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domingo, 30 de agosto de 2020

Margaret Atwood: Penélope y las doce criadas (Audiolibro completo)

Margaret Atwood reinterpreta la Odisea de Homero para dar voz a su protagonista femenina.
Probablemente una de las gestas heroicas más glosadas y conocidas de todos los tiempos, el regreso de Ulises a Ítaca, nos deja también un gran interrogante acerca de la terrible matanza de los pretendientes de Penélope y sus doce criadas: ¿por qué se ahorcó a las mujeres y cuáles eran las verdaderas intenciones de Penélope?
En un audaz e inspirado giro al relato de Homero, Margaret Atwood cede a Penélope la voz narradora que nos conduce hacia la respuesta del misterioso suceso. Su relato, colmado de sabiduría y humor, resulta inquietante, fruto de la imaginación de una autora ampliamente reconocida por su capacidad de contar historias con un elevado tono poético.
Capítulos 1-4

Capítulos 5-6



  Capítulos 7-8



Capítulos 9-11



Capítulos 12-14



Capítulos 15-18




Capítulos 19-22



Capítulos 23-25


Capítulos 26-29

sábado, 25 de febrero de 2017

Margaret Atwood: Penélope y las doce criadas (Cap. 24/29)




24
Coro: Conferencia sobre antropología

Ofrecida por: las Criadas

¿Qué le sugiere nuestro número, el de las criadas -el número doce-, a la mente cultivada? Hay doce apóstoles, hay doce meses, ¿y qué le sugiere la palabra «mes» a la mente cultivada? ¿Sí? Usted, señor, el del fondo. ¡Correcto! La división del año en meses está basada en las fases lunares, como todo el mundo sabe. Y no es casualidad, claro que no es casualidad, que fuéramos doce criadas. ¿Por qué no once, ni trece, ni las ocho lecheras del cuento? Porque no éramos simples criadas. No éramos meras esclavas y fregonas. ¡Claro que no! ¡Por supuesto que teníamos una función más elevada! ¿No seríamos las doce doncellas, en lugar de las doce criadas? ¿Las doce doncellas lunares, compañeras de Artemisa, la virginal pero mortífera diosa de la luna? ¿No seríamos ofrendas rituales, leales y obedientes sacerdotisas que primero nos permitíamos un comportamiento orgiástico con los pretendientes, propio de los ritos de fertilidad, y luego nos purificábamos lavándonos con la sangre de las víctimas masculinas -¡montones de ellas, qué gran honor para la diosa!- y renovábamos así nuestra virginidad, al igual que Artemisa renovaba la suya bañándose en un manantial teñido con la sangre de Acteón? Luego nos habríamos inmolado voluntariamente, porque era necesario, y habríamos representado la fase oscura de la luna para que el ciclo entero pudiera renovarse y la plateada diosa-luna llena pudiera elevarse una vez más. ¿Por qué habría que atribuirle a Ifigenia más generosidad y devoción que a nosotras?
Esta lectura de los acontecimientos en cuestión liga -y perdón por el juego de palabras- con la soga de barco de la que nos colgaron, pues la luna nueva es una embarcación. Y luego está el arco, que ocupa un lugar muy prominente en la historia: el arco con forma de luna menguante de Artemisa, que Odiseo utiliza para disparar una flecha que atraviesa doce hachas. ¡Doce! ¡La flecha atravesó el ojo de las doce hachas, los doce círculos con forma de luna! Y el ahorcamiento en sí... ¡piensen, queridas mentes educadas, en el significado del ahorcamiento! ¡Por encima del suelo, en el aire, conectadas al mar, gobernado por la luna, por un cordón umbilical relacionado con los barcos! ¡Vamos, hay demasiadas pistas para que no lo vean!
¿Cómo dice, señor? Usted, el del fondo. Sí, correcto, el número de meses lunares es, en efecto, trece, de modo que habríamos tenido que ser trece. Por tanto, dice usted -con cierta petulancia, podríamos añadir- que nuestra teoría sobre nosotras mismas es incorrecta, porque sólo éramos doce. Pero espere: ¡en realidad éramos trece! ¡La decimotercera era
nuestra suma sacerdotisa, la encarnación de la propia Artemisa! ¡Sí, era nada menos que la reina Penélope!
Así pues, posiblemente nuestra violación y posterior ahorcamiento representa el derrocamiento de un culto lunar transmitido por vía matrilineal por parte de un nuevo grupo de bárbaros usurpadores patriarcales adoradores de un dios padre. Su cabecilla, que evidentemente era Odiseo, habría reclamado la realeza casándose con la suma sacerdotisa de nuestro culto, es decir, con Penélope.
No, señor, esta teoría no son simples e infundadas pamplinas feministas. Comprendemos su reticencia a sacar a la luz cosas así -las violaciones y los asesinatos no son temas agradables--, pero no cabe duda de que esos derrocamientos se producían por todo el mar Mediterráneo, como en numerosas ocasiones han demostrado las excavaciones de los yacimientos arqueológicos.
No cabe duda de que aquellas hachas -que curiosamente no se emplearon como armas en la posterior matanza, que curiosamente nunca han sido explicadas de forma satisfactoria en tres mil años decomentarios- debían de ser las labrys, hachas rituales de doble hoja asociadas con el culto a la Gran Madre de los minoicos, ¡las hachas utilizadas para cortarle la cabeza al Año Rey al final de su estación de trece meses lunares! ¡Qyé profanación! ¡El insurrecto Año Rey utilizando el arco de la sacerdotisa para disparar una flecha a través de sus hachas rituales de la vida y la muerte, para demostrar su poder sobre ella! Al igual que el pene patriarcal se encarga de disparar unilateralmente en el... Pero nos estamos entusiasmando demasiado.
En el esquema prepatriarcal podría haberse celebrado una competición de tiro con arco, pero ésta se habría desarrollado de forma correcta. El ganador habría sido declarado rey ritual durante un año, y después lo habrían ahorcado (recuerden la figura del ahorcado, que sólo ha sobrevivido como una modesta carta del Tarot). También le habrían cortado los genitales, como corresponde al zángano que se ha apareado con la abeja reina. Ambos hechos, el ahorcamiento y la ablación de los genitales, habrían asegurado la fertilidad de los cultivos. Pero Odiseo, el usurpador forzudo, se negó a morir al final de su período legítimo. Ávido de una vida y un poder más prolongados, encontró sustitutos. Se cortaron genitales, pero no fueron los suyos sino los del cabrero Melancio. Hubo ahorcamiento, en efecto, pero fue a nosotras, las doce doncellas lunares, a las que colgaron en lugar de a él.
Podríamos continuar. ¿Les gustaría ver algunas vasijas pintadas, algunas tallas de diosas? ¿No? No importa. Se trata de que no se emocionen ustedes demasiado respecto a nosotras, queridas mentes educadas. No tienen que considerarnos ustedes muchachas reales, de carne y hueso, que sufrieron de verdad, que fueron víctimas de una injusticia real.

