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martes, 3 de enero de 2017

Miguel de Cervantes: Rinconete y Cortadillo (tramo 4)



Y adelantándose un poco el mozo, entró en una casa no muy buena, sino de muy mala apariencia, y los dos se quedaron esperando a la puerta. Él salió en seguida y los llamó, y ellos entraron, y su guía les mandó esperar en un pequeño patio con el suelo de ladrillos rojizo, muy limpio y fregado. A un lado había un banco de tres pies y al otro un cántaro que tenía el borde roto, con un jarrillo encima, no menos mellado que el cántaro; en otra parte había una estera de enea y, en el medio, un tiesto, que en Sevilla llaman maceta, de albahaca.

Miraban los mozos atentamente el mobiliario de la casa mientras bajaba el señor Monipodio; y viendo que tardaba, se atrevió Rincón a entrar en una de dos salas pequeñas que había en el patio, y vio en ellas dos espadas de esgrima y dos escudos de corcho, colgados de cuatro clavos, y un baúl grande, sin tapa ni nada que lo cubriese, y otras tres esteras de enea tendidas por el suelo. Pegada a la pared de enfrente había una estampa de Nuestra Señora; de esas de mala calidad, y más abajo colgaba una esportilla de esparto, y, encajado en la pared, un cuenco blanco, por lo que dedujo Rincón que la esportilla servía de cepillo para limosnas, y el cuenco para el agua bendita, y así era verdaderamente.
Estando en esto, entraron en la casa dos mozos de unos veinte años cada uno, vestidos de estudiantes, y poco después, dos de la esportilla y un ciego; y sin hablar palabra ninguna, comenzaron a pasearse por el patio. No pasó mucho tiempo hasta que entraron dos viejos vestidos sencillamente, con anteojos, que los hacían serios y dignos de ser respetados, con sendos rosarios de ruidosas cuentas en las manos. Tras ellos entró una vieja de larga y ancha falda, y, sin decir nada, se fue a la sala, y tras tomar agua bendita, con grandísima devoción se puso de rodillas ante la imagen, y al cabo de un buen rato, habiendo besado primero el suelo y levantados los brazos y los ojos al cielo varias veces, se levantó y echó su limosna en la esportilla, y se salió con los demás al patio.
En resumen, en poco tiempo se juntaron en el patio hasta catorce personas de diferentes trajes y oficios. Llegaron de los últimos también dos valientes y robustos mozos, de bigotes largos, sombreros de ala grande, cuellos a la valona, medias de color, ligas muy vistosas, espadas más largas de lo permitido por la ley, sendos pistoletes cada uno, y sus escudos colgando de la cintura. En cuanto entraron, miraron de reojo· a Rincón y Cortado, por ser extraños y desconocidos. Y acercándose a ellos, les preguntaron si eran de la cofradía. Rincón respondió que sí y que se ponían a su servicio.
Llegó entonces el momento en que bajó el señor Monipodio, tan esperado como bien visto por toda aquella virtuosa compañía. Tenía de cuarenta y cinco a cuarenta y seis años de edad, alto de cuerpo, moreno de rostro; las cejas y la barba negras y muy espesas; los ojos hundidos. Venía en camisa y por la abertura de delante descubría un bosque: tanto vello tenía en el pecho. Traía puesta una capa de lana fina casi hasta los pies en los cuales llevaba unos zapatos en chancletas; le cubrían las piernas unos calzones de tela basta, anchos y largos hasta los tobillos; el sombrero era de los que usan los delincuentes, con la copa en forma de campana y amplia ala; le cruzaba por la espalda y el pecho una correa de la que colgaba una espada ancha y corta; las manos eran cortas, peludas, y los dedos, gordos, y las uñas, anchas y recortadas; las piernas no se le veían; pero los pies eran descomunales, de anchos y juanetudos que eran. En resumen, parecía el más rústico y deforme bárbaro del mundo. Bajó con él el que les había servido de guía a los dos y cogiéndolos de las manos, los presentó ante Monipodio, diciéndole:
-Estos son los dos buenos mozuelos de los que hablé a vuesa merced, mi señor Monipodio; vuesa merced los desamine y verá cómo son dignos de entrar en nuestra congregación.
-Eso haré yo de muy buena gana -respondió Monipodio. Se me olvidaba decir que en cuanto Monipodio bajó, al instante, todos los que esperándole estaban le hicieron una profunda y larga reverencia, excepto los dos valentones, quienes se quitaron los sombreros a medias, y luego volvieron a su paseo por una parte del patio, y por la otra se paseaba Monipodio, el cual preguntó a los nuevos el oficio, la patria y padres.
A lo cual Rincón respondió:
-El oficio ya está dicho, pues venimos ante vuesa merced; la patria no me parece de mucha importancia decirla, ni los padres tampoco.
A lo cual respondió Monipodio·:
- Vos, hijo mío, estáis en lo cierto, y es cosa muy acertada ocultar eso que decís; porque si la suerte no viniese como debe, no está bien que quede registrado debajo de firma de escribano diciendo: «Fulano, hijo de Fulano, vecino de tal parte, tal día le ahorcaron, o le azotaron », u otra cosa semejante, que, cuanto menos, suena mal a los buenos oídos; y así, vuelvo a decir que es provechoso consejo callar la patria, ocultar los padres y cambiar los propios nombres; aunque entre nosotros no ha de haber nada oculto y únicamente ahora quiero saber los nombres de los dos.
