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jueves, 22 de junio de 2023

Gabriela Mistral: Mejor busque entre los pobres

 Una de las pocas mujeres en recibir el Premio Nobel de Literatura, la escritora chilena Gabriela Mistral, dedicó parte de su vida a la poesía. Lo hizo sobre muchos y diversos temas y no olvidó sus raíces cristianas. Desde pequeña, se acercó a la Biblia, que se convirtió en un referente para su vida y su obra.

domingo, 21 de agosto de 2022

Gabriela Mistral: Íntima

 Gabriela Mistral expresa en estos versos el rechazo del amor humano, puesto que lo que se pretende es el amor divino. Ella no quiere que el hombre la toque siquiera porque la muerte está acechando en un futuro incierto. Su pretensión es un amor más allá de lo carnal, de lo sexual. Se trata de una aspiración a Dios, en última instancia.

lunes, 27 de febrero de 2017

Gabriela Mistral: La Cenicienta


 Cenicienta, Cenicienta,
pegada al fogón se pasa
y el hollín la va cubriendo
como penitente saya.

Con la ardentez de la hoguera
se quemaron sus pestañas;
de lavar grandes mosaicos
quebrada tiene la espalda.

De amigas tiene la leña
que en el fogón arde y salta,
las sartenes hervidoras
y cuatro ratitas blancas.

Su madrastra sólo quiere
las hijas de sus entrañas;
las besa de sol a sol
y las tiene regaladas;
esclavos les dan masaje
y camareras las bañan
y entre sus brocados rojos
descansan congestionadas.
Mas son feas como el susto
de medianoche cerrada…

A veces las dos se acuerdan
de la pobre Encenizada
y le dicen:  ”Ea, ven,
péinanos, que tienes gracia,
abróchanos las hebillas
y venos tejer la danza”.

Y la pobre Cenicienta,
con una tierna mirada,
les anuda los cabellos
y arrodillada las calza.

Un día el rey dio una fiesta
por ver gracia derramada.
Para asistir a la fiesta
se preparan las hermanas.
Está ya hace cuatro días
sobre ellas la Encenizada
depilándoles las cejas,
amasando sus gargantas,
enseñando reverencias,
corrigiéndoles la danza…

Tiene quemados los dedos
de rizarlas y rizarlas;
de ceñirles la cintura
se rinde desventurada.
Y bailan siempre como ocas
y caminan desgarbadas.

Al fin se fueron al baile
y se apagó su rumor.
¡Ay!, qué callada la noche
para oírse el corazón,
¡la Cenicienta que llora
apegadita al fogón!

La llama del fuego brinca
distrayendo su aflicción;
las cuatro ratitas vienen
a mirarla alrededor.

Pero Cenicienta tiene
(¡ay!, ¡bendito sea Dios!)
hada que fue su madrina
y que se llama Esplendor.
cuando los criados duermen
con silencio de ilusión,
va abriendo puertas y puertas
y llegando hasta el fogón,
—¡Ah!, mi Cenicienta –dícele–,
ábreme tu corazón.

¿No quieres ir a la fiesta?
¿Lloras por eso mi amor?
Dícele la pobrecilla:
—Soy la hija del Tizón;
y la ceniza me cubre
hasta el mismo corazón.
El hada va sacudiéndole
con el aliento el hollín:
Cenicienta va quedando
desnuda como un jazmín.
La va mirando, mirando
y el mirarla es un cubrir
su cuerpo de velo de oro,
amaranto y carmesí.

—¡Ay!, ¡madrina!, ¿y mi carruaje?
—Hijita, ya vas a ver.
—¡Ay!, ¡madrina!, ¿y mis lacayos?
—Hijita, vienen también.
—¡Ay!…  ¿y mis palafreneros?
—Hijita, déjame hacer…

Las cuatro ratitas blancas
se hicieron caballos árabes
y los lagartos azules
dos lacayos fulgurantes,
y la calabaza vuelta
concha perla, fue carruaje.

—Mi ahijada Cenicienta,
¡acabaste de nacer!
No te reconoce tu ogro
de madrastra si te ve.
Ahora corres al baile
y bailarás como un pez:
pero por la medianoche
te despides sin volver,
porque el encanto termina
cuando el día alza la sien.
¡Cómo galopa el carruaje,
que en momentos no se ve
y la calabaza entra
en el palacio del rey!

