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miércoles, 25 de diciembre de 2019

Gabriel García Márquez: El avión de la Bella Durmiente



Era bella, elástica, con una piel tierna del color del pan y los ojos de almendras verdes, y tenía el cabello liso y negro y largo hasta la espalda, y una aura de antigüedad que lo mismo podía ser de Indonesia que de los Andes. Estaba vestida con un gusto sutil: chaqueta de lince, blusa de seda natural con flores muy tenues, pantalones de lino crudo, y unos zapatos lineales del color de las buganvilias. “Esta es la mujer más bella que he visto en mi vida”, pensé, cuando la vi pasar con sus sigilosos trancos de leona, mientras yo hacía la cola para abordar el avión de Nueva York en el aeropuerto Charles de Gaulle de París. Fue una aparición sobrenatural que existió sólo un instante y, desapareció en la muchedumbre del vestíbulo.
         Eran las nueve de la mañana. Estaba nevando desde la noche anterior, y el tránsito era más denso que de costumbre en las calles de la ciudad, y más lento aún en la autopista, y había camiones de carga alineados a la orilla, y automóviles humeantes en la nieve. En el vestíbulo del aeropuerto, en cambio, la vida seguía en primavera.
         Yo estaba en la fila de registro detrás de una anciana holandesa que demoró casi una hora discutiendo el peso de sus once maletas. Empezaba a aburrirme cuando vi la aparición instantánea que me dejó sin aliento, así que no supe cómo terminó el altercado, hasta que la empleada me bajó de las nubes con un reproche por mi distracción. A modo de disculpa le pregunté si creía en los amores a primera vista. “Claro que sí”, me dijo. “Los imposibles son los otros”. Siguió con la vista fija en la pantalla, de la computadora, y me preguntó qué asiento prefería: fumar o no fumar.
         —Me da lo mismo —le dije con toda intención—, siempre que no sea al lado de las once maletas.
         Ella lo agradeció con una sonrisa comercial sin apartar la vista de la pantalla fosforescente.
         —Escoja un número —me dijo—: tres, cuatro o siete.
         —Cuatro.
         Su sonrisa tuvo un destello triunfal.
         —En quince años que llevo aquí —dijo—, es el primero que no escoge el siete.
         Marcó en la tarjeta de embarque el número del asiento y me la entregó con el resto de mis papeles, mirándome por primera vez con unos ojos color de uva que me sirvieron de consuelo mientras volvía a ver la bella. Sólo entonces me advirtió que el aeropuerto acababa de cerrarse y todos los vuelos estaban diferidos.
         —¿Hasta cuándo?
         —Hasta que Dios quiera —dijo con su sonrisa. La radio anunció esta mañana que será la nevada más grande del año.
         Se equivocó: fue la más grande del siglo. Pero en la sala de espera de la primera clase la primavera era tan real que había rosas vivas en los floreros y hasta la música enlatada parecía tan sublime y sedante como lo pretendían sus creadores. De pronto se me ocurrió que aquel era un refugio adecuado para la bella, y la busqué en los otros salones, estremecido por mi propia audacia. Pero la mayoría eran hombres de la vida real que leían periódicos en inglés mientras sus mujeres pensaban en otros, contemplando los aviones muertos en la nieve a través de las vidrieras panorámicas, contemplando las fábricas glaciales, los vastos sementeras de Roissy devastados por los leones. Después del mediodía no había un espacio disponible, y el calor se había vuelto tan insoportable que escapé para respirar.
         Afuera encontré un espectáculo sobrecogedor. Gentes de toda ley habían desbordado las salas de espera, y estaban acampadas en los corredores sofocantes, y aun en las escaleras, tendidas por los suelos con sus animales y sus niños, y sus enseres de viaje. Pues también la comunicación con la ciudad estaba interrumpida, y el palacio de plástico, transparente parecía una inmensa cápsula espacial varada en la tormenta. No pude evitar la idea de que también la bella debía estar en algún lugar en medio de aquellas hordas mansas, y esa fantasía me infundió nuevos ánimos para esperar.
         A la hora del almuerzo habíamos asumido nuestra conciencia de náufragos. Las colas se hicieron interminables frente a los siete restaurantes, las cafeterías, los bares atestados, y en menos de tres horas tuvieron que cerrarlos porque no había nada qué comer ni beber. Los niños, que por un momento parecían ser todos los del mundo, se pusieron a llorar al mismo tiempo, y empezó a levantarse de la muchedumbre un olor de rebaño. Era el tiempo de los instintos. Lo único que alcancé a comer en medio de la rebatiña fueron los dos últimos vasos de helado de crema en una tienda infantil. Me los tomé poco a poco en el mostrador, mientras los camareros ponían las sillas sobre las mesas a medida que se desocupaban, y viéndome a mí mismo en el espejo del fondo, con el último vasito de cartón y la última cucharita de cartón, y pensando en la bella.
         El vuelo de Nueva York, previsto para las once de la mañana, salió a las ocho de la noche. Cuando por fin logré embarcar, los pasajeros de la primera clase estaban ya en su sitio, y una azafata me condujo al mío. Me quedé sin aliento. En la poltrona vecina, junto a la ventanilla, la bella estaba tomando posesión de su espacio con el dominio de los viajeros expertos. “Si alguna vez escribiera esto, nadie me lo creería”, pensé. Y apenas si intenté en mi media lengua un saludo indeciso que ella no percibió.
         Se instaló como para vivir muchos años, poniendo cada cosa en su sitio y en su orden, hasta que el lugar quedó tan bien dispuesto como la casa ideal donde todo estaba al alcance de la mano. Mientras lo hacía, el sobrecargo nos llevó la champaña de bienvenida. Cogí una copa para ofrecérsela a ella, pero me arrepentí a tiempo. Pues sólo quiso un vaso de agua, y le pidió al sobrecargo, primero en un francés inaccesible y luego en un inglés apenas más fácil, que no la despertara por ningún motivo durante el vuelo. Su voz grave y tibia arrastraba una tristeza oriental.
         Cuando le llevaron el agua, abrió sobre las rodillas un cofre de tocador con esquinas de cobre, como los baúles de las abuelas, y sacó dos pastillas doradas de un estuche donde llevaba otras de colores diversos. Hacía todo de un modo metódico y parsimonioso, como si no hubiera nada que no estuviera previsto para ella desde su nacimiento. Por último bajó la cortina de la ventana, extendió la poltrona al máximo, se cubrió con la manta hasta la cintura sin quitarse los zapatos, se puso el antifaz de dormir, se acostó de medio lado en la poltrona, de espaldas a mí, y durmió sin una sola pausa, sin un suspiro, sin un cambio mínimo de posición, durante las ocho horas eternas y los doce minutos de sobra que duró el vuelo a Nueva York.
         Fue un viaje intenso. Siempre he creído que no hay nada más hermoso en la naturaleza que una mujer hermosa, de modo que me fue imposible escapar ni un instante al hechizo de aquella criatura de fábula que dormía a mi lado. El sobrecargo había desaparecido tan pronto como despegamos, y fue reemplazado por una azafata cartesiano que trató de despertar a la bella para darle el estuche de tocador y los auriculares para la música. Le repetí la advertencia que ella le había hecho al sobrecargo, pero la azafata insistió para oír de ella misma que tampoco quería cenar. Tuvo que confirmárselo el sobrecargo, v aun así me reprendió porque la bella no se hubiera colgado en el cuello el cartoncito con la orden de no despertarla.
         Hice una cena solitaria, diciéndome en silencio lo que le hubiera dicho a ella si hubiera estado despierta. Su sueño era tan estable, que en cierto momento tuve la inquietud de que las pastillas que se había tomado no fueran para dormir sino para morir. Antes de cada trago, levantaba la copa y brindaba.
         —A tu salud, bella.
         Terminada la cena apagaron las luces, dieron la película para nadie, y los dos quedamos solos en la penumbra del mundo. La tormenta más grande del siglo había pasado, y la noche del Atlántico era inmensa y límpida, y el avión parecía inmóvil entre las estrellas. Entonces la contemplé palmo a palmo durante varias horas, y la única señal de vida que pude percibir fueron las sombras de los sueños que pasaban por su frente como las nubes en el agua. Tenía en el cuello una cadena tan fina que era casi invisible sobre su piel de oro, las orejas perfectas sin puntadas para los aretes, las uñas rosadas de la buena salud, y un anillo liso en la mano izquierda. Como no parecía tener más de veinte años me consolé con la idea de que no fuera un anillo de bodas sino el de un noviazgo efímero. “Saber que duermes tú, cierta, segura, cauce fiel de abandono, línea pura, tan cerca de mis brazos maniatados”, pensé, repitiendo en la cresta de espumas,de champaña el soneto magistral de Gerardo Diego. Luego extendí la poltrona a la altura de la suya, y quedamos acostados más cerca que en una cama matrimonial. El clima de su respiración era el mismo de la voz, y su piel exhalaba un hálito tenue que sólo podía ser el olor propio de su belleza. Me parecía increíble: en la primavera anterior había leído una hermosa novela de Yasunarl Kawabata sobre los ancianos burgueses de Kyoto que pagaban sumas enormes para pasar la noche contemplando a las muchachas más bellas de la ciudad, desnudas y narcotizadas, mientras ellos agonizaban de amor en la misma cama. No podían despertarlas, ni tocarlas, y ni siquiera lo intentaban, porque la esencia de¡ placer era verlas dormir. Aquella noche, velando el sueño de la bella, no sólo entendí aquel refinamiento senil, sino que lo viví a plenitud.
         —Quién iba a creerlo —me dije, con el amor propio exacerbado por la champaña—: Yo, anciano japonés a estas alturas.
         Creo que dormí varias horas, vencido por la champaña y los fogonazos mudos de la película, Y desperté con la cabeza agrietada. Fui al baño. Dos lugares detrás del mío yacía la anciana de las once maletas despatarrada de mala manera en la poltrona. Parecía un muerto olvidado en el campo de batalla. En el suelo, a mitad del pasillo, estaban sus lentes de leer con el collar de cuentas de colores, y por un instante disfruté de la dicha mezquina de no recogerlos.
         Después de desahogarme de los excesos de champaña me sorprendí a mí mismo en el espejo, indigno y feo, y me asombré de que fueran tan terribles los estragos del amor. De pronto el avión se fue a pique, se enderezó como pudo, y prosiguió volando al galope. La orden de volver al asiento se encendió. Salí en estampida, con la ilusión de que sólo las turbulencias de Dios despertaran a la bella, y que tuviera que refugiarse en mis brazos huyendo del terror. En la prisa estuve a punto de pisar los lentes de la holandesa, y me hubiera alegrado. Pero volví sobre mis pasos, los recogí, y se los puse en el regazo, agradecido de pronto de que no hubiera escogido antes que yo el asiento número cuatro.
         El sueño de la bella era invencible. Cuando el avión se estabilizó, tuve que resistir la tentación de sacudirla con cualquier pretexto, porque lo único que deseaba en aquella última hora de vuelo era verla despierta, aunque fuera enfurecida, para que yo pudiera recobrar mi libertad, y tal vez mi juventud. Pero no fui capaz. “Carajo”, me dije, con un gran desprecio. “¡Por qué no nací Tauro!”.
         Despertó sin ayuda en el instante en que se encendieron los anuncios del aterrizaje, y estaba tan bella y lozana como si hubiera dormido en un rosal. Sólo entonces caí en la cuenta de que los vecinos de asiento en los aviones, igual que los matrimonios viejos, no se dan los buenos días al despertar. Tampoco ella. Se quitó el antifaz, abrió los ojos radiantes, enderezó la poltrona, tiró a un lado la manta, se sacudió las crines que se peinaban solas con su propio peso, volvió a ponerse el cofre en las rodillas, y se hizo un maquillaje rápido y superfluo, que le alcanzó justo para no mirarme hasta que la puerta se abrió. Entonces se puso la chaqueta de lince, pasó casi por encima de mí con una disculpa convencional en castellano puro de las Américas, y se fue sin despedirse siquiera, sin agradecerme al menos lo mucho que hice por nuestra noche feliz, y desapareció hasta el sol de hoy en la amazonia de Nueva York.

