lunes, 14 de noviembre de 2016

Miguel de Cervantes: Rinconete y Cortadillo (Tramo 1)





En la venta del Molinillo, que está situada al final de los famosos campos de Alcudia, según vamos de Castilla a Andalucía, un caluroso día de verano se encontraron casualmente dos muchachos de unos catorce a quince años; ambos agradables, pero muy descuidados, rotos y mal vestidos: capa no tenían; los calzones eran de tela basta y las medias eran su propia carne. Esto lo completaban los zapatos, porque los de uno eran alpargatas desgastadas por el mucho uso, y los del otro estaban agujereados y sin suelas. Traía uno sombrero verde de cazador, el otro un sombrero sin cinta, bajo de copa y con el ala grande y caída. A la espalda y sujeta por el pecho, traía el primero una camisa amarillenta recogida como si fuera una bolsa; el otro venía sin cargas, aunque por el pecho se le veía un gran bulto que no era sino un cuello de los que llaman valones, grasiento y deshilachado. Dentro de él llevaba envueltos y guardados unos naipes de forma ovalada, porque de utilizarlos se les habían gastado las puntas y para que durasen más se las habían recortado. Estaban los dos quemados del sol, las uñas las traían largas y negras y las manos no muy limpias; uno tenía una espada corta, y el otro un cuchillo de mango amarillo de los que suelen utilizar los carniceros.
Salieron los dos a descansar a la hora de la siesta a un cobertizo que hay delante de la venta; y, sentándose uno enfrente del otro, el que parecía de más edad dijo al más pequeño: 
—¿De qué tierra es vuesa merced, señor gentilhombre, y para dónde camina?
—Mi tierra, señor caballero —respondió el preguntado— no la sé, ni para dónde camino, tampoco.
—Pues en verdad —dijo el mayor— que no parece vuesa merced caído del cielo, y que este no es lugar para quedarse, sino que forzosamente hay que seguir adelante.
—Así es —respondió el menor—, pero yo he dicho la verdad porque mi tierra no es mía, puesto que no tengo en ella más que a un padre que no me tiene por hijo y una madrastra que me trata como hijastro; el camino que llevo es a la ventura, y terminará donde halle quien me dé lo necesario para pasar esta miserable vida.
—Y ¿sabe vuesa merced algún oficio? —preguntó el grande.
Y el menor respondió:
—No sé otro sino que corro como una liebre, y salto como un gamo y corto con la tijera con mucha delicadeza.
—Todo eso es muy bueno, útil y provechoso —dijo el grande— porque habrá sacristán que le recompense con pan y vino por cortarle flores de papel para el monumento del Jueves Santo.
—No es mi corte de ese estilo —respondió el menor—, sino que mi padre, por la misericordia del cielo, es sastre y me enseñó a cortar diversas prendas de las que se utilizan para cubrir las piernas, tan bien que podría ejercer el oficio, pero la mala suerte no me lo permite.
—Todo eso y más le sucede a cualquiera —respondió el grande—, y siempre he oído decir que las buenas habilidades son las más desperdiciadas, pero aún tiene vuesa merced edad para cambiar su suerte. Aunque, si yo no me engaño y el ojo no me miente, otras habilidades tiene vuesa merced ocultas, y no las quiere manifestar.
—Sí las tengo —respondió el pequeño—, pero no son para decirlas en público, como vuesa merced muy bien ha insinuado.
A lo cual replicó el grande:
—Pues yo le aseguro que soy uno de los más discretos mozos que pueden encontrarse en ninguna parte; y, para obligar a vuesa merced a que descubra su corazón y se sincere conmigo, le quiero obligar descubriéndole el mío primero; porque imagino que por algo nos ha juntado aquí la suerte, y pienso que seremos, desde este hasta el último día de nuestra vida, verdaderos amigos. Yo, señor hidalgo, soy natural de la Fuenfrida, lugar conocido por los ilustres pasajeros que por él pasan continuamente; mi nombre es Pedro del Rincón; mi padre es persona distinguida, porque es ministro de la Santa Cruzada, quiero decir que es buldero. Algunos días le acompañé en el oficio y lo aprendí de manera que no me aventajaría en echar las bulas ni el que más presumiese de ello. Pero, habiéndome un día aficionado más al dinero de las bulas que a las bulas mismas, me abracé a una bolsa y di conmigo y con ella en Madrid, donde con las oportunidades que allí habitualmente se ofrecen, en pocos días le saqué las entrañas a la bolsa y la dejé completamente vacía. Vino tras de mí el que tenía a cargo el dinero, me apresaron, tuve poca ayuda ante la justicia, aunque viendo aquellos señores mi poca edad, se contentaron con azotarme la espalda y con que saliese desterrado por cuatro años de la corte; tuve paciencia, me encogí de hombros, sufrí la tanda de azotes y salí a cumplir mi destierro con tanta prisa que no tuve ocasión de buscar cabalgadura.
Tomé de mis pertenencias las que pude y las que me parecieron más necesarias, y de ellas saqué estos naipes (y descubrió los que se han dicho, que en el cuello traía), con los cuales he ganado mi vida por los mesones y ventas que hay desde Madrid hasta aquí, jugando a la veintiuna; y aunque vuestra merced los ve tan sucios y maltratados, tienen una maravillosa virtud para quien los conoce, y es que no cortará vuesa merced la baraja una sola vez que no quede un as debajo. Y si vuesa merced conoce este juego, sabrá cuánta ventaja lleva el que sabe que tiene seguro un as en la primera carta, que le puede valer como un punto y como once, y con esta ventaja el dinero de la apuesta se queda en casa.
Además de esto, aprendí de un cocinero de cierto embajador ciertas trampas para otros juegos de manera que así como vuesa merced se puede examinar de sastre, así puedo yo ser maestro en el arte de los naipes. Con esto voy seguro de no morir de hambre, porque, donde quiera que llego, siempre hay quien quiere pasar el tiempo jugando un rato. Y esto lo vamos a comprobar ahora los dos: preparemos la red y veamos si cae algún pájaro de estos arrieros que hay aquí; quiero decir que fingiremos que jugamos los dos a la veintiuna y que si alguno quisiese ser tercero en el juego, será el primero que se deje los cuartos.—Sea en buena hora —dijo el otro— y considero un gran honor el que vuesa merced me ha hecho al relatarme su vida, con lo que me ha obligado a que yo no le oculte la mía, que, contándola más brevemente, es esta: yo nací en una villa entre Salamanca y Medina del Campo; mi padre es sastre; me enseñó su oficio y del corte de tijera, con mi buen ingenio, salté a cortar bolsas y bolsillos ajenos; me disgustó la miserable vida de la aldea y el trato poco afectuoso de mi madrastra. Dejé mi pueblo, vine a Toledo a ejercitar mi oficio y en él he hecho maravillas, porque no hay joya colgante ni bolsillo tan escondido que mis dedos no encuentren, ni mis tijeras no corten, aunque lo estén vigilando con cien ojos.
