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domingo, 17 de abril de 2022

Fernando Pessoa: Un cuento

 El niño prefería el ruido de las fábricas y las grandes lámparas blancas de las ciudades a la quietud y serenidad, la luz del sol y el paisaje verde del campo. Esto lo ahogaba...tal vez porque nadie le había explicado bien las cosas. No es fácil comprender a los niños.

jueves, 14 de abril de 2022

María Elena Walsh: Oración a la justicia

En 1971 María Elena Walsh escribía una de las canciones que tuvieron eco entre los adultos, la “Oración por la Justicia”, donde pedía que hubiera en Argentina una Justicia equitativa, donde la balanza y los ojos vendados, representativos de la igualdad, se convirtieran en realidad, que “ya era hora”, decía. Era la época de la dictadura del general Lanusse, preludio del baño de sangre que se cerniría sobre la población argentina en la década de los años 70 del siglo XX con la instalación del terrorismo de estado, tras el golpe militar de marzo del 76. 

lunes, 11 de abril de 2022

martes, 5 de abril de 2022

José Saramago: Inventario

 Hacer un inventario de la vida, de lo percibido y lo imaginado, de lo perceptible y lo imaginario. La realidad, esa sustancia intangible en la que existimos y navegamos, nos puede cegar o abrir los ojos, nos puede hacer ver cuestiones tan diferentes. ¿De qué está hecha? Las respuestas son un abanico de peces que se difuminan ante cualquier acercamiento.

Luis Pisonero Tarantino

sábado, 2 de abril de 2022

Leyenda anónima china: La leyenda de los amantes mariposa

 Los amantes mariposa o Liang Zhu habla del trágico amor de dos jóvenes, Liang Shanbo y Zhu Yintai. Muchos la consideran como el equivalente chino a Romeo y Julieta. Otros han realizado ya peticiones formales para que sea proclamada como Obra maestra del patrimonio oral e intangible de la humanidad.


miércoles, 30 de marzo de 2022

Juan Rulfo: Cartas de amor a Clara Aparicio

 En estos textos vemos a Juan Rulfo enamorado, buceando en sus recuerdos sobre lo que hace tan importante a su amada Clara. Rulfo conoció a Aparicio, que después sería su esposa, cuando tenía 24 años y ella 13. Llevaron una relación epistolar durante 7 años. Es por eso por lo que las cartas a su esposa son muy conocidas.

viernes, 18 de marzo de 2022

Juan Rulfo: Macario

 El relato cuenta la historia de Macario, un chico que vive con su madrina y con Felipa, dos mujeres que cuidan de él y de las que queda al cargo cuando mueren sus padres. El relato está narrado desde la voz de este personaje, lo cual hace que tenga aún más fuerza lo que se cuenta. Macario es un chico que siempre tiene hambre y que vive obsesionado por la culpa y por el pecado porque no quiere ir al infierno. Intuimos que padece algún problema mental y que no es plenamente consciente de las cosas que le suceden a su alrededor. También intuimos que es violento y que no es capaz de relacionarse con otros chicos de su edad de una forma normal.

Macario habla de su vida mientras espera a que aparezcan unas ranas y sapos para aplastarlos y evitar que croen, de este modo su madrina podrá dormir tranquila. Toda la historia de Macario tenemos que deducirla a través de sus palabras, pero el lector es el que tiene que completar la historia mediante intuiciones y sobrentendidos que deja caer el narrador.
Alejandro Marcos

sábado, 12 de marzo de 2022

Gabriel García Márquez: Arreglar el mundo

 ¿Debemos realmente seguir intentando “arreglar el mundo”? ¿O deberíamos empezar a plantearnos cómo arreglarnos a nosotros mismos? El «mundo», así en abstracto, no provoca las crisis y tampoco las resuelve.