Junio 1982.

jueves, 5 de septiembre de 2019

Roald Dahl: Cuentos en verso para niños perversos (Audiolibro completo)



LA CENICIENTA "¡Si ya nos la sabemos de memoria!", diréis. Y, sin embargo, de esta historia tenéis una versión falsificada, rosada, tonta, cursi, azucarada, que alguien con la mollera un poco rancia consideró mejor para la infancia... El lío se organiza en el momento en que las Hermanastras de este cuento se marchan a Palacio y la pequeña se queda en la bodega a partir leña. Allí, entre los ratones llora y grita, golpea la pared, se desgañita: "¡Quiero salir de aquí! ¡Malditas brujas! ¡¡Os arrancaré el moño por granujas!!". Y así hasta que por fin asoma el Hada por el encierro en el que está su ahijada. "¿Qué puedo hacer por ti, Ceny querida? ¿Por qué gritas así? ¿Tan mala vida te dan esas lechuzas?". "¡Frita estoy porque ellas van al baile y yo no voy!". La chica patalea furibunda: "¡Pues yo también iré a esa fiesta inmunda! ¡Quiero un traje de noche, un paje, un coche, zapatos de charol, sortija, broche, pendientes de coral, pantys de seda y aromas de París para que pueda enamorar al Príncipe en seguida con mi belleza fina y distinguida!". Y dicho y hecho, al punto Cenicienta, en menos tiempo del que aquí se cuenta, se personó en Palacio, en plena disco, dejando a sus rivales hechas cisco. Con Ceny bailó el Príncipe rocks miles tomándola en sus brazos varoniles y ella se le abrazó con tal vigor que allí perdió su Alteza su valor, y mientras la miró no fue posible que le dijera cosa inteligible. Al dar las doce Ceny pensó: "Nena, como no corras la hemos hecho buena", y el Príncipe gritó: "¡No me abandones!", mientras se le agarraba a los riñones, y ella tirando y él hecho un pelmazo hasta que el traje se hizo mil pedazos. La pobre se escapó medio en camisa, pero perdió un zapato con la prisa. el Príncipe, embobado, lo tomó y ante la Corte entera declaró: "¡La dueña del pie que entre en el zapato será mi dulce esposa, o yo me mato!". Después, como era un poco despistado, dejó en una bandeja el chanclo amado. Una Hermanastra dijo: "¡Ésta es la mía!", y, en vista de que nadie la veía, pescó el zapato, lo tiró al retrete y lo escamoteó en un periquete. En su lugar, disimuladamente, dejó su zapatilla maloliente. En cuanto salió el Sol, salió su Alteza por la ciudad con toda ligereza en busca de la dueña de la prenda. De casa en casa fue, de tienda en tienda, e hicieron cola muchas damiselas sin resultado. Aquella vil chinela, incómoda, pestífera y chotuna, no le sentaba bien a dama alguna. Así hasta que fue el turno de la casa de Cenicienta... "¡Pasa, Alteza, pasa!", dijeron las perversas Hermanastras y, tras guiñar un ojo a la Madrastra, se puso la de más cara de cerdo su propia zapatilla en el pie izquierdo. El Príncipe dio un grito, horrorizado, pero ella gritó más: "¡Ha entrado! ¡Ha entrado! ¡Seré tu dulce esposa!". "¡Un cuerno frito!". "¡Has dado tu palabra. Principito, precioso mío!". "¿Sí? -rugió su Alteza. --¡Ordeno que le corten la cabeza!". Se la cortaron de un único tajo y el Príncipe se dijo: "Buen trabajo. Así no está tan fea". De inmediato gritó la otra Hermanastra: "¡Mi zapato! ¡Dejad que me lo pruebe!". "¡Prueba esto!", bramó su Alteza Real con muy mal gesto y, echando mano de su real espada, la descocorotó de una estocada; cayó la cabezota en la moqueta, dio un par de botes y se quedó quieta... En la cocina Cenicienta estaba quitándoles las vainas a unas habas cuando escuchó los botes, -pam, pam, pam del coco de su hermana en el zaguán, así que se asomó desde la puerta y preguntó: "¿Tan pronto y ya despierta?". El Príncipe dio un salto: "¡Otro melón!", y a Ceny le dio un vuelco el corazón. "¡Caray! -pensó-. ¡Qué bárbara es su alteza! con ese yo me juego la cabeza... ¡Pero si está completamente loco!". Y cuando gritó el Príncipe: "¡Ese coco! ¡Cortádselo ahora mismo!", en la cocina brilló la vara del Hada Madrina. "¡Pídeme lo que quieras, Cenicienta, que tus deseos corren de mi cuenta!". "¡Hada Madrina, -suplicó la ahijada-, no quiero ya ni príncipes ni nada que pueda parecérseles! Ya he sido Princesa por un día. Ahora te pido quizá algo más difícil e infrecuente: un compañero honrado y buena gente. ¿Podrás encontrar uno para mí, Madrina amada? Yo lo quiero así...". ------------------------------------------------ Y en menos tiempo del que aquí se cuenta se descubrió de pronto Cenicienta a salvo de su Príncipe y casada con un señor que hacía mermelada. Y, como fueron ambos muy felices, nos dieron con el tarro en las narices.

