domingo, 15 de enero de 2017

Gabriel García Márquez: Algo muy grave va a suceder en este pueblo


Imagínese usted un pueblo muy pequeño donde hay una señora vieja que tiene dos hijos, uno de 17 y una hija de 14. Está sirviéndoles el desayuno y tiene una expresión de preocupación. Los hijos le preguntan qué le pasa y ella les responde:
-No sé, pero he amanecido con el presentimiento de que algo muy grave va a sucederle a este pueblo.
Ellos se ríen de la madre. Dicen que esos son presentimientos de vieja, cosas que pasan. El hijo se va a jugar al billar, y en el momento en que va a tirar una carambola sencillísima, el otro jugador le dice:
-Te apuesto un peso a que no la haces.
Todos se ríen. Él se ríe. Tira la carambola y no la hace. Paga su peso y todos le preguntan qué pasó, si era una carambola sencilla. Contesta:
-Es cierto, pero me ha quedado la preocupación de una cosa que me dijo mi madre esta mañana sobre algo grave que va a suceder a este pueblo.
Todos se ríen de él, y el que se ha ganado su peso regresa a su casa, donde está con su mamá o una nieta o en fin, cualquier pariente. Feliz con su peso, dice:
-Le gané este peso a Dámaso en la forma más sencilla porque es un tonto.
-¿Y por qué es un tonto?
-Hombre, porque no pudo hacer una carambola sencillísima estorbado con la idea de que su mamá amaneció hoy con la idea de que algo muy grave va a suceder en este pueblo.
Entonces le dice su madre:
-No te burles de los presentimientos de los viejos porque a veces salen.
La pariente lo oye y va a comprar carne. Ella le dice al carnicero:
-Véndame una libra de carne -y en el momento que se la están cortando, agrega-: Mejor véndame dos, porque andan diciendo que algo grave va a pasar y lo mejor es estar preparado.
El carnicero despacha su carne y cuando llega otra señora a comprar una libra de carne, le dice:
-Lleve dos porque hasta aquí llega la gente diciendo que algo muy grave va a pasar, y se están preparando y comprando cosas.
Entonces la vieja responde:
-Tengo varios hijos, mire, mejor deme cuatro libras.
Se lleva las cuatro libras; y para no hacer largo el cuento, diré que el carnicero en media hora agota la carne, mata otra vaca, se vende toda y se va esparciendo el rumor. Llega el momento en que todo el mundo, en el pueblo, está esperando que pase algo. Se paralizan las actividades y de pronto, a las dos de la tarde, hace calor como siempre. Alguien dice:
-¿Se ha dado cuenta del calor que está haciendo?
-¡Pero si en este pueblo siempre ha hecho calor!
(Tanto calor que es pueblo donde los músicos tenían instrumentos remendados con brea y tocaban siempre a la sombra porque si tocaban al sol se les caían a pedazos.)
-Sin embargo -dice uno-, a esta hora nunca ha hecho tanto calor.
-Pero a las dos de la tarde es cuando hay más calor.
-Sí, pero no tanto calor como ahora.
Al pueblo desierto, a la plaza desierta, baja de pronto un pajarito y se corre la voz:
-Hay un pajarito en la plaza.
Y viene todo el mundo, espantado, a ver el pajarito.
-Pero señores, siempre ha habido pajaritos que bajan.
-Sí, pero nunca a esta hora.
Llega un momento de tal tensión para los habitantes del pueblo, que todos están desesperados por irse y no tienen el valor de hacerlo.
-Yo sí soy muy macho -grita uno-. Yo me voy.
Agarra sus muebles, sus hijos, sus animales, los mete en una carreta y atraviesa la calle central donde está el pobre pueblo viéndolo. Hasta el momento en que dicen:
-Si éste se atreve, pues nosotros también nos vamos.
Y empiezan a desmantelar literalmente el pueblo. Se llevan las cosas, los animales, todo.
Y uno de los últimos que abandona el pueblo, dice:
-Que no venga la desgracia a caer sobre lo que queda de nuestra casa -y entonces la incendia y otros incendian también sus casas.
Huyen en un tremendo y verdadero pánico, como en un éxodo de guerra, y en medio de ellos va la señora que tuvo el presagio, clamando:
-Yo dije que algo muy grave iba a pasar, y me dijeron que estaba loca.


