sábado, 20 de agosto de 2011

Eduardo Galeano: Cuento de las cartas de amor

Puede decirse que el uruguayo Eduardo Galeano es un escritor comprometido con la realidad de su tiempo. Un ejemplo de ello ya lo dejé aquí hace ya algunas entradas con el poema Los nadies. Lo que no es discutible es que se trata de alguien que está muy ligado a lo cotidiano, a las vivencias diarias. Este cuento de las cartas de amor ilustra lo que digo.




Ellos se conocieron por casualidad, que es como se suelen encontrar los grandes amores, casi siempre por casualidad, por una llamada equivocada, por un encuentro fortuito. A ellos lo que les pasó fue que él había quedado en aquel café con una persona que no vino, y claro, la vio a ella sentada en la mesa del café, radiante, así que, harto de esperar no se cortó un pelo y dijo:


- “ ya que he venido hasta aquí, no puedo desaprovechar esta ocasión”.

Se acercó a la mesa y dijo:

- “¿Me permite?”

- “Por supuesto”

Esto solo suele pasar en las historias que te cuentan otros, nunca en la vida real, por lo general cuando dices:

- “Me permites”, dicen

-“ De qué”

A lo mejor ella estaba esperando a alguien que tampoco vino, quién sabe, yo qué sé, habrá que inventar otra historia en la que ella le dice “ De qué”, en este caso ella lo invitó a él para que se sentase, y él se sentó. Y claro, no había de qué hablar,

-“¿y qué lees?”

Lo malo fue que él no había leído nada del escritor que ella estaba leyendo, mal empezamos, mal, muy mal, por ahí no.

-“Pues bonito día”

Pero enseguida empezaron a profundizar, porque ella dijo

-“Sí, la verdad es que hace un bonito día”

Y aunque no lo hiciera. Pero poco a poco él fue venciendo esa timidez que le caracteriza y fueron profundizando. Al principio él para llamar su atención contó una que otra mentira, que era escritor, luego reconoció que nunca le habían publicado nada, pero eso vino más tarde, cuando ya se conocían más, cuando pasaron del café a la habana con coca cola.

Por entonces ya estaban descubriendo que tenían más afinidades de las que pensaban al principio, y compartían gustos cinematográficos, y por eso él le dijo

-“Oye, y si vamos a ver esta, ¿has visto La vida es bella?” y ella

- “No”,

-“Oye quedamos el fin de semana”,

- “Vale”.

Y aquel fin de semana pues, yo no sé muy bien si para sorprenderla o no, pero el caso es que él rompía a llorar en cada escena en la que aparecía el chaval pequeño, esto a ella le enterneció, yo quiero pensar que era de verdad.

Resulta que coincidían en más gustos, y también en lo musical, y le dijo:

- “ Oye, este fin de semana toca Ismael Serrano”,

- “ Ismael qué?”,

- “Pero a ti te gustan los cantautores?”,

-“Los de verdad me gustan”.

Pero él le convenció a ella y fueron. Cuando él empezó a cantar aquella de Vértigo, pues se atrevió a cogerle la mano.

Y poco a poco se fueron inevitablemente enamorando, pero no por esto de Ismael Serrano, ni por el Vértigo, quizá más por aquello de llorar con La vida es bella.

Una mañana él se levanta y al abrir los ojos se da cuenta de que está perdidamente enamorado de ella, y quedaron entonces en aquel café en el que se conocieron por casualidad. Los momentos importantes suelen coincidir casi siempre en los mismos sitios, no estoy muy seguro de lo que acabo de decir, pero es una buena frase. Pero fue en aquel café en donde ella le dijo:

- “ Sabes, creo que me tengo que ir durante algún tiempo”,

-“ Yo te iba a decir casi lo contrario, que te quedaras conmigo para toda la vida”, y ella dijo -“No te preocupes porque yo estaré esperando el día que vuelva para retomar contigo este camino que emprendimos, además, cada quince días puntualmente te mandaré una carta en la que te contaré todo lo que hecho, todo lo que siento, todo lo mucho que te echo de menos, y todo lo poco que nos falta para vernos”,

El dijo que bueno, que vale

-“Pero que si no te vas casi mejor”.

Pero se fue.