sábado, 15 de abril de 2017

Madame Leprince de Beaumont: La Bella y la Bestia



Había una vez un mercader muy rico que tenía seis hijos, tres varones y tres mujeres; y como era hombre de muchos bienes y de vasta cultura, no reparaba en gastos para educarlos y los rodeó de toda suerte de maestros. Las tres hijas eran muy hermosas; pero la más joven despertaba tanta admiración, que de pequeña todos la apodaban «la bella niña», de modo que por fin se le quedó este nombre para envidia de sus hermanas. No sólo era la menor mucho más bonita que las otras, sino también más bondadosa. 
Las dos hermanas mayores ostentaban con desprecio sus riquezas ante quienes tenían menos que ellas; se hacían las grandes damas y se negaban a que las visitasen las hijas de los demás mercaderes: únicamente las personas de mucho rango eran dignas de hacerles compañía. Se lo pasaban en todos los bailes, reuniones, comedias y paseos, y despreciaban a la menor porque empleaba gran parte de su tiempo en la lectura de buenos libros. 
Las tres jóvenes, agraciadas y poseedoras de muchas riquezas, eran solicitadas en matrimonio por muchos mercaderes de la región, pero las dos mayores los despreciaban y rechazaban diciendo que sólo se casarían con un noble: por lo menos un duque o conde. La Bella —pues así era como la conocían y llamaban todos a la menor— agradecía muy cortésmente el interés de cuantos querían tomarla por esposa, y los atendía con suma amabilidad y delicadeza; pero les alegaba que aún era muy joven y que deseaba pasar algunos años más en compañía de su padre. 
De un solo golpe perdió el mercader todos sus bienes, y no le quedó más que una pequeña casa de campo a buena distancia de la ciudad. Totalmente destrozado, lleno de pena su corazón, llorando hizo saber a sus hijos que era forzoso trasladarse a esta casa, donde para ganarse la vida tendrían que trabajar como campesinos. Sus dos hijas mayores respondieron con la altivez que siempre demostraban en toda ocasión, que de ningún modo abandonarían la ciudad, pues no les faltaban enamorados que se sentirían felices de casarse con ellas, no obstante su fortuna perdida. En esto se engañaban las buenas señoritas: sus enamorados perdieron totalmente el interés en ellas en cuanto fueron pobres. Puesto que debido a su soberbia nadie simpatizaba con ellas, las muchachas de los otros mercaderes y sus familias comentaban: 
—No merecen que les tengamos compasión. Al contrario, nos alegramos de verles abatido el orgullo. ¡Qué se hagan las grandes damas con las ovejas! 
Pero, al mismo tiempo, todo el mundo decía: 
—¡Qué pena, qué dolor nos da la desgracia de la Bella! ¡Ésta sí que es una buena hija! ¡Con qué cortesía le habla a los pobres! ¡Es tan dulce, tan honesta!… 
No faltaron caballeros dispuestos a casarse con ella, aunque no tuviese un céntimo; mas la joven agradecía pero respondía que le era imposible abandonar a su padre en desgracia, y que lo seguiría a la campiña para consolarlo y ayudarlo en sus trabajos. 
La pobre Bella no dejaba de afligirse por la pérdida de su fortuna, pero se decía a sí misma: —Nada obtendré por mucho que llore. Es preciso tratar de ser feliz en la pobreza. 
No bien llegaron y se establecieron en la casa de campo, el mercader y sus tres hijos con ropajes de labriegos se dedicaron a preparar y labrar la tierra. La Bella se levantaba a las cuatro de la mañana y se ocupaba en limpiar la casa y preparar la comida de la familia. Al principio aquello le era un sacrificio agotador, porque no tenía costumbre de trabajar tan duramente; mas unos meses más adelante se fue sintiendo acostumbrada a este ritmo y comenzó a sentirse mejor y a disfrutar por sus afanes de una salud perfecta. Cuando terminaba sus quehaceres se ponía a leer, a tocar el clavicordio, o bien a cantar mientras hilaba o realizaba alguna otra labor. 
Sus dos hermanas, en cambio, se aburrían mortalmente; se levantaban a las diez de la mañana, paseaban el día entero y su única diversión era lamentarse de sus perdidas galas y visitas. 
—Mira a nuestra hermana menor —se decían entre sí—, tiene un alma tan vulgar, y es tan estúpida, que se contenta con su miseria. 
El buen labrador, el padre, en cambio, sabía que la Bella era trabajadora, constante, paciente y tesonera, y muy capaz de brillar en los salones, en cambio sus hermanas… Admiraba las virtudes de su hija menor, y sobre todo su paciencia, ya que las otras no se contentaban con que hiciese todo el trabajo de la casa, sino que además se burlaban de ella. 
Hacía ya un año que la familia vivía en aquellas soledades cuando el mercader recibió una carta en la cual le anunciaban que cierto navío acababa de arribar, felizmente, con una carga de mercancías para él. Esta noticia trastornó por completo a sus dos hijas mayores, pues imaginaron que por fin podrían abandonar aquellos campos donde tanto se aburrían y además lo único que se les cruzaba por la cabeza era volver a la ociosa y fatua vida en las fiestas y teatros, mostrando riquezas; por lo que, no bien vieron a su padre ya dispuesto para salir, le pidieron que les trajera vestidos, chales, peinetas y toda suerte de bagatelas. La Bella no dijo una palabra, pensando para sí que todo el oro de las mercancías no iba a bastar para los encargos de sus hermanas. 
—¿No vas tú a pedirme algo? —le preguntó su padre. 
—Ya que tienes la bondad de pensar en mí —respondió ella—, te ruego que me traigas una rosa, pues por aquí no las he visto. 
No era que la desease realmente, sino que no quería afear con su ejemplo la conducta de sus hermanas, las cuales habían dicho que si no pedía nada era sólo por darse importancia. Partió, pues, el buen mercader; pero cuando llegó a la ciudad supo que había un pleito andando en torno a sus mercaderías, y luego de muchos trabajos y penas se halló tan pobre como antes. Y así emprendió nuevamente el camino hacia su vivienda. No tenía que recorrer más de treinta millas para llegar a su casa, y ya se regocijaba con el gusto de ver otra vez a sus hijas; pero erró el camino al atravesar un gran bosque, y se perdió dentro de él, en medio de una tormenta de viento y nieve que comenzó a desatarse. Nevaba fuertemente; el viento era tan impetuoso que por dos veces lo derribó del caballo; y cuando cerró la noche llegó a temer que moriría de hambre o de frío; o que lo devorarían los lobos, a los que oía aullar muy cerca de sí. 
De repente, tendió la vista por entre dos largas hileras de árboles y vio una brillante luz a gran distancia. Se encaminó hacia aquel sitio y al acercarse observó que la luz salía de un gran palacio todo iluminado. Se apresuró a refugiarse allí; pero su sorpresa fue considerable cuando no encontró a persona alguna en los patios. Su caballo, que lo seguía, entró en una vasta caballeriza que estaba abierta, y habiendo hallado heno y avena, el pobre animal, que se moría de hambre, se puso a comer ávidamente. 
Después de dejarlo atado, el mercader pasó al castillo, donde tampoco vio a nadie; y por fin llegó a una gran sala en que había un buen fuego y una mesa cargada de viandas con un solo cubierto. Quizás pecaría de atrevido, pero se dirigió hacia allí. La tentación fue muy grande, pues la lluvia y la nieve lo habían calado hasta los huesos; se arrimó al fuego para secarse, diciéndose a sí mismo: «El dueño de esta casa y sus sirvientes, que no tardarán en dejarse ver, sin duda me perdonarán la libertad que me he tomado». Se quedó aún esperando un rato largo, observaba hacia los otros recintos para tratar de ubicar a algún habitante en la mansión, pero cuando sonaron once campanadas sin que se apareciese nadie, no pudo ya resistir el hambre, y apoderándose de un pollo se lo comió con dos bocados a pesar de sus temblores. Bebió también algunas copas de vino, y ya con nueva audacia abandonó la sala y recorrió varios espaciosos aposentos, magníficamente amueblados. 