jueves, 12 de enero de 2017

Margaret Atwood: Penélope y las doce criadas (Cap. 23/29)




23
Odiseo y Telémaco se cargan a las criadas

Dormí durante toda la carnicería. ¿Cómo es posible?
Sospecho que Euriclea me puso algo en la bebida tonificante que me ofreció, para mantenerme al margen de la acción e impedir que interviniera. Aunque de todos modos no habría podido participar: Odiseo se aseguró de que las mujeres permaneciéramos encerradas en nuestras dependencias.
Euriclea me describió el episodio, y también a cualquiera que quisiera escucharla. Primero, dijo, Odiseo -que todavía iba disfrazado de mendigo observó cómo Telémaco colocaba en fila las doce hachas, y luego cómo los pretendientes intentaban sin éxito tensar su legendario arco. A continuación él cogió el arco y, tras tensarlo y disparar una flecha que atravesó el ojo de las doce hachas -ganando por segunda vez el derecho a casarse conmigo-, le disparó a Antínoo en el cuello, se desprendió del disfraz e hizo picadillo a todos los pretendientes, primero con flechas y luego con lanzas y espadas. Lo ayudaron Telémaco y dos sirvientes leales; con todo, fue una hazaña considerable. Los pretendientes tenían unas cuantas lanzas y espadas que les había proporcionado Melancio, el cabrero traidor, pero a la hora de la verdad no les sirvieron de nada.
Euriclea me contó que ella se había refugiado con el resto de las mujeres cerca de la puerta, que estaba cerrada con llave, y que oyó los.gritos, los ruidos de los muebles al romperse y los gruñidos de los moribundos. Entonces me describió los terribles sucesos que se produjeron más tarde.
Odiseo la llamó y le ordenó que le indicara qué criadas habían sido «desleales». Mi esposo obligó a las muchachas a arrastrar hasta el patio los cadáveres de los pretendientes -entre ellos los de sus antiguos amantes-, a lavar los sesos y la sangre del suelo, y a limpiar las sillas y mesas que hubieran salido indemnes.
Entonces, prosiguió Euriclea, pidió a Telémaco que descuartizara a las criadas con la espada. Pero mi hijo, que quería hacerse valer ante su padre y demostrar que sabía lo que se hacía -ya sabéis, estaba en esa edad tan tonta-, las colgó a todas en fila con soga de barco.
Después de eso, añadió Euriclea sin poder disimular su satisfacción, Odiseo y Telémaco le cortaron las orejas, la nariz, las manos, los pies y los genitales a Melancio, el cabrero malvado, y se los arrojaron a los perros, sin prestar oídos a los gritos del agonizante desgraciado.
-Tenían que infligirle un castigo ejemplar -explicó Euriclea- para que no hubiera más deserciones.
-Pero ¿a qué criadas han colgado? -pregunté, empezando a llorar-. Oh, dioses, ¿a qué criadas han colgado?
-¡Señora, niña querida-dijo Euriclea, presintiendo mi contrariedad-, quería matarlas a todas! ¡Tuve que elegir a unas cuantas, porque de otro modo habrían muerto todas!
-¿A cuáles elegiste? -pregunté, intentando controlar mis emociones.
-Sólo a doce -balbuceó ella-. A las más impertinentes.
A las que habían sido groseras. Las que se burlaban de mí. Melanto, la de hermosas mejillas, y sus amigas, ese grupito. Es bien sabido que eran unas rameras.
-Las que habían sido violadas -dije-. Las más jóvenes. Las más hermosas. «Mis ojos y mis oídos entre los pretendientes»,
pensé, pero no lo dije. Las que me habían ayudado a deshacer el sudario por las noches. Mis gansos blancos como la nieve. Mis tordos, mis palomas. ¡Fue culpa mía! No le había revelado mi plan a Euriclea.
-Se les habían subido los humos -se defendió Euriclea-. No habría sido propio del rey Odiseo permitir que unas muchachas tan insolentes continuaran sirviendo en palacio. Él nunca habría confiado en ellas. Y ahora baja, querida niña. Tu esposo te está esperando.
¿Qué podía hacer? Lamentándome no conseguiría devolver la vida a mis queridas niñas. Me mordí la lengua. Es asombroso que todavía me quedara lengua, después de la frecuencia con que había tenido que mordérmela a lo largo de aquellos años.
A lo pasado, pisado, me dije. Rezaré oraciones y haré sacrificios por sus almas. Pero tendré que hacerlo en secreto, para que Odiseo no sospeche también de mí. 
Podría haber una explicación más siniestra. ¿Y si Euriclea estaba al corriente del acuerdo que yo tenía con las criadas?¿ Y si sabía que espiaban a los pretendientes obedeciendo mis órdenes,,y que yo les había ordenado que se comportaran con rebeldía? ¿ Y si las eligió a ellas y las hizo matar por el resentimiento de haber sido excluida y por su deseo de conservar su privilegiada relación con Odiseo?
No he podido hablar con Euriclea de este asunto aquí abajo. Ella se ha hecho cargo de una docena de recién nacidos difuntos, y está muy ocupada cuidándolos. Por suerte para ella, esos bebés nunca crecerán. Cada vez que me acerco e intento iniciar una conversación con ella, me contesta: «Ahora no, mi niña. ¡Lo siento, pero estoy muy ocupadal ¡Mira qué cosita tan bonital ¡Cuchi-cuchil ¡Agugul»
Así que nunca lo sabré.

lunes, 26 de diciembre de 2016

Margaret Atwood: Penélope y las doce criadas (Cap. 22/29)


