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domingo, 25 de junio de 2017

El mapa de Peutinger: así era el mundo a finales del Imperio romano


Mapa de Peutinger

En esta sección se muestra la costa de Dalmacia, el sur de la península itálica y la costa de Túnez, el territorio que los romanos denominaban Africa
 En la Biblioteca Nacional de Viena se conserva uno de los documentos más extraordinarios de la historia de la cartografía: un mapa de casi siete metros de longitud que representa el mundo conocido a finales del Imperio romano, en el siglo IV d.C.
A principios del siglo XVI, uno de los mayores exponentes de la cartografía antigua llegaba por vía testamentaria a manos de Konrad Peutinger, humanista alemán que dio nombre a este mapa que hoy constituye una de las fuentes esenciales para el estudio de la geografía de la Antigüedad. Se trata de un rollo de pergamino de 33 centímetros de alto por aproximadamente 6,9 metros de largo y dividido en doce segmentos que facilitan su mejor preservación. El mapa que hoy conservamos es una copia medieval –datada en torno al siglo XIII– de un original romano que situaríamos, por diversas razones, en el siglo IV: la presencia de la ciudad de Constantinopla, fundada en el año 330, nos indica que el mapa no puede ser anterior a esta fecha. Así, este documento es un elemento fundamental para el estudio de la cartografía antigua.


Konrad Peutinger (1464-1547)
Grabado del siglo XVIII, basado en otro del siglo XVI.
 Hay que tener en cuenta que la cartografía romana tuvo una finalidad eminentemente práctica, a diferencia de la griega, de mayor orientación científica. Para no perderse en sus vastos dominos, los romanos crearon lo que denominaron itinerarios, documentos en los que quedaban registradas las principales arterias o estaciones de un territorio. Existían dos tipos de itinerarios: los ITINERARIA ADNOTATA, listas viales que enumeraban las principales estaciones y las distancias entre ellas especificadas en millas (el más conocido es el Itinerario de Antonino, datado en el siglo III, aunque también pueden citarse los Vasos de Vicarello o el Anónimo de Ravena, entre otros), y los ITINERARIA PICTA, que eran esencialmente representaciones gráficas con especial relevancia de la red viaria, grupo al que pertenece la Tabula de Peutinger.
De Hispania a la India
El mapa de Peutinger inicia su recorrido en los Pirineos y lo termina en la península de la India y la isla de Taprobane (en Sri Lanka). Abarca, de este modo, la ecúmene, la tierra habitada conocida, con la excepción del extremo oeste que correspondería a la representación de la península Ibérica, un fragmento perdido que fue reconstruido por el estudioso Konrad Miller en 1898. El mapa contiene, a lo largo de su recorrido, numerosos detalles dignos de mención, tanto por su significado histórico como por su grado de acabado.
Un inmenso mapa de carreteras del Imperio y de todo el orbe conocido
 El mapa de Peutinger señala las vías de comunicación que unían Roma con el resto del mundo, desde la península ibérica hasta Mesopotamia y las tierras de India. Las líneas rojas en el mapa señalan los caminos que comunicaban los principales enclaves.
A grandes rasgos, en la Tabula aparecen indicados ríos y mares, accidentes geográficos y, por supuesto, ciudades, todos ellos con acabados cromáticos distintos. Se señalan también centros religiosos y mansios, lugares destinados a lo largo del camino al descanso y al cambio de caballería, información que resultaba imprescindible para todo aquel que emprendiera un largo viaje. Es interesante la representación de puertos comerciales en el Mediterráneo, como es el caso de Ostia, principal vía de entrada a Roma por mar, así como de centros termales. Este volumen de información indicaría que el mapa no fue en absoluto compuesto con fines militares, si bien su uso no habría quedado en modo alguno excluido de este ámbito.
Cabe también destacar las notas que sirven para explicar la relevancia de algunos puntos. Así, en la zona del Sinaí se lee: “El desierto por el que durante cuarenta años erraron los hijos de Israel guiados por Moisés”. Encontramos otra nota en el extremo oriental para explicar el límite al que llegó Alejandro con su ejército: “Aquí recibió Alejandro la respuesta: ¿Hasta dónde, Alejandro?”. La ciudad de Roma –que, si tenemos en cuenta los fragmentos desaparecidos del mapa, debió de ocupar en su día su centro neurálgico– aparece representada como una figura sentada en un trono, portando el globo terrestre, una lanza y un escudo, como el caput mundi, “la capital del mundo” a la que conducen todos los caminos. También se da especial relevancia a dos grandes urbes de Oriente, Constantinopla y Antioquía, si bien aparecen representadas en un tamaño inferior al de Roma. Por otro lado, cabe destacar la presencia en el mapa de Pompeya, Herculano y Oplontis, ciudades todas ellas arrasadas por la erupción del Vesubio del año 79, lo que podría indicarnos que, si bien la Tabula data del siglo IV, se habría basado en mapas anteriores.
El río Nilo
Al este del delta del Nilo, dibujado con gran detalle, aparece el desierto por el que erró Moisés durante 40 años
 El mundo es un camino
Por último, y por encima de todo, están los caminos. La Tabula de Peutinger es esencialmente un mapa viario. Las vías de comunicación, marcadas en color rojo, llegan a representar alrededor de 70.000 millas romanas, mucho más de lo que recoge el Itinerario de Antonino. Sin embargo, no se pueden establecer distancias viarias reales ni calcular un espacio geográfico. Éste es el aspecto más controvertido del mapa y, a la vez, el más interesante.
Constantinopla
La capital oriental del Imperio está marcada por una mujer armada junto a una columna con la estatua de Constantino.
 La Tabula no presenta ningún tipo de proyección: la tierra viene representada siguiendo una línea horizontal, es decir, siguiendo la visión del viajero. De este modo, no se puede aplicar una escala constante, puesto que las dimensiones este-oeste quedan ensanchadas y las norte-sur reducidas y estrechadas, quedando los puntos cardinales a su vez modificados; por este motivo el Nilo aparece fluyendo de oeste a este y no de sur a norte.
Antioquía
Esta ciudad de la antigua Siria está simbolizada por la Tyche o Fortuna, junto al templo de Apolo y el bosque de Dafne.
 Todas estas características pueden explicarse mediante el concepto hodológico del espacio (del griego hodós, “camino”) que existía en la Antigüedad. Sería un error analizar un documento como éste desde el punto de vista de nuestra cultura y de nuestra civilización: nuestras ideas sobre la latitud y la longitud deben quedar desterradas desde un principio. La mayor particularidad de este mapa es su más que evidente oposición a la realidad geográfica. El espacio geográfico pasa a ser lineal, unidimensional, está representado por el camino mismo. La red viaria era para los romanos la guía fundamental en el periplo, el mejor modo de determinar su ubicación.
Antioquía
Esta ciudad de la antigua Siria está simbolizada por la Tyche o Fortuna, junto al templo de Apolo y el bosque de Dafne.
 artículo de AMANDA CASTELLÓ
15 de junio de 2017 – 

