lunes, 13 de noviembre de 2017

Don Juan Manuel




Escucha los cinco cuentos de El conde Lucanor de esta 
presentación y luego haz estos ejercicios 


Pincha en el enlace y lee las tres versiones con mucha atención. Compáralas. ¿Qué parecidos o diferencias observas?

  1.                  Resume brevemente el argumento de este ejemplo.
  2.                   Explica el tema principal del cuento.
  3.                    Explica el sentido de los versos finales del ejemplo.
  4.                    La estructura de este cuento también tiene tres partes. Intenta delimitarlas y explica qué contenido corresponde a cada una de ellas.
  5.         Dime cuáles son los temas de este cuento y cuál crees que es el concepto del matrimonio y del papel de la mujer en la familia y en la sociedad para Don Juan Manuel.
  6.                  El ejemplo que explica Patronio tiene dos finales y de cada uno de ellos se extrae una “lección”. Coméntalos y explícame las moralejas.
  7.          En este ejemplo, Don Juan Manuel logra crear una atmósfera de tensión. Intenta describir los recursos con los que la consigue.



  1.                       Los pícaros son típicos de la cultura de muchas sociedades.  En muchos casos, los pícaros viven bajo circunstancias muy adversas, pero usan su inteligencia para mejorar sus vidas.  ¿Es posible justificar el engaño que practican los pícaros?
  2.                           ¿Qué virtud maravillosa tenía la tela?
  3.           Como todos los timadores, los burladores del cuento tienen éxito porque se aprovechan de los defectos ajenos, o, en este caso de los prejuicios y leyes sociales. ¿Qué “pecados” y circunstancias sociales del rey moro y su corte permiten el engaño?
  4.                        ¿Cuál es la razón por la que el rey quiere hacerse con la tela? Sin embargo, ¿por qué se resiste a ir a verla?
  5.                        Cuando el rey sale desnudo a la calle, ¿por qué todo el mundo niega lo evidente? "O yo soy ciego o vos vais desnudo" ¿Por qué Don Juan Manuel le hace confesar la verdad a un “negro”?
  6.              Don Juan Manuel no inventa los cuentos, la mayor parte los obtiene de las colecciones de “exempla” que se ponen de moda en los siglos XIII y XIV para ofrecer educación moral al pueblo en su propia lengua. Estas colecciones provenían casi todas de la literatura clásica y de la oriental (árabe, hindú, persa...) y Don Juan Manuel las adapta a su intención literaria: dar consejos a los de su propia clase, la nobleza. El origen de este cuento es árabe y otros escritores lo reelaborarán: Cervantes en el entremés El retablo de las maravillas y Gracián en su Agudeza y arte de ingenio.



  1.             Resume muy brevemente el ejemplo.
  2.            ¿Por qué siguió al pobre que comía altramuces?
  3.       Interpreta el sentido de esta frase del cuento: «Y cuando esto vio el que comía los altramuces, se consoló, pues comprendió que había otro más pobre que él»
  4.        Interpreta el sentido de los versos finales. ¿Te parece que esta lección puede servir de consuelo?
  5.         ¿Para ilustrar el cuento, vale también el refrán "Mal de muchos, consuelo de tontos"? ¿O significa lo contrario?
  6.        Describe una situación de la vida cotidiana en la que tú crees que sería apropiado el consejo que se enseña en el cuento.
  7.          ¿Crees que los gobernantes de hoy también tienen consejeros? Justifica tu respuesta



1.- ¿Por qué el primer ciego se resiste a emprender el viaje?
2.- A juzgar por cómo acaba el cuento, ¿cuál de los dos tenía razón?
3.- ¿Qué enseñanza transmite el relato? ¿Podríamos decir que es una lección conservadora? ¿por qué?


Ø          Algunas situaciones, especialmente las relacionadas con el tema del honor, se resolvían en la Edad Media mediante las ordalías o «juicios de Dios». ¿Cómo se pueden defender hoy en día las mujeres ante casos de abusos, acoso o malos tratos?

