sábado, 4 de febrero de 2017

Antonio Rodríguez Almodóvar: La niña que se perdió buscando un cuento




La niña tenía tantas ganas de leer aquel cuento, que cuando llegó a la Feria del Libro se soltó de la mano de su padre y empezó a preguntar de caseta en caseta. Se lo había contado su abuela, pero lo malo es que no se acordaba del título, o no lo sabía, ni del autor, ni de la editorial, como le habían enseñado en el cole. Sólo se acordaba del argumento, que trataba de un niño que vivía solo, porque había sido abandonado por sus padres. Su único amigo era un halcón peregrino, un ave preciosa, con la que se entendía a las mil maravillas, a base de silbidos. Toda la vida la hacían juntos. Incluso cuando se dirigían al colegio por las mañanas, el animal llevaba la mochila con sus fuertes garras. Esto desataba la envidia de los compas, que por eso se metían con el niño:

-Como vives solo, cualquier día te agarra la Bruja Curuja. ¡La que se come a los niños crudos!
De esta frase la niña se acordaba perfectamente, y con ella fue preguntando de caseta en caseta. Pero ningún librero supo dar con aquel cuento. Se interrogaban unos a otros, buscaban en sus ordenadores. Nada.
-Pero, niña, ¿quién te ha contado ese cuento tan horrible? ¿Tú no sabes que los papás nunca abandonan a sus hijitos? Mira, en cambio, tengo aquí este otro cuento, muy bien ilustrado, que cuenta la historia de una niña que nunca salía sola de casa –le dijo uno. Pero aquello no le interesó para nada a la niña. Y otro:
-¿Cómo es eso de que una Bruja se comía a los niños crudos? ¡Qué asco! Mira, tengo aquí este cuento precioso, donde el lobo de Caperucita se arrepiente de lo malo que ha sido. –Aquello todavía le interesó menos a la niña. Un tercero quiso convencerla de que le comprara un libro lleno de espejitos y falsos brillantes, y un cuarto de que se llevara otro de princesas de merengue que hablaban por teléfono con la peluquería.
Cuando se convenció de que nadie parecía conocer aquel cuento, desconsolada, quiso volver con su padre. Pero entonces se dio cuenta de que se había perdido. Buscó por todas partes, abriéndose paso entre la mucha gente que visitaba la feria. Cansada de dar vueltas, sintió que nunca saldría de aquel bosque de piernas. Notó que el corazón le repicaba y miró hacia arriba, por si reconocía a alguien, pero no. Todos eran extraños y nadie se percataba de su situación. Sólo en un trocito de cielo, por entre las cabezas de los mayores, vio planear la silueta de un ave muy grande y le pareció que andaba buscándola. En aquel momento, una mano se le posó en un hombro y la niña se llevó un susto tremendo. Pero, al levantar y girar la cabeza, vio el rostro sonriente de una chica, vestida con una chaqueta verde, en la que se podía ver el anagrama del Ayuntamiento.
-Me parece que te has perdido, ¿a que sí?
Cuando su padre la encontró, en la caseta de los niños perdidos, ya la niña había empezado a usar un bloc y un bolígrafo que le habían dado para que se entretuviera. Y aunque apenas sabía escribir, empezó a inventarse una historia. Una historia de una niña a la que sólo le gustaban los cuentos que le contaba su abuela.