiar por dinero sus recuerdos, su pasado, su vida. Poco a poco la fueron convenciendo. Viaje tras viaje, Antonio Oliver y Carmen Conde le hicieron comprender a la hosca y silenciosa mujer que su tesoro no era solo suyo, sino que tenía que compartirlo con los miles de seres que en el mundo de habla hispana veneran la memoria de Darío.
Ella accedió por fin. Y lo explicaba de esta forma:
“Pues sería del destino, de la vida, la suerte o quien sabe….Milagro tal vez, mandado por Dios. Lo que no habían hecho antes tantos que me han visitado lo hizo un matrimonio, doña Carmen Conde y don Antonio Oliver. Tal vez el corazón de dos mujeres frente a frente… Y me acordé de una cosa tan grande que mi Rubén me dijo en la última carta: SI VIVO IREMOS A BUENOS AIRES… Y SI MUERO, DESDE EL OTRO MUNDO VELARÉ POR TI. Ha llegado el momento en que tal vez haya velado por mí. Y entonces, esos papeles, esas joyas, esos tesoros ¿qué será de ellos? ¿Van a ser víctimas de quién? Tal vez de los ratones. Están en un baúl.
Estos señores se fueron y a pocos días volvieron a visitarme. Y a cada vez yo veía las cosas más claras.Yo me veía enferma. Yo me veía agotadita… Me veía en esos hielos, en esas nieves. Y me decidí. ¿Para qué soy española? No lo vendo por dinero, no lo doy por dinero que se me ofrece por todas partes. Soy española y debe ser para mi patria.”
Con los papeles que cedió Francisca se formó el Seminario-Archivo Rubén Darío en la Universidad de Madrid . Murió Antonio Oliver. Pero antes había conseguido que, a cambio del tesoro de cartas, borradores y documentos de toda clase contenidos en los baúles, el gobierno español le diera a Francisca, para que viviera con su hija y sus nietas, un apartamento en la Colonia de San Francisco de Paúl en Los Carabancheles.
En Madrid, en el No. 10 de la Plaza Coimbra, vivió desde entonces Francisca, vestida siempre con el hábito del Carmen.
Por el balcón que mira al Guadarrama clavaba los ojos en la noche. Sencillamente, esperaba. Un día de octubre de 1973 escuchó una voz que la llamaba, desde el fondo del tiempo y de la sombra:
Hacia la fuente de noche y olvido
Francisca Sánchez, acompaña-mé…
Francisca Sánchez murió 57 años después de la muerte de Rubén Darío, en un hospital madrileño y a los 88 años de su vida. Fue enterrada a expensas del gobierno de Nicaragua.