En uno de ellos encontró una cama dispuesta, y como era pasada la medianoche, y se sentía rendido de cansancio, entumecido y aturdido de la aventura pasada hasta encontrar este cobijo, decidió cerrar la puerta y acostarse a dormir. 
Eran las diez de la mañana cuando se levantó al día siguiente, y no fue pequeña su sorpresa al encontrarse un traje como hecho a su medida en vez de sus viejas y gastadas ropas. «Sin duda», se dijo, «o no he despertado, o este palacio pertenece a un hada buena que se ha apiadado de mí». Miró por la ventana y no vio el menor rastro de nieve, sino de un jardín cuyas bellas flores encantaban la vista. Entró luego en la estancia donde cenara la víspera, y halló que sobre una mesita lo aguardaba una taza de chocolate. 
—Le doy las gracias, señora hada —dijo en alta voz—, por haber tenido la bondad de albergarme en noche tan inhóspita y de pensar en mi desayuno. 
El buen hombre, después de tomar el chocolate, salió en busca de su caballo, y al pasar por un sector lleno de rosas blancas recordó la petición de la Bella y cortó una para llevársela. En el mismo momento se escuchó un gran estruendo y vio que se dirigía hacia él una bestia tan horrenda, que le faltó poco para caer desmayado. 
—¡Ah, ingrato! —le dijo la Bestia con voz terrible—. Yo te salvé la vida al recibirte y darte cobijo en mi palacio, y ahora, para mi pesadumbre, tú me arrebatas mis rosas, ¡a las que amo sobre todo cuanto hay en el mundo! Será preciso que mueras, a fin de reparar esta falta. El mercader se arrojó a sus pies, juntó las manos y rogó a la Bestia: 
—Monseñor, perdóname, pues no creía ofenderte al tomar una rosa; es para una de mis hijas, que me la había pedido. 
—Yo no me llamo Monseñor —respondió el monstruo— sino la Bestia. No me gustan los halagos, y sí que los hombres digan lo que sienten; no esperes conmoverme con tus lisonjas. Mas tú me has dicho que tienes hijas; estoy dispuesto a perdonarte con la condición de que una de ellas venga a morir en lugar tuyo. No me repliques: parte de inmediato; y si tus hijas rehúsan morir por ti, júrame que regresarás dentro de tres meses. 
No pensaba el buen hombre sacrificar una de sus hijas a tan horrendo monstruo, pero se dijo: «Al menos me queda el consuelo de darles un último abrazo». Juró, pues, que regresaría, y la Bestia le dijo que podía partir cuando quisiera. 
—Pero no quiero que te marches con las manos vacías —añadió—. Vuelve a la estancia donde pasaste la noche: allí encontrarás un gran cofre en el que pondrás cuanto te plazca, y yo lo haré conducir a tu casa. 
Dicho esto se retiró la Bestia, y el hombre se dijo: «Si es preciso que muera, tendré al menos el consuelo de que mis hijas no pasen hambre». Volvió, pues, a la estancia donde había dormido, y halló una gran cantidad de monedas de oro con las que llenó el cofre de que le hablara la Bestia, lo cerró, fue a las caballerizas en busca de su caballo y abandonó aquel palacio con una gran tristeza, pareja a la alegría con que entrara en él la noche antes en busca de albergue. 
Su caballo tomó por sí mismo una de las veredas que había en el bosque, y en unas pocas horas se halló de regreso en su pequeña granja. Se juntaron sus hijas en torno suyo y, lejos de alegrarse con sus caricias, el pobre mercader se echó a llorar angustiado mirándolas. Traía en la mano el ramo de rosas que había cortado para la Bella, y al entregárselo le dijo: —Bella, toma estas rosas, que bien caro costaron a tu desventurado padre. Y enseguida contó a su familia la funesta aventura que acababa de sucederle. Al oírlo, sus dos hijas mayores dieron grandes alaridos y llenaron de injurias a la Bella, que no había derramado una lágrima. 
—Mirad a lo que conduce el orgullo de esta pequeña criatura —gritaban—. ¿Por qué no pidió adornos como nosotras? ¡Ah, no, la señorita tenía que ser distinta! Ella va a causar la muerte de nuestro padre, y sin embargo ni siquiera llora. 
—Mi llanto sería inútil —respondió la Bella—. ¿Por qué voy a llorar a nuestro padre si no es necesario que muera? Puesto que el monstruo tiene a bien aceptar a una de sus hijas, yo me entregaré a su furia y me consideraré muy dichosa, pues habré tenido la oportunidad de salvar a mi padre y demostraros a vosotros y a él mi ternura. 
—No, hermana —dijeron sus tres hermanos—, tampoco es necesario que tú mueras; nosotros buscaremos a ese monstruo y lo mataremos o pereceremos bajo sus golpes. 
—No hay que soñar, hijos míos —dijo el mercader—. El poderío de esa Bestia es tal que no tengo ninguna esperanza de matarla. Me conmueve el buen corazón de Bella, pero jamás la expondré a la muerte. Soy viejo, me queda poco tiempo de vida; sólo perderé unos cuantos años, de los que únicamente por vosotros siento desprenderme, mis hijos queridos. 
—Te aseguro, padre mío —le dijo la Bella—, que no irás sin mí a ese palacio; tú no puedes impedirme que te siga. En parte fui responsable de tu desventura. Como soy joven, no le tengo gran apego a la vida, y prefiero que ese monstruo me devore a morirme de la pena y el remordimiento que me daría tu pérdida. 
Por más que razonaron con ella no hubo forma de convencerla, y sus hermanas estaban encantadas, porque las virtudes de la joven les había inspirado siempre unos celos irresistibles. Al mercader lo abrumaba tanto el dolor de perder a su hija, que olvidó el cofre repleto de oro; pero al retirarse a su habitación para dormir su sorpresa fue enorme al encontrarlo junto a la cama. 
Decidió no decir una palabra a sus hijos de aquellas nuevas y grandes riquezas, ya que habrían querido retornar a la ciudad y él estaba resuelto a morir en el campo; pero reveló el secreto a la Bella, quien a su vez le confió que en su ausencia habían venido de visita algunos caballeros, y que dos de ellos amaban a sus hermanas. Le rogó que les permitiera casarse, pues era tan buena que las seguía queriendo y las perdonaba de todo corazón, a pesar del mal que le habían hecho. 
El día en que partieron la Bella y su padre, las dos perversas muchachas se frotaron los ojos con cebolla para tener lágrimas con que llorarlos; sus hermanos, en cambio, lloraron de veras, como también el mercader, y en toda la casa la única que no lloró fue la Bella, pues no quería aumentar el dolor de los otros. 
Echó a andar el caballo hacia el palacio, y al caer la tarde apareció éste todo iluminado como la primera vez. El caballo se fue por sí solo a la caballeriza, y el buen hombre y su hija pasaron al gran salón, donde encontraron una mesa magníficamente servida en la que había dos cubiertos. El mercader no tenía ánimo para probar bocado, pero la Bella, esforzándose por parecer tranquila, se sentó a la mesa y le sirvió, aunque pensaba para sí: «La Bestia quiere que engorde antes de comerme, puesto que me recibe de modo tan espléndido». En cuanto terminaron de cenar se escuchó un gran estruendo y el mercader, llorando, dijo a su pobre hija que se acercaba la Bestia. 
No pudo la Bella evitar un estremecimiento cuando vio su horrible figura, aunque procuró disimular su miedo, y al interrogarla el monstruo sobre si la habían obligado o si venía por su propia voluntad, ella le respondió que sí, temblando, que era decisión propia. 
—Eres muy buena —dijo la Bestia—, y te lo agradezco mucho. Tú, buen hombre, partirás por la mañana y no sueñes jamás con regresar aquí. Nunca. Adiós, Bella. 
—Adiós, señor —respondió la muchacha. 
Y enseguida se retiró la Bestia. 