Rincón dijo el suyo, y Cortado también.
-Pues de aquí en adelante -respondió Monipodio- quiero y es mi voluntad que vos, Rincón, os llaméis Rinconete, y vos, Cortad o, Cortadillo, que son nombres que cuadran como de molde a vuestra edad y a nuestras ordenanzas, bajo las cuales es necesario saber el nombre de los padres de nuestros cofrades, porque tenemos por costumbre hacer decir cada año ciertas misas por las almas de nuestros difuntos y protectores, pagando el estupendo de quien las dice de parte de lo que se garbea, y estas misas, una vez dichas y pagadas, dicen que aprovechan a tales almas por vía de naufragio; y entran dentro de nuestros protectores: el procurador que nos defiende, el guro que nos avisa, el verdugo que nos tiene lástima, el que, cuando alguno de nosotros va huyendo por la calle y detrás le van dando voces: «¡Al ladrón, al ladrón! ¡Deténganle, deténganle!», uno se pone en medio y se opone a la muchedumbre que le sigue, diciendo: «¡Déjenle al desventurado, que bastante desgracia lleva! ¡Allá él; suficiente castigo tiene con su pecado!». Son también bienhechoras nuestras las prostitutas que con el beneficio de su trabajo nos socorren, en la cárcel y en las galeras; y también lo son nuestros padres y madres, que nos echan al mundo, y el escribano porque si está de buenas no hay delito que merezca culpa ni culpa que requiera mucho castigo; y por todos estos que he dicho hace nuestra hermandad cada año su adversario con la mayor popa y soledad que podemos.
-Ciertamente -dijo Rinconete, ya confirmado con este nombre- que es obra digna del altísimo y profundísimo talento que hemos oído decir que vuesa merced, señor Monipodio, tiene. Pero nuestros padres aún disfrutan de la vida; si fallecieran daremos enseguida noticia a esta dichosa y protectora confraternidad, para que por sus almas se les haga ese naufragio o tormenta, o ese adversario que vuesa merced dice, con la solemnidad y pompa acostumbrada, a no ser que se haga mejor con popa y soledad, como también señaló vuesa merced en sus palabras.
-Así se hará, o no quedará de mí un solo pedazo -replicó Monipodio.
Y llamando al guía, le dijo:
-Ven acá, Ganchuelo; ¿están puestos los vigilantes?
-Sí -dijo el guía-: tres centinelas quedan vigilando, y no hay que temer que nos cojan de improviso.
-Volviendo a nuestro propósito -dijo Monipodio-, querría saber, hijos, lo que sabéis, para daros el oficio y ocupación de acuerdo con vuestra afición y habilidad.
-Yo -respondió Rinconete- sé hacer algunas trampas con las cartas y ayudar en un robo.
-Algo es para, empezar -dijo Monipodio-; pero andará el tiempo y ya veremos, que con esa base y media docena de lecciones, yo confío en Dios qué saldréis oficial famoso, y aun quizá maestro.
-Todo será para servir a vuesa merced y a los señores cofrades -respondió Rinconete.
-Y vos, Cortadillo, ¿qué sabéis? -preguntó Monipodio.
-Yo -respondió Cortadillo- sé limpiar los bolsillos con mucha precisión y habilidad.
- ¿Sabéis algo más? -dijo Monipodio.
-No, pecador de mí -respondió Cortadillo.
-No os apenéis, hijo -replicó Monipodio-, que a puerto y escuela habéis llegado donde ni os ahogaréis ni dejaréis de salir muy bien enseñado en todo aquello que más os convenga. Y en cuanto al valor, ¿cómo os va, hijos?
- ¿Cómo nos va a ir -respondió Rinconete- sino muy bien? Ánimo tenemos para acometer cualquier plan relacionado con nuestro arte y oficio.
-Está bien -replicó Monipodio-; pero querría yo que también lo tuvieseis para soportar, si fuese necesario, media docena de ansias sin despegar los labios y sin decir «esta boca es mía».
-Ya sabemos -dijo Cortadillo-, señor Monipodio, qué quiere decir ansias, y para todo tenemos valor; porque no somos tan ignorantes para no darnos cuenta de que lo que dice la lengua lo paga la gorja, y bastante favor le hace el cielo al hombre porque deja en su lengua su vida o su muerte: ¡como si tuviese más letras un no que un sí!
-¡Alto, no hace falta más! -dijo entonces Monipodio-. Digo que este solo razonamiento me convence, me obliga, me persuade y me fuerza a que desde ahora mismo ingreséis como cofrades mayores y que se os perdone el año del noviciado.
-Yo soy de esa opinión -dijo uno de los valentones.
Y de forma unánime lo confirmaron todos los presentes, que habían estado escuchando toda la conversación, y pidieron a Monipodio que a partir de ese momento les concediese y permitiese gozar de los privilegios de su cofradía, porque su presencia agradable y su buena conversación lo merecían todo.
Él respondió que, por darles alegría a todos, desde aquel momento se los concedía, advirtiéndoles que los valorasen mucho, porque eran no pagar la mitad del primer hurto que hiciesen; no hacer en todo aquel año oficios menores, es decir, no llevar recados de ningún hermano mayor a la cárcel, ni a la casa, de parte de sus clientes; beber vino puro; organizar banquetes cuando, corno y donde quisieran, sin pedir permiso a su superior; entrar en el reparto de lo que robasen los hermanos mayores, corno uno más de ellos, y otras cosas que ellos tornaron por favor destacadísimo.

domingo, 1 de enero de 2017

Miguel de Cervantes: Rinconete y Cortadillo (tramo 3)