22
Helena se da un baño

Estaba paseando entre los asfódelos, reflexionando sobre el pasado, cuando vi acercarse a Helena. La seguía su habitual horda de espíritus masculinos, todos muy excitados. Ella ni siquiera los miraba, aunque evidentemente era consciente de su presencia. Mi prima siempre ha tenido un par de antenas invisibles que perciben hasta el más leve olorcillo a hombre.
-Hola, patita -me dijo con su proverbial tono afable y condescendiente-. Voy a darme un baño. ¿Te apetece venir?
-Ahora somos espíritus, Helena -repliqué, esforzándome por componer una sonrisa-. Los espíritus no tenemos cuerpo. No nos ensuciamos. No necesitamos bañarnos.
-Pero si cuando yo me bañaba siempre era por motivos espirituales -dijo Helena abriendo mucho sus preciosos ojos-. Lo encontraba tan relajante, en medio de tanta agitación ... No te puedes imaginar lo agotador que resulta tener a tantísimos hombres peleándose por ti, año tras año. La belleza divina es una carga tremenda. ¡Al menos tú te has ahorrado eso!
-¿ Vas a quitarte la túnica de espíritu? -pregunté sin hacer caso de la burla.
-Todos conocemos tu legendario pudor, Penélope -contestó-. Estoy segura de que si algún día te bañaras te dejarías puesta la túnica, como supongo que hacías cuando estabas viva. Por desgracia -añadió sonriendo-, el pudor no era uno de los dones que me concedió Afrodita, la amante de la risa. Prefiero bañarme sin túnica, aunque sea en forma de espíritu.
-Eso explica la extraordinaria multitud de admiradores que has atraído -,comenté lacónicamente.
-¿Extraordinaria multitud? -repitió ella arqueando las cejas con gesto de inocencia-. Pero si siempre me sigue un tropel de admiradores. Nunca los cuento. Tengo la sensación de que como murieron tantos por mí (bueno, por culpa mía), les debo algo.
-Aunque sólo sea un atisbo de lo que no lograron ver cuando vivían, ¿verdad?
-El deseo no muere con el cuerpo -replicó-. Sólo muere la capacidad de satisfacerlo. Pero echar un vistazo anima a esos pobrecitos.
-Les da un motivo para vivir -dije.
-Estás muy ocurrente -observó-. Mejor tarde que nunca, supongo.
-¿A qué te refieres? ¿A mi agudeza, o a tu baño en cueros como regalo para los muertos?
-¡Qué cínica eres! Que ya no estemos ... bueno, ya sabes, que ya no existamos no significa que tengamos que ser tan negativas. ¡Ni tan ... vulgares! Algunos somos generosos. A algunos nos gusta ayudar en lo posible a los menos afortunados.
-Así que lo que haces es limpiarte la sangre de las manos -dije-. En sentido figurado, por supuesto.
Ofrecer una compensación por todos aquellos cadáveres destrozados. No sabía que fueras capaz de sentirte culpable.
Eso la fastidió. Arrugó la frente y dijo:
-Dime, patita, ¿a cuántos hombres se cargó Odisea por tu culpa?
-A muchos -contesté.
Ella conocía el número exacto: siempre la había llenado de satisfacción que la cifra fuera insignificante comparada con las pirámides de cadáveres que se amontonaban a su puerta.
-Eso depende de lo que entiendas por «muchos » -puntualizó-. Pero me alegro. Estoy segura de que te sentiste más importante por eso. Quizá hasta te sentiste más guapa. -Sonrió sólo con los labios-. Bueno, tengo que irme, patita. Ya nos veremos. Disfruta de los asfódelos.
Y se alejó flotando, seguida de su embelesado séquito.

viernes, 16 de diciembre de 2016

Margaret Atwood: Penélope y las doce criadas (Cap. 20 y 21/29)




20

Calumnias

Creo que ha llegado el momento de abordar las diversas habladurías que han estado circulando durante los últimos dos mil o tres mil años. Esas historias son completamente falsas. Muchos han dicho que cuando el río suena agua lleva, pero eso es un argumento necio. Todos hemos oído rumores que más tarde resultaron completamente infundados, y lo mismo ocurre con esos rumores sobre mí.
Las acusaciones se refieren a mi conducta sexual. Se afirma, por ejemplo, que me acosté con Anfínomo, el más educado de los pretendientes. Según las canciones, yo encontraba agradable su conversación, o más agradable que la de los demás, y eso es cierto; pero de ahí a la cama hay mucho trecho. También es verdad que les di esperanzas a los pretendientes y que a algunos les hice promesas en privado, pero eso era pura estrategia. Entre otras cosas, los animé falsamente para obtener de ellos costosos regalos -escasa compensación por todo lo que habían comido y despilfarrado-, y os ruego que os fijéis en el detalle de que el propio Odiseo me vio hacerlo y aprobó mi actitud.
Las versiones más descabelladas sostienen que me acosté con todos los pretendientes, uno detrás de otro -eran más de cien-, y que luego di a luz al gran dios Pan. ¿Quién va a creerse un cuento tan monstruoso? Hay canciones que no valen ni el aliento que se gasta en contarlas.
Varios comentaristas han citado a mi suegra, Anticlea, que no dijo nada acerca de los pretendientes cuando Odiseo habló con su espíritu en la Isla de los Muertos. Su silencio se interpreta como prueba: dicen que si ella hubiera mencionado a los pretendientes, tendría que haber mencionado también mi infidelidad. Quizá lo que pretendía mi suegra era sembrar la desconfianza en la mente de Odiseo, pero ya sabéis la actitud que tenía Anticlea conmigo. Esa omisión pudo ser su estocada póstuma.
Otros han destacado el hecho de que yo no despidiera ni castigara a las doce criadas insolentes, ni las encerrara en un edificio anexo y las pusiera a moler grano; según ellos, eso significa que yo hacía las mismas marranadas que ellas. Pero todo eso ya lo he explicado.
Hay otra acusación más grave, basada en el hecho de que Odiseo no me revelara su identidad en cuanto regresó a Ítaca. Dicen que desconfiaba de mí, y que quería asegurarse de que no me dedicaba a celebrar orgías en el palacio. Pero el verdadero motivo era que temía que me pusiera a llorar de alegría y de ese modo lo delatara. Por el mismo motivo me hizo encerrar en las dependencias de las mujeres junto con las demás mientras asesinaba a los pretendientes, y no me pidió ayuda a mí sino a Euriclea. Mi esposo conocía mi gran sensibilidad y mi costumbre de deshacerme en lágrimas y derrumbarme en los umbrales, y él no quería exponerme a peligros ni a espectáculos desagradables. No cabe duda de que ésa fue la razón de su comportamiento.
Si mi esposo se hubiera enterado de esas calumnias mientras vivíamos, estoy segura de que habría cortado unas cuantas lenguas. Pero no tiene sentido amargarse pensando en las oportunidades perdidas.

21
Coro: Penélope en peligro (drama)

Presentado por: las Criadas

Prólogo: recitado por Melanto, la de hermosas mejillas:

Ahora que nos acercamos al clímax,
sangriento y macabro,
digamos la verdad: hay otra historia.
O varias, como le gusta al dios Rumor,
que no siempre de buen humor se muestra.
¡Dicen que Penélope, eso he oído,
tratándose de sexo no era nada estrecha!
Cuentan unos que se acostaba con
Anfínomo
y que disimulaba con llantos y gemidos su
lujuria;
otros, que todos los briosos candidatos
tuvieron la suerte, por turnos, de beneficiársela.
Y que de esos actos promiscuos fue
concebido 
Pan, el dios cabra, o eso afirman las leyendas.
La verdad no siempre está clara, público
querido,
pero ¡echemos una miradita detrás de la
cortina!
Euriclea (interpretada por una Criada):
¡Niña querida! ¡Abróchate la túnica!
¡Deprisa!
¡Ha regresado el señor! ¡Sí, ha regresado!

Penélope (interpretada por una Criada):

Por sus cortas piernas
lo he reconocido desde lejos.

Euriclea:
¡Y yo por su cicatriz tan larga!