Ø  ¿Por qué crees que la figura del consejero era tan importante en las tareas de gobierno durante la Edad Media? Razona la respuesta


Ø       Siguiendo la estructura de los ejemplos de El conde Lucanor, escribe un cuento ambientado en la actualidad y, al final, extrae de él una moraleja.

miércoles, 8 de noviembre de 2017

Horacio Quiroga: El almohadón de pluma

Resultado de imagen de Horacio Quiroga: El almohadón de pluma


Su luna de miel fue un largo escalofrío. Rubia, angelical y tímida, el carácter duro de su marido heló sus soñadas niñerías de novia. Ella lo quería mucho, sin embargo, a veces con un ligero estremecimiento cuando volviendo de noche juntos por la calle, echaba una furtiva mirada a la alta estatura de Jordán, mudo desde hacía una hora. Él, por su parte, la amaba profundamente, sin darlo a conocer.

Durante tres meses -se habían casado en abril- vivieron una dicha especial.

Sin duda hubiera ella deseado menos severidad en ese rígido cielo de amor, más expansiva e incauta ternura; pero el impasible semblante de su marido la contenía siempre.

La casa en que vivían influía un poco en sus estremecimientos. La blancura del patio silencioso -frisos, columnas y estatuas de mármol- producía una otoñal impresión de palacio encantado. Dentro, el brillo glacial del estuco, sin el más leve rasguño en las altas paredes, afirmaba aquella sensación de desapacible frío. Al cruzar de una pieza a otra, los pasos hallaban eco en toda la casa, como si un largo abandono hubiera sensibilizado su resonancia.

En ese extraño nido de amor, Alicia pasó todo el otoño. No obstante, había concluido por echar un velo sobre sus antiguos sueños, y aún vivía dormida en la casa hostil, sin querer pensar en nada hasta que llegaba su marido.

No es raro que adelgazara. Tuvo un ligero ataque de influenza que se arrastró

insidiosamente días y días; Alicia no se reponía nunca. Al fin una tarde pudo salir al jardín apoyada en el brazo de él. Miraba indiferente a uno y otro lado. De pronto Jordán, con honda ternura, le pasó la mano por la cabeza, y Alicia rompió en seguida en sollozos, echándole los brazos al cuello. Lloró largamente todo su espanto callado, redoblando el llanto a la menor tentativa de caricia. Luego los sollozos fueron retardándose, y aún quedó largo rato escondida en su cuello, sin moverse ni decir una palabra.

Fue ese el último día que Alicia estuvo levantada. Al día siguiente amaneció

desvanecida. El médico de Jordán la examinó con suma atención, ordenándole calma y descanso absolutos.

-No sé -le dijo a Jordán en la puerta de calle, con la voz todavía baja-. Tiene una gran debilidad que no me explico, y sin vómitos, nada... Si mañana se despierta como hoy, llámeme enseguida.

Al otro día Alicia seguía peor. Hubo consulta. Constatóse una anemia de marcha agudísima, completamente inexplicable. Alicia no tuvo más desmayos, pero se iba visiblemente a la muerte. Todo el día el dormitorio estaba con las luces prendidas y en pleno silencio. Pasábanse horas sin oír el menor ruido. Alicia dormitaba. Jordán vivía casi en la sala, también con toda la luz encendida. Paseábase sin cesar de un extremo a otro, con incansable obstinación. La alfombra ahogaba sus pasos. A ratos entraba en el

dormitorio y proseguía su mudo vaivén a lo largo de la cama, mirando a su mujer cada vez que caminaba en su dirección.

Pronto Alicia comenzó a tener alucinaciones, confusas y flotantes al principio, y que descendieron luego a ras del suelo. La joven, con los ojos desmesuradamente abiertos, no hacía sino mirar la alfombra a uno y otro lado del respaldo de la cama. Una noche se quedó de repente mirando fijamente. Al rato abrió la boca para gritar, y sus narices y labios se perlaron de sudor.