—¡Ah, hija mía —dijo el mercader, abrazando a la Bella— yo estoy casi muerto de espanto! Hazme caso y deja que me quede en tu sitio. 
—No, padre mío —le respondió la Bella con firmeza—, tú partirás por la mañana. 
Fueron después a acostarse, creyendo que no dormirían en toda la noche; mas sus ojos se cerraron apenas pusieron la cabeza en la almohada. Mientras dormía vio la Bella a una dama que le dijo: 
—Tu buen corazón me hace muy feliz, Bella. No ha de quedar sin recompensa esta buena acción de arriesgar tu vida por salvar la de tu padre. Le contó el sueño al buen hombre la Bella al despertarse; y aunque le sirvió un tanto de consuelo, no alcanzó a evitar que se lamentara con grandes sollozos al momento de separarse de su querida hija. 
En cuanto se hubo marchado se dirigió la Bella a la gran sala y se echó a llorar; pero, como tenía sobrado coraje, resolvió no apesadumbrarse durante el poco tiempo que le quedase de vida, pues tenía el convencimiento de que el monstruo la devoraría aquella misma tarde. Mientras esperaba decidió recorrer el espléndido castillo, ya que a pesar de todo no podía evitar que su belleza la conmoviese. 
Su asombro fue aún mayor cuando halló escrito sobre una puerta: Aposento de la Bella. La abrió precipitadamente y quedó deslumbrada por la magnificencia que allí reinaba; pero lo que más llamó su atención fue una bien provista biblioteca, un clavicordio y numerosos libros de música, lo que reunía todo lo que a ella le hacía la vida placentera. 
—No quiere que esté triste —se dijo en voz baja, y añadió de inmediato—: para un solo día no me habría reunido tantas cosas. Este pensamiento reanimó su valor, y poco después, revisando la biblioteca, encontró un libro en que aparecía la siguiente inscripción en letras de oro: Disponga, ordene, aquí es usted la reina y señora. Todas las cosas que aquí hay la obedecerán. 
—¡Ay de mí —suspiró ella—, nada deseo sino ver a mi pobre padre y saber qué está haciendo ahora! 
Había dicho estas palabras para sí misma: ¡cuál no sería su asombro al volver los ojos a un gran espejo y ver allí su casa, adonde llegaba entonces su padre con el semblante lleno de tristeza! Las dos hermanas mayores acudieron a recibirlo, y a pesar de los aspavientos que hacían para aparecer afligidas, se les reflejaba en el rostro la satisfacción que sentían por la pérdida de su hermana, por haberse desprendido de la hermana que les hacía sombra con su belleza y bondad. Desapareció todo en un momento, y la Bella no pudo dejar de decirse que la Bestia era muy complaciente, y que nada tenía que temer de su parte. 
Al mediodía halló la mesa servida, y mientras comía escuchó un exquisito concierto, aunque no vio a persona alguna. Esa tarde, cuando iba a sentarse a la mesa, oyó el estruendo que hacía la Bestia al acercarse, y no pudo evitar un estremecimiento. 
—Bella —le dijo el monstruo—, ¿permitirías que te mirase mientras comes? 
—Tú eres el dueño de esta casa —respondió la Bella, temblando. 
—No —dijo la Bestia—, no hay aquí otra dueña que tú. Si te molestara no tendrías más que pedirme que me fuese, y me marcharía enseguida. Pero dime: ¿no es cierto que me encuentras muy feo? 
—Así es —dijo la Bella—, pues no sé mentir; pero en cambio creo que eres muy bueno. 
—Tienes razón —dijo el monstruo—, aun cuando yo no pueda juzgar mi fealdad, pues no soy más que una bestia. 
—No se es una bestia —respondió la Bella— cuando uno admite que es incapaz de juzgar sobre algo. Los necios no lo admitirían. 
—Come, pues —le dijo el monstruo—, y trata de pasarlo bien en tu casa, que todo cuanto hay aquí te pertenece, y me apenaría mucho que no estuvieses contenta. 
—Eres muy bondadoso —respondió la Bella—. Te aseguro que tu buen corazón me hace feliz. Cuando pienso en ello no me pareces tan feo. 
—¡Oh, señora —dijo la Bestia—, tengo un buen corazón, pero no soy más que una bestia!
—Hay muchos hombres más bestiales que tú —dijo la Bella—, y mejor te quiero con tu figura, que a otros que tienen figura de hombre y un corazón corrupto, ingrato, burlón y falso. 
La Bella, que ya apenas le tenía miedo, comió con buen apetito; pero creyó morirse de pavor cuando el monstruo le dijo: 
—Bella, ¿querrías ser mi esposa? 
Largo rato permaneció la muchacha sin responderle, ya que temía despertar su cólera si rehusaba, y por último le dijo, estremeciéndose: 
—No, Bestia. 
Quiso suspirar al oírla el pobre monstruo, pero de su pecho no salió más que un silbido tan espantoso, que hizo retemblar el palacio entero; sin embargo, la Bella se tranquilizó enseguida, pues la Bestia le dijo tristemente: 
—Adiós, entonces, Bella —y salió de la sala volviéndose varias veces a mirarla por última vez. Al quedarse sola, la Bella sintió una gran compasión por esta pobre Bestia. «¡Ah, qué pena», se dijo, «que siendo tan bueno, sea tan feo!». El palacio estaba lleno de galerías, salas y habitaciones conteniendo las más bellas obras de arte. En una habitación había una jaula con pájaros exóticos y no lejos de ella, La Bella encontró una tropa de monos de todos los tamaños que avanzaban hacia ella haciéndole grandes reverencias. A La Bella le gustaron tanto que pidió quedarse con unos cuantos para hacerle compañía. Instantáneamente, dos monitos jóvenes y altos vestidos con trajes elegantes de la corte, avanzaron y se colocaron, con gran ceremonia, junto a ella. Y dos monitos pequeños y espabilados recogieron la cola del vestido como si fueran pajes. 
Desde ese momento, los monos siempre la esperaban y atendían con el esmero que los oficiales reales dan a las reinas. Tres apacibles meses pasó la Bella en el castillo. Se sentía como una reina, pero estaba sola todo el día. Todas las tardes la Bestia la visitaba, y la entretenía y observaba mientras comía, con su conversación llena de buen sentido, pero jamás de aquello que en el mundo llaman ingenio. 
Cada día la Bella encontraba en el monstruo nuevas bondades, y la costumbre de verlo la había habituado tanto a su fealdad, que lejos de temer el momento de su visita, miraba con frecuencia el reloj para ver si eran las nueve, ya que la Bestia jamás dejaba de presentarse a esa hora, Sólo había una cosa que la apenaba, y era que la Bestia, cotidianamente antes de retirarse, le preguntaba cada noche si quería ser su esposa, y cuando ella rehusaba parecía traspasado de dolor. Un día le dijo: 
—Mucha pena me das, Bestia. Bien querría complacerte, pero soy demasiado sincera para permitirte creer que pudiese hacerlo nunca. Siempre he de ser tu amiga: trata de contentarte con esto. 
—Forzoso me será —dijo la Bestia—. Sé que en justicia soy horrible, pero mi amor es grande. Entretanto, me siento feliz de que quieras permanecer aquí. Prométeme que no me abandonarás nunca. La Bella enrojeció al escuchar estas palabras. Había visto en el espejo que su padre estaba enfermo de pesar por haberla perdido, y deseaba volverlo a ver. 
—Yo podría prometerte —dijo a la Bestia— que no te abandonaré nunca, si no fuese porque tengo tantas ansias de ver a mi padre, que me moriré de dolor si me niegas ese gusto.
—Antes prefiero yo morirme —dijo el monstruo— que causarte el pesar más pequeño. Te enviaré a casa de tu padre, y mientras estés allí morirá tu Bestia de pena. 
—¡Oh, no —respondió la Bella, llorando—, te quiero demasiado para tolerarlo! Prometo regresar dentro de ocho días. Me has hecho ver que mis hermanas están casadas y mis hermanos en el ejército. Mi padre se ha quedado solo. Permíteme que pase una semana en su compañía. 
—Mañana estarás con él —dijo la Bestia—, pero acuérdate de tu promesa. Cuando quieras regresar no tienes más que poner tu sortija sobre la mesa a la hora del sueño. Adiós, Bella. La Bestia suspiró, según su costumbre, al decir estas palabras, y la Bella se acostó con la tristeza de verlo tan apesadumbrado. 
