lunes, 7 de junio de 2010

Mario Benedetti: El niño cinco mil millones


Cuando el mundo estaba poblado por cinco mil millones de personas, Mario Benedetti escribió estas líneas en las que puso de relieve el anonimato de la gente corriente, y centró su mirada en la gente más desfavorecida, los pobres, los hambrientos, los muertos de hambre. Esos a los que nadie, nadie del mundo desarrollado y rico, tiene en cuenta.



En un día del año 1987 nació el niño Cinco Mil Millones. Vino sin etiqueta, así que podía ser negro, blanco, amarillo, etc. Muchos países, en ese día eligieron al azar un niño Cinco Mil Millones para homenajearlo y hasta para filmarlo y grabar su primer llanto.

Sin embargo, el verdadero niño Cinco Mil Millones no fue homenajeado ni filmado ni acaso tuvo energías para su primer llanto. Mucho antes de nacer ya tenía hambre. Un hambre atroz. Un hambre vieja. Cuando por fin movió sus dedos, éstos tocaron tierra seca. Cuarteada y seca. Tierra con grietas y esqueletos de perros o de camellos o de vacas. También con el esqueleto del niño 4,999,999,999.

El verdadero niño Cinco Mil Millones tenía hambre y sed, pero su madre tenía más hambre y más sed y sus pechos oscuros eran como tierra exhausta. Junto a ella, el abuelo del niño tenía hambre y sed más antiguas aún y ya no encontraba en sí mismo ganas de pensar o creer.

Una semana después el niño Cinco Mil Millones era un minúsculo esqueleto y en consecuencia disminuyó en algo el horrible riesgo de que el planeta llegara a estar superpoblado.


Despistes y Franquezas 1990.


jueves, 3 de junio de 2010

Pedro Salinas: Qué gran víspera el mundo

La mujer amada es considerada aquí como el Dios creador, que tiene poder sobre todas las cosas: todo está a la espera de que ella mande dónde debe situarse para ser, para tener entidad. Hasta el poeta está esperando esa llamada, que salga de su boca el pronombre esperado, el tú.



¡Qué gran víspera el mundo!
No había nada hecho.
Ni materia, ni números,
ni astros, ni siglos,... nada.
El carbón no era negro
ni la rosa era tierna.
Nada era nada, aún.
¡Qué inocencia creer
que fue el pasado de otros
y en otro tiempo, ya
irrevocable, siempre!
No, el pasado era nuestro:
no tenía ni nombre.
Podíamos llamarlo
a nuestro gusto: estrella,
colibrí, teorema,
en vez de así, “pasado”;
quitarle su veneno.
Un gran viento soplaba
hacia nosotros minas,
continentes, motores.
¿Minas de qué? Vacías.
Estaban aguardando
nuestro primer deseo,
para ser en seguida
de cobre, de amapolas.
Las ciudades, los puertos
flotaban sobre el mundo,
sin sitio todavía:
esperaban que tú
les dijeses: “Aquí”,
para lanzar los barcos,
las máquinas, las fiestas.
Máquinas impacientes
de sin destino, aún;
porque harían la luz
si tú se lo mandabas,
o las noches de otoño
si las querías tú.
Los verbos, indecisos,
te miraban los ojos
como los perros fieles,
trémulos. Tu mandato
iba a marcarles ya
sus rumbos, sus acciones.
¿Subir? Se estremecía
su energía ignorante.
¿Sería ir hacia arriba
“subir”? ¿E ir hacia dónde
sería “descender”?
Con mensajes a antípodas,
a luceros, tu orden
iba a darles conciencia
súbita de su ser,
de volar o arrastrarse.
El gran mundo vacío,
sin empleo, delante
de ti estaba: su impulso
se lo darías tú.
Y junto a ti, vacante,
Por nacer, anheloso,
con los ojos cerrados,
Preparado ya el cuerpo
Para el dolor y el beso,
con la sangre en su sitio,
yo, esperando
-¡ay, si no me mirabas!-
a que tú me quisieses
y me dijeras: “Ya”.


miércoles, 2 de junio de 2010

Proyecto inacabado de Miguel Delibes


Ramón García, biógrafo del escritor de Valladolid, ha desvelado que Miguel Delibes empezó a escribir en 2005 el Diario de un artrítico reumatoide, proyecto que no llegó a terminar y que él consideró una aventura divertida para un período de convalecencia y que abandonó al año siguiente. La pensó como una novela corta, pero la desechó en septiembre de 2006.
Fue el propio escritor quien le encomendó su publicación después de su muerte.

Almudena Martínez-Fornés y Antonio Astorga: Un hombre bueno, un español cumplido.

Delibes se emocionó sinceramente cuando el Rey lo llamó para ofrecerle un título nobiliario. No dio tiempo a concretarlo.


martes, 1 de junio de 2010

Pedro Salinas: ayer te besé en los labios

El poeta trae al día de hoy en estos versos el recuerdo de un instante del día de ayer, el momento de un beso, que para él fue tan intenso que trasciende el momento mismo, porque va más allá de lo físico y corporal y se convierte en algo fuera ya del tiempo, en algo casi eterno.



Ayer te besé en los labios.
Te besé en los labios. Densos,
rojos. Fue un beso tan corto
que duró más que un relámpago,
que un milagro, más.
El tiempo
después de dártelo
no lo quise para nada
ya, para nada
lo había querido antes.
Se empezó, se acabó en él.
Hoy estoy besando un beso;
estoy solo con mis labios.
Los pongo
no en tu boca, no, ya no
— ¿adónde se me ha escapado?—.
Los pongo
en el beso que te di
ayer, en las bocas juntas
del beso que se besaron.
Y dura este beso más
que el silencio, que la luz.
Porque ya no es una carne
ni una boca lo que beso,
que se escapa, que me huye.
No.
Te estoy besando más lejos.