Y en cuatro meses que estuve en aquella ciudad, nunca fui cogido con las manos en la masa, ni sorprendido, ni avergonzado por los guardias ni delatado por ningún soplón. Bien es verdad, que hará ocho días que un confidente dio noticia de mi habilidad al Corregidor, el cual, atraído por mis cualidades, hubiese querido verme; pero yo, que por ser humilde no quiero tratar con personas tan importantes, procuré no verme con él, y así, salí de la ciudad con tanta prisa, que no tuve ocasión de conseguirme ni cabalgadura, ni dinero, ni coche de alquiler o, por lo menos, un carro.
—Olvidémonos de eso —dijo Rincón—; y puesto que ya nos conocemos, no son necesarias esas grandezas: confesemos llanamente que no teníamos blanca y ni siquiera zapatos.
—Sea así —respondió Diego Cortado, que así dijo el menor que se llamaba—; y, pues nuestra amistad, como vuesa merced, señor Rincón, ha dicho, ha de ser perpetua, comencémosla con las debidas ceremonias.
Y levantándose Diego Cortado, abrazó a Rincón y Rincón a él tierna y estrechamente, y luego se pusieron los dos a jugar a la veintiuna con los ya referidos naipes limpios de polvo y de paja, pero no de grasa y malicia, y en poco tiempo cortaba tan bien Cortado por donde estaba el as como Rincón, su maestro.
En esto salió un arriero a refrescarse al portal y pidió ser tercero en el juego. De buena gana lo acogieron y en menos de media hora le ganaron doce reales y veintidós maravedís que fue como darle doce lanzadas y veintidós mil disgustos, y creyendo el arriero que por ser muchachos no se lo impedirían, quiso quitarles el dinero, pero, echando mano uno a su media espada, y el otro a su cuchillo, le dieron tanto que hacer que, de no salir sus compañeros, sin duda lo habría pasado mal.
En ese momento pasaron casualmente por el camino unos viajeros a caballo que iban a descansar a la venta del Alcalde, que está media legua más adelante, los cuales viendo la pelea del arriero con los dos muchachos, los apaciguaron y les dijeron que si por casualidad iban a Sevilla que se fuesen con ellos.
—Allá vamos —dijo Rincón— y serviremos a vuesas mercedes en todo cuanto nos manden.
Y, sin detenerse un momento, saltaron delante de las mulas y se fueron con ellos, dejando al arriero ofendido y a la ventera admirada de la buena crianza de los pícaros, pues había estado oyendo su conversación sin que ellos lo advirtiesen; y cuando dijo al arriero que los naipes con que jugaban eran falsos, este se tiraba de los pelos y quería ir a la venta tras ellos a recuperar su dinero, porque decía que era una grandísima ofensa y humillación que dos muchachos hubiesen engañado a un hombretón tan grande como él. Sus compañeros le detuvieron y aconsejaron que no fuese, aunque no fuera más que por no hacer pública su simplicidad y torpeza. En fin, tales razones le dijeron que, aunque no le consolaron, le obligaron a quedarse.Mientras tanto, Cortado y Rincón se dieron tan buena maña en servir a los caminantes que la mayor parte del camino los llevaron montados en las mulas y aunque se les ofrecieron algunas ocasiones de hurtar en las maletas de sus medio amos, no las aprovecharon, por no perder la oportunidad tan buena de viajar a Sevilla, donde ellos tenían gran deseo de verse.
Sin embargo, a la entrada de la ciudad, que fue al anochecer y por la puerta de la Aduana, no se pudo contener Cortado; y así, con su cuchillo le hizo tan larga y profunda herida a una de las maletas que traía un francés del grupo que se le veían claramente las entrañas, y sutilmente le sacó dos camisas buenas, un reloj de sol y un cuaderno; cosas que, cuando las vieron los dos amigos no les dieron mucho gusto, pues pensaron que el francés que llevaba sobre una mula aquella pesada maleta debía de haberla llenado con objetos de más peso que aquellos y hubiesen querido volver a darle otro toque, pero no lo hicieron, imaginando que ya habrían echado de menos lo robado y habrían puesto en lugar seguro lo que quedaba.
Se habían despedido, antes de hacer el robo, de los que hasta allí los habían mantenido, y al día siguiente vendieron las camisas en el mercadillo que se hace fuera de la puerta del Arenal por veinte reales. Hecho esto, se fueron a ver la ciudad y se quedaron admirados de la grandeza y esplendor de su catedral y de la gran afluencia de gente en el río, pues había en él seis galeras, cuya vista les hizo suspirar y aun temer el día en que sus delitos les traerían a vivir en ellas de por vida; se dieron cuenta de los muchos muchachos de la esportilla que por allí andaban; se informaron por uno de ellos sobre aquel oficio, y si era de mucho trabajo y de cuánta ganancia.
Un muchacho asturiano, que fue al que le hicieron la pregunta, respondió que el oficio era descansado, que no se pagaba impuestos y que algunos días salía con cinco y seis reales de ganancia, con los que comía y bebía a cuerpo de rey, libre de buscar amo y seguro de comer a la hora que quisiese, pues a cualquiera lo podía hacer en el más humilde de los mesones de la ciudad.
No les pareció mal a los dos amigos la narración del asturianillo, ni les desagradó el oficio, por parecerles muy adecuado para poder usar el suyo, con disimulo y seguridad, por la oportunidad que ofrecía de entrar en todas las casas; y en seguida decidieron comprar los instrumentos necesarios para ejercerlo. Y preguntándole al asturiano qué tenían que comprar cada uno, les respondió que un saco pequeño, limpio o nuevo, y tres espuertas de esparto, dos grandes y una pequeña, en las cuales se repartía la carne, el pescado y la fruta, y en el saco, el pan; y él mismo les guio a donde lo vendían, y ellos, del dinero del hurto del francés, lo compraron todo, y en dos horas parecían expertos en el nuevo oficio, de lo bien que les sentaban las esportillas y les cuadraban los sacos. Les avisó su guía de los puestos adonde habían de acudir: por las mañanas a la Carnicería y a la plaza de San Salvador; los días de pescado, a la Pescadería y a la Costanilla, todas las tardes, al río; los jueves, a la Feria.