Con esto se consoló algo el sacristán, y se despidió de Cortado, el cual se volvió a donde estaba Rincón, que lo había visto todo un poco apartado de él, y más abajo estaba otro mozo de la esportilla, que vio todo lo que había pasado y cómo Corta­do daba el pañuelo a Rincón; y acercándose a ellos, les dijo: 
-Díganme, señores galanes: ¿voacedes son de mala entrada, o no?
-No entendemos esas palabras, señor galán -respondió Rincón. 
- ¿Que no entrevan, señores murcios? -respondió el otro.
-No somos de Teba ni de Murcia -dijo Cortado-. Si otra cosa quiere, dígala; si no, váyase con Dios. 
-¿No lo entienden? -dijo el mozo-. Pues yo se lo explicaré. Quiero decir, señores, si son vuesas mercedes ladrones. Aunque no sé para qué les pregunto esto, pues ya sé que lo son. Pero díganme: ¿cómo no han ido a la aduana del señor Monipodio? 
-¿Es que se paga en esta tierra impuesto de ladrones, señor galán? -dijo Rincón. 
-Si no se paga -respondió el mozo-, por lo menos se re­gistran ante el señor Monipodio, que es su padre, su maestro y su protector, y así les aconsejo que vengan conmigo a rendirle obe­diencia, o si no, no se atrevan a hurtar sin su permiso, que les costará caro. 
-Yo pensaba -dijo Cortado- que el hurtar era oficio libre, no sujeto a impuestos, y que si se paga es de una vez, con la horca los azotes; pero puesto que así es y en cada tierra tienen sus cos­tumbres, guardemos nosotros las de esta, que por ser la más prin­cipal del mundo serán las más acertadas de todo él. Así que puede vuesa merced guiarnos adonde está ese caballero del que habla, que ya tengo yo sospechas, según lo que he oído decir, que es persona muy capacitada y generosa y sobradamente hábil en el oficio. 
-¡Y cómo que es capacitado, hábil y experto! -·-respondió el mozo-. Lo es tanto, que en cuatro años que hace que tiene el cargo de ser nuestro superior y maestro solo han padecido cuatro en el finibusterrae, treinta envesados y sesenta y dos en gurapas
-En verdad, señor -dijo Rincón-, entendemos tanto esos nombres como sabemos volar. 
-Comencemos a andar, que yo los iré aclarando por el cami­no -respondió el mozo---, junto con algunos otros que les harán tanta falta como el comer. 
Y así les fue diciendo y aclarando otros nombres de los que ellos llaman germanescos o de la germanía a lo largo de su conversación, que no fue corta, porque el camino era largo. En el cual dijo Rincón, a su guía: 
- ¿Acaso es vuesa merced ladrón?
- Sí -respondió él-, para servir a Dios y a las buenas personas, aunque no de los muy expertos; que todavía estoy en el año del noviciado. A lo cual respondió Cortado: 
-Cosa nueva es para mí que haya ladrones en el mundo para servir a Dios y a la gente buena. lo cual respondió el mozo: 
-Señor, yo no me meto en cuestiones de doctrina religiosa; o que sé es que cada uno en su oficio puede alabar a Dios, y más con la orden que tiene dada Monipodio a todos sus protegidos. 
-Sin duda -dijo Rincón- debe de ser buena y santa, pues hace que los ladrones sirvan a Dios. 
-Es tan santa y buena -replicó el mozo--, que no sé yo si se podrá mejorar en nuestro arte. Él tiene ordenado que de lo que hurtemos demos alguna cosa o limosna para el culto18 de una imagen muy devota que hay en esta ciudad, y en verdad que hemos visto grandes cosas por esta buena obra; porque hace unos días le dieron tres ansias a un cuatrero que había murciado dos roznos, y aunque estaba débil y sin fuerzas por unas fiebres, las sufrió sin cantar. Y esto lo atribuimos los del oficio a su devoción, porque sus fuerzas no eran bastantes para soportar el primer desconcierto del verdugo. Y puesto que sé que me van a preguntar algunos vocablos de los que he dicho, quiero curarme en salud y decírselos antes de que me pregunten. Sepan voacedes que cuatrero es ladrón de bestias; ansia es el tormento; roznos, los asnos; primer desconcierto es el principio del tormento que da el verdugo. Tenemos más: que rezamos nuestro rosario, durante la semana, y muchos de nosotros no hurtamos el vier­nes, ni tenemos trato carnal con mujer que se llame María el sábado. 
-De perlas me parece todo eso -dijo Cortado-; pero dígame vuesa merced: ¿se hace alguna devolución u otra penitencia además de lo ya dicho? 
-De eso de devolver no hay nada que hablar -respondió el mozo- porque es cosa imposible, por las muchas partes en las que se divide lo hurtado entre cada uno de los ministros y contrayentes; de modo que el primero que roba no puede devolver nada; además no hay nadie que nos mande cumplir este requisito, puesto que nunca nos confesamos, y si hay avisos de excomu­nión, jamás llegan a nuestro conocimiento, porque jamás vamos a la iglesia cuando se leen, a no ser los días en que la Iglesia concede el perdón general a los fieles, por la ganancia que nos ofrece la asistencia de tanta gente. 
-¿ Y haciendo solo eso dicen esos señores -dijo Cortadillo- que su vida es santa y buena? 
-Pues ¿qué tiene de malo? -replicó el mozo-. ¿No es peor ser hereje o renunciar a la fe del bautismo o matar al padre y a la madre? 
-Todo es malo -replicó Cortado-. Pero puesto que nuestro destino ha querido que entremos en esta cofradía, vuesa merced aligere el paso; que me muero por verme con el señor Monipodio, de quien tantas virtudes se cuentan. 
-Pronto se les cumplirá su deseo -dijo el mozo-, que ya desde aquí se alcanza a ver su casa. Quédense vuesas mercedes en la puerta, que yo entraré a ver si está desocupado, porque estas son las horas en las que él suele recibir visitas. 
- Así lo haremos -dijo Rincón.

