domingo, 2 de julio de 2017

Aquí vivió Miguel Hernández, el poeta luminoso



 

Vestíbulo de la casa del poeta Miguel Hernández, presidido por su retrato

El coche serpentea entre naranjos y limoneros mientras dejo atrás pueblos vacíos y fachadas desgastadas por el sol. Las flores rosas y blancas que bordean la carretera brillan como en una película en Technicolor. Al otro lado de la ventanilla se despliegan campos de cultivo, viñedos, casuchas viejas y la silueta de un hombre que no encuentra ninguna sombra y camina cabizbajo.
Cuando llego a la casa de Miguel Hernández son casi las 7. Orihuela está ardiendo pero dentro hace fresco, como si al atravesar el umbral el calor se hubiera evaporado de pronto. Una foto enorme del poeta de niño me da la bienvenida.
La vivienda de una sola planta, en el número 73 de la antigua calle de Arriba, a las afueras del pueblo, es una construcción humilde típica de la zona. Está enclavada en la falda del monte de San Miguel, junto al Colegio de Santo Domingo donde el escritor empezó el bachillerato antes de tener que cambiar los estudios por las cabras. Miguel vivió aquí con su familia desde 1914 hasta que se marchó a Madrid en 1934.



Todas las puertas están abiertas y la casa se ha inundado de luz. El suelo, que hace cien años era de tierra, está ahora cubierto de baldosas. En el vestíbulo, bajo la foto del poeta que nos mira, hay un cuenco de barro con naranjas, y a la derecha, sobre el aparador donde se guarda la vajilla, un plato lleno de cebollas. Es inevitable pensar en las Nanas que escribió el autor después de recibir una carta de su mujer en la que contaba que sólo tenían pan y cebolla para comer. Pero en el poema que cierra el Cancionero y romancero de ausencias, escrito en trozos de papel higiénico en la cárcel de Torrijos, la esperanza se impone a la oscuridad. Pese a la frustración que supone no poder ayudar a su familia, Miguel anima a su hijo a seguir adelante. Tras el desastre de la guerra civil queda el vislumbre del amor y de la inocencia de la infancia, un paraíso perdido que el oriolano, a punto de morir de tuberculosis, quiere proteger a toda costa.


Dormitorio de Miguel Hernández

Mucho antes de aquello, un Miguel adolescente escribía de noche, cuando todos dormían, en el cuarto que compartía con su hermano Vicente. En una pared de la habitación puede leerse la última estrofa del poema “Eterna sombra”:
Soy una abierta ventana que escucha,
por donde va tenebrosa la vida.
Pero hay un rayo de sol en la lucha
que siempre deja la sombra vencida.

La pequeña cama de hierro está cubierta por una colcha blanca. A su izquierda hay una ventana que da al patio, una cajonera, un perchero del que cuelga un cayado, un retrato a lápiz del poeta y una silla de madera con una maleta de cartón y unas alpargatas encima. A su derecha hay una mesa con una palangana y un espejito cuadrado. La pared está salpicada de fotografías y del techo pende una bombilla desnuda. Echo en falta la máquina de escribir portátil de segunda mano que compró Miguel en 1931. Le costó 300 pesetas y era de la marca Corona. Desde marzo de aquel año, el alicantino subía cada mañana a la Cruz de la Muela con ella y el hatillo al hombro y escribía hasta el atardecer.
Una puerta comunica su dormitorio con el de sus hermanas, y en el otro extremo de la vivienda está la habitación de los padres, que conserva la jofaina original de la familia, y la sala de estar, decorada de manera sencilla.
Bajo el arco del vestíbulo, entre el comedor y el patio, se encuentra la cocina. De un lado están las orzas para guardar conservas, las tinajas, los cedazos, dos morteros, un botijo, un lebrillo, un vasar lleno de platos de loza y un celemín. Del otro está el hogar con las planchas de carbón y el hornillo, enmarcado por una cortinita de cuadros rojos y blancos y rodeado de utensilios de la época. Sobre el hogar, escrito en mayúsculas en un panel de madera, hay un fragmento de “Sentado sobre los muertos”, del poemario Viento del pueblo:
Si yo salí de la tierra,
si yo he nacido de un vientre
desdichado y con pobreza,
no fue sino para hacerme
ruiseñor de las desdichas,
eco de la mala suerte,
y cantar y repetir
a quien escucharme debe
cuanto a penas, cuanto a pobres,
cuanto a tierra se refiere.