Tomado de https://zonalibreradio1.wordpress.com

domingo, 15 de enero de 2017

Gabriel García Márquez: Algo muy grave va a suceder en este pueblo


Imagínese usted un pueblo muy pequeño donde hay una señora vieja que tiene dos hijos, uno de 17 y una hija de 14. Está sirviéndoles el desayuno y tiene una expresión de preocupación. Los hijos le preguntan qué le pasa y ella les responde:
-No sé, pero he amanecido con el presentimiento de que algo muy grave va a sucederle a este pueblo.
Ellos se ríen de la madre. Dicen que esos son presentimientos de vieja, cosas que pasan. El hijo se va a jugar al billar, y en el momento en que va a tirar una carambola sencillísima, el otro jugador le dice:
-Te apuesto un peso a que no la haces.
Todos se ríen. Él se ríe. Tira la carambola y no la hace. Paga su peso y todos le preguntan qué pasó, si era una carambola sencilla. Contesta:
-Es cierto, pero me ha quedado la preocupación de una cosa que me dijo mi madre esta mañana sobre algo grave que va a suceder a este pueblo.
Todos se ríen de él, y el que se ha ganado su peso regresa a su casa, donde está con su mamá o una nieta o en fin, cualquier pariente. Feliz con su peso, dice:
-Le gané este peso a Dámaso en la forma más sencilla porque es un tonto.
-¿Y por qué es un tonto?
-Hombre, porque no pudo hacer una carambola sencillísima estorbado con la idea de que su mamá amaneció hoy con la idea de que algo muy grave va a suceder en este pueblo.
Entonces le dice su madre:
-No te burles de los presentimientos de los viejos porque a veces salen.
La pariente lo oye y va a comprar carne. Ella le dice al carnicero:
-Véndame una libra de carne -y en el momento que se la están cortando, agrega-: Mejor véndame dos, porque andan diciendo que algo grave va a pasar y lo mejor es estar preparado.
El carnicero despacha su carne y cuando llega otra señora a comprar una libra de carne, le dice:
-Lleve dos porque hasta aquí llega la gente diciendo que algo muy grave va a pasar, y se están preparando y comprando cosas.
Entonces la vieja responde:
-Tengo varios hijos, mire, mejor deme cuatro libras.
Se lleva las cuatro libras; y para no hacer largo el cuento, diré que el carnicero en media hora agota la carne, mata otra vaca, se vende toda y se va esparciendo el rumor. Llega el momento en que todo el mundo, en el pueblo, está esperando que pase algo. Se paralizan las actividades y de pronto, a las dos de la tarde, hace calor como siempre. Alguien dice:
-¿Se ha dado cuenta del calor que está haciendo?
-¡Pero si en este pueblo siempre ha hecho calor!
(Tanto calor que es pueblo donde los músicos tenían instrumentos remendados con brea y tocaban siempre a la sombra porque si tocaban al sol se les caían a pedazos.)
-Sin embargo -dice uno-, a esta hora nunca ha hecho tanto calor.
-Pero a las dos de la tarde es cuando hay más calor.
-Sí, pero no tanto calor como ahora.
Al pueblo desierto, a la plaza desierta, baja de pronto un pajarito y se corre la voz:
-Hay un pajarito en la plaza.
Y viene todo el mundo, espantado, a ver el pajarito.
-Pero señores, siempre ha habido pajaritos que bajan.
-Sí, pero nunca a esta hora.
Llega un momento de tal tensión para los habitantes del pueblo, que todos están desesperados por irse y no tienen el valor de hacerlo.
-Yo sí soy muy macho -grita uno-. Yo me voy.
Agarra sus muebles, sus hijos, sus animales, los mete en una carreta y atraviesa la calle central donde está el pobre pueblo viéndolo. Hasta el momento en que dicen:
-Si éste se atreve, pues nosotros también nos vamos.
Y empiezan a desmantelar literalmente el pueblo. Se llevan las cosas, los animales, todo.
Y uno de los últimos que abandona el pueblo, dice:
-Que no venga la desgracia a caer sobre lo que queda de nuestra casa -y entonces la incendia y otros incendian también sus casas.
Huyen en un tremendo y verdadero pánico, como en un éxodo de guerra, y en medio de ellos va la señora que tuvo el presagio, clamando:
-Yo dije que algo muy grave iba a pasar, y me dijeron que estaba loca.


Ejercicios acerca de la lectura de este cuento

miércoles, 11 de enero de 2017

Gabriela Mistral: Blanca Nieve en la casa de los siete enanos


De la barranca, la niña
miró a la loma cercana;
ya se apretaba la noche
como una negra cuajada.

En lo alto de una loma
está encendida una casa,
y pestañea en la sombra
como una madre que llama.

Blanca Nieve sube, sube,
y golpea atribulada.
Todo sigue en el silencio,
que la casa está encantada;
tan sólo laten adentro,
dulcemente, siete lámparas.

La niña empuja la puerta;
se le abre como dos alas.
La casa sigue tan muda
como si ha siglos callara.
Blanca Nieve va pasando
con temblor, de sala en sala.

Hay un comedor pequeño,
que en cien aromas se exhala.
En la mesa hay siete platos;
en los platos siete viandas;
junto a ellos, dobladitas,
siete servilletas blancas;
hay siete ramos de flores;
siete ampollas de sal cándida;
siete sillas chiquititas,
del porte de una castaña;
en las sillas siete paños
con siete cifras grabadas,
y la paz que hay en los sueños,
en la casa se derrama.

Y Blanca Nieve la mesa
mira, contenida y pálida.
Tiene un hambre tan tremenda,
que todo lo devorara;
pero sólo va pasando,
como un ladrón, empinada,
y despunta un bocadito
de cada sabrosa vianda…

Aunque tiembla del espanto,
va siguiendo a la otra sala.
Hay un dormitorio blanco
que cabe en una mirada,
y tiene siete camitas
tan suaves como la nata;
son del largo de un jazmín
las menuditas almohadas;
las colchas son siete hojas
de una col encenizada.
Con qué miedo Blanca Nieve
se va acercando y las palpa,
y sonríe cuando ve
que no se le desbaratan.
Elige una que está oculta
y se tiende fatigada,
como una gota de agua
que en otra gota descansa.

Duérmese profundamente,
y su respirar se apaga;
se le oye el corazón
como grillo en una caja.
Llegaron los siete enanos.
Riendo entran en la casa,
y se sientan a la mesa
y se cruzan sus miradas.

—¿Quién se ha sentado en mi silla?
—¿Y quién probó de mi vianda?
—¿Y quién pellizcó mi pan?
—¿Y quién mordió mi tostada?
—¿Quién cambió mi tenedor?
—¿Quién dio más luz a mi lámpara?
—¿Y quién probó de mi vino?
—¿Quién vació mi limonada?
Gritan todos, y el asombro
sus breves ojos agranda,
y van hacia el dormitorio,
llevando sus siete lámparas.
Y van entrando miedosos,
y va a estallar su algazara:

—¡Alguien se acostó en mi lecho!
¡Han movido las almohadas!
Y grita uno desde el fondo:
—¡Hay una niña en mi casa!