-¡Jordán! ¡Jordán! -clamó, rígida de espanto, sin dejar de mirar la alfombra.

Jordán corrió al dormitorio, y al verlo aparecer Alicia dio un alarido de horror.

-¡Soy yo, Alicia, soy yo!

Alicia lo miró con extravió, miró la alfombra, volvió a mirarlo, y después de largo rato de estupefacta confrontación, se serenó. Sonrió y tomó entre las suyas la mano de su marido, acariciándola temblando.
Entre sus alucinaciones más porfiadas, hubo un antropoide, apoyado en la alfombra sobre los dedos, que tenía fijos en ella los ojos.
Los médicos volvieron inútilmente. Había allí delante de ellos una vida que se acababa, desangrándose día a día, hora a hora, sin saber absolutamente cómo. En la última consulta Alicia yacía en estupor mientras ellos la pulsaban, pasándose de uno a otro la muñeca inerte. La observaron largo rato en silencio y siguieron al comedor.
-Pst... -se encogió de hombros desalentado su médico-. Es un caso serio... poco hay que hacer...
-¡Sólo eso me faltaba! -resopló Jordán. Y tamborileó bruscamente sobre la mesa.
Alicia fue extinguiéndose en su delirio de anemia, agravado de tarde, pero que remitía siempre en las primeras horas. Durante el día no avanzaba su enfermedad, pero cada mañana amanecía lívida, en síncope casi. Parecía que únicamente de noche se le fuera la vida en nuevas alas de sangre. Tenía siempre al despertar la sensación de estar desplomada en la cama con un millón de kilos encima. Desde el tercer día este hundimiento no la abandonó más. Apenas podía mover la cabeza. No quiso que le tocaran la cama, ni aún que le arreglaran el almohadón. Sus terrores crepusculares avanzaron en forma de monstruos que se arrastraban hasta la cama y trepaban dificultosamente por la colcha.
Perdió luego el conocimiento. Los dos días finales deliró sin cesar a media voz. Las luces continuaban fúnebremente encendidas en el dormitorio y la sala. En el silencio agónico de la casa, no se oía más que el delirio monótono que salía de la cama, y el rumor ahogado de los eternos pasos de Jordán.
Alicia murió, por fin. La sirvienta, que entró después a deshacer la cama, sola ya, miró un rato extrañada el almohadón.
-¡Señor! -llamó a Jordán en voz baja-. En el almohadón hay manchas que parecen de sangre.
Jordán se acercó rápidamente Y se dobló a su vez. Efectivamente, sobre la funda, a ambos lados del hueco que había dejado la cabeza de Alicia, se veían manchitas oscuras.
-Parecen picaduras -murmuró la sirvienta después de un rato de inmóvil observación.
-Levántelo a la luz -le dijo Jordán.
La sirvienta lo levantó, pero enseguida lo dejó caer, y se quedó mirando a aquél, lívida y temblando. Sin saber por qué, Jordán sintió que los cabellos se le erizaban.
-¿Qué hay? -murmuró con la voz ronca.
-Pesa mucho -articuló la sirvienta, sin dejar de temblar.
Jordán lo levantó; pesaba extraordinariamente. Salieron con él, y sobre la mesa del comedor Jordán cortó funda y envoltura de un tajo. Las plumas superiores volaron, y la sirvienta dio un grito de horror con toda la boca abierta, llevándose las manos crispadas a los bandós. Sobre el fondo, entre las plumas, moviendo lentamente las patas velludas, había un animal monstruoso, una bola viviente y viscosa. Estaba tan hinchado que apenas se le pronunciaba la boca.
Noche a noche, desde que Alicia había caído en cama, había aplicado sigilosamente su boca -su trompa, mejor dicho- a las sienes de aquélla, chupándole la sangre. La picadura era casi imperceptible. La remoción diaria del almohadón había impedido sin duda su desarrollo, pero desde que la joven no pudo moverse, la succión fue vertiginosa. En cinco días, en cinco noches, había vaciado a Alicia.
Estos parásitos de las aves, diminutos en el medio habitual, llegan a adquirir en ciertas condiciones proporciones enormes. La sangre humana parece serles particularmente favorable, y no es raro hallarlos en los almohadones de pluma.