viernes, 11 de noviembre de 2016

Margaret Atwood: Penélope y las doce criadas (Cap. 12)




12

La espera

¿Qué queréis que os cuente acerca de los diez años siguientes? Odiseo zarpó rumbo a Troya y yo me quedé en Ítaca. El sol salía, cruzaba el cielo y se ponía, y, al verlo, yo casi nunca pensaba en el llameante carro de Helios. Lo mismo hacía la luna, pasando de una fase a otra, y, al verla, yo casi nunca pensaba en el barco plateado de Artemisa. La primavera, el verano, el otoño y el invierno se sucedían con puntualidad.
El viento soplaba a menudo. Telémaco fue creciendo, bien alimentado con abundante carne y mimado por todos.
Nos llegaban noticias del desarrollo de la guerra contra Troya: a veces eran buenas y a veces malas. Los aedos loaban en sus canciones a los héroes más distinguidos: Aquiles, Agamenón, Áyax, Menelao, Héctor, Eneas y compañía. A mí no me importaban ellos: sólo me interesaban las noticias acerca de Odiseo.
¿Cuándo regresaría mi esposo y aliviaría mi aburrimiento? También él aparecía en las canciones, y yo saboreaba aquellos momentos. Allí estaba, pronunciando un discurso inspirador, uniendo a las facciones enfrentadas, inventando con facilidad asombrosa, ofreciendo sabios consejos, disfrazándose de esclavo fugitivo para colarse en Troya y entrevistarse con Helena, quien -así lo proclamaba la canción- lo había bañado y lo había ungido con sus propias manos.
Esa parte no me gustaba tanto.
Y allí estaba por último, tramando la estrategia del caballo de madera lleno de soldados. La noticia de la caída de Troya fue propagándose de faro en faro. Dijeron que se había producido una gran matanza y que hubo un terrible saqueo en la ciudad. Las calles se convirtieron en torrentes de sangre; el cielo
sobre el palacio ardía en llamas; lanzaban a niños inocentes desde lo alto de un acantilado, y las mujeres troyanas, entre ellas las hijas del rey Príamo, fueron entregadas como botín. Por fin nos confirmaron lo que tanto tiempo llevábamos deseando oír: que los barcos griegos habían emprendido el regreso a casa.
Y luego, nada.
Un día tras otro, yo subía a lo alto del palacio y oteaba el horizonte, pero no había ni rastro de Odiseo. A veces veía barcos, pero nunca el que anhelaba ver. Llegaban otros barcos que traían rumores. Odiseo y sus hombres se habían emborrachado en el primer puerto de escala y los hombres se habían amotinado, decían algunos; no, explicaban otros: habían comido una planta mágica que les había hecho perder la memoria, y Odiseo los había salvado haciéndolos atar y transportar a las naves. Odiseo había luchado contra un cíclope, afirmaban unos; no, sólo se había peleado con un tabernero tuerto, desmentían otros, y el motivo de la discusión había sido una cuenta que no se había pagado. Varios hombres habían sido devorados por caníbales, aseguraban unos; no, sólo había sido una reyerta como otra cualquiera, replicaban otros, con mordiscos en la oreja, narices sangrantes, apuñalamientos y destripamientos. Odiseo era huésped de una diosa en una isla encantada, sostenían unos; la diosa había convertido a los marinos en cerdos -lo cual, en mi opinión, no debía de haberle costado mucho trabajo-, pero les había devuelto la forma humana porque se había enamorado de Odiseo y le preparaba deliciosos manjares con sus propias manos inmortales, y cada noche hacían el amor con desenfreno; no, corregían otros, sólo era una prostituta de lujo, y lo que hacía Odiseo era gorronear a la madam.
Huelga decir que los aedos recogían esos temas y los adornaban considerablemente. En mi presencia siempre cantaban las versiones más nobles, aquellas que describían a Odiseo como un hombre inteligente, valiente e ingenioso que luchaba contra monstruos sobrenaturales y al que las diosas apreciaban.El único motivo por el que todavía no había regresado a casa era que un dios -según algunos, Poseidón, el dios del mar-- estaba contra él porque el cíclope al que Odisea había lisiado era hijo suyo. O varios dioses estaban contra él. O las Parcas. O algo. Pues no cabía duda -insinuaban los aedos para elogiarme de que sólo una poderosa fuerza divina podía impedir a mi esposo regresar cuanto antes ?- los tiernos --y amorosos- brazos de su esposa.
Cuanto más exageraban, más costosos eran los regalos que esperaban de mí. Yo siempre cumplía sus deseos. Hasta una mentira obvia sirve de cierto consuelo cuando no hay verdades que nos reconforten.
Murió mi suegra, arrugada como el barro seco y enferma de tanto esperar, convencida de que nunca volvería a ver a Odisea. Según ella, la culpa la tenía yo, y no Helena: ¡si no me hubiera llevado al crío al campa de labranza! La anciana Euriclea envejeció aún más. Y lo mismo hizo mi suegro, Laertes. A Laertes dejó de interesarle la vida de palacio y se marchó a vivir al campo; se lo podía ver arrastrando los pies por una de sus granjas, vestido con ropa mugrienta y quejándose de los perales. Yo sospechaba que estaba volviéndose idiota.