Penélope:
Y ahora, nodriza querida, se va a armar un
buen lío.
¡Por dejarme llevar por el deseo me va a
descuartizar!
Mientras él con toda ninfa y beldad se
dedicaba al gozo,
¿qué creía, que yo a cumplir con mi deber
me limitaría?
Mientras él a diosas y muchachas colmaba
de halagos,
¿creía que yo a secarme como una pasa
esperaría?

Euriclea:
Mientras tú fingías tejer tu famosa labor,
¡lo que hacías en realidad era en la cama
trabajar!
¡Y ahora él para decapitarte de sobra tiene
motivos!

Penélope:
¡Rápido, Anfínomo! ¡Baja por la escalera
secreta!
Yo me quedaré aquí sentada, fingiendo
congoja y aflicción.
¡Abróchame la túnica! ¡Arréglame la
alborotada cabellera!
¿Qué criadas de mis aventuras han sabido?

Euriclea:
Tan sólo las doce que os ayudaron, señora,
saben que a los pretendientes no os habéis
resistido.
Por la noche los hacían entrar y salir a
escondidas,
y la lámpara en alto sostenían tras descorrer
el cortinado.
Ellas están al corriente de vuestras adúlteras
citas.¡Hay que hacerlas callar, o acabarán por
descubriros!

Penélope:
¡En ese caso, querida nodriza, tú eres la única
que salvarme puede, y salvar también el
honor de Odiseo!
Como él mamó de tus pechos, ancianos
ahora,
eres la única en quien confiará, estoy seguro.
¡Señala a esas irresponsables y desleales
criadas,
que a hacerse con el botín ilícito a los
pretendientes ayudaron,
corruptas, descaradas, indignas
de ser las criadas de semejante amo!

Euriclea:
Les cerraremos el pico al Hades
enviándolas:
¡por repugnantes y perversas las colgarán
del cuello!

Penélope:
Y yo me haré famosa como esposa ejemplar,
¡todos los esposos pensarán que Odiseo es
un hombre afortunado!
Pero date prisa, que los pretendientes ya
llegan
a cortejarme y por mi parte debo
deshacerme en llanto.

Coro, con zapatos de claqué:
¡Culpad a las criadas!
¡Esas pícaras mujerzuelas!
¡No preguntéis por qué, y colgadlas!
¡Culpad a las criadas!
¡Culpad a las esclavas!
¡Esos juguetes de truhanes y granujas!
¡Colgadlas! ¡Ahorcadlas!
¡Culpad a las esclavas!
¡Culpad a las fulanas!
¡Esas indecentes zorras,
obscenas y desvergonzadas!
¡Culpad a las fulanas!

Hacen todas una reverencia.

miércoles, 14 de diciembre de 2016

Margaret Atwood: Penélope y las doce criadas (Cap. 19/29)



19
El grito de alegría

¿Quién afirma que las oraciones sirven para algo? Y por otra parte, ¿quién afirma que no sirven para nada?Me imagino a los dioses triscando en el Olimpo, deleitándose en el néctar, la ambrosía y el aroma de los huesos y la grasa ardiendo, traviesos como una pandilla de niños de diez años con un gato enfermo con que jugar y un montón de tiempo por delante. «¿A qué oración respondemos hoy? -se preguntan unos a otros-. ¡Echemos los dados!

Esperanza para éste, desconsuelo para ese otro, y ya puestos, ¡destrocémosle la vida a aquella mujer de allí adoptando forma de cangrejo y poseyéndola!» Creo que muchas de sus travesuras las hacen porque se aburren.
Mis plegarias llevaban veinte años sin ser escuchadas. Pero finalmente los dioses me prestaron atención. En cuanto hube realizado el ritual de rigor y hube derramado las lágrimas de rigor, Odiseo entró arrastrando los pies en el patio.
Lo de arrastrar los pies formaba parte dela puesta en escena, como es lógico. Yo no esperaba menos de él. Era evidente que mi esposo ya se había formado una idea de lo que estaba sucediendo en el palacio -de cómo los pretendientes estaban dilapidando sus riquezas, de sus intenciones asesinas hacia Telémaco, de cómo se habían apropiado de los servicios sexuales de sus criadas, y del afán de apoderarse de su esposa -y había llegado a la sabia conclusión de que no podía entrar como si tal cosa, anunciar que era Odiseo y ordenar a aquellos intrusos que salieran de su casa. Si lo hubiera hecho, lo habrían matado en pocos minutos.
Por eso iba disfrazado de anciano y sucio mendigo. Jugaba a su favor el hecho de que la mayoría de los pretendientes no tenían ni idea de qué aspecto tenía, pues eran demasiado jóvenes o ni siquiera habían nacido cuando Odiseo partió de Ítaca. Su disfraz estaba muy logrado -yo confié en que las arrugas y la calvicie no fueran reales, sino parte del engaño-, pero en cuanto vi aquel torso fornido y aquellas piernas cortas surgió en mí una profunda sospecha, que se convirtió en certeza después de oír que aquel hombre le había partido el cuello a un pordiosero agresivo. Ese era su estilo: furtivo cuando era necesario, sí, pero cuando estaba seguro de que podía ganar nunca renunciaba al asalto directo.
No le hice saber que lo había reconocido, porque lo habría puesto en peligro. Además, si un hombre se enorgullece de su habilidad para disfrazarse, es una tontería que su esposa le haga saber que lo ha reconocido: siempre es una imprudencia interponerse entre un hombre y el reflejo de su propia inteligencia.
También me di cuenta de que Telémaco estaba confabulado con Odiseo. Mi hijo era un farsante nato, como su padre, pero todavía no dominaba tanto el arte del embuste. Cuando me presentó al presunto mendigo, lo delataron su balbuceo, sus miradas de soslayo y su turbación.
Esa presentación no se produjo hasta más tarde. Odiseo pasó las primeras horas en el palacio fisgoneando y siendo objeto de los insultos de los pretendientes, que se burlaban de él y le lanzaban objetos. Por desgracia, yo no podía revelar a mis doce criadas quién era en realidad aquel individuo, de modo que ellas continuaron mostrándose groseras con Telémaco y se unieron a los pretendientes en sus insultos. Según me dijeron, Melanto, la de hermosas mejillas, estuvo particularmente hiriente. Decidí interponerme cuando llegara el momento y explicarle a Odiseo que aquellas muchachas habían actuado obedeciendo mis instrucciones.
Cuando cayó la noche, manifesté mis deseos de ver al presunto mendigo en el salón, entonces vacío. Él afirmó tener noticias de Odiseo: me contó una historia verosímil, y me aseguró que Odiseo volvería pronto a casa, y yo lloré y expresé mi temor de que no fuera así, pues muchos viajeros me habían garantizado lo mismo durante años. Le describí mis sufrimientos con detalle, y la nostalgia que sentía por mi esposo: era mejor que Odiseo oyera todo eso mientras todavía iba disfrazado de vagabundo, pues así estaría más inclinado a creerlo.
A continuación lo halagué pidiéndole consejo. Dije que había decidido sacar el gran arco de Odiseo, aquel con el que mi esposo había disparado una flecha que había atravesado el ojo de doce hachas puestas en fila -un logro asombroso-, para desafiar a los pretendientes a imitar esa hazaña, ofreciéndome como premio. Sin duda de ese modo pondría fin, de una forma u otra, a la intolerable situación en que me encontraba. ¿Qué opinaba él de mi plan?
Dijo que era una idea excelente.
Las canciones afirman que la llegada de Odiseo y mi decisión de organizar la prueba del arco y las hachas coincidieron por casualidad, o por intervención divina, que era como lo expresábamos en aquellos tiempos. Ahora ya conocéis la verdad lisa y llana. Yo sabía que sólo Odiseo sería capaz de realizar aquel truco de tiro con arco. Sabía que el mendigo era Odiseo. No hubo ninguna casualidad. Lo organicé todo a propósito.
Adoptando un tono más confidencial con el falso y andrajoso vagabundo, a continuación le conté un sueño que había tenido, en el que aparecía mi bandada de adorables gansos blancos, con los que yo estaba muy encariñada. Soñé que estaban picoteando tranquilamente por el patio cuando, de pronto, un águila enorme con el pico curvo descendió en picado y los mató a todos, con lo cual yo me puse a llorar desconsoladamente.
El mendigo Odiseo interpretó mi sueño: el águila era mi esposo, los gansos eran los pretendientes, y aquél no tardaría en dar muerte a éstos. No dijo nada acerca del pico curvo del águila, ni del cariño que yo sentía por los gansos, ni de mi angustia ante su muerte.
Resultó que Odiseo se equivocó al interpretar mi sueño. El era el águila, en efecto, pero los gansos no eran los pretendientes. Los gansos eran mis doce criadas, como pronto comprendería, para mi infinito pesar.