Cuando nos miremos con mirada crítica estaremos en el camino de la solución.

jueves, 3 de marzo de 2022

Jorge Luis Borges: El fin

 Dice Borges sobre el cuento “El fin”: "Todo lo que hay en él está implícito en un libro famoso y yo he sido el primero en desentrañarlo"-; con esta narración, Borges agrega "un canto" a la segunda parte de Martín Fierro, de José Hernández.

La intervención del protagonista de este gran poema concluye así: Martín Fierro se separa de sus hijos y del hijo de Cruz, ("Después, a los cuatro vientos / los cuatro se dirigieron".) pero Borges lo hace regresar a la pulpería donde había llevado a cabo la payada con el moreno, "un pobre guitarrero", y donde los presentes habían procurado "que no se armara pendencia".
Su título -"El fin"- responde a una de las estrofas del poema (La vuelta de Martín Fierro, canto XXX, vs. 4481-4486):
Yo no sé lo que vendrá /tampoco soy adivino;/pero firme en mi camino/hasta el fin he de seguir: /todos tienen que cumplir /con la ley de su destino.
No tan resumido

jueves, 24 de febrero de 2022

Julio Cortázar: El hijo del vampiro

 El primer cuento que Julio Cortázar escribió en 1937 se llamó “El hijo del vampiro” y fue parte del libro La otra orilla, editado en Mendoza en 1945, pero publicado póstumamente en 1994.

Un vampiro, Duggu Van, sale a beber sangre en las noches, hasta que se enamora de una mujer, Lady Vanda. Enloquece con ella y la deja embarazada. En el cuerpo de Lady Vanda crece un Duggu Van pequeño. A medida que el embarazo avanza, la existencia de la madre se va apagando. Finalmente el bebé nace en el momento en que la madre muere. Padre e hijo se encuentran en ese instante como si se conocieran desde antes y huyen por la ventana.

domingo, 6 de febrero de 2022

Guy de Maupassant: Historia de un perro

 François, que trabaja en la casa de unos señores, un día es seguido por una perra a la que termina dando cobijo. Entre ellos se crea un fuerte vinculo. Sin embrago, el resto del personal de la casa se queja a menudo de ciertos comportamientos del animal, por lo que el señor obliga a François a elegir entre: cama, techo, comida y trabajo en sus propiedades, o la perra.


jueves, 3 de febrero de 2022

Mark Twain: La célebre rana saltarina del condado de calaveras

 Capaz de entrenar a una rana con tal de ganar apuestas con ella. Entrenó a una rana para saltar más que las demás, para cazar moscas más rápido... Hasta que un día un forastero aparece y apuesta con él.


viernes, 28 de enero de 2022

Leopoldo Lugones: La estatua de sal

 De un modo u otro, la educación en el catolicismo que Leopoldo Lugones recibió en su infancia se manifiesta en su obra y está presente en algunos de sus relatos. La seducción por la historia de la destrucción bíblica de Sodoma y Gomorra aparece en La estatua de sal sobre la perspectiva ausente en el relato del Génesis: la de quienes fueron objeto del castigo divino. En él enfrenta la pureza del ermitaño con la encarnación de la máxima malignidad en la estatua que siente. Se explota la tensión que nace del enigma sobre las razones del castigo de esta mujer sin nombre cuyo único delito consistió en desobedecer la orden del ángel que le prohibió volver su rostro a la ciudad en llamas.

Llanos Navarro García: Sodoma y Leopoldo Lugones

miércoles, 19 de enero de 2022

Juan Rulfo: Anacleto Morones

 Este cuento narra lo que le ocurre a un embaucador que se aprovecha de la inocencia de la gente y más concretamente de las beatas a las que supuestamente cura con remedios milagrosos con ayuda de Lucas Lucatero, que es el narrador. Este fue su ayudante, pero no obtuvo el beneficio económico que a él le habría gustado.