Después de la lectura, contesta las siguientes preguntas:
4.1. ¿Cuál es la razón del título?
4.2. ¿Cuál es el tema de la narración?
4.3. Escribe un breve resumen del argumento con sus tres momentos (inicio, nudo y desenlace)
4.4. Describe los personajes del cuento
4.5. ¿Dónde suceden los hechos?
4.6. ¿En cuánto tiempo se desarrollan los hechos?

4.7. Redacta una valoración del relato.

viernes, 13 de octubre de 2017

La literatura medieval hasta el siglo XIV


Ejemplo de Cantiga de amigo puede ser esta de Martín Códax:

Ondas do mar de Vigo,
se vistes meu amigo?
E ai Deus, *se verrá cedo!

Ondas do mar levado,
se vistes meu amado?
E ai Deus, se verrá cedo

Se vistes meu amigo,
o por que eu sospiro?
E ai Deus, se verrá cedo

Se vistes meu amado,
por que ei gran cuidado?
E ai Deus, se verrá cedo!

(*si vendrá pronto)

El grupo Maná tiene una canción que podrías comparar con el contenido de la de Martín Codax. Se titula En el muelle de san Blas. Puedes seguir la letra aquí.






 

Mapa conceptual de este período

La poesía tradicional


La casulla de san Ildefonso
 
 El labrador avaro

El niño judío
 
 Cómo murió Trotaconventos y cómo el arcipreste hace su planto
 Propiedades que tiene el dinero
 
Las propiedades de las mujeres chicas (est. 71-76 y 1606-1617)


 Necesidad de una vieja mensajera y condiciones que ésta ha de tener (coplas 436-449)
 Lo que sucedió a una mujer que se llamaba doña Truhana (Cuento VII)
 Lo que sucedió a un hombre que por pobreza y falta de otra cosa comía altramuces (Cuento X)
 De lo que sucedió a un rey con los pícaros que hicieron la tela (Cuento XXXII)
 De lo que aconteció a un ciego que guiaba a otro ciego (Cuento XXXIV)
 De lo que sucedió a un mozo que casó con una muchacha de muy mal carácter (Cuento XXXV)

Libro del buen amor. Trotaconventos y Doña Endrina (vídeo de RTVE)

lunes, 11 de septiembre de 2017

Pompeya, la ciudad desenterrada







Desde que un ingeniero español iniciara las excavaciones en el siglo XVIII, los arqueólogos han sacado a la luz la antigua ciudad romana sepultada por la terrible explosión del Vesubio en el año 79 d.C.