jueves, 24 de noviembre de 2016

Miguel de Cervantes: Rinconete y Cortadillo (Tramo 2)



Bien aprendieron de memoria toda esta lección, y al día siguiente bien de mañana se plantaron en la plaza de San Salvador; y apenas llegaron los rodearon otros mozos del oficio, que, por lo flamante de los sacos y espuertas, vieron que eran nuevos en la plaza; les hicieron mil preguntas, y a todas respondían con discreción y moderación. En esto llegaron uno que parecía estudiante y un soldado, y atraídos por la limpieza de las espuertas de los dos novatos, el que parecía estudiante llamó a Cortado, y el soldado, a Rincón.
-En nombre sea de Dios -dijeron ambos.
-En buena hora comienzo el oficio -dijo Rincón-, que vuesa merced me estrena, señor mío.
A lo cual respondió el soldado:
-El estreno no será malo, porque me van bien las cosas y estoy enamorado, y quiero ofrecerles hoy un banquete a unas amigas de mi amada
-Pues cargue vuesa merced a su gusto que ánimo y fuerzas tengo para llevarme toda esta plaza e incluso si fuera necesario ayudar a guisarlo, lo haré de muy buena gana.
Quedó contento el soldado de la buena gracia del mozo, y le dijo que, si quería ser su criado, que él le sacaría de aquel bajo oficio; a lo cual respondió Rincón que, por ser aquel día el primero que lo ejercía, no lo quería dejar tan pronto, hasta ver al menos lo que tenía de malo y de bueno; y si no le agradase, él daba su palabra de servirle a él antes que a un canónigo.
Se rio el soldado, le cargó bien las esportillas y le mostró la casa de su dama, para que la conociese a partir de entonces y ya no tuviese necesidad de acompañarle cuando le enviase de nuevo. Rincón prometió fidelidad y buen trato; le dio el soldado tres cuartos, y en un vuelo volvió a la plaza para no perder una nueva oportunidad, porque también de esta agilidad les había advertido el asturiano, y de que, cuando llevasen pescado pequeño, por ejemplo albures, sardinas o acedías, bien podían quedarse con algunas para la comida del día, pero que esto habían de hacerlo con sumo cuidado y astucia, para que no perdiesen la confianza en ellos, que era lo que más importaba en aquel oficio.
Aunque volvió muy pronto Rincón, ya halló en el mismo puesto a Cortado. Se acercó a él y le preguntó que cómo le había ido. Rincón abrió la mano y le enseñó los tres cuartos. Cortado metió la suya en el pecho y sacó una bolsilla que mostraba que había pertenecido a persona rica en otros tiempos; venía algo hinchada, y dijo:
-Con esta me pagó el estudiante, y con dos cuartos; pero cogedla vos, Rincón, por lo que pueda suceder.
Y una vez que se la había dado a escondidas y la había guardado, vieron que volvía el estudiante, sudoroso y angustiado; y viendo a Cortado le preguntó si por casualidad había visto una bolsa de tales y tales señas, que, con quince escudos de oro y con tres reales de a dos y tantos maravedís en cuartos y en ochavos, le faltaba, y si la había cogido mientras había andado con él comprando.
A lo cual, con extraordinario disimulo, sin alterarse ni inmutarse lo más mínimo, respondió Cortado:
-Lo que yo puedo decir de esa bolsa es que no debe de estar perdida, a no ser que vuesa merced descuidara su vigilancia.
-Así ha sido, pecador de mí -respondió el estudiante-, que la debí de descuidar, pues me la han hurtado.
-Lo mismo digo yo -dijo Cortado-, pero para todo hay remedio menos para la muerte, y el que vuesa merced podrá tomar es, primera y principalmente, tener paciencia, que un día viene tras otro día y donde las dan las toman, y podría ser que, con el tiempo, el que se llevó la bolsa, se arrepintiera y se la devolviese a vuesa merced mejorada.
-La mejoría la perdonaríamos -respondió el estudiante. Y Cortado prosiguió diciendo:
-Cuanto más que hay decretada orden de excomunión para los ladrones; aunque, en verdad, no quisiera ser yo el portador de tal bolsa, porque si es que vuesa merced pertenece a alguna orden religiosa, me parecería a mí que había cometido algún gran sacrilegio.
-¡Y cómo que_ha cometido sacrilegio! -dijo a esto el apenado estudiante-; que aunque yo .no soy sacerdote, sino sacristán, el dinero de la bolsa era de las rentas de una capellanía, que me pidió que cobrara un sacerdote amigo mío, y es dinero sagrado y bendito.
-Con su pan se lo coma -dijo Rincón a este punto-; no le arriendo la ganancia; día del juicio final hay, donde todo se averiguará, y entonces se verá quién fue el valiente que se atrevió a tomar, hurtar y reducir el dinero de la capellanía. Y ¿cuánto renta cada año?, dígame, señor sacristán, si es tan amable.
-¡Renta la puta que me parió! ¿Y estoy yo ahora para decir lo que renta? -respondió el sacristán, bastante enfurecido-. Decidme, hermanos, si sabéis algo; si no, quedad con Dios, que yo quiero anunciar la pérdida.
-No me parece mal remedio ese-dijo Cortado-, pero no olvide vuesa merced las señas de la bolsa ni la cantidad exacta del dinero que va en ella, que si se equivoca en un céntimo le profetizo que no aparecerá jamás.
-No hay que temer eso -respondió el sacristán-, que lo tengo más metido en la memoria que el tocar de las campanas; no me equivocaré lo más mínimo.
Sacó entonces del bolsillo un pañuelo adornado con encajes para limpiarse el sudor que goteaba de su rostro; y, apenas lo hubo visto Cortado, cuando le echó el ojo. Y habiéndose ido el sacristán, Cortado le siguió y le alcanzó en las Gradas de la Catedral, donde le llamó y le apartó a un lado, y allí le comenzó a decir tantos disparates y trolas acerca del hurto y hallazgo de su bolsa, dándole buenas esperanzas, sin concluir jamás razonamiento alguno, que el pobre sacristán estaba extasiado escuchándole; y como no acababa de entender lo que le decía, pedía que se lo repitiese dos y tres veces.
Cortado le miraba a la cara atentamente, y no apartaba la mirada de sus ojos. El sacristán le miraba de la misma manera, estando maravillado de sus palabras; este enorme embobamiento dio ocasión a Cortado a concluir su obra, y sutilmente le sacó el pañuelo del bolsillo y, despidiéndose del estudiante, le dijo que a la tarde procurase verle en aquel mismo lugar, porque él sospechaba que un muchacho de su mismo oficio y de su misma edad, que era algo ladroncillo, le había cogido la bolsa, y que él se comprometía a averiguarlo dentro de pocos o de muchos días.