Hay un detalle sobre el que insisten mucho las canciones. Ordené a las criadas que le lavaran los pies al mendigo Odiseo, y él se negó, alegando que sólo podía permitir que le lavara los pies una persona que no fuera a burlarse de él por ser pobre y estar deforme. Entonces propuse para la tarea a la anciana Euriclea, una mujer cuyos pies tenían tan poco valor estético como los de Odiseo. Euriclea, rezongando, puso manos a la obra, sin sospechar la trampa que yo le había preparado. La anciana no tardó en ver la larga cicatriz que ella tan bien conocía, pues le había hecho aquel servicio a Odisea en innumerables ocasiones. Entonces soltó un grito de alegría y volcó la vasija de agua, y Odisea casi la estranguló para que no lo delatara.
Según las canciones, yo no me enteré de nada porque Atenea me había distraído. Si os creéis ese cuento, os creeréis todo tipo de tonterías. La verdad es que yo les había dado la espalda,,a ambos para que ellos no vieran cómo me regocijaba por el éxito de mi pequeña sorpresa.

domingo, 4 de diciembre de 2016

Margaret Atwood: Penélope y las doce criadas (Cap. 18/29)



18

Noticias de Helena


Telémaco evitó la emboscada que le habían tendido -gracias a la buena suerte, no a una buena planificación- y regresó a casa sano y salvo. Yo lo recibí con lágrimas de gozo, y lo mismo hicieron las criadas.
Lamento tener que decir que a continuación mi único hijo y yo tuvimos una fuerte discusión. -¡Tienes un cerebro de mosquito! -lo reprendí-. ¿Cómo te atreves a embarcarte y partir sin más, sin pedir siquiera permiso? ¡Pero si eres un crío! ¡No tienes experiencia como capitán de barco! Es un milagro que no te hayas matado, y si hubieras muerto ¿qué habría dicho tu padre a su regreso? ¡Pues que la culpable era yo, por no haberte vigilado bien! -Y etcétera, etcétera.
Me equivoqué de táctica. Telémaco se envalentonó.
Dijo que ya no era ningún crío y proclamó su hombría: había vuelto a casa, ¿no? ¿Acaso no era prueba suficiente de que sabía lo que hacía? Luego desafió mi autoridad materna argumentando que no necesitaba el permiso de nadie para coger un barco que, de hecho, era parte de su herencia, y añadió que si quedaba algo de esa herencia no era gracias a mí, pues yo no la había defendido y ahora se la estaban zampando los pretendientes. Entonces dijo que había tomado la decisión correcta: había ido en busca de su padre, porque nadie más parecía dispuesto a mover ni un dedo en ese sentido. Aseguró que su padre habría estado orgulloso de él por demostrar un poco de coraje y no dejarse dominar por las mujeres, que como de costumbre se mostraban excesivamente emotivas y no exhibían ni sensatez ni buen juicio.
Al decir «las mujeres» se refería a mí. ¿Cómo podía referirse a su propia madre de esa manera? ¿Qué podía hacer yo sino romper a llorar? A continuación le solté el clásico sermón de «¿así es como me lo agradeces?, no tienes ni idea de lo que he tenido que soportar por ti, ninguna mujer merece semejante sufrimiento, más me valdría suicidarme». Pero me temo que Telémaco ya lo había oído otras veces, y cruzándose de brazos y poniendo los ojos en blanco manifestó que mi discurso lo importunaba y que estaba esperando a que terminara.
Después de eso nos tranquilizamos. Telémaco se dio un agradable baño que le prepararon las criadas; ellas le restregaron todo el cuerpo, le llevaron ropa limpia y luego les sirvieron deliciosos manjares a él y a unos amigos suyos a los que había invitado: Pireo y Teoclímeno. Pireo era itacense, y había ayudado a mi hijo a emprender su viaje secreto. Decidí hablar con él más adelante, y echar en cara a sus padres que dejaban demasiada libertad al muchacho. A Teoclímeno no lo conocía. Parecía agradable, pero pensé que debía averiguar algo acerca de su estirpe, porque es muy frecuente que los jóvenes de la edad de Telémaco caigan en malas compañías.
Telémaco devoró la comida y se bebió el vino de un trago, y yo me reproché no haberle enseñado modales en la mesa. Nadie podía recriminarme por no haberlo intentado. Pero, cada vez que lo regañaba, intervenía la anciana Euriclea y decía cosas por el estilo de:
-No seas así, hija mía, deja que el niño coma a gusto, cuando crezca ya tendrá tiempo de sobra para aprender buenos modales.
-Los árboles crecen hacia donde torcemos las ramitas -decía yo.
-¡Exacto! -replicaba ella-. Y nosotras no queremos que esta ramita se tuerza, ¿verdad que no? ¡Pues claro que no! ¡Nosotras queremos que crezca alto y erguido, y que arranque todo lo bueno que tiene su sabroso trozo de carne, sin que nuestra mamaíta cascarrabias lo ponga triste! Entonces las criadas reían por lo bajo y le llenaban el plato a Telémaco, y le decían que era un muchacho muy guapo.
Lamento tener que admitir que mi hijo estaba muy mimado.