El foro de Pompeya
La vista aérea de la derecha muestra un área que se excavó a principios del siglo XIX. Se ve el foro, en el centro, y el templo de Apolo, a la izquierda.
En el siglo XVIII, el descubrimiento de las ruinas de Pompeya provocó una auténtica conmoción entre los amantes de la Antigüedad. La ciudad había desaparecido del mapa entre el 24 y el 25 de agosto del año 79 d.C., cuando una mortífera erupción del Vesubio sepultó ésta y otras localidades del entorno, como Herculano y Estabia. A lo largo de los años se mantuvo el recuerdo de la existencia de unas ruinas antiguas en la zona, e incluso algunos se aventuraron a apuntar su localización a la luz de ciertos hallazgos.
Pero no fue hasta 1738 cuando el futuro Carlos III de España, entonces rey de Nápoles, encargó a un ingeniero militar español, Roque Joaquín de Alcubierre, que iniciase las excavaciones. Esas primeras prospecciones se hicieron en la zona de Herculano, un punto especialmente dificultoso porque la ciudad había quedado sepultada bajo una capa solidificada de lava volcánica que llegaba a alcanzar los 26 metros de espesor. Por ello, pese a que se desenterraron algunas estatuas espléndidas, el monarca y sus asesores decidieron ampliar el alcance de la búsqueda. Fue así como, en 1748, se comenzó a excavar en la zona de la antigua Pompeya, si bien la ciudad no fue identificada como tal hasta mucho más tarde, en 1763.
Arqueólogos y turistas
Pompeya había quedado cubierta por una capa bastante menos gruesa de cenizas volcánicas solidificadas, tras la que se encontró otra mucho más ligera de lapilli (pequeñas piedras expulsadas durante una erupción volcánica); por ello, el acceso a las ruinas fue desde el principio mucho más fácil. Inicialmente los excavadores se sintieron decepcionados, pues no daban con las elegantes esculturas por las que suspiraba el rey. Durante dos años exploraron dos zonas opuestas de la ciudad, el anfiteatro y la vía de los Sepulcros. Tras una pausa, en el año 1755 se reanudaron los trabajos, siempre bajo la dirección de Alcubierre, que se mantuvo en el puesto hasta 1780. Los hallazgos se sucedieron: la villa de Cicerón, la finca de Julia Félix, más tarde el teatro Grande, el odeón, la villa de Diomedes y el templo de Isis. La expectación por los descubrimientos se extendió por toda Europa, y gran número de estudiosos, y también de simples curiosos –lo que hoy llamaríamos turistas–, empezaron a llegar al yacimiento para contemplar los edificios desenterrados, las estatuas y los primeros frescos que quedaban a la vista. El templo de Isis despertó especial interés; era el primer espacio sacro que se excavaba en Pompeya, el mejor conservado y, sobre todo, el primer santuario egipcio que podían ver con sus propios ojos los europeos, pues el viaje al país de los faraones no era factible en aquella época.
La casa de las Bodas de Plata
En 1891 empezó la excavación de esta rica mansión pompeyana. En la imagen se aprecian los frescos del salón de recepción, del «cuarto estilo».
 El trabajo de Alcubierre y su equipo fue desde el principio objeto de fuertes críticas. El estudioso alemán Winckelmann, por ejemplo, escribía en 1762: «La incompetencia de este hombre [Alcubierre], que ha tenido tanto contacto con la Antigüedad como las gambas con la Luna, ha provocado la pérdida de muchas cosas hermosas». Se criticaba que la finalidad última de las excavaciones no era otra que la de encontrar objetos de valor, especialmente esculturas, que embelleciesen el palacio del rey, por lo que se desechaban otros objetos que no resultaban relevantes.
Pero estas opiniones eran en gran parte infundadas o exageradas y tal vez derivaban de la frustración de los viajeros al no poder acceder con libertad a los descubrimientos. Hay que tener en cuenta que la arqueología como disciplina estaba en sus orígenes y empezó a desarrollarse precisamente a partir de los descubrimientos de Pompeya, que llevaron a plantear cómo debía abordarse una excavación arqueológica de gran magnitud. La exploración emprendida por Alcubierre permitió comprender que Pompeya ofrecía una oportunidad única de recuperar una ciudad romana completa y de entrar en contacto con la vida cotidiana de los antiguos romanos, de los que se habían conservado sus alimentos carbonizados, sus muebles, sus vestidos y hasta las huellas de sus carros.
El fresco de los misterios
En 1909 se descubrió en las afueras de Pompeya una villa suburbana que apenas sufrió daños por la erupción del Vesubio. Sus muros estaban cubiertos de unos magníficos frescos de tema mistérico. Arriba, detalle de uno de los paneles en el que una niña realiza una lectura ritual ante otras mujeres. 
Francesco La Vega, un colaborador de Alcubierre, se hizo cargo de las excavaciones en 1780 y enseguida tomó una serie de medidas que buscaban lograr una mejor planificación y coherencia de los trabajos. También se preocupó por conservar adecuadamente lo ya desenterrado. Por ejemplo, hizo techar las construcciones para que las pinturas y otras antigüedades pudieran conservarse in situ y también ordenó reponer algunos monumentos que habían sido trasladados al museo de la localidad de Portici.
Llegan los franceses
Pocos años después se entró en una de las etapas más activas y productivas en las excavaciones de Pompeya, la inaugurada con la llegada al trono de Nápoles de un mariscal de Napoleón, Joachim Murat, en 1808. Su esposa Carolina, hermana del emperador, mostró especial interés por las excavaciones en Pompeya, y tuteló y controló personalmente los trabajos dirigidos por Pietro La Vega, hermano del director precedente. Durante esos años se excavó todo el perímetro de la muralla, las puertas de la ciudad así como algunas de las calles más importantes. Por otro lado, se unieron zonas que habían sido excavadas de manera aislada y se trabajó en el foro.
El rostro de los pompeyanos
En la casa de Terencio Neo se halló este fresco, tal vez una imagen de Terencio y su esposa. Ésta porta una tabla de cera y un estilo para escribir. 
Tras la restauración de los Borbones en el trono napolitano en el año 1815, los trabajos arqueológicos experimentaron un cierto retroceso a causa de la falta de fondos. Pese a ello, se recuperaron algunos de los edificios más célebres de Pompeya, como la casa del Fauno, donde se halló el espectacular mosaico que representa la batalla entre Alejandro Magno y Darío. El número de visitantes no cesó de aumentar, sobre todo después de la inauguración en 1840 de una estación de ferrocarril, que fue seguida por la apertura de los primeros hoteles y restaurantes que ofrecían sus servicios a los viajeros, a precios al parecer bastante abusivos. Pero el gran salto adelante en la exploración de Pompeya se produjo en 1863, poco después de la caída de los Borbones y la incorporación de Nápoles al reino unificado de Italia. En ese año asumió la dirección de las excavaciones uno de los arqueólogos más afamados de la época, el italiano Giuseppe Fiorelli.
La revolución de Fiorelli
La ambición de Fiorelli, en primer lugar, fue completar la exploración del yacimiento, del que sólo se había excavado una tercera parte. Pero, más allá de esto, la importancia de Fiorelli reside en el riguroso método arqueológico que puso en práctica. Dividió Pompeya en nueve regiones, subdivididas a su vez en ínsulas (manzanas) y umbrales, con el fin de localizar con exactitud cada uno de los edificios excavados en la ciudad. De ahí la «numeración» de las casas que se sigue empleando hoy en día; por ejemplo, la casa de Menandro es I. 10. 4, es decir: Región I, Ínsula 10, Umbral 4.