Patio de la casa de Miguel Hernández en Orihuela



Miguel Hernández, al que Dámaso Alonso llamó “genial epígono” de la Generación del 27, es el poeta de los campesinos y los desheredados. Viendo la casa donde vivió se entiende mejor el origen de sus versos. Pero es al salir al patio y observar el monte por el que subía cada día con la cabrada después de recorrer el pueblo llevando las cantarillas de leche recién ordeñada, cuando uno realmente cree conocerlo. Mientras cuidaba el rebaño, el joven pastor leía y escribía sus primeros poemas. En el zurrón llevaba libros de San Juan de la Cruz, Verlaine y Virgilio que le prestaba su amigo Luis Almarcha, el cura que impidió que lo fusilaran al acabar la guerra. CervantesLopeCalderón, Góngora y Garcilaso fueron sus principales maestros.
Es fácil imaginárselo en el jardín, henchido de luz a esta hora de la tarde, bajo la parra que da sombra al pozo y al lavadero, o en el huerto, apoyado en la higuera (“paraíso local (…) donde mi vida pasa / calmándole la sed cuando le abrasa”). El olor del jazmín, las macetas con flores, la buganvilla, el granero, el cobertizo con leñera junto al baño de adobe, la espuerta de serón, los canastos de esparto para meter los cántaros, el corral donde el padre de Miguel guardaba el ganado, separado del patio por una verja pintada de azul, y por fin el huerto con la morera al fondo, fueron el germen de su poesía. Luego llegaría la barbarie y el compromiso social y político, pero es aquí, con este aire levantino y el olor a pienso, donde empieza todo
Artículo de: MIREYA HERNÁNDEZ | 28/06/2017

sábado, 1 de julio de 2017

Guernica: el proceso creativo de un icono

Símbolo de la Guerra Civil española, del antibelicismo mundial y de la lucha por la libertadGuernica es uno de los iconos del mundo contemporáneo. Se trata del grito atemporal contra la guerra, contra la matanza de inocentes, un mensaje de resistencia ante el autoritarismo y el fascismo. GUERNICA consigue reivindicar desde la vanguardia artística que el arte también tiene una función política, creando en este caso la imagen más relevante del siglo XX que defiende la paz y la libertad.



Para acercarnos a una obra como Guernica, es importante conocer cuál fue el proceso creativo llevado a cabo por Pablo Picasso (1881-1973). La obra nace de un encargo realizado por el gobierno español con el que se buscaba la colaboración de Picasso en la Exposition Internationale des Arts et Techniques dans la Vie Moderne de París, en 1937. El Gobierno buscaba utilizar el pabellón como instrumento de propaganda política que reflejara el drama que se estaba viviendo con la guerra. Para ello se contó con alguno de los artistas más importantes del momento, como Joan Miró, Julio González o el propio Picasso.



El encargo de la obra se realizaría los primeros días de enero, tras el cual el pintor alquila un gran taller en el número 7 de la Rue des Grans-AugustinsPicasso, sin embargo, no comienza a trabajar en el cuadro inmediatamente, tardaría más de cuatro meses en comenzar el encargo, tiempo en que decidió cuál debía ser el tema de la obra. Durante este tiempo, algunos de los hechos acaecidos durante la Guerra Civil afectaron al pintor, sobre todo la toma de Málaga, su ciudad natal, el 8 de febrero de 1937. Tras varios meses de abandono, los días 18 y 19 de abril comienza a trabajar en varios bocetos destinados al mural. Se trata de catorce estudios con el tema de El taller: el pintor y su modelo. Este es uno de los temas más recurrentes en la obra de Picasso, pero en este caso encontramos algunos detalles llamativos. En el primer dibujo, el brazo del pintor extendido hacia el caballete es el mismo que sostendrá posteriormente la lámpara en Guernica, y en el último introduciría el primer elemento político, un brazo sosteniendo la hoz y el martillo.



Sin embargo, todo cambia tras el 26 de abrildía en que la aviación alemana, al servicio del ejército nacionalista y a modo de ensayo, bombardea destruyendo en su totalidad la ciudad de Guernica. La noticia llega rápidamente a los periódicos franceses, y el eco de la tragedia propicia que la manifestación del día del trabajador, el primero de mayo en París, se convierta en una muestra de solidaridad y apoyo a España, con más de un millón de participantes. Ese mismo día, Picasso traza el primero de los bocetos de la obra.