Yo sola dirigía las extensas propiedades de Odisea.
En Esparta, en mi anterior vida, no me habían preparado para semejante tarea. Al fin y al cabo, yo era una princesa, y trabajar era algo que hacían los demás. Mi madre, pese a haber sido reina, no me había dado buen ejemplo. A ella no le gustaba la comida que se servía en el gran palacio, pues la más solicitada eran unos enormes pedazos de carne; ella prefería, como mucho, un pescadito o dos, con guarnición de algas. Se comía los pescados crudos, la cabeza primero, una práctica que yo contemplaba entre fascinada y horrorizada. ¿Os he comentado ya que mi madre tenía unos dientes muy pequeños y puntiagudos?
Tampoco le gustaba dar órdenes a los esclavos ni castigarlos, aunque de pronto podía matar a uno que la fastidiaba -no entendía que los criados tenían valor como propiedades-, y ni el tejido ni el hilado le interesaban en absoluto. «Demasiados nudos. Eso es trabajo de arañas. Que lo haga Aracne», decía. En cuanto a la tarea de supervisar las provisiones de comida, la bodega y lo que ella llamaba «los juguetes dorados de los mortales» que se guardaban en los enormes almacenes del palacio, mi madre se reía sólo de pensarlo. «Las náyades no sabemos contar más que hasta tres -aclaraba-. Los peces van en bancos, no en listas. ¡Un pez, dos peces, tres peces, otro pez, otro pez, otro pez! ¡Así es como los contamos nosotras!» Y reía con su risa cantarina. «Nosotros, los inmortales, no somos tacaños. ¡Acaparar no tiene ningún sentido!» Se escabullía e iba a bañarse en la fuente del palacio, o desaparecía y pasaba varios días contando chistes con los delfines y haciéndoles bromas a las almejas. Así que en el palacio de Ítaca tuve que aprender empezando desde cero. Al principio me lo impedía Euriclea, que quería encargarse de todo, pero al final se dio cuenta de que había demasiado trabajo que hacer, incluso para una entrometida como ella. Pasaron los años y me sorprendí a mí misma haciendo inventarios -donde hay esclavos es inevitable que haya robos; hay que vigilar--, y preparando los menús y organizando los guardarropas del palacio.
Aunque las prendas que vestían los criados eran bastas y resistentes, con el tiempo acababan estropeándose y había que reemplazarlas, de modo que yo tenía que indicar a las hilanderas y tejedoras lo que tenían que hacer. Los moledores de grano estaban en el escalafón más bajo de la jerarquía de los esclavos, y vivían encerrados en un edificio anexo; generalmente los ponían allí por mal comportamiento, y a veces había peleas entre ellos, así que yo tenía que estar al corriente de animosidades y venganzas .
Se suponía que los esclavos varones no podían dormir con las esclavas sin haber solicitado permiso. Ése era un tema delicado. A veces se enamoraban y se ponían celosos, igual que sus amos, lo cual causaba muchos problemas. Si la situación se descontrolaba, yo tenía que venderlos, como es lógico. Pero si de esos apareamientos nacía una hermosa criatura, solía quedármela y educarla yo misma, convirtiéndola en una criada refinada y amable.
Quizá mimé en exceso a algunas de esas niñas. Euriclea siempre lo decía. Melanto, la de hermosas mejillas, era una de ellas.
A través de mi administrador, compraba provisiones, y pronto me gané la reputación de astuta negociadora. A través de mi capataz, supervisaba las granjas y los rebaños, y me preocupé de aprender cuestiones como las épocas de nacimiento de los corderos y los terneros, o la forma de impedir que una cerda devore a su camada. A medida que fui adquiriendo experiencia, empecé a disfrutar con las conversaciones sobre esos temas tan burdos y ordinarios. Para mí era motivo de orgullo que el porquerizo viniera a pedirme consejo.
Mi plan consistía en hacer crecer las propiedades de Odiseo para que cuando él volviera tuviera aún más riquezas que cuando se había marchado: más ovejas, más vacas, más cerdos, más campos de cereal, más esclavos. Tenía una imagen muy clara en la mente: Odiseo regresaba, y yo -con femenina modestia- le mostraba lo bien que había realizado un trabajo que solía considerarse de hombres. Y lo había hecho por Odiseo, por supuesto. No había dejado de pensar en él. ¡Cómo se iba a iluminar su rostro! ¡Qué satisfecho iba a estar de mí! «Vales mil veces más que Helena», me diría. ¿ Verdad que sí? Y me abrazaría con ternura.
• • •
Pese a tanto trabajo y tanta responsabilidad, me sentía más sola que nunca. ¿Qué sabios consejeros tenía? En realidad, ¿con quién podía contar, aparte de conmigo misma? Muchas noches me dormía llorando o suplicando a los dioses que me devolvieran a mi amado esposo o me trajeran una muerte rápida. Euriclea me preparaba baños relajantes y bebidas reconfortantes, aunque todo eso conllevaba un precio.
Euriclea tenía la irritante costumbre de recitar dichos populares pensados para endurecerme y animarme a seguir dedicada al trabajo, como por ejemplo:

La que llora cuando el sol brilla
nunca llenará su plato de comida.
O:
La que en quejas pierde el tiempo
no se lleva a la boca más que viento.
O:
Si eres perezosa, descarados
se te vuelven los esclavos.
Truhanes, rameras y ladrones
tendrás si castigos no impones.

Y cosas parecidas. Si Euriclea hubiera sido más joven, le habría pegado una bofetada. Sin embargo, sus exhortaciones debieron de surtir algún efecto, porque durante el día yo conseguía mantener la apariencia de ánimo y esperanza, y aunque no me engañara a mí misma, al menos engañaba a Telémaco. Le contaba historias sobre Odiseo: sobre lo buen guerrero, lo inteligente y lo atractivo que era, y lo felices que íbamos a ser cuando él volviera a casa.
Cada vez inspiraba más curiosidad, como era lógico que ocurriera con la esposa-¿o había que decir la viuda?- de un hombre tan famoso; cada vez venían a visitarnos con más frecuencia barcos extranjeros que traían nuevos rumores. Y a veces también tanteaban el terreno: si se demostraba que Odiseo había muerto, no lo quisieran los dioses, ¿estaría yo abierta, quizá, a otras ofertas? Yo y mis tesoros, claro.
Yo no hacía caso de esas indirectas, porque seguían llegando noticias de mi esposo, aunque fueran confusas. Odiseo había descendido al reino de los muertos para consultar a los espíritus, aseguraban algunos. No, sólo había pasado la noche en una vieja y tenebrosa cueva llena de murciélagos, decían otros. Había hecho que sus hombres se pusieran cera en los oídos, explicó uno, cuando navegaban cerca de las seductoras sirenas -mitad pájaro, mitad mujer-, que atraían a los hombres a su isla y luego los devoraban; él se había atado al mástil para poder oír su irresistible canto sin saltar por la borda. No, le corrigió otro, era un burdel siciliano de lujo: las cortesanas que trabajaban allí eran famosas por su talento musical y sus extravagantes vestidos de plumas.
Resultaba difícil saber qué creer. A veces pensaba que la gente inventaba cosas sólo para asustarme, y para ver cómo se me llenaban los ojos de lágrimas.
Tiene cierta gracia atormentar a los vulnerables. No obstante, cualquier rumor era mejor que no saber nada de Odiseo, así que yo los escuchaba todos con avidez. Pero pasados unos cuantos años más dejaron de llegar rumores: era como si Odiseo hubiera desaparecido de la faz de la tierra.