La diosa Isis
Estatua de mármol procedente del templo de la diosa en Pompeya. Siglo I. Museo Arqueológico Nacional, Nápoles. 
Además, Fiorelli impuso la excavación de los edificios desde arriba –y no desde los túneles abiertos en las calles, como se había hecho siempre– para evitar así que las paredes se desplomaran, como había ocurrido a menudo. Arqueólogo enormemente imaginativo, Fiorelli causó sensación con su idea de crear moldes de las víctimas de la erupción; para ello inyectó yeso en los huecos que habían dejado bajo la capa de cenizas volcánicas los cuerpos de las víctimas al descomponerse. Fiorelli decidió, asimismo, autorizar el acceso a las excavaciones a todo el mundo, previo pago de una entrada. Si hasta entonces sólo los personajes de alcurnia habían obtenido permiso para acceder a las ruinas, ahora cualquier ciudadano podía pasearse por las calles de la antigua ciudad campana.
La larga sombra de la política
Al entrar en el siglo XX, la fama de Pompeya no hizo sino aumentar gracias a los medios de comunicación de masas y el continuo flujo de visitantes anuales, al tiempo que proseguían las campañas arqueológicas. Una empresa de gran aliento fue la excavación, por Vittorio Spinazzola, de la vía de la Abundancia, célebre por el gran número de grafitos y decoraciones pictóricas de sus fachadas. Al mismo tiempo, Pompeya se convirtió en un instrumento de propaganda para los distintos gobiernos italianos, sobre todo a partir de 1923, bajo el régimen fascista de Benito Mussolini. Viendo en la antigua ciudad una muestra de la pasada grandeza de Italia, las autoridades pusieron enormes fondos a disposición de Amedeo Maiuri, el nuevo director del yacimiento a partir de 1924. Gracias a ello se sucedieron los descubrimientos, como el de la villa de los Misterios, con sus sensacionales frescos de contenido mistérico, o la casa de Menandro, excavada por Maiuri entre 1926 y 1932.
La casa del Fauno
Excavada en 1830, es la más grande de Pompeya. Su atrio tiene una fuente adornada por la estatua de bronce de un fauno, del que toma su nombre. 
En 1943, durante la segunda guerra mundial, una serie de bombardeos aliados dañaron seriamente los restos arqueológicos. Pero terminado el conflicto los trabajos se reanudaron a un ritmo intenso, aunque no siempre con el debido rigor; por ejemplo, los materiales desenterrados se utilizaron para la construcción de la autopista Nápoles-Salerno y como tierra fértil para los cultivos de la zona. Desde los años sesenta se han desenterrado tres nuevas casas: las de Fabio Rufo, Julio Polibio y de los Castos Amantes. Aun así, en la actualidad, 25 hectáreas del yacimiento, un tercio del total, aún no han visto la luz. Pero quizás el mayor reto para los arqueólogos sea la conservación de los edificios, mosaicos y frescos ya descubiertos, algo que resulta especialmente arduo en las condiciones de la actual crisis económica.