Ejercicios acerca de la lectura de este cuento

jueves, 12 de enero de 2017

Margaret Atwood: Penélope y las doce criadas (Cap. 23/29)




23
Odiseo y Telémaco se cargan a las criadas

Dormí durante toda la carnicería. ¿Cómo es posible?
Sospecho que Euriclea me puso algo en la bebida tonificante que me ofreció, para mantenerme al margen de la acción e impedir que interviniera. Aunque de todos modos no habría podido participar: Odiseo se aseguró de que las mujeres permaneciéramos encerradas en nuestras dependencias.
Euriclea me describió el episodio, y también a cualquiera que quisiera escucharla. Primero, dijo, Odiseo -que todavía iba disfrazado de mendigo observó cómo Telémaco colocaba en fila las doce hachas, y luego cómo los pretendientes intentaban sin éxito tensar su legendario arco. A continuación él cogió el arco y, tras tensarlo y disparar una flecha que atravesó el ojo de las doce hachas -ganando por segunda vez el derecho a casarse conmigo-, le disparó a Antínoo en el cuello, se desprendió del disfraz e hizo picadillo a todos los pretendientes, primero con flechas y luego con lanzas y espadas. Lo ayudaron Telémaco y dos sirvientes leales; con todo, fue una hazaña considerable. Los pretendientes tenían unas cuantas lanzas y espadas que les había proporcionado Melancio, el cabrero traidor, pero a la hora de la verdad no les sirvieron de nada.
Euriclea me contó que ella se había refugiado con el resto de las mujeres cerca de la puerta, que estaba cerrada con llave, y que oyó los.gritos, los ruidos de los muebles al romperse y los gruñidos de los moribundos. Entonces me describió los terribles sucesos que se produjeron más tarde.
Odiseo la llamó y le ordenó que le indicara qué criadas habían sido «desleales». Mi esposo obligó a las muchachas a arrastrar hasta el patio los cadáveres de los pretendientes -entre ellos los de sus antiguos amantes-, a lavar los sesos y la sangre del suelo, y a limpiar las sillas y mesas que hubieran salido indemnes.
Entonces, prosiguió Euriclea, pidió a Telémaco que descuartizara a las criadas con la espada. Pero mi hijo, que quería hacerse valer ante su padre y demostrar que sabía lo que se hacía -ya sabéis, estaba en esa edad tan tonta-, las colgó a todas en fila con soga de barco.
Después de eso, añadió Euriclea sin poder disimular su satisfacción, Odiseo y Telémaco le cortaron las orejas, la nariz, las manos, los pies y los genitales a Melancio, el cabrero malvado, y se los arrojaron a los perros, sin prestar oídos a los gritos del agonizante desgraciado.
-Tenían que infligirle un castigo ejemplar -explicó Euriclea- para que no hubiera más deserciones.
-Pero ¿a qué criadas han colgado? -pregunté, empezando a llorar-. Oh, dioses, ¿a qué criadas han colgado?
-¡Señora, niña querida-dijo Euriclea, presintiendo mi contrariedad-, quería matarlas a todas! ¡Tuve que elegir a unas cuantas, porque de otro modo habrían muerto todas!
-¿A cuáles elegiste? -pregunté, intentando controlar mis emociones.
-Sólo a doce -balbuceó ella-. A las más impertinentes.
A las que habían sido groseras. Las que se burlaban de mí. Melanto, la de hermosas mejillas, y sus amigas, ese grupito. Es bien sabido que eran unas rameras.
-Las que habían sido violadas -dije-. Las más jóvenes. Las más hermosas. «Mis ojos y mis oídos entre los pretendientes»,
pensé, pero no lo dije. Las que me habían ayudado a deshacer el sudario por las noches. Mis gansos blancos como la nieve. Mis tordos, mis palomas. ¡Fue culpa mía! No le había revelado mi plan a Euriclea.
-Se les habían subido los humos -se defendió Euriclea-. No habría sido propio del rey Odiseo permitir que unas muchachas tan insolentes continuaran sirviendo en palacio. Él nunca habría confiado en ellas. Y ahora baja, querida niña. Tu esposo te está esperando.
¿Qué podía hacer? Lamentándome no conseguiría devolver la vida a mis queridas niñas. Me mordí la lengua. Es asombroso que todavía me quedara lengua, después de la frecuencia con que había tenido que mordérmela a lo largo de aquellos años.
A lo pasado, pisado, me dije. Rezaré oraciones y haré sacrificios por sus almas. Pero tendré que hacerlo en secreto, para que Odiseo no sospeche también de mí. 
Podría haber una explicación más siniestra. ¿Y si Euriclea estaba al corriente del acuerdo que yo tenía con las criadas?¿ Y si sabía que espiaban a los pretendientes obedeciendo mis órdenes,,y que yo les había ordenado que se comportaran con rebeldía? ¿ Y si las eligió a ellas y las hizo matar por el resentimiento de haber sido excluida y por su deseo de conservar su privilegiada relación con Odiseo?
No he podido hablar con Euriclea de este asunto aquí abajo. Ella se ha hecho cargo de una docena de recién nacidos difuntos, y está muy ocupada cuidándolos. Por suerte para ella, esos bebés nunca crecerán. Cada vez que me acerco e intento iniciar una conversación con ella, me contesta: «Ahora no, mi niña. ¡Lo siento, pero estoy muy ocupadal ¡Mira qué cosita tan bonital ¡Cuchi-cuchil ¡Agugul»
Así que nunca lo sabré.