miércoles, 9 de noviembre de 2016

Margaret Atwood: Penélope y las doce criadas (Cap. 11)



11
Helena me destroza la vida

Con el tiempo fui acostumbrándome a mi nuevo hogar, aunque tenía poca autoridad en él, pues Euriclea y mi suegra se ocupaban de todos los asuntos domésticos y tomaban todas las decisiones relacionadas con la casa. Odisea dirigía el reino, aunque, como es natural, su padre Laertes metía baza de vez en cuando, para discutir las decisiones de su hijo o para respaldarlas. Dicho de otro modo: había el clásico tira y afloja familiar sobre qué opinión era la que contaba más, y todos estaban de acuerdo en una cosa: no era la mía. Las comidas eran los momentos más tensos. Había demasiados trasfondos, demasiadas malas caras y demasiados gruñidos por parte de los hombres, y un silencio demasiado tenso alrededor de mi suegra. Cuando yo intentaba hablar con ella, mi suegra nunca me miraba al contestarme, sino que dirigía sus comentarios a un escabel o a una mesa. Como correspondía a una conversación con los muebles, aquellos comentarios eran rígidos y poco espontáneos.
No tardé en comprender que lo más sensato era mantenerme al margen de todo, y dedicarme a cuidar a Telémaco cuando Euriclea me lo permitía. «Pero si no eres más que una niña-decía, arrancándome el bebé de los brazos-. Dame, ya me ocupo yo del crío. Tú vete y diviértete. »
Pero yo no sabía cómo divertirme. No podía pasear sola por los acantilados ni por la orilla del mar como una campesina o una esclava: siempre que salía tenía que llevarme a dos criadas conmigo -debía preservar mi reputación, y la reputación de la esposa de un rey está bajo escrutinio constante-, pero ellas iban varios pasos detrás de mí, como correspondía.
Me sentía como un caballo premiado en exhibición, paseando con mis lujosas túnicas mientras los marineros me miraban fijamente y las mujeres susurraban.
No tenía ninguna amiga de mi misma edad y condición, de modo que aquellas excursiones no resultaban muy divertidas, y por ese motivo cada vez se fueron volviendo menos frecuentes.
A veces me quedaba sentada en el patio, hilando lana y escuchando a las criadas, que reían y cantaban en los edificios anexos mientras realizaban sus tareas.
Cuando llovía, llevaba mi labor a las dependencias de las mujeres. Allí, al menos, tenía compañía, porque siempre había varias esclavas trabajando en los telares. Me gustaba tejer, hasta cierto punto. Era un trabajo lento, rítmico y tranquilizador, y mientras tejía nadie, ni siquiera mi suegra, podía acusarme de estar ociosa (nunca lo había hecho, pero también existen las acusaciones silenciosas).
Pasaba mucho tiempo en nuestra habitación, la habitación que compartía con Odiseo. Era bastante bonita, con vistas al mar, aunque no tan bonita como la que yo tenía en Esparta. Odiseo había construido una cama especial, uno de cuyos pilares estaba tallado de un olivo que todavía tenía las raíces en el suelo. De ese modo, decía, nadie podría mover ni cambiar de lugar aquella cama, y sería un buen augurio para los hijos que fueran concebidos en ella. Aquel pilar era un gran secreto: nadie sabía de él excepto el propio Odiseo, mi criada Actoris -pero ella ya había muerto y yo misma. Si alguien se enteraba de la existencia de aquel pilar, decía Odiseo fingiendo un tono siniestro, él sabría que yo me había acostado con otro hombre, y entonces -añadió, mirándome con ceño, con un gesto presuntamente bromista-, él se enfadaría muchísimo, y tendría que cortarme en trocitos con su espada o colgarme de la viga del techo. Yo fingía que me asustaba y le aseguraba que nunca jamás se me ocurriría traicionar a su enorme pilar.
Pero lo cierto es que estaba asustada de verdad.
Pese a todo, los mejores momentos juntos los pasamos en aquella cama. A Odiseo le gustaba hablar conmigo después de hacer el amor. Me contaba muchas historias, historias sobre sí mismo, es cierto, y sus hazañas de cazador, y sus expediciones y saqueos, y sobre aquel arco que sólo él podía tensar, y sobre cómo siempre lo había protegido la diosa Atenea a causa de su agudo ingenio y su habilidad para disfrazarse y tramar estrategias, etcétera, etcétera; pero también me contaba otras historias: por qué cayó una maldición sobre la casa de Atreo, y cómo Perseo obtuvo el casco de Hades, que volvía invisible a quien se lo ponía, y le cortó la cabeza a la repugnante Gorgona; cómo el célebre Teseo y su amigo Pirítoo habían raptado a mi prima Helena antes de que ella cumpliera doce años y la habían escondido, con la intención de echarse a suertes cuál de los dos se casaría con ella cuando ésta alcanzara la edad apropiada. Teseo no la forzó, como habría podido hacer, porque mi prima no era más que una niña, o eso decían. La rescataron sus dos hermanos,
pero para recuperarla tuvieron que librar una gran guerra contra Atenas.
Yo ya conocía esa historia, pues me la había contado la propia Helena. Cuando la contaba ella, sonaba muy diferente. Helena explicaba que Teseo y Pirítoo estaban tan impresionados por su divina belleza que casi se desmayaban cada vez que la miraban, y apenas podían acercarse lo suficiente a ella para sujetarse a sus rodillas y suplicarle que los perdonara por su atrevimiento. La parte de la historia con que más disfrutaba Helena era la que mencionaba el número de hombres que habían perdido la vida en la guerra contra Atenas: consideraba aquellas muertes un tributo a su persona. La triste realidad es que la gente la había alabado tanto y le había prodigado tantos elogios y cumplidos que Helena se había trastornado. Creía que podía hacer cualquier cosa que quisiera, igual que los dioses de los que estaba convencida que descendía.