Comenzaría así el proceso creativo de la obra, que duraría aproximadamente un mes. En ese tiempo Picasso realiza 45 bocetos en los que abordaría cuáles serían las figuras protagonistas de la escena y la composición de las mismas. Desde el primero de ellos se distinguen varios de los personajes que conformarán el cuadro: el toro, el caballo y la figura de la mujer en la ventana con el brazo extendido llevando una luz. El primer dibujo realizado no habla tanto de la guerra, sino que aparece más bien legado al grabado Minotauromaquia (1935). A este primer dibujo le siguen estudios de composición, dibujos y óleos a los que va añadiendo nuevos elementos: el guerrero muerto, la madre con su hijo muerto, y otros que descartará.



El 11 de mayo, Picasso comenzaría a trabajar con el lienzo a tamaño original, de 3,50 x 7,77 metros.  Durante casi un mes que duraría el proceso de creación, el pintor utilizó el lienzo casi como un cuaderno de ideas, probando siempre nuevas composiciones y estados. Además, será entonces cuando pida a Dora Maar, fotógrafa periodista y su amante durante aquel momento, que cree una serie fotográfica sobre el proceso de creación de GUERNICAEl reportaje fue publicado en el número especial de la revista Cahiers d’Art dedicado monográficamente al cuadro. A partir de las fotografías de Dora Maar podemos ver cómo evolucionó la obra. Desde el principio Picasso utilizó solo el negro y el blanco como colores de la obra, lo cual la dota de un dramatismo de crónica periodística. Entre algunos de los cambios se observa cómo el disco solar que inicialmente iluminaba la escena viene sustituido por una lámpara encendida. A los lados, cuatro mujeres: una que sostiene a su hijo muerto, otra en llamas, la de la ventana y la que huye con los brazos caídos. En la parte superior izquierda aparecerá el toro, con un rostro completamente humanizado. El caballo aúlla de dolor, y en el suelo yacen los cadáveres de un guerrero y, hasta un estado avanzado de la composición, también de una mujer. A medida que todo cobra forma, la composición adquiere la forma de un tríptico con dos franjas verticales a ambos lados y un triángulo en el centro con la lámpara como vértice superior. En los estados finales, el artista traza una cuadrícula en el suelo, rellena con pequeñas rayas continuas el cuerpo del caballo y con otras verticales la falda de la madre, además termina de pintar de negro y gris la zona que rodea la lámpara y dibuja los filamentos de la bombilla. En el hueco vacío que queda entre las cabezas del toro y del caballo, traza unas líneas que conforman una mesa y decide pintar un pájaro gritando.




Sin duda, estamos ante uno de los procesos creativos mejor documentados de la Historia del arte, lo cual facilita, por un lado, saber cuáles fueron los pensamientos de Picasso durante el mes en que creó Guernica, y por otro, hacer de dominio público un documento gráfico sobre la creación de la obra que se convirtió en el grito antibelicista más importante del siglo XX.



Fuente: http://queaprendemoshoy.com

domingo, 25 de junio de 2017

El mapa de Peutinger: así era el mundo a finales del Imperio romano


Mapa de Peutinger

En esta sección se muestra la costa de Dalmacia, el sur de la península itálica y la costa de Túnez, el territorio que los romanos denominaban Africa
 En la Biblioteca Nacional de Viena se conserva uno de los documentos más extraordinarios de la historia de la cartografía: un mapa de casi siete metros de longitud que representa el mundo conocido a finales del Imperio romano, en el siglo IV d.C.
A principios del siglo XVI, uno de los mayores exponentes de la cartografía antigua llegaba por vía testamentaria a manos de Konrad Peutinger, humanista alemán que dio nombre a este mapa que hoy constituye una de las fuentes esenciales para el estudio de la geografía de la Antigüedad. Se trata de un rollo de pergamino de 33 centímetros de alto por aproximadamente 6,9 metros de largo y dividido en doce segmentos que facilitan su mejor preservación. El mapa que hoy conservamos es una copia medieval –datada en torno al siglo XIII– de un original romano que situaríamos, por diversas razones, en el siglo IV: la presencia de la ciudad de Constantinopla, fundada en el año 330, nos indica que el mapa no puede ser anterior a esta fecha. Así, este documento es un elemento fundamental para el estudio de la cartografía antigua.