Fuente:  www.nationalgeographic.com

domingo, 2 de julio de 2017

Aquí vivió Miguel Hernández, el poeta luminoso



 

Vestíbulo de la casa del poeta Miguel Hernández, presidido por su retrato

El coche serpentea entre naranjos y limoneros mientras dejo atrás pueblos vacíos y fachadas desgastadas por el sol. Las flores rosas y blancas que bordean la carretera brillan como en una película en Technicolor. Al otro lado de la ventanilla se despliegan campos de cultivo, viñedos, casuchas viejas y la silueta de un hombre que no encuentra ninguna sombra y camina cabizbajo.
Cuando llego a la casa de Miguel Hernández son casi las 7. Orihuela está ardiendo pero dentro hace fresco, como si al atravesar el umbral el calor se hubiera evaporado de pronto. Una foto enorme del poeta de niño me da la bienvenida.
La vivienda de una sola planta, en el número 73 de la antigua calle de Arriba, a las afueras del pueblo, es una construcción humilde típica de la zona. Está enclavada en la falda del monte de San Miguel, junto al Colegio de Santo Domingo donde el escritor empezó el bachillerato antes de tener que cambiar los estudios por las cabras. Miguel vivió aquí con su familia desde 1914 hasta que se marchó a Madrid en 1934.



Todas las puertas están abiertas y la casa se ha inundado de luz. El suelo, que hace cien años era de tierra, está ahora cubierto de baldosas. En el vestíbulo, bajo la foto del poeta que nos mira, hay un cuenco de barro con naranjas, y a la derecha, sobre el aparador donde se guarda la vajilla, un plato lleno de cebollas. Es inevitable pensar en las Nanas que escribió el autor después de recibir una carta de su mujer en la que contaba que sólo tenían pan y cebolla para comer. Pero en el poema que cierra el Cancionero y romancero de ausencias, escrito en trozos de papel higiénico en la cárcel de Torrijos, la esperanza se impone a la oscuridad. Pese a la frustración que supone no poder ayudar a su familia, Miguel anima a su hijo a seguir adelante. Tras el desastre de la guerra civil queda el vislumbre del amor y de la inocencia de la infancia, un paraíso perdido que el oriolano, a punto de morir de tuberculosis, quiere proteger a toda costa.