Me he preguntado muchas veces si, de no haber sido Helena tan vanidosa, habríamos podido ahorrarnos todos los sufrimientos y las penas que ella nos causó por su egoísmo y su desquiciada lujuria.
¿Por qué no podía llevar una vida normal? Pero no: las vidas normales eran aburridas, y Helena era ambiciosa.
Quería hacerse un nombre. Deseaba destacar de la masa.
El desastre se produjo cuando Telémaco tenía un año. Fue por culpa de Helena, ahora ya lo sabe todo el mundo.
La primera noticia que tuvimos de la inminente catástrofe nos la dio el capitán de un barco espartano que había atracado en nuestro puerto. El barco estaba en ruta por nuestras islas, comprando y vendiendo esclavos, y, como era habitual con los huéspedes de cierta posición, invitamos al capitán a cenar y le ofrecimos alojamiento para esa noche. Esa clase de visitas eran una fuente de noticias que siempre agradecíamos -quién había muerto, quién había nacido,quién acababa de casarse, quién había matado a quién en un duelo, quién había sacrificado a sus propios hijos a tal o cual dios-, pero las noticias que nos dio aquel hombre eran extraordinarias.
Nos dijo que Helena había huido con un príncipe troyano. El individuo, un tal Paris, era el hijo menor del rey Príamo, y decían que era muy atractivo. Lo de Helena y Paris fue amor a printera vista. Durante nueve días de banquete -ofrecido por Menelao con motivo de la gran categoría de aquel príncipe-, Paris y Helena no habían dejado de lanzarse miradas a espaldas del anfitrión, que no se había enterado de nada. Eso no me sorprendió, porque Menelao era más tonto que un ladrillo y sus modales daban pena.
Está claro que no había halagado lo suficiente a Helena,
de modo que ella estaba preparada para que lo hiciera otro hombre. Entonces, aprovechando que Menelao había tenido que ausentarse para asistir a un funeral, los dos amantes habían cargado el barco de Paris con todo el oro y la plata que pudieron reunir y se habían escabullido.
Menelao estaba furioso, igual que su hermano Agamenón, porque aquello era una ofensa al honor familiar. Habían enviado emisarios a Troya, exigiendo el regreso de Helena y del botín, pero los mensajeros habían vuelto con las manos vacías. Mientras tanto, Paris y la perversa Helena se reían de ellos desde detrás de las altas murallas de Troya. «Están que se suben por las paredes», comentó nuestro invitado, sin ocultar su deleite: como el resto de nosotros, él disfrutaba cuando los fuertes y poderosos caían de bruces. Nos aseguró que en Esparta no se hablaba de otra cosa.
Mientras escuchaba su relato, Odiseo palideció, aunque permaneció callado. Sin embargo, aquella noche me reveló el motivo de su inquietud. «Estamos todos comprometidos por un juramento -me explicó-. Lo pronunciamos sobre los pedazos de un caballo sagrado descuartizado, de modo que es un juramento muy poderoso. Todos los varones que lo hicieron serán llamados a defender los derechos de Menelao, zarparán hacia Troya y lucharán para recuperar a Helena.» Odiseo agregó que ésa no iba a ser tarea fácil: Troya era una gran potencia, un hueso mucho más duro de roer de lo que había sido Atenas cuando los hermanos de Helena la asolaron por el mismo motivo.
Reprimí el impulso de decir que deberían haber metido a la pérfida Helena en un baúl cerrado con llave y haberla encerrado en un sótano oscuro porque era una víbora con piernas. Lo que dije fue: «¿Tú también tendrás que ir?» Me horrorizaba la idea de quedarme en Ítaca sin Odiseo. ¿Qué iba a hacer sola en el palacio? Cuando digo sola quiero decir sin amigos ni aliados, ya me entendéis. Ya no habría placeres nocturnos para compensar el autoritarismo e Euriclea y los gélidos silencios de mi suegra.
«Yo también pronuncié el juramento -respondió Odiseo-. Es más, ese juramento fue idea mía. Ahora no me sería fácil librarme de él.»
Con todo, Odiseo lo intentó. Cuando aparecieron Agamenón y Menelao, lo cual tarde o temprano tenía que ocurrir -los acompañaba un fatídico tercer hombre, Palamedes, quien, a diferencia de los otros dos, no tenía ni un pelo de tonto-, Odiseo estaba preparado para recibirlos. Había hecho circular el rumor de que se había vuelto loco, y para demostrarlo se había puesto un ridículo sombrero de campesino y estaba arando un campo con un buey y un asno y sembrando los surcos con sal. Me creí muy lista cuando me ofrecí a acompañar a los tres visitantes al campo para presenciar aquella penosa imagen. «Ya lo veréis -dije con lágrimas en los ojos-. ¡Ya no me reconoce, ni siquiera reconoce a nuestro hijito!» Y me llevé al pequeño para demostrarlo.
Fue Palamedes quien descubrió a Odiseo: me arrancó a Telémaco de los brazos y lo colocó frente a la yunta. Odiseo tuvo que desviarse para no pasar por encima de su propio hijo con el arado. De modo que tuvo que ir.
Los otros tres lo adularon asegurándole que un oráculo había afirmado que Troya jamás caería sin su ayuda. Eso aceleró los preparativos de la partida de mi esposo, naturalmente. ¿Quién puede resistirse a la tentación de ser considerado indispensable?