Diez mujeres llegan a la casa de Lucas para llevarlo a Amula porque quieren canonizar a Anacleto Morones. Las autoridades eclesiásticas les exigen que traigan a alguien que lo hubiera conocido para que dé testimonio.
A lo largo del relato se van superponiendo las dos visiones del supuesto 'santo', la de las mujeres, que creen a pies juntillas en su beatitud; y la de quien lo conoció de cerca y participó en sus tejemanejes, Lucas Lucatero.
Es, desde luego, una narración que no deja indiferente a quien la lee.

domingo, 16 de enero de 2022

Leyenda japonesa anónima: El cortador de bambú y la princesa de la luna

 Una de las leyendas más longevas de Japón narra la historia de una bella mujer, proveniente de la luna, que un día llegó a la Tierra. Se trata de la más antigua y quizá la más rara de todas ellas: Taketori Monogatari, "la leyenda del cortador de bambú y la princesa de la luna". Conocida también como Kagya-hime no Monogatari, esta leyenda representa la pieza de ficción japonesa más antigua que se conserva. Está datada a finales del siglo IX o principios del X.

La leyenda del cortador de bambú y la princesa de la luna es para muchas personas una de las creaciones de ciencia ficción más antiguas.

jueves, 13 de enero de 2022

Antón Chéjov: La calumnia

 La palabra lanzada al viento no tiene vuelta. Nos hacemos esclavos de nuestra palabra, y qué difícil es reparar el entuerto...


lunes, 10 de enero de 2022

Julio Cortázar: El encubridor

 No importa a dónde vayas ni cuáles sean tus proyectos de vida; nunca olvides cuáles fueron tus orígenes.


domingo, 25 de abril de 2021

Horacio Quiroga: La miel silvestre

 En “La miel silvestre” de Cuentos de amor de locura y de muerte, editado en 1917, la ficción narrada se vale de las ciencias biológicas, la entomología y la botánica, para llevar el tema a los límites de la ficción-realidad. El lenguaje propio de las tres ciencias es real y objetivo, pero, en campo de la ficción, deja de serlo para pasar a ser totalmente falso. Tiene verosimilitud dentro de la historia pero no más allá de ella.


jueves, 8 de abril de 2021

Juan Rulfo: El día del derrumbe

 Tuzcacuexco sufre un terremoto, y cuando la gente está ocupada en levantar de nuevo sus casas, llega el gobernador, acompañado de ayudantes, en visita de reconocimiento. Los trabajos se suspenden y se organiza una comida para la comitiva. La reunión se transforma en una fiesta que va subiendo de tono hasta terminar en un tiroteo y una reyerta callejera, que deja como saldo un muerto.

Este sencillo argumento aparece entretejido en un complicado juego de voces, salpicado de lenguaje irónico y un humor muy fino.
Rulfo en estado puro.