Fue entonces cuando descubrió que aquello no tenía remedio y que estaba perdidamente enamorado, que no había ningún elixir que hiciera que la olvidase, que no era cierto aquella de que un clavo saca otro clavo, que a veces es cierto que los amores a primera vista existen, bueno , ¿ es que acaso hay otros?.

A los quince días puntualmente llegó la carta de ella toda llena de besos y de caricias, de te echo de menos, él lloró, y esta vez era de verdad. Y guardaba las cartas con mucho cariño encima de la mesilla. Pasaron quince días, y otros quince, y otros quince, y otros quince, y las cartas se iban acumulando. Y su vida consistía en esperar a que llegara el decimoquinto día, abrir el buzón y encontrar la carta de amor en la que ella prometía volver, esperar esa carta en la que ella le diría que volvía pronto. Y pasaron años, muchos años, y ya las cartas casi no cabían en la casa, se compró una gran caja fuerte para guardar todas las cartas, porque eran su gran tesoro, porque vivía para leer las cartas que ella le había escrito, porque ella era lo que más quería, y así pasaron creo que diez años, quince, no me acuerdo.

Y un día ella, sin saber cómo ni por qué, dejó de escribir, y al quince día él se encontró el buzón vacío, y el alma partida en dos.

Ahora solo podía vivir del recuerdo, leyendo las cartas que ella le había escrito con tanto cariño, aquellas cartas eran su mayor tesoro.

Un día él salió de casa, porque tenía que salir, y unos ladrones entraron en su casa. Al ver allí la gran caja fuerte no se lo pensaron dos veces, porque pensaron que debían esconder algún gran tesoro, grandes riquezas, realmente no era. Y se llevaron la gran caja fuerte.

Imagínate la desolación de nuestro protagonista cuando llega a su casa y se da cuenta de que le han robado lo que él más quería, lo que le hacía sentirse vivo algunas tardes de domingo cuando no sonaba el jodido teléfono, cuando releía aquellas cartas y aquellas promesas quién sabe si falsas.

Suele pasar que los ladrones son buenas personas, y este era el caso. Pero imagínate la cara de los ladrones cuando abren la caja fuerte y se encuentran montones de cartas de amor, declaraciones imposibles. El jefe de los ladrones se enfadó un poquito, pues la caja pesaba, y llevarla a la guarida no era moco de pavo.

Nuestro hombre vagaba casi moribundo por las calles de su ciudad, con la esperanza de encontrar alguna carta, a alguien que le hablara de una gran caja fuerte llena de cartas, perdido sin saber ya qué hacer.

El jefe ladrón lo que dijo es que aquellas cartas lo que había que hacer era quemarlas o tirarlas al río, lo que fuera, pero que desaparecieran de inmediato. Pero el más joven de los ladrones era más bueno, y se le ocurrió una gran idea.

Un día nuestro hombre llegó a casa después de estar buscando toda una tarde, y al abrir el buzón ¿Adivina lo que se encontró?... Una carta. Los ladrones habían decidido mandarle las cartas tal y como ella se las había mandado, puntualmente cada quince días, por riguroso orden.

Ahora él resucitaba con la esperanza de revivir aquellos momentos en los que quizá un día leería la carta en la que ella diría:

-“Pronto estaré allí”.

sábado, 30 de julio de 2011

El leñador (cuento tradicional)

Sigo con la serie de cuentos recogidos en la localidad sevillana de Arahal. De nuevo la fantasía se apodera de la palabra y nos introduce en un ambiente de irrealidad que debía de sobrecoger con toda certeza a los niños del pueblo.



Un leñador que pasaba una vida muy amargada, un día aburrido, se fue al campo por leña a hacer su trabajo. Llevaba dos meses sin poder salir al campo por culpa de la lluvia y de los malos temporales. Harto de esperar, se fue al monte más cercano y, cansado de la marcha, se sentó en una piedra. Entonces vio correr un animalillo que parecía un conejo y como tenía hambre, lo persiguió. Para atraparlo levantó una mata y vio una argolla de hierro. Levantó una piedra y había allí unas escalinatas que, ni corto ni perezoso, se puso a bajar hasta que llegó a un salón muy grande. Y le sale un gigante y le dice:
-Humano, ¿quién te manda entrar en mis salones?
Y dice el campesino:
-La ignorancia.
Dice:
-¡Bueno, bueno!... Esta noche dormirás aquí, pero mañana te irás temprano.
-Y le dice- Ven, que te voy a enseñar tu cama. Una muchacha te traerá de comer.

