sábado, 25 de febrero de 2017

Margaret Atwood: Penélope y las doce criadas (Cap. 24/29)




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Coro: Conferencia sobre antropología

Ofrecida por: las Criadas

¿Qué le sugiere nuestro número, el de las criadas -el número doce-, a la mente cultivada? Hay doce apóstoles, hay doce meses, ¿y qué le sugiere la palabra «mes» a la mente cultivada? ¿Sí? Usted, señor, el del fondo. ¡Correcto! La división del año en meses está basada en las fases lunares, como todo el mundo sabe. Y no es casualidad, claro que no es casualidad, que fuéramos doce criadas. ¿Por qué no once, ni trece, ni las ocho lecheras del cuento? Porque no éramos simples criadas. No éramos meras esclavas y fregonas. ¡Claro que no! ¡Por supuesto que teníamos una función más elevada! ¿No seríamos las doce doncellas, en lugar de las doce criadas? ¿Las doce doncellas lunares, compañeras de Artemisa, la virginal pero mortífera diosa de la luna? ¿No seríamos ofrendas rituales, leales y obedientes sacerdotisas que primero nos permitíamos un comportamiento orgiástico con los pretendientes, propio de los ritos de fertilidad, y luego nos purificábamos lavándonos con la sangre de las víctimas masculinas -¡montones de ellas, qué gran honor para la diosa!- y renovábamos así nuestra virginidad, al igual que Artemisa renovaba la suya bañándose en un manantial teñido con la sangre de Acteón? Luego nos habríamos inmolado voluntariamente, porque era necesario, y habríamos representado la fase oscura de la luna para que el ciclo entero pudiera renovarse y la plateada diosa-luna llena pudiera elevarse una vez más. ¿Por qué habría que atribuirle a Ifigenia más generosidad y devoción que a nosotras?
Esta lectura de los acontecimientos en cuestión liga -y perdón por el juego de palabras- con la soga de barco de la que nos colgaron, pues la luna nueva es una embarcación. Y luego está el arco, que ocupa un lugar muy prominente en la historia: el arco con forma de luna menguante de Artemisa, que Odiseo utiliza para disparar una flecha que atraviesa doce hachas. ¡Doce! ¡La flecha atravesó el ojo de las doce hachas, los doce círculos con forma de luna! Y el ahorcamiento en sí... ¡piensen, queridas mentes educadas, en el significado del ahorcamiento! ¡Por encima del suelo, en el aire, conectadas al mar, gobernado por la luna, por un cordón umbilical relacionado con los barcos! ¡Vamos, hay demasiadas pistas para que no lo vean!
¿Cómo dice, señor? Usted, el del fondo. Sí, correcto, el número de meses lunares es, en efecto, trece, de modo que habríamos tenido que ser trece. Por tanto, dice usted -con cierta petulancia, podríamos añadir- que nuestra teoría sobre nosotras mismas es incorrecta, porque sólo éramos doce. Pero espere: ¡en realidad éramos trece! ¡La decimotercera era
nuestra suma sacerdotisa, la encarnación de la propia Artemisa! ¡Sí, era nada menos que la reina Penélope!
Así pues, posiblemente nuestra violación y posterior ahorcamiento representa el derrocamiento de un culto lunar transmitido por vía matrilineal por parte de un nuevo grupo de bárbaros usurpadores patriarcales adoradores de un dios padre. Su cabecilla, que evidentemente era Odiseo, habría reclamado la realeza casándose con la suma sacerdotisa de nuestro culto, es decir, con Penélope.
No, señor, esta teoría no son simples e infundadas pamplinas feministas. Comprendemos su reticencia a sacar a la luz cosas así -las violaciones y los asesinatos no son temas agradables--, pero no cabe duda de que esos derrocamientos se producían por todo el mar Mediterráneo, como en numerosas ocasiones han demostrado las excavaciones de los yacimientos arqueológicos.
No cabe duda de que aquellas hachas -que curiosamente no se emplearon como armas en la posterior matanza, que curiosamente nunca han sido explicadas de forma satisfactoria en tres mil años decomentarios- debían de ser las labrys, hachas rituales de doble hoja asociadas con el culto a la Gran Madre de los minoicos, ¡las hachas utilizadas para cortarle la cabeza al Año Rey al final de su estación de trece meses lunares! ¡Qyé profanación! ¡El insurrecto Año Rey utilizando el arco de la sacerdotisa para disparar una flecha a través de sus hachas rituales de la vida y la muerte, para demostrar su poder sobre ella! Al igual que el pene patriarcal se encarga de disparar unilateralmente en el... Pero nos estamos entusiasmando demasiado.
En el esquema prepatriarcal podría haberse celebrado una competición de tiro con arco, pero ésta se habría desarrollado de forma correcta. El ganador habría sido declarado rey ritual durante un año, y después lo habrían ahorcado (recuerden la figura del ahorcado, que sólo ha sobrevivido como una modesta carta del Tarot). También le habrían cortado los genitales, como corresponde al zángano que se ha apareado con la abeja reina. Ambos hechos, el ahorcamiento y la ablación de los genitales, habrían asegurado la fertilidad de los cultivos. Pero Odiseo, el usurpador forzudo, se negó a morir al final de su período legítimo. Ávido de una vida y un poder más prolongados, encontró sustitutos. Se cortaron genitales, pero no fueron los suyos sino los del cabrero Melancio. Hubo ahorcamiento, en efecto, pero fue a nosotras, las doce doncellas lunares, a las que colgaron en lugar de a él.
Podríamos continuar. ¿Les gustaría ver algunas vasijas pintadas, algunas tallas de diosas? ¿No? No importa. Se trata de que no se emocionen ustedes demasiado respecto a nosotras, queridas mentes educadas. No tienen que considerarnos ustedes muchachas reales, de carne y hueso, que sufrieron de verdad, que fueron víctimas de una injusticia real.