Konrad Peutinger (1464-1547)
Grabado del siglo XVIII, basado en otro del siglo XVI.
 Hay que tener en cuenta que la cartografía romana tuvo una finalidad eminentemente práctica, a diferencia de la griega, de mayor orientación científica. Para no perderse en sus vastos dominos, los romanos crearon lo que denominaron itinerarios, documentos en los que quedaban registradas las principales arterias o estaciones de un territorio. Existían dos tipos de itinerarios: los ITINERARIA ADNOTATA, listas viales que enumeraban las principales estaciones y las distancias entre ellas especificadas en millas (el más conocido es el Itinerario de Antonino, datado en el siglo III, aunque también pueden citarse los Vasos de Vicarello o el Anónimo de Ravena, entre otros), y los ITINERARIA PICTA, que eran esencialmente representaciones gráficas con especial relevancia de la red viaria, grupo al que pertenece la Tabula de Peutinger.
De Hispania a la India
El mapa de Peutinger inicia su recorrido en los Pirineos y lo termina en la península de la India y la isla de Taprobane (en Sri Lanka). Abarca, de este modo, la ecúmene, la tierra habitada conocida, con la excepción del extremo oeste que correspondería a la representación de la península Ibérica, un fragmento perdido que fue reconstruido por el estudioso Konrad Miller en 1898. El mapa contiene, a lo largo de su recorrido, numerosos detalles dignos de mención, tanto por su significado histórico como por su grado de acabado.
Un inmenso mapa de carreteras del Imperio y de todo el orbe conocido
 El mapa de Peutinger señala las vías de comunicación que unían Roma con el resto del mundo, desde la península ibérica hasta Mesopotamia y las tierras de India. Las líneas rojas en el mapa señalan los caminos que comunicaban los principales enclaves.
A grandes rasgos, en la Tabula aparecen indicados ríos y mares, accidentes geográficos y, por supuesto, ciudades, todos ellos con acabados cromáticos distintos. Se señalan también centros religiosos y mansios, lugares destinados a lo largo del camino al descanso y al cambio de caballería, información que resultaba imprescindible para todo aquel que emprendiera un largo viaje. Es interesante la representación de puertos comerciales en el Mediterráneo, como es el caso de Ostia, principal vía de entrada a Roma por mar, así como de centros termales. Este volumen de información indicaría que el mapa no fue en absoluto compuesto con fines militares, si bien su uso no habría quedado en modo alguno excluido de este ámbito.
Cabe también destacar las notas que sirven para explicar la relevancia de algunos puntos. Así, en la zona del Sinaí se lee: “El desierto por el que durante cuarenta años erraron los hijos de Israel guiados por Moisés”. Encontramos otra nota en el extremo oriental para explicar el límite al que llegó Alejandro con su ejército: “Aquí recibió Alejandro la respuesta: ¿Hasta dónde, Alejandro?”. La ciudad de Roma –que, si tenemos en cuenta los fragmentos desaparecidos del mapa, debió de ocupar en su día su centro neurálgico– aparece representada como una figura sentada en un trono, portando el globo terrestre, una lanza y un escudo, como el caput mundi, “la capital del mundo” a la que conducen todos los caminos. También se da especial relevancia a dos grandes urbes de Oriente, Constantinopla y Antioquía, si bien aparecen representadas en un tamaño inferior al de Roma. Por otro lado, cabe destacar la presencia en el mapa de Pompeya, Herculano y Oplontis, ciudades todas ellas arrasadas por la erupción del Vesubio del año 79, lo que podría indicarnos que, si bien la Tabula data del siglo IV, se habría basado en mapas anteriores.
El río Nilo
Al este del delta del Nilo, dibujado con gran detalle, aparece el desierto por el que erró Moisés durante 40 años
 El mundo es un camino
Por último, y por encima de todo, están los caminos. La Tabula de Peutinger es esencialmente un mapa viario. Las vías de comunicación, marcadas en color rojo, llegan a representar alrededor de 70.000 millas romanas, mucho más de lo que recoge el Itinerario de Antonino. Sin embargo, no se pueden establecer distancias viarias reales ni calcular un espacio geográfico. Éste es el aspecto más controvertido del mapa y, a la vez, el más interesante.
Constantinopla
La capital oriental del Imperio está marcada por una mujer armada junto a una columna con la estatua de Constantino.
 La Tabula no presenta ningún tipo de proyección: la tierra viene representada siguiendo una línea horizontal, es decir, siguiendo la visión del viajero. De este modo, no se puede aplicar una escala constante, puesto que las dimensiones este-oeste quedan ensanchadas y las norte-sur reducidas y estrechadas, quedando los puntos cardinales a su vez modificados; por este motivo el Nilo aparece fluyendo de oeste a este y no de sur a norte.
Antioquía
Esta ciudad de la antigua Siria está simbolizada por la Tyche o Fortuna, junto al templo de Apolo y el bosque de Dafne.
 Todas estas características pueden explicarse mediante el concepto hodológico del espacio (del griego hodós, “camino”) que existía en la Antigüedad. Sería un error analizar un documento como éste desde el punto de vista de nuestra cultura y de nuestra civilización: nuestras ideas sobre la latitud y la longitud deben quedar desterradas desde un principio. La mayor particularidad de este mapa es su más que evidente oposición a la realidad geográfica. El espacio geográfico pasa a ser lineal, unidimensional, está representado por el camino mismo. La red viaria era para los romanos la guía fundamental en el periplo, el mejor modo de determinar su ubicación.
Antioquía
Esta ciudad de la antigua Siria está simbolizada por la Tyche o Fortuna, junto al templo de Apolo y el bosque de Dafne.
 artículo de AMANDA CASTELLÓ
15 de junio de 2017 – 