Con esto se consoló algo el sacristán, y se despidió de Cortado, el cual se volvió a donde estaba Rincón, que lo había visto todo un poco apartado de él, y más abajo estaba otro mozo de la esportilla, que vio todo lo que había pasado y cómo Cortado daba el pañuelo a Rincón; y acercándose a ellos, les dijo:
- Díganme, señores galanes: ¿voacedes son de mala entrada, o no?
-No entendemos esas palabras, señor galán -respondió Rincón.
-¿Que no entrevan, señores murcios? -respondió el otro.
-No somos de Teba ni de Murcia -dijo Cortado-. Si otra cosa quiere, dígala; si no, váyase con Dios.
-¿No lo entienden? -dijo el mozo-. Pues yo se lo explicaré. Quiero decir, señores, si son vuesas mercedes ladrones. Aunque no·sé para qué les pregunto esto, pues ya sé que lo son. Pero
díganme: ¿cómo no han ido a la aduana del señor Monipodio?
-¿Es que se paga en esta tierra impuesto de ladrones, señor galán? -dijo Rincón.
-Si no se paga -respondió el mozo-, por lo menos se registran ante el señor Monipodio, que es su padre, su maestro y su protector, y así les aconsejo que vengan conmigo a rendirle obediencia, o si no, no se atrevan a hurtar sin su permiso, que les costará caro.
-Yo pensaba -dijo Cortado- que el hurtar era oficio libre, no sujeto a impuestos, y que si se paga es de una vez, con la horca o los azotes; pero puesto que así es y en cada tierra tienen sus costumbres, guardemos nosotros las de esta, que por ser la más principal del mundo serán las más acertadas de todo él. Así que puede vuesa merced guiarnos adonde está ese caballero del que habla, que ya tengo yo sospechas, según lo que he oído decir, que es persona muy capacitada y generosa y sobradamente hábil en el oficio.
-¡Y cómo que es capacitado, hábil y experto! - respondió el mozo-. Lo es tanto, que en cuatro años que hace que tiene el cargo de ser nuestro superior y maestro solo han padecido cuatro en el finibusterrae, treinta envesados y sesenta y dos en gurapas.
-En verdad, señor -dijo Rincón-, entendemos tanto esos nombres como sabemos volar.
- Comencemos a andar, que yo los iré aclarando por el camino -respondió el mozo-, junto con algunos otros que les harán tanta falta como el comer.
Y así les fue diciendo y aclarando otros nombres de los que ellos llaman germanescos o de la germanía a lo largo de su conversación, que no fue corta, porque el camino era largo. En el cual dijo Rincón, a su guía:
-¿Acaso es vuesa merced ladrón?
-Sí -respondió él-, para servir a Dios y a las buenas personas, aunque no de los muy expertos; que todavía estoy en el año del noviciado.
A lo cual respondió Cortado:
-Cosa nueva es para mí que haya ladrones en el mundo para servir a Dios y a la gente buena.
A lo cual respondió el mozo:
-Señor, yo no me meto en cuestiones de doctrina religiosa; lo que sé es que cada uno en su oficio puede alabar a Dios, y más con la orden que tiene dada Monipodio a todos sus protegidos.
-Sin duda -dijo Rincón- debe de ser buena y santa, pues hace que los ladrones sirvan a Dios.
-Es tan santa y buena -replicó el mozo--, que no sé yo si se podrá mejorar en nuestro arte. Él tiene ordenado que de lo que hurtemos demos alguna cosa o limosna para el culto de una imagen muy devota que hay en esta ciudad, y en verdad que hemos visto grandes cosas por esta buena obra; porque hace unos días le dieron tres ansias a un cuatrero que había murciado dos roznos, y aunque estaba débil y sin fuerzas por unas fiebres, las sufrió sin cantar. Y esto lo atribuimos los del oficio a su devoción, porque sus fuerzas no eran bastantes para soportar el primer desconcierto del verdugo. Y puesto que sé que me van a preguntar algunos vocablos de los que he dicho, quiero curarme en salud y decírselos antes de que me pregunten. Sepan voacedes que cuatrero es ladrón de bestias; ansia es el tormento; roznos, los asnos; primer desconcierto es el principio del tormento que da el verdugo. Tenemos más: que rezamos nuestro rosario, durante la semana, y muchos de nosotros no hurtamos el viernes, ni tenemos trato carnal con mujer que se llame María el sábado.
-De perlas me parece todo eso -dijo Cortado-; pero dígame vuesa merced: ¿se hace alguna devolución u otra penitencia además de lo ya dicho?
-De eso de devolver no hay nada que hablar -respondió el mozo- porque es cosa imposible, por las muchas partes en las que se divide lo hurtado entre cada uno de los ministros y contrayentes; de modo que el primero que roba no puede devolver nada; además no hay nadie que nos mande cumplir este requisito, puesto que nunca nos confesamos, y si hay avisos de excomunión, jamás llegan a nuestro conocimiento, porque jamás vamos a la iglesia cuando se leen, a no ser los días en que la Iglesia concede el perdón general a los fieles, por la ganancia que nos ofrece la asistencia de tanta gente.
-¿ Y haciendo solo eso dicen esos señores -dijo Cortadillo- que su vida es santa y buena?
-Pues ¿qué tiene de malo? -replicó el mozo-. ¿No es peor ser hereje o renunciar a la fe del bautismo o matar al padre y a la madre?
-Todo es malo -replicó Cortado-. Pero puesto que nuestro destino ha querido que entremos en esta cofradía, vuesa merced aligere el paso; que me muero por verme con el señor Monipodio, de quien tantas virtudes se cuentan.
-Pronto se les cumplirá su deseo -dijo el mozo-, que ya desde aquí se alcanza a ver su casa. Quédense vuesas mercedes en la puerta, que yo entraré a ver si está desocupado, porque estas son las horas en las que él suele recibir visitas.
-Así lo haremos -dijo Rincón.
Ministros y contrayentes: de nuevo se utiliza un lenguaje religioso para referirse a los miembros de la cofradía de Monipodio. En este caso, se refiere al matrimonio, siendo los ministros los que lo celebran, y contrayentes, quienes se casan.