Está el baile en su comienzo:
la sala alumbra mil lámparas
y los tocadores hieren
misterios de cobre y plata.
Del resplandor del palacio
la misma noche se aclara;
el baile se va tejiendo
a lo largo de cien salas,
y parece que es la tierra
la desposada que danza.

Rigen el rey con el príncipe
esta noche apasionada
y el orden de las parejas
que parecen marejadas
y de repente las guzlas
como los cobres se paran;
se vuelven todos los rostros:
¡va entrando la Encenizada!

Con tanta gracia camina
como la nube dorada;
con tal donaire saluda
que es como si se donara.

Aún vacilaba el príncipe
como el ciervo entre dos aguas.
Al verla sale a su encuentro
como quien entrega su alma.

Sobre la pareja cae
el millón de las miradas
y ellos pasan entre todos
ligeros como dos llamas.

Al sonar la medianoche
Cenicienta se separa
y sube al carruaje que
como jabalina escapa.

Cuando ya llegaba el día
volvieron las hermanastras
y despertó el mundo entero
al escuchar su algazara.
Desde el profundo fogón
Cenicienta viene, cándida,
y pregunta cómo ha sido
el baile de las hermanas.
Y las ogresas le cuentan
de la noche iluminada,
de la música de fuego
y de la princesa extraña
que al salir dejó la fiesta
como novia amortajada.

El rey renovó el convite
para la noche cercana,
y las ogresas partieron
en su carroza escarlata.
Y la pobre Cenicienta
en torno al fogón quedaba;
del fogón iba a la puerta
empinadita del ansia.

Llegó el hada Resplandor
y empezó a hermosearla
hasta hacerla grande de oros
como la noche estrellada.
(¡Ay, cómo va galopando
el trineo de las ratas,
y los lagartos azules
y la veloz calabaza!).

Cenicienta fue hacia el príncipe:
el príncipe le tendió
una mano en que los pulsos
se hacían puro temblor.

Pasa como un torbellino
la pareja del amor
y los ojos de las damas
echan desesperación.

Cenicienta tiene miedo
de oírse la propia voz,
porque está viviendo un sueño
tan perfecto como Dios.

Al llegar la medianoche
no oyó sonar el reloj
y al bajar las escaleras
su zapatito saltó…

Al otro día salieron
desde el palacio real
cuarenta heraldos voceando
pregón de Su Majestad:

—Que las mozas comarcanas
que el rey invitó a bailar
dejen probar en sus plantas
un zapato de cristal;
que a la dueña el mismo día
va el príncipe a desposar.
Se abrieron todas las casas
como vivas de ansiedad,
y las jóvenes hicieron
maravillas por calzar
el zapato más menudo
que la ampolla de la sal.

A casa de Cenicienta
golpeando ahora están
los heraldos.  Y las mozas
con qué jadeante afán
prueban y prueban gimiendo
el zapato sin igual.

Y del fogón Cenicienta
avanzando luego va
y las ogresas se ríen
cuando la ven alargar
su piececito de almendra,
vivo de felicidad.

Y se van enmudeciendo
las ogresas, al mirar
que el piececito se queda
en el cuenco de cristal;
y se van poniendo rojas
y terminan por llorar
viendo que la Cenicienta
con el zapato echa a andar.

Y aquella misma mañana
desposó el príncipe Sol
a María Cenicienta
veladora del tizón,
hija de ninguna madre,
desnudita hija de Dios…

miércoles, 11 de enero de 2017

Gabriela Mistral: Blanca Nieve en la casa de los siete enanos


De la barranca, la niña
miró a la loma cercana;
ya se apretaba la noche
como una negra cuajada.

En lo alto de una loma
está encendida una casa,
y pestañea en la sombra
como una madre que llama.

Blanca Nieve sube, sube,
y golpea atribulada.
Todo sigue en el silencio,
que la casa está encantada;
tan sólo laten adentro,
dulcemente, siete lámparas.

La niña empuja la puerta;
se le abre como dos alas.
La casa sigue tan muda
como si ha siglos callara.
Blanca Nieve va pasando
con temblor, de sala en sala.