miércoles, 31 de mayo de 2017

El corral de comedias

Os dejo un vídeo muy breve en el que ve cómo se representaban las obras de teatro en los corrales de comedias del siglo XVII.

                                 

sábado, 20 de mayo de 2017

Rinconete y Cortadillo (Versión adaptada)


 Edición de Anaya adaptada por Emilio Fontanilla Debesa para la colección "Clásicos a medida". 
 Dos jóvenes, Pedro del Rincón y Diego Cortado, abandonadas las casas de sus padres, se conocen y se hacen amigos en una venta en el camino de Toledo a Córdoba. Sin planes, deciden acompañar a unos pasajeros a Sevilla. Allí encuentran el mundo de la hampa, e intentan formar parte de él. Pero forzosamente tienen que presentarse ante Monipodio, jefe de un gremio de ladrones. Viven en su gran casa, cambian de nombres y forman parte de esta pintoresca cofradía de criminales.

miércoles, 10 de mayo de 2017

El cuaderno que descubre el amor entre Rubén Darío y Francisca

A Francisca

Ajena al dolo y al sentir artero,
Llena de la ilusión que da la fe,
Lazarillo de Dios en mi sendero,
Francisca Sánchez, acompaña-mé…..
En mi pensar de duelo y de martirio
Casi inconsciente me pusiste miel.
Multiplicaste pétalos de lirio
Y refrescaste la hoja de laurel.
Ser cuidadosa del dolor supiste
Y elevarte al amor sin comprender.
Enciendes luz en las horas del triste,
Pones pasión donde no puede haber.
Seguramente Dios te ha conducido
Para regar el árbol de mi fe.
!Hacia la fuente de noche y de olvido,
Francisca Sánchez, acompaña-mé….!
(21 de febrero de 1914)
El 6 de febrero de 1916 murió Rubén Darío en León de Nicaragua.  Lejos, en España, sola con su hijo, quedó Francisca Sánchez, su último y grande amor.
Esta es la historia:
La Sierra de Gredos, alta y fría, divide las provincias de Ávila y Toledo, en el corazón de Castilla la Vieja. Entre Teresa de Jesús y El Greco se recoge en el puño de los montes una pequeña aldea: Navalsaúz.
De un lado, las torres de la catedral de Ávila y sus viejas murallas imponentes. Del otro, el río Tajo que refleja los cielos tempestuosos de Toledo y guarda en sus orillas, entre juncos y cigarrales, la huella poética de Garcilaso de la Vega.
La aldea es tan pequeña que casi no figura en los mapas. Es como tantos otros pueblos de Castilla, olvidados y silenciosos, que viven hacia adentro, en sus casas de paredes blancas de cal. Don Quijote y Sancho parecen a punto de salir al encuentro del viajero en las calles empedradas y oscuras. Navalsaúz es pobre y en el invierno, el terrible invierno de Castilla, escasea la lumbre y las mujeres se envuelven, ateridas, en sus mantos negros. Todas parecen entonces viudas, viudas inconsolables y llorosas.
Entre ellas durante mucho tiempo una, Francisca. Viuda en realidad de sí misma o de un sueño. Alta y fuerte, recogidos hacia atrás los cabellos donde brillaban unas cuantas canas, Francisca Sánchez vivía pobre, triste y olvidada en Navalsaúz.
Con ella su tesoro. Dos grandes baúles llenos de papeles, cartas, borradores de poemas. El archivo de Rubén Darío que Francisca, su compañera durante quince años, guardaba religiosamente con veneración, con angustia y amor.
Madrid 1901
Francisca era una sencilla campesina española. Tenía dieciséis años y ni siquiera sabía leer o escribir cuando Rubén Darío la conoció en 1901 y la llevó consigo desde entonces. Vivió en París con él, en el ambiente bohemio y feliz de la Francia de principios del siglo veinte, cuando la primera guerra mundial todavía no encapotaba, amenazante, el despreocupado horizonte de la Bella Época.