lunes, 14 de noviembre de 2016

Miguel de Cervantes: Rinconete y Cortadillo (Tramo 1)





En la venta del Molinillo, que está situada al final de los famosos campos de Alcudia, según vamos de Castilla a Andalucía, un caluroso día de verano se encontraron casualmente dos muchachos de unos catorce a quince años; ambos agradables, pero muy descuidados, rotos y mal vestidos: capa no tenían; los calzones eran de tela basta y las medias eran su propia carne. Esto lo completaban los zapatos, porque los de uno eran alpargatas desgastadas por el mucho uso, y los del otro estaban agujereados y sin suelas. Traía uno sombrero verde de cazador, el otro un sombrero sin cinta, bajo de copa y con el ala grande y caída. A la espalda y sujeta por el pecho, traía el primero una camisa amarillenta recogida como si fuera una bolsa; el otro venía sin cargas, aunque por el pecho se le veía un gran bulto que no era sino un cuello de los que llaman valones, grasiento y deshilachado. Dentro de él llevaba envueltos y guardados unos naipes de forma ovalada, porque de utilizarlos se les habían gastado las puntas y para que durasen más se las habían recortado. Estaban los dos quemados del sol, las uñas las traían largas y negras y las manos no muy limpias; uno tenía una espada corta, y el otro un cuchillo de mango amarillo de los que suelen utilizar los carniceros.
Salieron los dos a descansar a la hora de la siesta a un cobertizo que hay delante de la venta; y, sentándose uno enfrente del otro, el que parecía de más edad dijo al más pequeño: 
—¿De qué tierra es vuesa merced, señor gentilhombre, y para dónde camina?
—Mi tierra, señor caballero —respondió el preguntado— no la sé, ni para dónde camino, tampoco.
—Pues en verdad —dijo el mayor— que no parece vuesa merced caído del cielo, y que este no es lugar para quedarse, sino que forzosamente hay que seguir adelante.
—Así es —respondió el menor—, pero yo he dicho la verdad porque mi tierra no es mía, puesto que no tengo en ella más que a un padre que no me tiene por hijo y una madrastra que me trata como hijastro; el camino que llevo es a la ventura, y terminará donde halle quien me dé lo necesario para pasar esta miserable vida.
—Y ¿sabe vuesa merced algún oficio? —preguntó el grande.
Y el menor respondió:
—No sé otro sino que corro como una liebre, y salto como un gamo y corto con la tijera con mucha delicadeza.
—Todo eso es muy bueno, útil y provechoso —dijo el grande— porque habrá sacristán que le recompense con pan y vino por cortarle flores de papel para el monumento del Jueves Santo.
—No es mi corte de ese estilo —respondió el menor—, sino que mi padre, por la misericordia del cielo, es sastre y me enseñó a cortar diversas prendas de las que se utilizan para cubrir las piernas, tan bien que podría ejercer el oficio, pero la mala suerte no me lo permite.
—Todo eso y más le sucede a cualquiera —respondió el grande—, y siempre he oído decir que las buenas habilidades son las más desperdiciadas, pero aún tiene vuesa merced edad para cambiar su suerte. Aunque, si yo no me engaño y el ojo no me miente, otras habilidades tiene vuesa merced ocultas, y no las quiere manifestar.
—Sí las tengo —respondió el pequeño—, pero no son para decirlas en público, como vuesa merced muy bien ha insinuado.
A lo cual replicó el grande:
—Pues yo le aseguro que soy uno de los más discretos mozos que pueden encontrarse en ninguna parte; y, para obligar a vuesa merced a que descubra su corazón y se sincere conmigo, le quiero obligar descubriéndole el mío primero; porque imagino que por algo nos ha juntado aquí la suerte, y pienso que seremos, desde este hasta el último día de nuestra vida, verdaderos amigos. Yo, señor hidalgo, soy natural de la Fuenfrida, lugar conocido por los ilustres pasajeros que por él pasan continuamente; mi nombre es Pedro del Rincón; mi padre es persona distinguida, porque es ministro de la Santa Cruzada, quiero decir que es buldero. Algunos días le acompañé en el oficio y lo aprendí de manera que no me aventajaría en echar las bulas ni el que más presumiese de ello. Pero, habiéndome un día aficionado más al dinero de las bulas que a las bulas mismas, me abracé a una bolsa y di conmigo y con ella en Madrid, donde con las oportunidades que allí habitualmente se ofrecen, en pocos días le saqué las entrañas a la bolsa y la dejé completamente vacía. Vino tras de mí el que tenía a cargo el dinero, me apresaron, tuve poca ayuda ante la justicia, aunque viendo aquellos señores mi poca edad, se contentaron con azotarme la espalda y con que saliese desterrado por cuatro años de la corte; tuve paciencia, me encogí de hombros, sufrí la tanda de azotes y salí a cumplir mi destierro con tanta prisa que no tuve ocasión de buscar cabalgadura.