miércoles, 11 de enero de 2017

Gabriela Mistral: Blanca Nieve en la casa de los siete enanos



De la barranca, la niña
miró a la loma cercana;
ya se apretaba la noche
como una negra cuajada.

En lo alto de una loma
está encendida una casa,
y pestañea en la sombra
como una madre que llama.

Blanca Nieve sube, sube,
y golpea atribulada.
Todo sigue en el silencio,
que la casa está encantada;
tan sólo laten adentro,
dulcemente, siete lámparas.

La niña empuja la puerta;
se le abre como dos alas.
La casa sigue tan muda
como si ha siglos callara.
Blanca Nieve va pasando
con temblor, de sala en sala.

Hay un comedor pequeño,
que en cien aromas se exhala.
En la mesa hay siete platos;
en los platos siete viandas;
junto a ellos, dobladitas,
siete servilletas blancas;
hay siete ramos de flores;
siete ampollas de sal cándida;
siete sillas chiquititas,
del porte de una castaña;
en las sillas siete paños
con siete cifras grabadas,
y la paz que hay en los sueños,
en la casa se derrama.

Y Blanca Nieve la mesa
mira, contenida y pálida.
Tiene un hambre tan tremenda,
que todo lo devorara;
pero sólo va pasando,
como un ladrón, empinada,
y despunta un bocadito
de cada sabrosa vianda…

Aunque tiembla del espanto,
va siguiendo a la otra sala.
Hay un dormitorio blanco
que cabe en una mirada,
y tiene siete camitas
tan suaves como la nata;
son del largo de un jazmín
las menuditas almohadas;
las colchas son siete hojas
de una col encenizada.
Con qué miedo Blanca Nieve
se va acercando y las palpa,
y sonríe cuando ve
que no se le desbaratan.
Elige una que está oculta
y se tiende fatigada,
como una gota de agua
que en otra gota descansa.

Duérmese profundamente,
y su respirar se apaga;
se le oye el corazón
como grillo en una caja.
Llegaron los siete enanos.
Riendo entran en la casa,
y se sientan a la mesa
y se cruzan sus miradas.

—¿Quién se ha sentado en mi silla?
—¿Y quién probó de mi vianda?
—¿Y quién pellizcó mi pan?
—¿Y quién mordió mi tostada?
—¿Quién cambió mi tenedor?
—¿Quién dio más luz a mi lámpara?
—¿Y quién probó de mi vino?
—¿Quién vació mi limonada?
Gritan todos, y el asombro
sus breves ojos agranda,
y van hacia el dormitorio,
llevando sus siete lámparas.
Y van entrando miedosos,
y va a estallar su algazara:

—¡Alguien se acostó en mi lecho!
¡Han movido las almohadas!
Y grita uno desde el fondo:
—¡Hay una niña en mi casa!

Corren con sus siete luces
los enanos a mirarla,
y le hacen una aureola
grande junto a la cara.
—¡Ay, qué hermosa! –dicen todos–,
y qué grande, es como un haya.
Y uno le toca las sienes,
otro le mide la espalda,
y Blanca Nieve, por fin,
despierta entre la algarada.
Los va mirando, mirando,
y su risa se desata.

Son pequeños como siete
almendritas claveteadas,
y para que ella los vea
se empinan como las llamas.
En el regazo le caben;
los siete a una vez abraza…
Entonces les va contando
de su tremenda madrastra
y del cazador que al hombro
le cargó como alimaña.

Y ellos, conmovidos, lloran
sin cansarse de mirarla.
Le dicen nombres de flores;
“olor de salvia mojada”,
“cuesta con almendros blancos”,
“vertiente de la montaña”.