domingo, 3 de mayo de 2020

Edgar Allan Poe: La máscara de la muerte roja



Hacía tiempo que la Muerte Roja devastaba el país. Nunca hubo peste tan mortífera ni tan horrible. La sangre era su emblema y su sello, el rojo horror de la sangre. Se sentían dolores agudos y un vértigo repentino, y luego los poros exudaban abundante sangre, hasta acabar en la muerte. Las manchas escarlatas en el cuerpo, y sobre todo en el rostro de la víctima, eran el estigma de la peste que le apartaban de toda ayuda y compasión de sus congéneres. En media hora se cumplía todo el proceso: síntomas, evolución y término de la enfermedad. 
Pero el príncipe Próspero era intrépido, feliz y sagaz. Con sus dominios ya medio despoblados, llamó un día a su presencia a un millar de amigos sanos y joviales de entre las damas y caballeros de su corte, y con ellos se recluyó en el apartado retiro de una de sus abadías amuralladas. Era un conjunto de edificios amplio y magnífico, concebido por el gusto excéntrico, aunque majestuoso, del propio príncipe. Lo rodeaba una alta y sólida muralla. La muralla tenía portones de hierro. Una vez dentro los cortesanos, se trajeron fraguas y enormes martillos y se soldaron los cerrojos. Decidieron que no hubiese modo alguno de entrar o salir, si alguien de pronto se dejaba llevar por la desesperación o la locura. Había abundancia de provisiones. Con tales precauciones los cortesanos podían desafiar el contagio. Que el mundo de fuera se ocupase de sí mismo. Había bufones, había trovadores, había bailarinas, había músicos, había Belleza, había vino. Dentro había todo eso, y también seguridad. Fuera estaba la Muerte Roja. 
Fue hacia el final del quinto o sexto mes de su encierro, y mientras la peste se cebaba con furia en el exterior, cuando el príncipe Próspero ofreció a sus mil amigos un baile de máscaras de rara vistosidad. 
Aquel baile fue un espectáculo voluptuoso. Pero permítaseme hablar primero de los salones en que se celebró. Eran siete: todo un ámbito imperial. Hay muchos palacios, sin embargo, en los que salones así ofrecen una perspectiva larga y lineal, con puertas corredizas que se desplazan casi hasta las mismas paredes de uno y otro lado, de modo que apenas nada interrumpe la vista en toda su longitud. El caso era aquí muy distinto, como cabría esperar de la afición del duque por lo extravagante. La distribución de las salas era tan irregular que apenas se contemplaban más de una al mismo tiempo. Cada veinte o treinta metros se producía un giro brusco, y con cada giro un efecto novedoso. A derecha e izquierda, en medio de la pared, una ventana gótica alta y estrecha se asomaba a un corredor cerrado que enmarcaba las sinuosidades del conjunto, con vidrieras cuyos colores variaban de acuerdo con los tonos dominantes en la decoración del salón al que se abrían. El del extremo oriental, por ejemplo, estaba decorado en azul, y las vidrieras en azul vivo. La ornamentación y los tapices del segundo eran de color púrpura, y purpúreos eran allí los cristales. El tercero era todo él verde, lo mismo que las ventanas. Los muebles y la iluminación del cuarto eran anaranjados; el quinto, blanco; el sexto, violeta. La séptima estancia era un denso sudario de tapices de terciopelo negro que cubrían el techo y las paredes, y caían en pesados pliegues sobre una alfombra del mismo tinte y textura. Pero sólo en esta habitación el color de las ventanas difería del decorado. Las vidrieras eran aquí de un tono escarlata, un rojo oscuro de sangre. Ahora bien, en ninguna de las siete cámaras había lámpara o candelabro alguno, entre la abundancia de adornos dorados que había por todas partes o que colgaban de los techos. No había luz alguna que procediera de una lámpara o vela en todo el conjunto de habitaciones. Pero en el corredor que envolvía los salones había, frente a cada ventana, un pesado trípode con un brasero de fuego que, al proyectar su resplandor a través de las vidrieras, inundaba de luz la estancia. Se producía así una profusión llamativa de formas fantásticas. Pero en la habitación negra, o de poniente, el efecto del fuego a través de los cristales de sangre sobre los tapices negros resultaba de lo más siniestro, y daba un aire tan irreal a los rostros de los que allí entraban que muy pocos se atrevían a dar siquiera un paso en aquella estancia. 