Llega la muchacha con la comida y le dice:
-Aquí tienes la comida, y que no te quede nada de nada. Solamente vendrá un gatito y le guardas un cachito de todo lo que te vayas a comer, porque este gigante, como pierdas un segundo mañana cuando te vayas a ir, te matará.
Dice:
-¿Y tú cómo lo sabes?
Dice:
-Porque yo soy una princesa que me tiene secuestrada hace un siglo. Y ese gatito te dará las explicaciones de cómo me puedes salvar.
Al rato viene el gato, y le dio de comer. Y le dice el gato:
-Abre aquella puertecita que dentro hay muchas espadas muy brillantes y muy nuevas. Y en el rincón de la izquierda hay una mohosa y vieja. Esa es la que vas a coger. Y cuando venga el gigante a echarte, lo desafías, y cuando te pongas en guardia, le tiras un tajo a la oreja. Y al verse herido se irá a su cama. Tú irás detrás de él, y te dirá: «Te morirás de hambre, porque no podrás salir». Y entonces coges la oreja y le tiras un bocado bien fuerte, y se presentará él y te dirá «¿Qué me pides? ¿Qué me mandas? Y tú le dices «Sácanos de aquí a la princesa y a mí». Y en ese momento se abren unas escalinatas y te dirá «Por ahí se va al palacio».
Cuando el leñador estaba ya fuera, le pegó otro bocado a la oreja y le pidió un caballo y se fueron corriendo.
Y llegaron al palacio donde la reconocieron a la reina y él fue el príncipe por haber salvado la vida de la reina y se casaron y fueron felices.

Tomado de La flor de la florentena, cuentos tradicionales, recogidos en Arahal por Alfonso Jiménez Romero

viernes, 15 de julio de 2011

El conejito verde (cuento tradicional)

Dentro de esta serie de cuentos recogidos en Arahal, dejo hoy aquí un cuento fantástico, de amor entre una princesa y un conejo que resulta ser un príncipe.



Pues mirad, señores, hace muchísimos muchos años, allá por los tiempos de María Castaña, en un reino muy lejano vivía una hermosa princesita acompañada por su padre, el rey don Juanito el Feo, y su esposa, la reina doña Pepita la Graciosa. Y la princesa era tan bella y tan hermosa que todos los caballeros del reino estaban locos por ella.
Un día, cuando la princesa se peinaba en su alcoba, se presentó por la ventana un conejito que, con tres brincos y tres saltos, pudo llegar hasta ella, y le quitó la cinta del pelo. A mi parecer era un conejito rarísimo, ya que era de color verde.
La princesa, al verlo, se quedó enamorada de él, pero con todo lo que hicieron no pudieron cogerlo.
Al día siguiente doblaron la guardia por si se le ocurría al conejito pasar por allí, pero nada, no pudieron cogerlo y el conejito fue otra vez a la alcoba de la princesa y esta vez le quitó un peine.
Y así hasta el día siguiente, que le quitó un espejito.
La princesa, al ver que todo lo que hacía era poco, se puso enferma, muy muy enferma, pero por muchos médicos que vinieron no encontraron el remedio. Así que no tuvieron más remedio que decirlo por el reino para que encontraran al conejito verde, su pequeño deseo.
Un día una viejecita se levantó a la misa del alba y, mientras que esperaba, vio pasar por allí un burrito todo verde, con las aguaderas y los cantaritos verdes. Así que la vieja decidió seguirle.
La pobre ya estaba cansada cuando por fin llegó delante de la roca de los diamantes y se paró. Y al llegar dijo el burro:
-Ábrete rosa, ábrete clavel,
Ábrete, azucena de mi poder.
Y en cuantito la piedra estaba abierta se metió dentro.
La vieja con una carrerrilla se pudo entrar y ¡oh, qué maravilla; pero si estaba dentro de un palacio! Y así, como la vieja iba a lo suyo, decidió registrarlo. Entonces, ¡oh qué sorpresa!, estaba delante de una cocina y en el «anafe» había una olla. Quiso cogerla pero salió una mano de dentro que le dijo: -Lo siento, señora flor de ayer, pero esto para el rey es.
Entonces vio una cesta de pan calentito y humeando pero, lo mismo que antes, la mano le dijo que no. Y vaya, que se tuvo que salir de allí y se metió en una alcoba, pero oyó unos pasitos que se tuvo que meter detrás de la cortina. Pero qué sorpresa se llevó cuando vio que entraba el tan nombrado conejito verde, que dio tres saltos y tres brincos y se convirtió en un elegante joven. Entonces, abriendo el primer cajón de la cómoda, sacó las tres cosas de la princesa y dijo:
-Una a una, ¡oh. princesita!
¡Oh, corazón!, yo te quisiera dar mi amor.
Y lo mismo hizo con las otras dos que quedaban.
Después otra vez con sus brincos y sus saltos se convirtió en conejito, y se echó en su camita a dormir.
Entonces la viejecita, con miles y miles de disimulos lo cogió y también llevó con ella el lacito, el peine y el espejito para presentárselos a la princesa.
Al llegar a palacio la vieja dijo esto a la hermosa muchacha:
-Prepara una habitación como yo te diga y en el primer cajón de la cómoda mete tus tres cositas.
Transcurrieron dos o tres horas y, al despertarse, dio sus brinquitos y sus saltitos y se convirtió en príncipe. Y entonces la princesa no pudo aguardar más. Salió corriendo y dijo:
-Amor mío, ¡cuánto tiempo sin verte! Al fin podemos estar otra vez juntos.
Se casaron, vivieron felices,
Comieron perdices
Y a mí no me dieron
Porque no quisieron.
Sin embargo, la vieja se hartó de comer, se puso muy gorda y siempre fue su primera dama.