Tomé de mis pertenencias las que pude y las que me parecieron más necesarias, y de ellas saqué estos naipes (y descubrió los que se han dicho, que en el cuello traía), con los cuales he ganado mi vida por los mesones y ventas que hay desde Madrid hasta aquí, jugando a la veintiuna; y aunque vuestra merced los ve tan sucios y maltratados, tienen una maravillosa virtud para quien los conoce, y es que no cortará vuesa merced la baraja una sola vez que no quede un as debajo. Y si vuesa merced conoce este juego, sabrá cuánta ventaja lleva el que sabe que tiene seguro un as en la primera carta, que le puede valer como un punto y como once, y con esta ventaja el dinero de la apuesta se queda en casa.
Además de esto, aprendí de un cocinero de cierto embajador ciertas trampas para otros juegos de manera que así como vuesa merced se puede examinar de sastre, así puedo yo ser maestro en el arte de los naipes. Con esto voy seguro de no morir de hambre, porque, donde quiera que llego, siempre hay quien quiere pasar el tiempo jugando un rato. Y esto lo vamos a comprobar ahora los dos: preparemos la red y veamos si cae algún pájaro de estos arrieros que hay aquí; quiero decir que fingiremos que jugamos los dos a la veintiuna y que si alguno quisiese ser tercero en el juego, será el primero que se deje los cuartos.—Sea en buena hora —dijo el otro— y considero un gran honor el que vuesa merced me ha hecho al relatarme su vida, con lo que me ha obligado a que yo no le oculte la mía, que, contándola más brevemente, es esta: yo nací en una villa entre Salamanca y Medina del Campo; mi padre es sastre; me enseñó su oficio y del corte de tijera, con mi buen ingenio, salté a cortar bolsas y bolsillos ajenos; me disgustó la miserable vida de la aldea y el trato poco afectuoso de mi madrastra. Dejé mi pueblo, vine a Toledo a ejercitar mi oficio y en él he hecho maravillas, porque no hay joya colgante ni bolsillo tan escondido que mis dedos no encuentren, ni mis tijeras no corten, aunque lo estén vigilando con cien ojos.
Y en cuatro meses que estuve en aquella ciudad, nunca fui cogido con las manos en la masa, ni sorprendido, ni avergonzado por los guardias ni delatado por ningún soplón. Bien es verdad, que hará ocho días que un confidente dio noticia de mi habilidad al Corregidor, el cual, atraído por mis cualidades, hubiese querido verme; pero yo, que por ser humilde no quiero tratar con personas tan importantes, procuré no verme con él, y así, salí de la ciudad con tanta prisa, que no tuve ocasión de conseguirme ni cabalgadura, ni dinero, ni coche de alquiler o, por lo menos, un carro.
—Olvidémonos de eso —dijo Rincón—; y puesto que ya nos conocemos, no son necesarias esas grandezas: confesemos llanamente que no teníamos blanca y ni siquiera zapatos.
—Sea así —respondió Diego Cortado, que así dijo el menor que se llamaba—; y, pues nuestra amistad, como vuesa merced, señor Rincón, ha dicho, ha de ser perpetua, comencémosla con las debidas ceremonias.
Y levantándose Diego Cortado, abrazó a Rincón y Rincón a él tierna y estrechamente, y luego se pusieron los dos a jugar a la veintiuna con los ya referidos naipes limpios de polvo y de paja, pero no de grasa y malicia, y en poco tiempo cortaba tan bien Cortado por donde estaba el as como Rincón, su maestro.
En esto salió un arriero a refrescarse al portal y pidió ser tercero en el juego. De buena gana lo acogieron y en menos de media hora le ganaron doce reales y veintidós maravedís que fue como darle doce lanzadas y veintidós mil disgustos, y creyendo el arriero que por ser muchachos no se lo impedirían, quiso quitarles el dinero, pero, echando mano uno a su media espada, y el otro a su cuchillo, le dieron tanto que hacer que, de no salir sus compañeros, sin duda lo habría pasado mal.
En ese momento pasaron casualmente por el camino unos viajeros a caballo que iban a descansar a la venta del Alcalde, que está media legua más adelante, los cuales viendo la pelea del arriero con los dos muchachos, los apaciguaron y les dijeron que si por casualidad iban a Sevilla que se fuesen con ellos.
—Allá vamos —dijo Rincón— y serviremos a vuesas mercedes en todo cuanto nos manden.