Hay un comedor pequeño,
que en cien aromas se exhala.
En la mesa hay siete platos;
en los platos siete viandas;
junto a ellos, dobladitas,
siete servilletas blancas;
hay siete ramos de flores;
siete ampollas de sal cándida;
siete sillas chiquititas,
del porte de una castaña;
en las sillas siete paños
con siete cifras grabadas,
y la paz que hay en los sueños,
en la casa se derrama.

Y Blanca Nieve la mesa
mira, contenida y pálida.
Tiene un hambre tan tremenda,
que todo lo devorara;
pero sólo va pasando,
como un ladrón, empinada,
y despunta un bocadito
de cada sabrosa vianda…

Aunque tiembla del espanto,
va siguiendo a la otra sala.
Hay un dormitorio blanco
que cabe en una mirada,
y tiene siete camitas
tan suaves como la nata;
son del largo de un jazmín
las menuditas almohadas;
las colchas son siete hojas
de una col encenizada.
Con qué miedo Blanca Nieve
se va acercando y las palpa,
y sonríe cuando ve
que no se le desbaratan.
Elige una que está oculta
y se tiende fatigada,
como una gota de agua
que en otra gota descansa.

Duérmese profundamente,
y su respirar se apaga;
se le oye el corazón
como grillo en una caja.
Llegaron los siete enanos.
Riendo entran en la casa,
y se sientan a la mesa
y se cruzan sus miradas.

—¿Quién se ha sentado en mi silla?
—¿Y quién probó de mi vianda?
—¿Y quién pellizcó mi pan?
—¿Y quién mordió mi tostada?
—¿Quién cambió mi tenedor?
—¿Quién dio más luz a mi lámpara?
—¿Y quién probó de mi vino?
—¿Quién vació mi limonada?
Gritan todos, y el asombro
sus breves ojos agranda,
y van hacia el dormitorio,
llevando sus siete lámparas.
Y van entrando miedosos,
y va a estallar su algazara:

—¡Alguien se acostó en mi lecho!
¡Han movido las almohadas!
Y grita uno desde el fondo:
—¡Hay una niña en mi casa!

Corren con sus siete luces
los enanos a mirarla,
y le hacen una aureola
grande junto a la cara.
—¡Ay, qué hermosa! –dicen todos–,
y qué grande, es como un haya.
Y uno le toca las sienes,
otro le mide la espalda,
y Blanca Nieve, por fin,
despierta entre la algarada.
Los va mirando, mirando,
y su risa se desata.

Son pequeños como siete
almendritas claveteadas,
y para que ella los vea
se empinan como las llamas.
En el regazo le caben;
los siete a una vez abraza…
Entonces les va contando
de su tremenda madrastra
y del cazador que al hombro
le cargó como alimaña.

Y ellos, conmovidos, lloran
sin cansarse de mirarla.
Le dicen nombres de flores;
“olor de salvia mojada”,
“cuesta con almendros blancos”,
“vertiente de la montaña”.

Y ella pregunta sus nombres.
Dicen: —Yo me llamo Plata.
—Yo me llamo Estaño Azul.
—Y yo Barbazas, Barbazas.

Y le cogen las orejas.
Le dicen: ” almejas blancas”,
y miden sus dedos largos;
“caracolazos” los llaman.

Y por fin la van durmiendo
con canción enamorada.

“Duerme hasta que cante el gallo
de cresta más encarnada
y se cuelguen los murciélagos
y muja largo una vaca.
“Te espantan los siete enanos
los monstruos de la montaña;
el lagarto volador,
la catarina giganta;
el que se parece al musgo
y que sube hasta la almohada,
y la culebra más negra
que a la medianoche baja.

“Para que el cuerpo no encojas
juntamos las siete camas,
y los enanos te velan
en cerco de siete espadas.
“Los duendes de los metales
te cuidan mejor que tu alma.
Duerme hasta que el gallo cante
y muja largo una vaca”.

jueves, 5 de enero de 2017

Gabriela Mistral: Caperucita Roja (versión poética del cuento de Perrault)




Caperucita Roja visitará a la abuela 
que en el poblado próximo sufre de extraño mal. 
Caperucita Roja, la de los rizos rubios, 
tiene el corazoncito tierno como un panal. 