Tomado de La flor de la florentena, cuentos tradicionales, recogidos en Arahal por Alfonso Jiménez Romero

martes, 12 de julio de 2011

El perro fiel (cuento tradicional)

Hace unos veinte años cayó en mis manos La flor de la florentena, una recopilación de relatos tradicionales recogidos en la población sevillana de Arahal por Alfonso Jiménez, un poeta de Morón. Lo cierto es que muchas de estas narraciones las desconocía, o por lo menos en estas versiones, contadas con un lenguaje muy cercano a lo coloquial en algunos momentos.
Quiero compartir con vosotros hoy El perro fiel, un cuento en el que los sentimientos del animal quedan muy por encima de los humanos.



Hace tiempo no había coches ni trenes y se viajaba a caballo.
Un hombre cabalgaba por el campo acompañado de un perro y se puso a descansar y a reponer fuerzas. Para que se refrescara el caballo, le quitó la montura, en la que llevaba una bolsa de dinero, y la colgó en un árbol. Pero vio otro árbol que tenía mejor sombra que aquel y decidió cambiar de lugar.
Trasladó la montura, pero se olvidó de la bolsa del dinero. El perro, viendo que su amo se dejaba la bolsa del dinero, se quedó junto a la bolsa.
Entonces el hombre empezó a comer y llamaba al perro para que comiera con él, pero el perro no se movía del lado del árbol en el que estaba el dinero.
Cuando descansó y refrescó un poco la tarde, aparejó su caballo y, cuando se iba a montar, el perro empezó a ladrarle y a tirarle del pantalón. El hombre lo acariciaba y el perro movía su rabo. Intentó otra vez subirse al caballo, pero el perro estaba más furioso, dando saltos a su alrededor. Lo volvía a acariciar y el perro se tranquilizaba un poco.
Cuando ya por fin, porque la tarde se le echaba encima, se dispuso a marcharse, el perro le daba bocados al caballo en el pecho y a su amo en las botas. Hasta que su amo, sin saber lo que pasaba, sacó una escopeta y lo mató.
El hombre continuó varias leguas torturado por lo que le había pasado a su perro, y de pronto recordó que la bolsa del dinero se la habría dejado en el primer árbol. Cuál no sería su sorpresa al ver que el perro, en las ansias de muerte, descolgó la bolsa y murió encima de ella. El hombre, al ver aquella acción, dijo: «No hay nada en el mundo mejor que un perro fiel».

Tomado de
La flor de la florentena, cuentos tradicionales, recogidos en Arahal por Alfonso Jiménez Romero