domingo, 11 de octubre de 2015

Las manías de los grandes escritores

Mason Currey recopila en «Rituales cotidianos» las rarezas de más de 160 artistas, entre los que destacan autores como Scott Fitzgerald, Truman Capote, Philip Roth o Alice Munro

1). Scott Fitzgerald (1896-1940)

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F. Scott Fitzgerald siempre tuvo problemas para llevar un horario normal. Durante su estancia en París en 1925 se levantaba sobre las once y solía ponerse a escribir sobre las cinco de la tarde. Seguía hasta bien entrada la madrugada, aunque muchas noches las pasaba recorriendo los cafés junto a Zelda. Su verdadera escritura tenía lugar en «breves raptos de actividad concentrada», hasta el punto de llegar a escribir 8.000 palabras del tirón. El problema es que el autor de «El Gran Gatsby» fue poco a poco convenciéndose de que el alcohol era esencial para su proceso creativo (su favorita era la ginebra sola, ya que era difícil de detectar en el aliento y su efecto era rápido).

2) Arthur Miller (1915-2005)

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«Ojalá tuviese yo una rutina para escribir», dijo Henry Miller en una entrevista en 1999. «Me levanto por la mañana, voy a mi estudio y escribo. ¡Y luego lo rompo todo! Esa es la rutina, en realidad. Entonces, ocasionalmente, algo queda. Y eso es lo que continúo. La única imagen que me viene a la mente es la de un hombre que camina con una vara de hierro en la mano durante una tormenta de rayos».