A las primeras luces ya se ha puesto en camino 
y va cruzando el bosque con un pasito audaz. 
Sale al paso Maese Lobo, de ojos diabólicos. 
«Caperucita Roja, cuéntame adónde vas». 

Caperucita es cándida como los lirios blancos. 
«Abuelita ha enfermado. Le llevo aquí un pastel 
y un pucherito suave, que se derrama en juego. 
¿Sabes del pueblo próximo? Vive en la entrada de él». 

Y ahora, por el bosque discurriendo encantada, 
recoge bayas rojas, corta ramas en flor, 
y se enamora de unas mariposas pintadas 
que la hacen olvidarse del viaje del Traidor... 

El Lobo fabuloso de blanqueados dientes, 
ha pasado ya el bosque, el molino, el alcor, 
y golpea en la plácida puerta de la abuelita, 
que le abre. (A la niña ha anunciado el Traidor.) 

Ha tres días la bestia no sabe de bocado. 
¡Pobre abuelita inválida, quién la va a defender! 
... Se la comió riendo toda y pausadamente 
y se puso en seguida sus ropas de mujer. 

Tocan dedos menudos a la entornada puerta. 
De la arrugada cama dice el Lobo: «¿Quién va?» 
La voz es ronca. «Pero la abuelita está enferma» 
la niña ingenua explica. «De parte de mamá». 

Caperucita ha entrado, olorosa de bayas. 
Le tiemblan en la mano gajos de salvia en flor. 
«Deja los pastelitos; ven a entibiarme el lecho». 
Caperucita cede al reclamo de amor. 

De entre la cofia salen las orejas monstruosas. 
«¿Por qué tan largas?», dice la niña con candor. 
Y el velludo engañoso, abrazado a la niña: 
«¿Para qué son tan largas? Para oírte mejor». 

El cuerpecito tierno le dilata los ojos. 
El terror en la niña los dilata también. 
«Abuelita, decidme: ¿por qué esos grandes ojos?» 
«Corazoncito mío, para mirarte bien...» 

Y el viejo Lobo ríe, y entre la boca negra 
tienen los dientes blancos un terrible fulgor. 
«Abuelita, decidme: ¿por qué esos grandes dientes?» 
«Corazoncito, para devorarte mejor...» 

Ha arrollado la bestia, bajo sus pelos ásperos, 
el cuerpecito trémulo, suave como un vellón; 
y ha molido las carnes, y ha molido los huesos, 
y ha exprimido como una cereza el corazón...

sábado, 24 de diciembre de 2016

Gabriela Mistral: La bella durmiente (versión poética del cuento de Perrault)


Hace tantos, tantos años
que imposible es el contar,
que a dos reyes nació un día
una niña divinal.
Era linda, linda como
si no fuese de verdad;
era hermosa como un sueño
que de hermoso hace llorar.
Al bautizo de la Infanta
el rey quiso convidar
a las hadas, que reparten,
como harina, el bien y el mal…
Siete hadas se sentaron
al feliz banquete real.
Cada una de las siete
entregando fue al entrar
una rara maravilla
que traía en el morral.
Y una trajo la armonía,
otra la felicidad,
una el don de hacer la danza,
otra el don de hacerse amar,
una el de volverse pájaro,
otra el don de atravesar
las montañas y los mundos,
cual la abeja su panal.
En la mesa recibieron
para hincarlo en su manjar,
un cubierto de oro puro
con diamantes de cegar…
cuando apenas se sentaban,
golpeó otra comensal:
era una hada, vieja y fea,
con hocico de chacal.
Se sentó a la mesa y dijo:
—“Me olvidasteis como al Mal,
pero vine aquí a traeros
la genciana del pesar”.
“La princesa tendrá todo:
cielos, naves, tierra y mar,
pero un día entre sus manos
con un huso jugará.
y la dueña de la Tierra
con el huso más banal,
en el brazo de jazmines
se dará golpe mortal…”.
Las siete hadas se quedaron
blancas, blancas de ansiedad;
tembló el rey como una hierba
y la reina echó a llorar.
Las macetas sin un viento
todos vimos deshojar;
los manteles se rasgaron
y se puso negro el pan.
Pero un hada que era niña
levantó su fina voz:
era un hada pequeñita,
se llamaba Corazón.
—“Hada fea, turba-fiestas,
rompedora de canción,
nos quebraste la alegría,
y yo quiebro tu traición”.
“La princesa será herida,
más, por gracia del Señor,
va a dormirse por 100 años,
hasta la hora del amor”.
“Para que cuando despierte
no se llene de terror,
que se duerma el mundo todo
al callar su corazón…”.