lunes, 7 de noviembre de 2016

Margaret Atwood: Penélope y las doce criadas (Cap. 10)





10

Coro: El nacimiento de Telémaco (idilio)


Nueve meses navegó por los rojos mares de
la sangre de su madre
tras salir de la cueva de la temida Noche,
de un letargo
poblado de perturbadores sueños
en su frágil y oscuro barco, el barco que era
él mismo.
Por el peligroso océano de su inmensa
madre navegó
desde la lejana gruta donde las tres Moiras,
concentradas en su truculenta labor,
hilan los hilos de la vida de los mortales,
y luego los miden, y luego los cortan.
Y nosotras, las doce a las que más tarde él
daría muerte
por orden de su implacable padre,
navegábamos también, en los frágiles barcos
que éramos nosotras mismas,
por los turbulentos mares de nuestras
madres, hinchadas y con los pies
doloridos,
que no eran reinas, sino un grupo variopinto
de mujeres compradas, canjeadas,
capturadas, robadas a siervos
y desconocidos.
Tras el viaje de nueve meses alcanzamos la
orilla,
desembarcamos al tiempo que él lo hacía,
zarandeadas por un viento hostil.
Éramos bebés, igual que él; llorábamos igual
que él,
estábamos indefensas, igual que él, pero
diez veces más indefensas,
pues su nacimiento se anhelaba y fue
celebrado, mientras que los nuestros no.
Su madre dio a luz a un príncipe. Nuestras
madres simplemente
parieron, desovaron, nos echaron.
Nosotras éramos crías de animales, de las
que uno podía deshacerse a su antojo,
vender, ahogar en el pozo, canjear, utilizar,
desechar cuando ya no luciéramos.
A él lo engendraron; nosotras simplemente
aparecimos,
como los azafranes de primavera, las rosas,
los gorriones engendrados en el barro.
Nuestras vidas estaban entrelazadas con la
suya; nosotras también éramos niñas
cuando él era un niño;
éramos sus mascotas y sus juguetes, sus
hermanas de mentira, sus pequeñas
compañeras.
Crecíamos, igual que él, y reíamos y
corríamos igual que él,
aunque más sucias, más hambrientas, más
bronceadas.
Él nos consideraba suyas, para lo que se le
antojara:
para servirle y darle de comer, para lavarlo,
para distraerlo,
para mecerlo hasta que quedara dormido
en peligrosos barcos que éramos nosotras
mismas.
No sabíamos, mientras jugábamos con él
en la playa
de nuestra rocosa isla, cerca del puerto,
que apenas alcanzada la adolescencia nos
iba a matar a sangre fría.
De haberlo sabido, ¿lo habríamos ahogado
entonces?
Los niños son crueles y egoístas: todos
quieren vivir.
Doce contra uno: lo habría tenido difícil.
¿Lo habríamos hecho? En sólo un minuto,
cuando nadie mirara.
Habríamos podido hundir su pequeña
cabeza, todavía inocente, en el agua
con nuestras infantiles manos de niñera,
todavía inocentes,
y culpar de lo ocurrido al mar, ¿Nos
habríamos atrevido?
Preguntádselo a las Tres Moiras, que con sus
hilos trazan laberintos de color sangre,
y entrelazan las vidas de hombres y mujeres.
Sólo ellas saben qué rumbo habrían podido
tomar los acontecimientos.
Sólo ellas conocen nuestros corazones.
De nosotras no obtendréis respuesta.