• • •


Cuando los tres jóvenes hubieron acabado de comer, les pedí que me hablaran del viaje. ¿Había averiguado Telémaco algo acerca de Odiseo y su paradero, dado que aquél era el objeto de su excursión? Y si había descubierto algo, ¿le importaría compartir conmigo sus hallazgos? 
Como veréis, yo seguía un poco dolida. No es fácil perder una discusión con tu hijo adolescente. Cuando tus hijos ya son más altos que tú, sólo te queda la autoridad moral, que es un arma muy débil. Lo que Telémaco dijo a continuación me sorprendió mucho. Después de visitar al rey Néstor, que no sabía nada de Odiseo; había ido a visitar a Menelao. A Menelao en persona. A Menelao el rico, Menelao el tarugo, Menelao el de la voz estridente,
Menelao el cornudo. Menelao, el esposo de Helena, mi prima Helena, Helena la hermosa, Helena la zorra infecta, la causa fundamental de todas mis desgracias.
-¿ Y viste a Helena? -pregunté un tanto cohibida.
-Sí, ya lo creo -contestó mi hijo-. Nos ofreció una espléndida cena.
Entonces se puso a contar no sé qué historia acerca del anciano del mar, y de cómo Menelao se había enterado gracias a aquel anciano y sospechoso caballero de que Odiseo estaba atrapado en la isla de una hermosa diosa que lo obligaba a hacer el amor con ella noche tras noche hasta que llegaba el alba. Llegados a este punto, yo ya había oído suficientes historias sobre hermosas deidades.
-¿ Y cómo encontraste a Helena? -pregunté.
-Pues la encontré bien -respondió Telémaco-. Todos contaban historias de la guerra de Troya, historias fabulosas, con muchos enfrentamientos, combates cuerpo a cuerpo y tripas desparramadas (mi padre salía en ellas), pero cuando los ancianos veteranos empezaron a lloriquear, Helena echó algo en las bebidas y todos nos reímos mucho.
-Ya, ya, pero ¿qué aspecto tenía?
-Estaba tan radiante como la dorada Afrodita -contestó Telémaco-. Uno se estremecía al verla.
Helena tiene gran fama, y hasta forma parte de la historia.
¡Es como la pintan, o incluso más hermosa! -Sonrió tímidamente.
-Supongo que habrá envejecido un poco -dije con toda la calma de que fui capaz. ¡Helena no podía seguir tan radiante como la dorada Afrodita! ¡Eso habría sido antinatural!
-Bueno, sí, claro -dijo mi hijo. Y finalmente se impuso ese vínculo que se supone que existe entre las madres y los hijos que han crecido sin padre.
Telémaco escudriñó mi rostro e interpretó mi expresión-. La verdad es que estaba muy envejecida -prosiguió-. Parecía mucho mayor que tú. Estaba como consumida. Y muy arrugada -añadió-.Como una seta reseca. Y tenía los dientes amarillentos. Y le faltaban unos cuantos. No empezó a parecernos hermosa hasta que hubimos bebido mucho.
Yo sabía que Telémaco mentía, pero me conmovió que mintiera parn complacerme. Tenía que notarse que era bisnieto de Autólico, el amigo de Hermes, el tramposo por excelencia, e hijo del astuto Odiseo, el de la voz tranquilizadora, fecundo en ardides, experto en persuadir a hombres y engañar a mujeres. Al final iba a resultar que mi hijo no era tonto del todo.
-Gracias por todo lo que me has contado, hijo mío -dije-. Te lo agradezco mucho. Ahora voy a entregar un cesto de trigo como ofrenda, y rezaré para que tu padre regrese sano y salvo.
Y así lo hice.

martes, 22 de noviembre de 2016

Margaret Atwood: Penélope y las doce criadas (Cap. 16 y 17/29)


16
Pesadillas

Allí empezó el peor período de mi suplicio. Lloraba tanto que temí convertirme en un río o una fuente, como en las historias antiguas. Por mucho que rezara y ofreciera sacrificios y buscara presagios, mi esposo seguía sin regresar a Ítaca. Por si fuera poca mi desgracia, Telémaco ya tenía edad para empezar a darme órdenes. Yo llevaba veinte años dirigiendo los asuntos del palacio prácticamente sin ayuda de nadie, pero ahora él quería imponer su autoridad como hijo de Odisea y tomar las riendas. Empezó a montar escenas en el salón, plantándoles cara a los pretendientes con una impetuosidad que habría podido costarle la vida. Era evidente que cualquier día se
embarcaría en al guna descabellada aventura, como suelen hacer los varones jóvenes.
Y efectivamente, se marchó a escondidas en un barco para ir en busca de noticias de su padre, sin consultarlo siquiera conmigo. Eso era un grave insulto, pero yo no podía pensar demasiado en ello, porque mis criadas favoritas me trajeron la noticia de que los pretendientes, tras enterarse de la osada
aventura emprendida por mi hijo, pensaban enviar uno de sus barcos para que estuviera al acecho, le tendiera una emboscada y lo matara en su viaje de regreso.
Es cierto que el heraldo Medonte me reveló también a mí esa conspiración, cómo lo relatan las canciones. Pero yo ya lo sabía por las criadas. Sin embargo, tuve que fingir que la noticia me sorprendía, para que Medonte -que no estaba ni en un bando ni en otro- no supiera que yo tenía mis propias fuentes de información.
Pues bien, como es lógico, me tambaleé, me derrumbé en el umbral, lloré' y gemí, y todas mis criadas -mis doce favoritas y las demás- se unieron a mis lamentos. Les reproché que no me hubieran informado de la partida de mi hijo y que no le hubieran impedido marchar, hasta que Euriclea, la vieja entrometida, confesó que ella era la única que lo había
ayudado y encubierto. Explicó que el único motivo por el que habían mantenido la partida de mi hijo en secreto era que no querían preocuparme. Pero al final todo saldría bien, añadió, porque los dioses eran justos.
Me abstuve de manifestar que hasta entonces había visto escasas pruebas de la justicia de los dioses.
• • •
Afortunadamente, cuando las cosas se ponen demasiado
negras, y cuando ya he llorado todo lo posible sin convertirme en un estanque, siempre puedo dormir. Y cuando duermo, sueño. Aquella noche tuve un montón de sueños, sueños que no han quedado registrados en ningún sitio, porque nunca se los conté a nadie. En uno de ellos, el cíclope le rompía la cabeza a Odiseo y se comía sus sesos; en otro, Odiseo
saltaba al agua desde su barco y nadaba hacía las sirenas,
que cantaban con una cautivadora dulzura, igual que mis criadas, mientras estiraban sus garras de ave para desgarrarlo; en otro, Odíseo disfrutaba haciendo el amor con una hermosa diosa. Entonces la diosa se convertía en Helena, que me miraba por encima del hombro desnudo de mi esposo esbozando una sonrisita maliciosa. Esta última pesadilla era tan desagradable que desperté y recé para que fuera un sueño
falso enviado desde la cueva de Morfeo a través de la puerta de marfil, y no un sueño verdadero enviado a través de la puerta de cuerno.
Volví a dormirme, y al final conseguí tener un sueño reconfortante. Ése sí lo expliqué; quizá lo hayáis oído. Mí hermana Iftime -que era mucho mayor que yo y a la que apenas conocía porque se había casado y se había ido a vivir lejos- entró en mi habitación y se quedó de pie junto a mi cama. Me dijo que la enviaba la propia Atenea, porque los dioses no querían que yo sufriera. Su mensaje era que Telémaco regresaría sano y salvo, pero cuando le pregunté siOdisea estaba vivo o muerto, ella se negó a contestar
y desapareció.
Menos mal que los dioses no querían verme sufrir. Son todos unos falsos. Mi tormento podría compararse con el de un perro callejero, acribillado a pedradas o con la cola en llamas para divertir a los dioses. Lo que a los inmortales les encanta saborear no son la grasa y los huesos de animales, sino nuestro sufrimiento.