Tuvieron un hijo que se llamó Rubén. Rubén Darío Sánchez. Después de su encuentro con el poeta Francisca aprendió a leer, escribir y hablar correctamente. Fueron los años de más brillante producción de Darío y de su mayor influencia en la vida literaria de España y América. A veces pobre, de repente rico, cuando representaba a su país como diplomático. La mayor parte del tiempo vivía escasamente, con el producto de sus crónicas periodísticas y las ediciones de sus libros. Siempre tuvo a Francisca a su lado, pero ella pocas veces pasaba al primer plano.
En París, en medio de la bohemia literaria, había para ella sitio al lado del poeta. En París hay un lugar para todo.  Pero en los altos medios diplomáticos y sociales, Francisca no debía aparecer. Seguramente ocupó siempre ese lugar escondido, silencioso, amoroso, que tuvo en la vida de Amado Nervo la rubia francesita Ana Cecilia Dailliez. Cuando Rubén Darío estaba en lo alto, Francisca Sánchez aparentemente se esfumaba y surgía de Nuevo, visible a su lado, cuando el oropel de la gloria desaparecía.
Como en aquel verano doloroso para Antonio Machado, cuando Leonor Izquierdo, la esposa casi niña, tuvo los primeros síntomas de la enfermedad que pronto la llevaría a la tumba. Francisca Sánchez la cuidó amorosamente y Rubén Darío apoyó a Machado, para que pudiera regresar con Leonor a España.
La Decadencia Trágica
La carrera de Rubén Darío en el servicio exterior de Nicaragua se cortó bruscamente. Tan bruscamente como la de José Asunción Silva en la diplomacia colombiana. Se dice que a Rubén Darío le costó caro uno de sus poemas, que no agradó a los gobernantes de Nicaragua en aquel tiempo.
La salud del poeta y su estabilidad económica comenzaron a derrumbarse al mismo tiempo y pensó en volver a América. Lo decidió a cumplir su propósito el estallido de la Primera Guerra Mundial, la misma que él había vaticinado años antes en su poema a Francia:
Los bárbaros, Francia! Los bárbaros, cara Lutecia!
Bajo áurea rotonda reposa tu gran paladín.
Del cíclope al golpe ¿qué pueden las risas de Grecia?
¿qué pueden las Gracias si Herakles agita su crin?
Del cíclope al golpe” desapareció la Revista Mundial donde colaboraba. Ya no tenía ningún cargo oficial. Su única entrada fija se la daba La Nación de Buenos Aires por sus crónicas. La situación económica empeoraba y la guerra ensombrecía el horizonte europeo.
Fue entonces cuando Alejandro Bermúdez, un amigo nicaragüense, le propuso una serie de conferencias en los Estados Unidos, Centroamérica y posiblemente América del Sur. El poeta aceptó. Pero no podía llevar consigo a Francisca ni a su hijo, que tenía para entonces doce o trece años.
Francisca se quedó en España, Rubén Darío viajó a los Estados Unidos a fines de 1914 y después de muchos meses de avatares económicos, amarguras y esperanzas truncas, murió en León de Nicaragua el 16 de febrero de 1916.
Sobre la cabeza de Francisca se desataron más desgracias. Su madre y sus hermanos fueron muriendo, uno tras otro. Al luto por Rubén Darío se sumaron otros cinco con fulminante rapidez. Francisca estaba sola y muy pobre. Algún tiempo más tarde hizo, con esfuerzos sobrehumanos, un viaje a Nicaragua con su hijo para visitar la tumba de Rubén Darío y pedir ayuda para la educación del muchacho al gobierno de Nicaragua.