Cuando despertó a la mañana siguiente se hallaba en casa de su padre. Sonó a poco una campanilla que estaba junto a la cama y apareció la sirvienta, quien dio un gran grito al verla. Acudió rápidamente a sus voces el buen padre, y creyó morir de alegría porque recobraba a su querida hija, con la cual estuvo abrazado más de un cuarto de hora y se contaron sus andanzas durante el tiempo que la Bella estuvo ausente. 
Luego de estas primeras efusiones, la Bella recordó que no tenía ropas con que vestirse, pero la sirvienta le dijo que en la vecina habitación había encontrado un cofre lleno de magníficos vestidos con adornos de oro y diamantes. Agradecida a las atenciones de la Bestia, pidió la Bella que le trajesen el más modesto de aquellos vestidos y que guardasen los otros para regalárselos a sus hermanas; pero apenas había dado esta orden desapareció el cofre. Su padre comentó que sin duda la Bestia quería que conservase para sí los regalos, y al instante reapareció el cofre donde estuviera antes. 
Se vistió la Bella, y entretanto avisaron a las hermanas, que acudieron en compañía de sus esposos. Las dos eran muy desdichadas en sus matrimonios, pues la primera se había casado con un gentilhombre tan hermoso como Cupido, pero que no pensaba sino en su propia figura, a la que dedicaba todos sus desvelos de la mañana a la noche, menospreciando la belleza de su esposa. La segunda, en cambio, tenía por marido a un hombre cuyo gran talento no servía más que para mortificar a todo el mundo, empezando por su esposa. Cuando vieron a la Bella ataviada como una princesa, y más hermosa que la luz del día, las dos creyeron morir de dolor. 
Aunque la Bella les hizo mil caricias no les pudo aplacar los celos, que se recrudecieron cuando les contó lo feliz que se sentía. Bajaron las dos al jardín para llorar allí a sus anchas. —¿Por qué es tan dichosa esa pequeña criatura? ¿No somos nosotras más dignas de la felicidad que ella? 
—Hermana —dijo la mayor—, se me ocurre una idea. Tratemos de retenerla aquí más de ocho días: esa estúpida Bestia pensará entonces que ha roto su palabra, y quizás la devore. 
—Tienes razón, hermana mía —respondió la otra—. Y para conseguirlo la llenaremos de halagos. 
Y tomada esta resolución, volvieron a subir y dieron a su hermana tantas pruebas de cariño, que la Bella lloraba de felicidad. Al concluirse el plazo comenzaron a arrancarse los cabellos y a dar tales muestras de aflicción por su partida, que les prometió quedarse otros ocho días. Sin embargo, la Bella se reprochaba el pesar que así causaba a su pobre monstruo, a quien amaba de todo corazón, y se entristecía de no verlo. 
La décima noche que estuvo en casa de su padre, soñó que se hallaba en el jardín del castillo, y que veía cómo la Bestia, inerte sobre la hierba, a punto de morir, la reconvenía por sus ingratitudes. 
Despertó sobresaltada, con los ojos llenos de lágrimas. «¿No soy yo bien perversa», se dijo, «pues le causo tanto pesar cuando de tal modo me quiere? ¿Tiene acaso la culpa de su fealdad y su falta de inteligencia? Su buen corazón importa más que todo lo otro. ¿Por qué no he de casarme con él? Seré mucho más feliz que mis hermanas con sus maridos. Ni la belleza ni la inteligencia hacen que una mujer viva contenta con su esposo, sino la bondad de carácter, la virtud y el deseo de agradar; y la Bestia posee todas estas cualidades. Aunque no amor, sí le tengo estimación y amistad. ¿Por qué he de ser la causa de su desdicha, si luego me reprocharía mi ingratitud toda la vida?». 
Con estas palabras la Bella se levantó, puso su sortija sobre la mesa y volvió a acostarse. Apenas se tendió sobre la cama se quedó dormida, y al despertarse a la mañana siguiente vio con alegría que se hallaba en el castillo de la Bestia. Se vistió con todo esplendor por darle gusto, y creyó morir de impaciencia en espera de que fuesen las nueve de la noche; pero el monstruo no apareció al dar el reloj la hora. 
Creyó entonces que le habría causado la muerte, y exhalando profundos suspiros, a punto de desesperarse, recorrió la Bella el castillo entero, buscando inútilmente por todas partes. Recordó entonces su sueño y corrió por el jardín hacia el estanque junto al cual lo viera en sueños. Allí encontró a la pobre Bestia sobre la hierba, perdido el conocimiento, y pensó que había muerto. Sin el menor asomo de horror se dejó caer a su lado, y al sentir que aún le latía el corazón, tomó un poco de agua del estanque y le roció la cabeza. Abrió la Bestia los ojos y dijo a la Bella: 
—Olvidaste tu promesa, y el dolor de haberte perdido me llevó a dejarme morir de hambre. Pero ahora moriré contento, pues tuve la dicha de verte una vez más. 
—No, mi Bestia querida, no vas a morirte —le dijo la Bella—, sino que vivirás para ser mi esposo. Desde este momento te prometo mi mano, y juro que no perteneceré a nadie sino a ti. ¡Ah, yo creía que sólo te tenía amistad, pero el dolor que he sentido me ha hecho ver que no podría vivir sin verte! 
Apenas había pronunciado estas palabras la Bella vio que todo el palacio se iluminaba con luces resplandecientes: los fuegos artificiales, la música, todo era anuncio de una gran fiesta; pero ninguna de estas bellezas logró distraerla, y se volvió hacia su querido monstruo, cuyo peligro la hacía estremecerse. 
¡Cuál no sería su sorpresa! La Bestia había desaparecido y en su lugar había un príncipe más hermoso que el Amor, que le daba las gracias por haber puesto fin a su encantamiento. Aunque este príncipe mereciese toda su atención, no pudo dejar de preguntarle dónde estaba la Bestia. 
—Aquí, a tus pies —le dijo el príncipe—. Cierta maligna hada me ordenó permanecer bajo esa figura, privándome a la vez del uso de mi inteligencia, hasta que alguna bella joven consintiera en casarse conmigo. En todo el mundo tú sola has sido capaz de conmoverte con la bondad de mi corazón; ni aun ofreciéndote mi corona podría demostrarte la gratitud que te guardo y nunca podré pagar la deuda que he contraído contigo. 
La Bella, agradablemente sorprendida, tendió su mano al hermoso príncipe para que se levantase. Se encaminaron después al castillo, y la joven creyó morir de dicha cuando encontró en el gran salón a su padre y a toda la familia, a quienes la hermosa dama que viera en sueños había traído hasta allí. 
—Bella —le dijo esta dama, que era un hada poderosa—, ven a recibir el premio de tu buena elección: has preferido la virtud a la belleza y a la inteligencia, y por tanto mereces hallar todas estas cualidades reunidas en una sola persona. Vas a ser una gran reina: yo espero que tus virtudes no se desvanecerán en el trono. Y en cuanto a ustedes, señoras —agregó el hada, dirigiéndose a sus hermanas—, conozco sus corazones y toda la malicia que encierran. Conviértanse en estatuas, pero conserven la razón adentro de la piedra que va a envolverlas. Estarán a la puerta del palacio de la Bella, y no les pongo otra pena que la de ser testigos de su felicidad. No podrán volver a su primer estado hasta que reconozcan sus faltas; pero me temo mucho que no dejarán jamás de ser estatuas. Pues uno puede recobrarse del orgullo, la cólera, la gula y la pereza; pero es una especie de milagro que se corrija un corazón maligno y envidioso. En este punto dio el hada un golpe en el suelo con una varita y transportó a cuantos estaban en la sala al reino del príncipe. Sus súbditos lo recibieron con júbilo, y a poco se celebraron sus bodas con la Bella, quien vivió junto a él muy largos años en una felicidad perfecta, pues estaba fundada en la virtud.