Y, sin detenerse un momento, saltaron delante de las mulas y se fueron con ellos, dejando al arriero ofendido y a la ventera admirada de la buena crianza de los pícaros, pues había estado oyendo su conversación sin que ellos lo advirtiesen; y cuando dijo al arriero que los naipes con que jugaban eran falsos, este se tiraba de los pelos y quería ir a la venta tras ellos a recuperar su dinero, porque decía que era una grandísima ofensa y humillación que dos muchachos hubiesen engañado a un hombretón tan grande como él. Sus compañeros le detuvieron y aconsejaron que no fuese, aunque no fuera más que por no hacer pública su simplicidad y torpeza. En fin, tales razones le dijeron que, aunque no le consolaron, le obligaron a quedarse.Mientras tanto, Cortado y Rincón se dieron tan buena maña en servir a los caminantes que la mayor parte del camino los llevaron montados en las mulas y aunque se les ofrecieron algunas ocasiones de hurtar en las maletas de sus medio amos, no las aprovecharon, por no perder la oportunidad tan buena de viajar a Sevilla, donde ellos tenían gran deseo de verse.
Sin embargo, a la entrada de la ciudad, que fue al anochecer y por la puerta de la Aduana, no se pudo contener Cortado; y así, con su cuchillo le hizo tan larga y profunda herida a una de las maletas que traía un francés del grupo que se le veían claramente las entrañas, y sutilmente le sacó dos camisas buenas, un reloj de sol y un cuaderno; cosas que, cuando las vieron los dos amigos no les dieron mucho gusto, pues pensaron que el francés que llevaba sobre una mula aquella pesada maleta debía de haberla llenado con objetos de más peso que aquellos y hubiesen querido volver a darle otro toque, pero no lo hicieron, imaginando que ya habrían echado de menos lo robado y habrían puesto en lugar seguro lo que quedaba.
Se habían despedido, antes de hacer el robo, de los que hasta allí los habían mantenido, y al día siguiente vendieron las camisas en el mercadillo que se hace fuera de la puerta del Arenal por veinte reales. Hecho esto, se fueron a ver la ciudad y se quedaron admirados de la grandeza y esplendor de su catedral y de la gran afluencia de gente en el río, pues había en él seis galeras, cuya vista les hizo suspirar y aun temer el día en que sus delitos les traerían a vivir en ellas de por vida; se dieron cuenta de los muchos muchachos de la esportilla que por allí andaban; se informaron por uno de ellos sobre aquel oficio, y si era de mucho trabajo y de cuánta ganancia.
Un muchacho asturiano, que fue al que le hicieron la pregunta, respondió que el oficio era descansado, que no se pagaba impuestos y que algunos días salía con cinco y seis reales de ganancia, con los que comía y bebía a cuerpo de rey, libre de buscar amo y seguro de comer a la hora que quisiese, pues a cualquiera lo podía hacer en el más humilde de los mesones de la ciudad.
No les pareció mal a los dos amigos la narración del asturianillo, ni les desagradó el oficio, por parecerles muy adecuado para poder usar el suyo, con disimulo y seguridad, por la oportunidad que ofrecía de entrar en todas las casas; y en seguida decidieron comprar los instrumentos necesarios para ejercerlo. Y preguntándole al asturiano qué tenían que comprar cada uno, les respondió que un saco pequeño, limpio o nuevo, y tres espuertas de esparto, dos grandes y una pequeña, en las cuales se repartía la carne, el pescado y la fruta, y en el saco, el pan; y él mismo les guio a donde lo vendían, y ellos, del dinero del hurto del francés, lo compraron todo, y en dos horas parecían expertos en el nuevo oficio, de lo bien que les sentaban las esportillas y les cuadraban los sacos. Les avisó su guía de los puestos adonde habían de acudir: por las mañanas a la Carnicería y a la plaza de San Salvador; los días de pescado, a la Pescadería y a la Costanilla, todas las tardes, al río; los jueves, a la Feria.

viernes, 11 de enero de 2008

Lecturas para el segundo trimestre 3º E.S.O.

"Novelas Ejemplares", de Miguel de Cervantes
Edición de Clásicos Hispánicos de la Editorial Vicens-Vives, a cargo del profesor Antonio Rey Hazas. En ella se incluyen las siguientes novelas:
- Rinconete y Cortadillo
- La fuerza de la sangre
- El celoso extremeño
- El casamiento engañoso
- El coloquio de los perros

"El perro del hortelano", de Lope de Vega.
Publicación de la editorial Cátedra a cargo de Mauro Armiño.
«El perro del hortelano» pertenece a la llamada
comedia de fábrica, la
versión aristocrática de la comedia de capa y espada. En esta comedia de Lope el honor se salva por la mentira, dando así ocasión a situaciones confusas y enredos divertidos.