3) Haruki Murakami (Kioto, 1949)

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Haruki Murakami se despierta a las cuatro de la mañana y trabaja de cinco a seis horas seguidas cuando está escribiendo un libro. Entrada la tarde, el escritor japonés nada, corre, lee, escucha música y se acuesta a las nueve. Murakami ha reconocido que mantener este ritual durante el tiempo necesario para terminar una novela requiere de algo más que disciplina mental. El único problema, como el propio autor reconoció en un ensayo en 2008, es que casi debe renunciar a la vida social: «La gente se ofende cuando uno rechaza repetidamente sus invitaciones».

4) Henry James (1843-1916)

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Henry James siempre mantuvo hábitos de trabajo regulares. Escribía todos los días. Comenzaba por la mañana, temprano, y lo dejaba cerca de la hora de comer. En sus últimos años, un dolor de muñeca hizo que abandonara su pluma y tuviera que dictar sus textos a un secretario que llegaba cada día a las nueve y media de la mañana. Por las tardes, leía, tomaba el té, salía a pasear, cenaba y pasaba la noche tomando apuntes para el trabajo del día siguiente. Tan pronto terminaba un libro comenzaba otro nuevo.

5) James Joyce (1882-1941)

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James Joyce solía levantarse entrada la mañana y escribía por la tarde, ya que según él era cuando «la mente está en su mejor momento». Las noches las pasaba en cafés o restaurantes y con frecuencia amanecía cantando viejas canciones irlandesas en el bar (se enorgullecía de su voz de tenor). En 1914, cuando ya había empezado el «Ulises», trabajaba en el libro todos los días, aunque seguía escribiendo por las tardes y dedicando las noches a confraternizar con sus amigos. En octubre de 1921 terminó por fin la novela, después de siete años de trabajo: «Calculo que debo haber pasado casi 20.000 horas escribiendo “Ulises”».

6) Martin Amis (Swansea, 1949)

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Martin Amis escribe de lunes a viernes en una oficina que está a poco más de un kilómetro de su domicilio londinense. Cumple con un horario de oficina, pero solo dedica una parte de ese tiempo a escribir. «Todo el mundo supone que soy una persona sistemática y uncida al yugo. Creo que la mayoría de los escritores se sentirían muy felices con dos horas de trabajo concentrado».

7) Truman Capote (1924-1984)

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Truman Capote escribía cuatro horas al día. Revisaba su obra por las noches o a la mañana siguiente y hacía dos versiones manuscritas a lápiz antes de mecanografiar una copia definitiva. Era muy supersticioso. Escribir en la cama era la menor de sus supersticiones. En el mismo cenicero no podía haber tres colillas al mismo tiempo y, si estaba en casa de alguien, metía los restos de cigarrillo en sus bolsillos para no llenar el cenicero. Los viernes no podía empezar ni terminar nada y sumaba números en su cabeza de forma compulsiva.

8) Philip Roth (Newark, 1933)

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«Escribir no es un trabajo duro, es una pesadilla», dijo Philip Roth en 1987. En 1972 se trasladó a una casa del siglo XVIII en una parcela rural en Connecticut. Usa como estudio una antigua cabaña de huéspedes, donde va a trabajar después de desayunar y hacer algo de ejercicio. «Escribo desde alrededor de las diez hasta las seis todos los días, con una salida de una hora para el almuerzo y el periódico. Por las noches suelo leer. Eso es básicamente todo».

9) Alice Munro (Wingham, 1931)

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En la década de los 50, Alice Munro era madre y ama de casa, por lo que solo podía escribir cuando sus tareas domésticas se lo permitían. Solía encerrarse por la tarde en su habitación para escribir, aprovechando que su hija pequeña dormía la siesta y la mayor estaba en el colegio. A principios de 1960, la premio Nobel de Literatura alquiló una oficina encima de una farmacia para escribir, pero la dejó después de cuatro meses por culpa del casero (era muy pesado y la interrumpía permanentemente).

10) Jonathan Franzen (Chicago, 1959)

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En 2001, mientras trabajaba en «Las correcciones»Jonathan Franzen se encerraba en su estudio de Harlem con las luces apagadas y las persianas bajadas, sentado frente al ordenador, con orejeras y tapones en los oídos y los ojos vendados. Tardó cuatro años en terminar la novela y descartó miles de páginas. «Me pasaba el día puliéndolo, hasta que ya a las cuatro de la tarde no tenía más remedio que admitir que era malo. Entre las cinco y las seis, me emborrachaba con vasitos de vodka. Luego cenaba, a altas horas de la noche, consumido por una enfermiza sensación de fracaso. Me odiaba a mí mismo todo el tiempo».

Tomado de: http://www.abc.es/cultura/libros