Corren con sus siete luces
los enanos a mirarla,
y le hacen una aureola
grande junto a la cara.
—¡Ay, qué hermosa! –dicen todos–,
y qué grande, es como un haya.
Y uno le toca las sienes,
otro le mide la espalda,
y Blanca Nieve, por fin,
despierta entre la algarada.
Los va mirando, mirando,
y su risa se desata.

Son pequeños como siete
almendritas claveteadas,
y para que ella los vea
se empinan como las llamas.
En el regazo le caben;
los siete a una vez abraza…
Entonces les va contando
de su tremenda madrastra
y del cazador que al hombro
le cargó como alimaña.

Y ellos, conmovidos, lloran
sin cansarse de mirarla.
Le dicen nombres de flores;
“olor de salvia mojada”,
“cuesta con almendros blancos”,
“vertiente de la montaña”.

Y ella pregunta sus nombres.
Dicen: —Yo me llamo Plata.
—Yo me llamo Estaño Azul.
—Y yo Barbazas, Barbazas.

Y le cogen las orejas.
Le dicen: ” almejas blancas”,
y miden sus dedos largos;
“caracolazos” los llaman.

Y por fin la van durmiendo
con canción enamorada.

“Duerme hasta que cante el gallo
de cresta más encarnada
y se cuelguen los murciélagos
y muja largo una vaca.
“Te espantan los siete enanos
los monstruos de la montaña;
el lagarto volador,
la catarina giganta;
el que se parece al musgo
y que sube hasta la almohada,
y la culebra más negra
que a la medianoche baja.

“Para que el cuerpo no encojas
juntamos las siete camas,
y los enanos te velan
en cerco de siete espadas.
“Los duendes de los metales
te cuidan mejor que tu alma.
Duerme hasta que el gallo cante
y muja largo una vaca”.

jueves, 5 de enero de 2017

Gabriela Mistral: Caperucita Roja (versión poética del cuento de Perrault)




Caperucita Roja visitará a la abuela 
que en el poblado próximo sufre de extraño mal. 
Caperucita Roja, la de los rizos rubios, 
tiene el corazoncito tierno como un panal. 

A las primeras luces ya se ha puesto en camino 
y va cruzando el bosque con un pasito audaz. 
Sale al paso Maese Lobo, de ojos diabólicos. 
«Caperucita Roja, cuéntame adónde vas». 

Caperucita es cándida como los lirios blancos. 
«Abuelita ha enfermado. Le llevo aquí un pastel 
y un pucherito suave, que se derrama en juego. 
¿Sabes del pueblo próximo? Vive en la entrada de él». 

Y ahora, por el bosque discurriendo encantada, 
recoge bayas rojas, corta ramas en flor, 
y se enamora de unas mariposas pintadas 
que la hacen olvidarse del viaje del Traidor... 

El Lobo fabuloso de blanqueados dientes, 
ha pasado ya el bosque, el molino, el alcor, 
y golpea en la plácida puerta de la abuelita, 
que le abre. (A la niña ha anunciado el Traidor.) 

Ha tres días la bestia no sabe de bocado. 
¡Pobre abuelita inválida, quién la va a defender! 
... Se la comió riendo toda y pausadamente 
y se puso en seguida sus ropas de mujer. 

Tocan dedos menudos a la entornada puerta. 
De la arrugada cama dice el Lobo: «¿Quién va?» 
La voz es ronca. «Pero la abuelita está enferma» 
la niña ingenua explica. «De parte de mamá». 

Caperucita ha entrado, olorosa de bayas. 
Le tiemblan en la mano gajos de salvia en flor. 
«Deja los pastelitos; ven a entibiarme el lecho». 
Caperucita cede al reclamo de amor. 

De entre la cofia salen las orejas monstruosas. 
«¿Por qué tan largas?», dice la niña con candor. 
Y el velludo engañoso, abrazado a la niña: 
«¿Para qué son tan largas? Para oírte mejor». 

El cuerpecito tierno le dilata los ojos. 
El terror en la niña los dilata también. 
«Abuelita, decidme: ¿por qué esos grandes ojos?» 
«Corazoncito mío, para mirarte bien...» 

Y el viejo Lobo ríe, y entre la boca negra 
tienen los dientes blancos un terrible fulgor. 
«Abuelita, decidme: ¿por qué esos grandes dientes?» 
«Corazoncito, para devorarte mejor...» 

Ha arrollado la bestia, bajo sus pelos ásperos, 
el cuerpecito trémulo, suave como un vellón; 
y ha molido las carnes, y ha molido los huesos, 
y ha exprimido como una cereza el corazón...