lunes, 27 de febrero de 2017

Gabriela Mistral: La Cenicienta


 Cenicienta, Cenicienta,
pegada al fogón se pasa
y el hollín la va cubriendo
como penitente saya.

Con la ardentez de la hoguera
se quemaron sus pestañas;
de lavar grandes mosaicos
quebrada tiene la espalda.

De amigas tiene la leña
que en el fogón arde y salta,
las sartenes hervidoras
y cuatro ratitas blancas.

Su madrastra sólo quiere
las hijas de sus entrañas;
las besa de sol a sol
y las tiene regaladas;
esclavos les dan masaje
y camareras las bañan
y entre sus brocados rojos
descansan congestionadas.
Mas son feas como el susto
de medianoche cerrada…

A veces las dos se acuerdan
de la pobre Encenizada
y le dicen:  ”Ea, ven,
péinanos, que tienes gracia,
abróchanos las hebillas
y venos tejer la danza”.

Y la pobre Cenicienta,
con una tierna mirada,
les anuda los cabellos
y arrodillada las calza.

Un día el rey dio una fiesta
por ver gracia derramada.
Para asistir a la fiesta
se preparan las hermanas.
Está ya hace cuatro días
sobre ellas la Encenizada
depilándoles las cejas,
amasando sus gargantas,
enseñando reverencias,
corrigiéndoles la danza…

Tiene quemados los dedos
de rizarlas y rizarlas;
de ceñirles la cintura
se rinde desventurada.
Y bailan siempre como ocas
y caminan desgarbadas.

Al fin se fueron al baile
y se apagó su rumor.
¡Ay!, qué callada la noche
para oírse el corazón,
¡la Cenicienta que llora
apegadita al fogón!

La llama del fuego brinca
distrayendo su aflicción;
las cuatro ratitas vienen
a mirarla alrededor.

Pero Cenicienta tiene
(¡ay!, ¡bendito sea Dios!)
hada que fue su madrina
y que se llama Esplendor.
cuando los criados duermen
con silencio de ilusión,
va abriendo puertas y puertas
y llegando hasta el fogón,
—¡Ah!, mi Cenicienta –dícele–,
ábreme tu corazón.

¿No quieres ir a la fiesta?
¿Lloras por eso mi amor?
Dícele la pobrecilla:
—Soy la hija del Tizón;
y la ceniza me cubre
hasta el mismo corazón.
El hada va sacudiéndole
con el aliento el hollín:
Cenicienta va quedando
desnuda como un jazmín.
La va mirando, mirando
y el mirarla es un cubrir
su cuerpo de velo de oro,
amaranto y carmesí.