Y ella pregunta sus nombres.
Dicen: —Yo me llamo Plata.
—Yo me llamo Estaño Azul.
—Y yo Barbazas, Barbazas.

Y le cogen las orejas.
Le dicen: ” almejas blancas”,
y miden sus dedos largos;
“caracolazos” los llaman.

Y por fin la van durmiendo
con canción enamorada.

“Duerme hasta que cante el gallo
de cresta más encarnada
y se cuelguen los murciélagos
y muja largo una vaca.
“Te espantan los siete enanos
los monstruos de la montaña;
el lagarto volador,
la catarina giganta;
el que se parece al musgo
y que sube hasta la almohada,
y la culebra más negra
que a la medianoche baja.

“Para que el cuerpo no encojas
juntamos las siete camas,
y los enanos te velan
en cerco de siete espadas.
“Los duendes de los metales
te cuidan mejor que tu alma.
Duerme hasta que el gallo cante
y muja largo una vaca”.

sábado, 7 de enero de 2017

Anónimo: Romance de la molinera y el corregidor



En un pueblo castellano,
Vivía un molinero honrado,
Que ganaba su sustento,
Con un molino alquilado,

Y era casado con una moza,
Como una rosa,
De guapa y bella.

Que el corregidor
Mismo se apreció de ella,
La regalaba, la visitaba,
Hasta que un día,
La declaró el intento
Que pretendía

Contesta la molinera,
Vuestros favores admito.
Lo que siento es mi marido,
Si nos coge en el garlito
Porque el maldito

Tiene una llave,
Con la cual cierra,
Con la cual abre,
Cuando es su gusto,
Y si viene y nos coge,
Nos dará un susto.

Contesta el corregidor,
Yo puedo hacer que no venga
Enviándole al molino,
Cosa que allí le entretenga,
Pues como digo será de trigo,
Porción bastante.
Que la muela esta noche,
Que es importante.

Bajo la idea que traigo oculta,
Bajo la multa de doce duros,
Y con esto podemos
Estar seguros

Al otro día sin más porfía,
Por cierto, vino a este molino,
Un pasajero,
Que el oficio tenia de molinero.

Le dice: “Amigo si usted
Es celoso, yo soy altivo,
Váyase usted a su casa,
Yo muelo el trigo.”
Se ha marchado para su casa,
Que parecía un cohete,
Y a las doce de la noche,
Abre la puerta y se mete,

Y en una silla ve la ropilla,
Del corregidor sin faltar nada,
Botas, capa, sombrero
Bastón y espada.

Se la pone el molinero,
Con contento y alegría
Toma la vía para la casa,
De su rival llega a la puerta,
Le abre un criado que estaba alerta,
Y se va en busca de la
corregidora,
Que es una bella dama,
Muy seductora.

Y al verse el molinero,
en aquella linda cama
toda la noche anduvo,
Como pájaro en la jaula.
Subía y bajaba,
Bajaba y subía.
Y así estuvo toda la noche,
Hasta el ser de día.
Despierta el corregidor,
Y por la hora procura,
Echa mano a su reloj,
Extrañó la vestidura.
La molinera con aire tímido,
Dice, esta es la ropa de mi marido
Y el corregidor temblando,
En vestirse nada tarda.
Con capa parda,
Chupa y calzones,

Con mil jirones,
Lleno de remiendos,
Las polainas atadas,
Con unos vendos.
Y unos zapatos de piel de vaca
Con una estaca, y una montera,
Y siguiendo iba la molinera.

Al fin llegan a la puerta,
Y nadie les respondía,
Hasta que llamó el criado,
De dentro que se ofrecía.

Abre, criado, abre malvado
¿No me conoces, que soy tu amo?
Y “¿Por qué no me abres,
Cuando yo llamo?

Anda tu abuela,
Anda no muelas,
Con esta trama.
Que hace rato que mi amo, 
Duerme en la cama..

Despierta la corregidora,
Y ve que no es su marido,
Se echa bajo de la cama,
Con los ojitos dormidos,

“Anda malvado,
Por dónde has entrado
Que has profanado,
Mi gran decoro.
Anda que ahí abajo,
Se sabrá todo

En fin tiran para abajo,
Cuando juntos ya se vieron.
Sin que nadie lo notara,
En un cuarto se metieron,
Y como sabios,
Allí dispusieron,
Un gran desquite.
Celebrando el suceso,
Con un convite.

Y Esto señores,
Sirva de Norte,
Porque en la Corte,
Por el dinero.
Hay más corregidores,
Que molineros.