Rubén Darío Sánchez se quedó en Nicaragua y Francisca regresó a Castilla. Pasaron los años. Un hombre español, sincero y bueno, se casó con ella. Tuvieron una hija. Rubén Darío Sánchez, ya hombre, ingresó a la carrera diplomática en Nicaragua, seguramente ayudado por la poderosa influencia de amigos del poeta tan importantes como los Debayle. Pero murió a los 39 o 40 años, cuando se encontraba en México, donde desempeñaba un cargo bastante gris en la embajada nicaragüense.
El Archivo de Rubén Darío
Hacia el refugio de Francisca en Navalsaúz viajaron constantemente periodistas y escritores, impulsados por la curiosidad de conocer el archivo de Darío. Francisca, si bien concedió acceso a los papeles a algunos de los visitantes, entre ellos el argentino Alberto Ghiraldo, se negaba a vender las preciosas cartas. El marido español murió, se casó la hija y enviudó a su vez. En mundo en su frenético girar se olvidaba, poco a poco, de Francisca Sánchez.
Hasta que un día emprendieron el pesado y largo viaje desde Madrid hasta Navalsaúz dos escritores: Antonio Oliver, catedrático de la Universidad de Madrid y su esposa, la novelista, poeta y académica Carmen Conde. Oliver se había propuesto crear un Seminario de Literatura Hispanoamericana y quería, a toda costa, rescatar los papeles de Rubén Darío del olvido y de una posible destrucción.
Pero Francisca Sánchez se negó a venderlos. No quería cambiar por dinero sus recuerdos, su pasado, su vida. Poco a poco la fueron convenciendo. Viaje tras viaje, Antonio Oliver y Carmen Conde le hicieron comprender a la hosca y silenciosa mujer que su tesoro no era solo suyo, sino que tenía que compartirlo con los miles de seres que en el mundo de habla hispana veneran la memoria de Darío.
Ella accedió por fin. Y lo explicaba de esta forma:
“Pues sería del destino, de la vida, la suerte o quien sabe….Milagro tal vez, mandado por Dios. Lo que no habían hecho antes tantos que me han visitado lo hizo un matrimonio, doña Carmen Conde y don Antonio Oliver. Tal vez el corazón de dos mujeres frente a frente… Y me acordé de una cosa tan grande que mi Rubén me dijo en la última carta: SI VIVO IREMOS A BUENOS AIRES… Y SI MUERO, DESDE EL OTRO MUNDO VELARÉ POR TI. Ha llegado el momento en que tal vez haya velado por mí. Y entonces, esos papeles, esas joyas, esos tesoros ¿qué será de ellos? ¿Van a ser víctimas de quién? Tal vez de los ratones. Están en un baúl.
Estos señores se fueron y a pocos días volvieron a visitarme. Y a cada vez yo veía las cosas más claras.Yo me veía enferma. Yo me veía agotadita… Me veía en esos hielos, en esas nieves. Y me decidí. ¿Para qué soy española? No lo vendo por dinero, no lo doy por dinero que se me ofrece por todas partes. Soy española y debe ser para mi patria.”
Con los papeles que cedió Francisca se formó el Seminario-Archivo Rubén Darío en la Universidad de Madrid . Murió Antonio Oliver. Pero antes había conseguido que, a cambio del tesoro de cartas, borradores y documentos de toda clase contenidos en los baúles, el gobierno español le diera a Francisca, para que viviera con su hija y sus nietas, un apartamento en la Colonia de San Francisco de Paúl en Los Carabancheles.
En Madrid, en el No. 10 de la Plaza Coimbra, vivió desde entonces Francisca, vestida siempre con el hábito del Carmen.
Por el balcón que mira al Guadarrama clavaba los ojos en la noche. Sencillamente, esperaba. Un día de octubre de 1973 escuchó una voz que la llamaba, desde el fondo del tiempo y de la sombra:
Hacia la fuente de noche y olvido
Francisca Sánchez, acompaña-mé…
Francisca Sánchez murió 57 años después de la muerte de Rubén Darío, en un hospital madrileño y a los 88 años de su vida. Fue enterrada a expensas del gobierno de Nicaragua.

Tomado de https://zonalibreradio1.wordpress.com