17
Coro: Naves del sueño (balada)

El sueño es nuestro único solaz;
sólo dormidas hallamos paz:
los suelos no nos hacen pulir ni fregar,
ni nos hacen la mugre rascar.
No nos persiguen por el salón
ni nos revuelcan por el suelo,
todos los nobles tarados
ansiosos de un buen bocado.
Y cuando dormimos nos gusta soñar.
Soñamos que vamos por el mar,
surcando las olas en naves doradas,
y que somos libres, felices y honradas.
En sueños deseables estamos
con nuestros vestidos encarnados;
con nuestros amantes dormimos
y de besos los cubrimos.
Ellos convierten en festines nuestros días,
de canciones llenamos sus noches nosotras,
los llevamos en nuestras naves doradas
y vamos todo el año a la deriva.
Y todo es alegría y bondad,
de dolor no hay lágrimas;
pues las leyes que imponemos son piadosas
en nuestro reino de tranquilidad.
Pero llega la mañana y nos despierta:
hemos de volver a trabajar,
recogernos la falda cada vez que nos lo ordenan,
y dejarlos hacer sin rechistar.

domingo, 20 de noviembre de 2016

Margaret Atwood: Penélope y las doce criadas (Cap. 15)


15
El sudario

Transcurrían los meses, y la presión a que estaba sometida era cada vez mayor. Pasaba días enteros sin salir de mi habitación -no la que había compartido con Odiseo, eso no lo habría soportado, sino una habitación para mí sola que se hallaba en los aposentos de las mujeres-. Me tumbaba en la cama y lloraba, sin saber qué hacer. Lo último que quería era casarme con uno de aquellos mocosos maleducados. Sin embargo, mi hijo Telémaco estaba haciéndose mayor -tenía aproximadamente la misma edad que los pretendientes-, y empezaba a mirarme de forma extraña y a responsabilizarme de que aquellos granujas se estuvieran zampando literalmente su herencia. Él lo habría tenido más fácil si yo hubiera hecho las maletas y regresado a Esparta con mi padre, el rey Icario, pero las probabilidades de que hiciera eso voluntariamente eran nulas, porque no tenía intención de que me arrojaran al mar por segunda vez. Al principio, Telémaco pensó que mi regreso al palacio de mi padre sería una buena solución desde su punto de vista, pero después de reflexionar un poco -y de hacer cuatro cálculos matemáticos- se dio cuenta de que una buena parte del oro y la plata que había en el palacio regresarían conmigo a Esparta, porque constituían mi dote. Y si me quedaba en Itaca y me casaba con uno de aquellos críos, ese crío se convertiría en rey, y en su padrastro, y tendría aatoridad sobre él. Y a Telémaco no le hacía ninguna gracia que lo mangonearaun muchacho de su misma edad.
En realidad, la mejor solución para Telémaco habría sido que yo hubiera encontrado una muerte digna, una muerte de la que no se lo pudiera culpar de ningún modo. Porque si hacía lo mismo que Orestes -pero sin motivo, a diferencia de Orestes y asesinaba a su madre, atraería a las Erinias -las temidas Furias, con serpientes en el cabello, cabeza de perro y alas de murciélago- y ellas lo perseguirían con sus ladridos, sus silbidos, sus latigazos y sus azotes hasta volverlo loco. Y como me habría matado a sangre fría, y por el más abyecto de los motivos -la adquisición de riquezas-, no habría podido obtener la purificación en ningún santuario y mi sangre lo habría contaminado hasta que, completamente enloquecido, hubiera hallado una muerte terrible.
La vida de una madre es sagrada. Hasta la vida de una mala madre es sagrada -recordad a mi repugnante prima Clitemnestra, adúltera, asesina de su esposo y torturadora de sus hijos-, y nadie decía que yo fuera una mala madre. Pero no me gustaba nada el aluvión de hoscos monosílabos y miradas de rencor que recibía de mi propio hijo.
Cuando los pretendientes iniciaron su campaña, yo les recordé que un oráculo había predicho el regreso de Odiseo; pero, como pasaban los años y Odiseo no aparecía, la fe en el oráculo empezó a debilitarse. Quizá habían interpretado mal el oráculo, sugirieron los pretendientes: los oráculos tenían fama de ambiguos. Hasta yo empecé a dudar, y al final tuve que reconocer -al menos en público- que lo más probable era que Odiseo hubiera muerto. Sin embargo, su fantasma nunca se me había aparecido en sueños, como habría tenido que ocurrir. Yo no me explicaba que Odiseo no me hubiera enviado ningún mensaje desde el Hades, si era cierto que había llegado a aquel tenebroso reino.
Seguía intentando hallar la manera de aplazar el día de la decisión sin labrarme la deshonra. Finalmente se me ocurrió un plan. Cuando más tarde explicaba la historia, solía decir que fue Palas Atenea, la diosa del tejido, quien me había inspirado esa idea, y quizá fuera cierto, al fin y al cabo; pero atribuirle a algún dios las propias inspiraciones siempre era una buena manera de evitar acusaciones de orgullo en caso de que el plan funcionara, así como de echarle la culpa si fracasaba.Esto fue lo que hice: puse una gran pieza de tejido en mi telar y dije que era un sudario para mi suegro Laertes, pues sería muy impío por mi parte no regalarle una lujosa mortaja para el caso de que muriera.
Hasta que terminara esa obra sagrada no podría pensar en elegir un nuevo esposo, pero en cuanto la completara me apresuraría a escoger al afortunado. (A Laertes no le agradó mucho mi amable idea: después de enterarse de lo que pretendía hacer, se mantuvo alejado de palacio más que de costumbre. ¿ Y si algún pretendiente, en su impaciencia, decidía precipitar su muerte, obligándome a enterrar a Laertes en el sudario, lo hubiera terminado o no, para acelerar así mi boda?)
Nadie podía oponerse a mi tarea, pues era extremadamente piadosa. Pasaba todo el día trabajando en mi telar, tejiendo sin descanso, y haciendo comentarios melancólicos como «Este sudario sería una prenda más adecuada para mí que para Laertes, desgraciada de mí, y condenada por los dioses a una existencia que parece una muerte en vida». Pero por la noche deshacía la labor que había hecho durante el día, de modo que el sudario nunca crecía.