También era aquí donde se encontraba, contra el muro oeste, un gigantesco reloj de ébano. El péndulo oscilaba con un sonido grave, monótono y apagado, y cuando el minutero había recorrido toda la esfera y llegaba el momento de marcar la hora, de sus pulmones metálicos surgía un sonido límpido, potente, profundo y muy musical, pero de nota y énfasis tan peculiares que, a cada hora, los músicos se veían obligados a detenerse un momento para escucharlo, lo que obligaba a su vez a quienes bailaban a interrumpir el vals; y se producía un breve desconcierto en la alegría de todos; y, mientras sonaba el carillón, se veía cómo los más frívolos palidecían y los más sosegados por los años se pasaban la mano por la frente como perdidos en ensueños o en meditación. Aunque cuando cesaban los últimos ecos, una risa leve se apoderaba a la vez de toda la concurrencia; los músicos se miraban y sonreían como burlándose de sus propios nervios y desconcierto, y se susurraban mutuas promesas de que las siguientes campanadas no les causarían ya la misma impresión; pero luego, al cabo de sesenta minutos (que son tres mil seiscientos segundos de Tiempo que vuela), de nuevo sonaba el carillón, y volvía a repetirse la misma meditación, y el mismo desconcierto y nerviosismo de antes.
Pero a pesar de todo, era una fiesta alegre y magnífica. Los gustos del duque eran peculiares. Tenía un buen ojo para los colores y los efectos. Desdeñaba las convenciones de la moda. Sus planes eran atrevidos y apasionados, y un viso de barbarie iluminaba sus proyectos. Algunos le habrían tenido por loco. Sus seguidores no lo creían así. Pero era necesario oírle, y verle, y tocarle, para estar seguro.
Con ocasión de esta magna fiesta, había supervisado personalmente casi toda la decoración de los siete salones; y había sido su propio gusto el que había inspirado los disfraces. No os quepa duda de que eran extravagantes. Abundaba la ostentación y el brillo, lo ilusorio y lo picante..., mucho de lo que después se ha visto en Hernani. Había figuras arabescas, con miembros y atuendos grotescos. Había fantasías delirantes como sólo los locos imaginan. Había mucha belleza, mucha voluptuosidad, mucho de estrafalario, algo de terrible, y no poco de lo que podría haber ofendido. De hecho, por las siete estancias se paseaba majestuosamente una muchedumbre de sueños. Y estos -los sueños- se revolvían por las habitaciones, tiñéndose del color de cada una, y haciendo que la música desenfrenada de la orquesta pareciera el eco de sus pasos. Y entonces suena el reloj de ébano en el salón de terciopelo. Y por un momento todo se aquieta, todo se acalla salvo la voz del reloj. Los sueños quedan congelados y estáticos. Pero el eco de las campanadas se apaga -no han durado sino un instante- y una risa leve, a medias reprimida, queda flotando tras él. Y surge de nuevo la música, y viven los sueños, y se revuelven de un lado a otro más alegres que nunca, teñidos por las ventanas multicolores por las que penetra el resplandor de los trípodes. Pero en el salón de poniente, ninguno de los enmascarados se atreve ahora a entrar, porque la noche ya se desvanece y una luz más rojiza se filtra por los cristales de color sangre; y la negrura de los tapices espanta; y quien aventura sus pasos sobre la negra alfombra escucha un sordo tictac, más solemne y enfático que el que llega a oídos de quienes se entregan a la alegría en las salas más distantes. 
Pero las otras habitaciones estaban abarrotadas, y en ellas latía febrilmente el ansia de la vida. Prosiguió así el torbellino festivo, hasta que al cabo el reloj inició las campanadas de la medianoche. Y cesó entonces la música, como ya he dicho; y los que bailaban interrumpieron el vals; y, como en otras ocasiones, todo quedó desasosegadamente detenido. Pero ahora eran doce las campanadas que tenían que sonar; y ocurrió así, quizá, que al disponer de más tiempo, más grave se tornó la reflexión de quienes en la concurrencia ya estaban pensativos. Y también ocurrió así, quizá, que antes de que el último eco de la última campanada hubiera desaparecido en el silencio, muchos ya habían reparado en la presencia de una figura enmascarada que hasta entonces no había llamado la atención de nadie. Y de boca en boca se extendió el rumor de esta nueva presencia, y al poco se alzó en toda la compañía un susurro, un murmullo de desaprobación y sorpresa, luego, por último, de terror, de horror y de asco.  