Dormitorio de Miguel Hernández

Mucho antes de aquello, un Miguel adolescente escribía de noche, cuando todos dormían, en el cuarto que compartía con su hermano Vicente. En una pared de la habitación puede leerse la última estrofa del poema “Eterna sombra”:
Soy una abierta ventana que escucha,
por donde va tenebrosa la vida.
Pero hay un rayo de sol en la lucha
que siempre deja la sombra vencida.

La pequeña cama de hierro está cubierta por una colcha blanca. A su izquierda hay una ventana que da al patio, una cajonera, un perchero del que cuelga un cayado, un retrato a lápiz del poeta y una silla de madera con una maleta de cartón y unas alpargatas encima. A su derecha hay una mesa con una palangana y un espejito cuadrado. La pared está salpicada de fotografías y del techo pende una bombilla desnuda. Echo en falta la máquina de escribir portátil de segunda mano que compró Miguel en 1931. Le costó 300 pesetas y era de la marca Corona. Desde marzo de aquel año, el alicantino subía cada mañana a la Cruz de la Muela con ella y el hatillo al hombro y escribía hasta el atardecer.
Una puerta comunica su dormitorio con el de sus hermanas, y en el otro extremo de la vivienda está la habitación de los padres, que conserva la jofaina original de la familia, y la sala de estar, decorada de manera sencilla.
Bajo el arco del vestíbulo, entre el comedor y el patio, se encuentra la cocina. De un lado están las orzas para guardar conservas, las tinajas, los cedazos, dos morteros, un botijo, un lebrillo, un vasar lleno de platos de loza y un celemín. Del otro está el hogar con las planchas de carbón y el hornillo, enmarcado por una cortinita de cuadros rojos y blancos y rodeado de utensilios de la época. Sobre el hogar, escrito en mayúsculas en un panel de madera, hay un fragmento de “Sentado sobre los muertos”, del poemario Viento del pueblo:
Si yo salí de la tierra,
si yo he nacido de un vientre
desdichado y con pobreza,
no fue sino para hacerme
ruiseñor de las desdichas,
eco de la mala suerte,
y cantar y repetir
a quien escucharme debe
cuanto a penas, cuanto a pobres,
cuanto a tierra se refiere.


Patio de la casa de Miguel Hernández en Orihuela



Miguel Hernández, al que Dámaso Alonso llamó “genial epígono” de la Generación del 27, es el poeta de los campesinos y los desheredados. Viendo la casa donde vivió se entiende mejor el origen de sus versos. Pero es al salir al patio y observar el monte por el que subía cada día con la cabrada después de recorrer el pueblo llevando las cantarillas de leche recién ordeñada, cuando uno realmente cree conocerlo. Mientras cuidaba el rebaño, el joven pastor leía y escribía sus primeros poemas. En el zurrón llevaba libros de San Juan de la Cruz, Verlaine y Virgilio que le prestaba su amigo Luis Almarcha, el cura que impidió que lo fusilaran al acabar la guerra. CervantesLopeCalderón, Góngora y Garcilaso fueron sus principales maestros.
Es fácil imaginárselo en el jardín, henchido de luz a esta hora de la tarde, bajo la parra que da sombra al pozo y al lavadero, o en el huerto, apoyado en la higuera (“paraíso local (…) donde mi vida pasa / calmándole la sed cuando le abrasa”). El olor del jazmín, las macetas con flores, la buganvilla, el granero, el cobertizo con leñera junto al baño de adobe, la espuerta de serón, los canastos de esparto para meter los cántaros, el corral donde el padre de Miguel guardaba el ganado, separado del patio por una verja pintada de azul, y por fin el huerto con la morera al fondo, fueron el germen de su poesía. Luego llegaría la barbarie y el compromiso social y político, pero es aquí, con este aire levantino y el olor a pienso, donde empieza todo
Artículo de: MIREYA HERNÁNDEZ | 28/06/2017