—¡Ay!, ¡madrina!, ¿y mi carruaje?
—Hijita, ya vas a ver.
—¡Ay!, ¡madrina!, ¿y mis lacayos?
—Hijita, vienen también.
—¡Ay!…  ¿y mis palafreneros?
—Hijita, déjame hacer…

Las cuatro ratitas blancas
se hicieron caballos árabes
y los lagartos azules
dos lacayos fulgurantes,
y la calabaza vuelta
concha perla, fue carruaje.

—Mi ahijada Cenicienta,
¡acabaste de nacer!
No te reconoce tu ogro
de madrastra si te ve.
Ahora corres al baile
y bailarás como un pez:
pero por la medianoche
te despides sin volver,
porque el encanto termina
cuando el día alza la sien.
¡Cómo galopa el carruaje,
que en momentos no se ve
y la calabaza entra
en el palacio del rey!

Está el baile en su comienzo:
la sala alumbra mil lámparas
y los tocadores hieren
misterios de cobre y plata.
Del resplandor del palacio
la misma noche se aclara;
el baile se va tejiendo
a lo largo de cien salas,
y parece que es la tierra
la desposada que danza.

Rigen el rey con el príncipe
esta noche apasionada
y el orden de las parejas
que parecen marejadas
y de repente las guzlas
como los cobres se paran;
se vuelven todos los rostros:
¡va entrando la Encenizada!

Con tanta gracia camina
como la nube dorada;
con tal donaire saluda
que es como si se donara.

Aún vacilaba el príncipe
como el ciervo entre dos aguas.
Al verla sale a su encuentro
como quien entrega su alma.

Sobre la pareja cae
el millón de las miradas
y ellos pasan entre todos
ligeros como dos llamas.

Al sonar la medianoche
Cenicienta se separa
y sube al carruaje que
como jabalina escapa.

Cuando ya llegaba el día
volvieron las hermanastras
y despertó el mundo entero
al escuchar su algazara.
Desde el profundo fogón
Cenicienta viene, cándida,
y pregunta cómo ha sido
el baile de las hermanas.
Y las ogresas le cuentan
de la noche iluminada,
de la música de fuego
y de la princesa extraña
que al salir dejó la fiesta
como novia amortajada.

El rey renovó el convite
para la noche cercana,
y las ogresas partieron
en su carroza escarlata.
Y la pobre Cenicienta
en torno al fogón quedaba;
del fogón iba a la puerta
empinadita del ansia.

Llegó el hada Resplandor
y empezó a hermosearla
hasta hacerla grande de oros
como la noche estrellada.
(¡Ay, cómo va galopando
el trineo de las ratas,
y los lagartos azules
y la veloz calabaza!).

Cenicienta fue hacia el príncipe:
el príncipe le tendió
una mano en que los pulsos
se hacían puro temblor.

Pasa como un torbellino
la pareja del amor
y los ojos de las damas
echan desesperación.

Cenicienta tiene miedo
de oírse la propia voz,
porque está viviendo un sueño
tan perfecto como Dios.

Al llegar la medianoche
no oyó sonar el reloj
y al bajar las escaleras
su zapatito saltó…

Al otro día salieron
desde el palacio real
cuarenta heraldos voceando
pregón de Su Majestad:

—Que las mozas comarcanas
que el rey invitó a bailar
dejen probar en sus plantas
un zapato de cristal;
que a la dueña el mismo día
va el príncipe a desposar.
Se abrieron todas las casas
como vivas de ansiedad,
y las jóvenes hicieron
maravillas por calzar
el zapato más menudo
que la ampolla de la sal.

A casa de Cenicienta
golpeando ahora están
los heraldos.  Y las mozas
con qué jadeante afán
prueban y prueban gimiendo
el zapato sin igual.

Y del fogón Cenicienta
avanzando luego va
y las ogresas se ríen
cuando la ven alargar
su piececito de almendra,
vivo de felicidad.

Y se van enmudeciendo
las ogresas, al mirar
que el piececito se queda
en el cuenco de cristal;
y se van poniendo rojas
y terminan por llorar
viendo que la Cenicienta
con el zapato echa a andar.

Y aquella misma mañana
desposó el príncipe Sol
a María Cenicienta
veladora del tizón,
hija de ninguna madre,
desnudita hija de Dios…

sábado, 4 de febrero de 2017

Antonio Rodríguez Almodóvar: La niña que se perdió buscando un cuento




La niña tenía tantas ganas de leer aquel cuento, que cuando llegó a la Feria del Libro se soltó de la mano de su padre y empezó a preguntar de caseta en caseta. Se lo había contado su abuela, pero lo malo es que no se acordaba del título, o no lo sabía, ni del autor, ni de la editorial, como le habían enseñado en el cole. Sólo se acordaba del argumento, que trataba de un niño que vivía solo, porque había sido abandonado por sus padres. Su único amigo era un halcón peregrino, un ave preciosa, con la que se entendía a las mil maravillas, a base de silbidos. Toda la vida la hacían juntos. Incluso cuando se dirigían al colegio por las mañanas, el animal llevaba la mochila con sus fuertes garras. Esto desataba la envidia de los compas, que por eso se metían con el niño:

-Como vives solo, cualquier día te agarra la Bruja Curuja. ¡La que se come a los niños crudos!
De esta frase la niña se acordaba perfectamente, y con ella fue preguntando de caseta en caseta. Pero ningún librero supo dar con aquel cuento. Se interrogaban unos a otros, buscaban en sus ordenadores. Nada.
-Pero, niña, ¿quién te ha contado ese cuento tan horrible? ¿Tú no sabes que los papás nunca abandonan a sus hijitos? Mira, en cambio, tengo aquí este otro cuento, muy bien ilustrado, que cuenta la historia de una niña que nunca salía sola de casa –le dijo uno. Pero aquello no le interesó para nada a la niña. Y otro:
-¿Cómo es eso de que una Bruja se comía a los niños crudos? ¡Qué asco! Mira, tengo aquí este cuento precioso, donde el lobo de Caperucita se arrepiente de lo malo que ha sido. –Aquello todavía le interesó menos a la niña. Un tercero quiso convencerla de que le comprara un libro lleno de espejitos y falsos brillantes, y un cuarto de que se llevara otro de princesas de merengue que hablaban por teléfono con la peluquería.
Cuando se convenció de que nadie parecía conocer aquel cuento, desconsolada, quiso volver con su padre. Pero entonces se dio cuenta de que se había perdido. Buscó por todas partes, abriéndose paso entre la mucha gente que visitaba la feria. Cansada de dar vueltas, sintió que nunca saldría de aquel bosque de piernas. Notó que el corazón le repicaba y miró hacia arriba, por si reconocía a alguien, pero no. Todos eran extraños y nadie se percataba de su situación. Sólo en un trocito de cielo, por entre las cabezas de los mayores, vio planear la silueta de un ave muy grande y le pareció que andaba buscándola. En aquel momento, una mano se le posó en un hombro y la niña se llevó un susto tremendo. Pero, al levantar y girar la cabeza, vio el rostro sonriente de una chica, vestida con una chaqueta verde, en la que se podía ver el anagrama del Ayuntamiento.
-Me parece que te has perdido, ¿a que sí?
Cuando su padre la encontró, en la caseta de los niños perdidos, ya la niña había empezado a usar un bloc y un bolígrafo que le habían dado para que se entretuviera. Y aunque apenas sabía escribir, empezó a inventarse una historia. Una historia de una niña a la que sólo le gustaban los cuentos que le contaba su abuela.