En una congregación fantasmagórica como la que he pintado, bien se puede suponer que ningún atuendo ordinario habría causado tal sensación. De hecho, esa noche la libertad en los disfraces era prácticamente ilimitada; pero la figura en cuestión había rizado el rizo, superando incluso los límites del gusto permisivo del príncipe. Hay fibras aún en el corazón de los más osados que no pueden tocarse sin que se emocionen. Hasta los casos perdidos, para quienes la vida y la muerte son una misma broma, creen que hay ciertos asuntos con los que no se puede bromear. En todos los asistentes, desde luego, se apreciaba ahora la sensación intensa de que el disfraz y el porte del extraño carecían de todo ingenio y decoro. Era una figura alta y lúgubre, amortajada de la cabeza a los pies con el atuendo de la tumba. La máscara que ocultaba representaba tan fielmente el semblante rígido de un cadáver que al observador más atento le resultaría difícil descubrir el engaño. Aun así, todo esto lo habría soportado, si no aprobado, aquella alocada concurrencia. Pero el enmascarado había llegado incluso a asumir el aspecto de la Muerte Roja. La sangre le salpicaba la vestimenta..., y su ancha frente, y todas sus facciones, aparecían moteadas por el horror escarlata.  
Cuando la mirada del príncipe Próspero se detuvo en este espectro (que se paseaba lento y solemne, como para dar mayor empaque a su figura), se le notó una convulsión en un primer momento con un fuerte estremecimiento de horror o repugnancia; pero enseguida, el rostro se le encendió de ira. 
-¿Quién se ha atrevido...? preguntó con voz ronca a los cortesanos que le acompañaban—: ¿Quién se ha atrevido a insultarnos con esta burla blasfema? ¡Cogedle y quitadle la máscara, y así sabremos a quien hay que colgar de una almena al amanecer! 
Cuando pronunció estas palabras, el príncipe Próspero se hallaba en el salón azul, que daba al oriente. Y su eco recorrió alto y claro las siete estancias, porque el príncipe era un hombre robusto y osado, y un gesto suyo había acallado ya la música.
Era en el salón azul donde se hallaba el príncipe, en compañía de un grupo de pálidos cortesanos. Al principio, cuando habló, dieron éstos un primer paso hacia el intruso, que entonces estaba próximo a ellos, y que ahora se acercaba mas aún, con porte deliberado y majestuoso. Pero cierto miedo indecible que la insensata arrogancia de la máscara había inspirado a todo el grupo impidió que nadie le pusiera la mano encima; así que, sin estorbo alguno, pasó apenas a un metro del príncipe; y, mientras en los salones la numerosa concurrencia, como movida por un mismo resorte, se hacía a un lado buscando el refugio de las paredes, el enmascarado siguió andando con el mismo paso solemne y mesurado que desde el comienzo le había distinguido, pasando de la sala azul a la púrpura, de la púrpura a la verde, de la verde a la de color naranja, de ésta a la blanca, e incluso de aquí a la morada, sin que nadie hiciera el menor intento de detenerle. Fue entonces, sin embargo, cuando el príncipe Próspero, fuera de sí y avergonzado por su cobardía pasajera, cruzó veloz los seis salones, sin que nadie le siguiera por el terror mortal que de todos se había apoderado. Blandía una daga desenvainada, y se acercó impetuoso y rápido a muy poca distancia de la figura que seguía su camino, cuando ésta, que ya había llegado al salón de terciopelo, giró de pronto y le hizo frente. Hubo un grito agudo, y la daga reluciente cayó en la alfombra negra sobre la que, al instante, caía postrado por la muerte el príncipe Próspero. Después, llevados por el valor enloquecido de la desesperación, un amplio grupo entró en avalancha en el salón negro, en el que la alta figura seguía inmóvil y erguida bajo la sombra del reloj de ébano; pero al ponerle la mano encima al enmascarado, un horror innombrable les cortó el aliento y descubrieron que la mortaja y la máscara cadavérica que habían tratado con violenta rudeza no estaban habitadas por ninguna forma tangible. 
Y reconocieron la presencia de la Muerte Roja. Había venido como un ladrón en la noche. Y uno a uno fueron cayendo los presentes en los salones antes festivos, ahora bañados en sangre, y cada uno hallaba la muerte en la desesperada postura en que caía. Y la vida del reloj de ébano se apagó con la del último cortesano. Y las llamas de los trípodes se extinguieron. Y de todo se adueñó la Tiniebla, la Corrupción y la Muerte Roja.