Para que me ayudaran en aquella laboriosa tarea elegí a doce de mis criadas, las más jóvenes, porque llevaban toda su vida conmigo. Las había comprado o adquirido cuando eran niñas, las había criado como compañeras de juego de Telémaco, y las había instruido meticulosamente en todo lo que necesitarían saber para vivir en palacio. Eran muchachas agradables y llenas de energía; a veces resultaban un poco ruidosas y alborotadoras, como ocurre con todas las criadas jóvenes, pero a mí me animaba oírlas charlar y cantar. Todas tenían una voz hermosa, y les habían enseñado a usarla.
Ellas eran mis ojos y mis oídos en el palacio, y fueron ellas quienes me ayudaron a deshacer lo tejido, en plena noche y con las puertas cerradas con llave, a la luz de las teas, durante más de tres años.
Aunque teníamos que trabajar con cuidado y hablar en susurros, aquellas noches tenían un aire festivo, incluso un toque de hilaridad. Melanto, la de hermosas mejillas, robaba manjares para que comiéramos algo: higos frescos, pan con miel, vino caliente en invierno. Mientras avanzábamos en nuestra tarea de destrucción, contábamos historias, chistes, adivinanzas.
A la vacilante luz de las teas, nuestros rostros diurnos se suavizaban Y, cambiaban, igual que nuestros modales diurnos. Eramos casi como hermanas. Por la mañana, la falta de sueño oscurecía nuestros ojos; intercambiábamos sonrisas de complicidad y nos dábamos algún disimulado apretón en las manos. Sus «sí, señora» y «no, señora» estaban al borde de la risa, como si ni ellas ni yo pudiéramos tomarnos en serio su actitud servil.
Por desgracia, una de ellas traicionó el secreto de mi interminable labor. Estoy segura de que fue un accidente: las jóvenes son despistadas, y a esa mu-chacha debió de escapársele algún indicio o alguna palabra reveladora. Todavía no sé quién fue: aquí abajo, entre las sombras, siempre van en grupo, y escapan corriendo cuando me acerco a ellas. Me rehúyen como si yo les hubiera causado una herida terrible.
Pero yo jamás les habría hecho daño, al menos voluntariamente.
El hecho de que traicionaran mi secreto fue, estrictamente hablando, culpa mía. Les dije a mis doce jóvenes criadas -las más adorables, las más cautivadoras- que hicieran compañía a los pretendientes y los espiaran, utilizando cualquier tentadora argucia que se les ocurriera. Nadie estaba al corriente de mis instrucciones, salvo yo misma y las criadas en cuestión; decidí no compartir el secreto con Euriclea, lo cual fue un grave error.
El plan se fue al traste. A varias niñas las forzaron, desgraciadamente; a otras las sedujeron, o las presionaron tanto que decidieron que era mejor ceder que oponer resistencia.
No era inusual que los invitados de una gran casa o un palacio se acostaran con las criadas. Proporcionar un animado entretenimiento nocturno se consideraba parte de la hospitalidad de un buen anfitrión, y ese anfitrión magnánimo podía ofrecer a sus invitados que eligieran entre las muchachas; sin embargo, estaba totalmente fuera de lugar que las criadas fueran utilizadas de ese modo sin el permiso del señor de la casa. Eso equivalía a robar.
Pero en nuestra casa no había señor, así que los pretendientes hacían lo que querían con las criadas con el mismo desparpajo con que consumían ovejas'. cerdos, cabras y vacas. Seguramente, para ellos no tenía ninguna importancia.
Yo consolé a las niñas lo mejor que pude. Se sentían muy culpables, y a aquellas a las que habían violado había que cuidarlas y prestarles atención. Dejé esa tarea en manos de Euriclea, que maldijo a los viles pretendientes, y bañó a las niñas y las ungió con mi propio aceite de oliva perfumado, lo cual era un privilegio muy especial. Se quejó un poco de tener que hacerlo. Seguramente le molestaba el cariño que yo sentía_ por aquellas muchachas. Me dijo que las estaba mimando, y que se volverían unas creídas. «No importa -les dije yo-. Debéis fingir que estáis enamoradas de esos hombres. Si creen que os habéis puesto de su parte, se confiarán a vosotras, y así sabremos cuáles son sus planes. Es una manera de servir a vuestro amo, y él estará muy agradecido cuando regrese a casa.» Eso las hizo sentirse mejor. Hasta las animé a hacer comentarios groseros e irreverentes sobre Telémaco y sobre mí, y también sobre Odiseo, para reforzar el engaño. Ellas se abocaron a ese proyecto con gran voluntad: Melanto, la de hermosas mejillas, era especialmente hábil y se divertía mucho inventando comentarios insidiosos.Sin duda hay algo maravilloso en ser capaz de combinar la obediencia y la desobediencia en un solo acto.
No todo era una farsa absoluta. Varias criadas se enamoraron de los hombres que con tanta crueldad las habían utilizado. Supongo que era inevitable. Ellas creían que no me daba cuenta de lo que estaba pasando, pero yo lo sabía perfectamente. Sin embargo, las perdoné. Eran jóvenes e inexpertas, y no todas las esclavas de ltaca podían jactarse de ser la amante de un joven noble. Pero, estuvieran enamoradas o no, y hubiera excursiones nocturnas o no, ellas seguían transmitiéndome cualquier información útil que hubieran sonsacado a los pretendientes.
Así que, pobre de mí, me consideraba muy lista.
Ahora me doy cuenta de que mis actos eran poco meditados, y de que causaron perjuicios. Pero se me acababa el tiempo, y empezaba a desesperarme, y tenía que emplear todas las artimañas y estrategias que tuviera a mi disposición.
Cuando se enteraron del truco del sudario con que los engañaba, los pretendientes irrumpieron en mis aposentos en plena noche y me sorprendieron trabajando en mi secreta labor. Estaban furiosos, sobre todo por haberse dejado engañar por una mujer; montaron una escena terrible, y yo tuve que pasar a la defensiva. No me quedó más remedio que prometer que terminaría el sudario tan pronto pudiera, después de lo cual escogería sin falta a uno de los pretendientes como esposo.
Aquel sudario se convirtió casi de inmediato en una leyenda. «La telaraña de Penélope», lo llamaban; la gente llamaba así a cualquier tarea que continuara misteriosamente inacabada. A mí no me gustaba la palabra «telaraña». Si el sudario era una telaraña, entonces yo era la araña. Pero yo no pretendía atrapar hombres como si fueran moscas: todo lo contrario, sólo intentaba evitar verme ligada a ellos.