El rey hizo que buscaran
entre lana y algodón,
cuantos husos estuvieran
hila que hila bajo el sol.
Recogieron tantos, tantos,
que una parva se vio alzar.
pero se quedó escondido
el de la Fatalidad.
Fue creciendo la princesa
más aguda que la sal,
más graciosa que los vientos
y tan viva como el mar…
La seguían 100 doncellas
como sigue al pavo real
el millón de ojos ardientes
de su cola sin igual.
La seguían por los ríos
si bajábase a bañar,
la seguían cual saetas
por el aire de cristal…
Ningún huso hilaba lana
en el reino nunca más.
Uno hilaba en el palacio,
invisible como el Mal.
-------
La princesa una mañana
en el techo oyó cantar,
y subió siguiendo el canto,
y llegando fue al desván.
Una vieja hilaba en suave
lana blanca, el negro Mal;
le pidió la niña el huso,
el de la Fatalidad.
La mordió como una víbora
en el brazo. Y no fue más…
La princesa cayó al suelo
para no volverse a alzar.
Acudió la corte entera
con rumor como de mar.
La pusieron en su lecho
y empezó el maravillar.

Se durmió la mesa regia,
se durmió el pavón real,
se durmió el jardín intacto,
con la fuente y el faisán;
Se durmieron los 100 músicos
y las arpas y el timbal:
se durmió la que lo cuenta,
como piedra y sin soñar…
Al salir de su palacio
el monarca, se durmió
todo el bosque palpitante
extendido alrededor.

Y pasaron los 100 años;
un rey y otro más subió.
La princesa se hizo cuento,
como el Pájaro hablador.
A aquel bosque negro, negro,
hombre ni ave penetró:
lo esquivó Caperucita
santiguándose de horror…

Va ahora un príncipe de caza
(todo rey es cazador).
Orillando pasa el bosque
que está mudo como un Dios.
Se desmonta tembloroso
y pregúntale a un pastor
lo que esconde el bosque erguido
con color de maldición.
Y el pastor le va contando
embriagado de ficción,
de la niña que ha 100 años
en su lecho se durmió.

Y entra el príncipe en la selva
que se entreabre, maternal…
Le detiene un alto muro
y lo logra derribar;
le detiene una honda estancia
de apretada obscuridad;
atraviesa la honda estancia,
toca un lecho, y busca más…
Y detiénele el prodigio
de la niña fantasmal.

Duerme blanca cual la escarcha
que se cuaja en el cristal:
duermen alma y cuerpo en ella:
derramada está la paz
en las sienes sin latido,
en la trenza sin tocar,
y en el párpado que cae,
puro sueño y suavidad…
Y él se inclina hacia el semblante
(ya ni puede respirar).
Y su boca besa la otra,
pálida de eternidad,
y las rosas de la vida
entreabriendo suaves van…
Y los párpados se alzan,
¡qué pesados de soñar!
y los labios desabrochan
y diciendo lentos van:
—¿Por qué tanto te tardaste,
¡oh mi príncipe! en llegar?
Con el beso despertándose
el palacio entero está:
se despierta la marmita
y comienza a gluglutear;
se despierta y va extendiendo
su abanico el pavo real;
se despiertan las macetas
con un blando cabecear;
se despiertan los corceles,
se les oye relinchar
y se uncen anhelantes
a carrozas de metal;
se despierta en torno el bosque,
como se despierta el mar;
se despiertan los 100 guardias,
y comienzan a llegar
las doncellas junto al lecho
con el ruido sin igual
con que gritan las gaviotas
cuando empieza a alborear…

La princesa le da al príncipe
de 100 años el amar,
las miradas de 100 años,
anchas de felicidad.
Y la mira y mira, el príncipe,
y no quiere más cerrar
sus dos ojos sobre el sueño
que se puede disipar.
Y las fiestas siguen, siguen;
son como una eternidad,
y ni ríndense las harpas,
y ni rómpese el timbal…