miércoles, 14 de octubre de 2020

Miguel Delibes: La bruja Leopoldina

 Hace un par de años se presentó en la Biblioteca Nacional un librito con el contenido de una libreta que se salvó por extraños motivos de la quema a la que solía someter Delibes a los textos que no le gustaban especialmente. Fue escrito a los 18 años, en 1939, y ha sido publicado por la editorial Destino, la encargada de hacernos llegar toda su obra desde que en 1948 ganase el codiciado Premio Nadal con La sombra del ciprés es alargada.

Fue presentado en Madrid en la Biblioteca Nacional por una de las hijas del escritor y responsable de su legado, Elisa Delibes. Se titula La bruja Leopoldina y otras historias reales. Elisa no duda en reconocer que tanto ella como sus hermanos, que veían en la publicación un homenaje, estaban seguros de que a su padre “le habría dado un ataque”. “Todo lo que no quería ver publicado lo tiró o lo quemó”, asegura. “Si esto aún existe es porque era una libreta tan inocente, de 1938, con cuatro o cinco hojas ya arrancadas, con quizá tan poca importancia que por eso ni la quemó, pero para mí estrecha aún más la entrañable relación con mi padre, a la que este libro rinde homenaje. Él hubiera detestado ver esto publicado, porque era muy exigente con todo lo que había hecho de joven».

viernes, 2 de octubre de 2020


El gatito

Eran dos hermanitos, niño y niña, llamados Vasia y Katia. Ellos tenían una gata. Al llegar la primavera, la gata desapareció. Los niños la buscaron por todas partes, pero no lograron encontrarla. Una buena mañana, los chicos estaban jugando cerca del granero y oyeron sobre sus cabezas unos maullidos muy finos. Vasia subió la escalera al techo del granero. Katia le preguntaba sin cesar desde abajo: "La has encontrado? ¿La has encontrado?" 
Vasia no le respondía. Pero, por fin, gritó: -¡La encontré! Es nuestra gata...Tiene gatitos. Son preciosos. ¡Sube enseguida! 
Katia fue a casa en una corrida, tomó un platillo de leche y llevó a la gata. 
Los gatitos eran cinco. Cuando crecieron un poco y salían ya debajo del ángulo del techo en que habían nacido, los chicos eligieron a uno de ellos, pardo con calzas blancas, y lo llevaron a casa. La madre repartió entre las vecinas los demás gatitos y consistió que los chicos se quedaran con el gatito pardo. Los niños le daban de comer, jugaban con él y, cuando se acostaban, lo subían a la cama. 
El viento arrastraba la paja que había en el camino, el gatito jugaba con ella, y los chicos lo contemplaban muy regocijados. Luego encontraron cerca del camino acederas, se pusieron a recogerlas y se olvidaron del gatito. 
De pronto oyeron que alguien gritaba muy fuerte: "¡Atrás, atrás!" y vieron que se acercaba al galope un cazador precedido por dos perros , que habían visto al gatito y querían atraparlo. Pero el tontuelo del gatito, en vez de escapar, se agazapó, arqueó el lomo y se puso a mirar a los perros. Katia se asustó de los canes y, dando un grito, se alejó corriendo. Pero Vasia se lanzó a correr hacia el gatito y llegó a donde se había agazapado al mismo tiempo que los perros. Estos querían atrapar al gatito, pero Vasia se echó sobre él y lo tapó con su cuerpo. Llegó al galope el cazador y espantó a los perros. Vasia llevó el gatito a casa y no volvió a sacarlo al campo.

La niña y las setas

Dos niñas iban a casa llevando setas. 
Tenían que cruzar la vía del tren. Creyeron que la máquina estaba lejos, escalaron el talud y empezaron a atravesar los raíles. 
Entonces se oyó el retumbo del tren. La mayor de las niñas volvió atrás corriendo, y la pequeña atravesó la vía. 
La mayor se puso a gritar a su hermana: 
–¡Quédate donde estás! 
Pero el tren llegaba tan cerca y armaba tanto ruido que la pequeña no entendió: creía que le mandaban volver. Se metió entre los raíles, dio un tropezón, las setas se le cayeron y se puso a recogerlas. 
El tren se echaba encima, y el maquinista hizo sonar el silbato con todas sus fuerzas. 
La niña mayor gritaba: 
–¡Deja las setas! –pero la pequeña entendió que le mandaban recoger las setas, y se arrastraba por la vía. 
El maquinista no pudo frenar. La máquina se acercó, silbando con toda su fuerza, y atropelló a la niña. 
Su hermana chillaba y lloraba. Los pasajeros se asomaron a las ventanillas de los vagones, y el revisor fue corriendo al extremo del tren para ver qué había sido de la niña. 
Cuando el tren pasó, todos la vieron, echada entre los raíles, boca abajo e inmóvil. 
Después, cuando el tren estaba ya lejos, la niña alzó la cabeza; se puso, dando un brinco, de rodillas, recogió las setas y corrió hacia su hermana.

El hueso de la ciruela

Una madre compró ciruelas para darlas de postre a sus hijos. Las frutas estaban en un plato. Vania nunca las había comido y no hacía más que olerlas. Le gustaron mucho su color y su aroma y sintió deseos de probarlas. Todo el tiempo andaba rondando las ciruelas. Y cuando quedó solo en la habitación, no pudo contenerse, tomó una y la comió. Antes del almuerzo la madre contó las ciruelas y vio que faltaba una. Se lo dijo al padre. Durante el almuerzo, el padre preguntó: 
-Díganme, hijitos, ¿no han comido ninguno de ustedes una ciruela? 
-No -contestaron todos. 
Vania se puso rojo como la grana y dijo también: 
-Yo tampoco lo he hecho. 
Entonces el padre dijo: 
-Uno de ustedes ha sido, y eso no está bien. Pero eso no es lo peor. Lo peor es que las ciruelas tienen huesos, y si alguien no sabe comerlas y se traga uno, se muere al día siguiente, eso es lo que temo. 
Vania se puso pálido y dijo: 
-El hueso lo arrojé por la ventana. 
Todos se echaron a reír, pero Vania estalló en sollozos.

El pajarito

Era el día del santo de Seriozha, y le hicieron muchos regalos: peonzas, caballitos, cromos,…Pero el mejor regalo se lo hizo a Seriozha su tío: una trampa para cazar pájaros. Era una trampa muy ingeniosa: consistía en una red sujeta a un marco de madera, en el que encajaba una tablilla. El marco con la red se levantaba, se echaba alpiste sobre la tablilla, y cuando un pajarito se posaba en ella, la red caía y lo atrapaba. Seriozha se alegró mucho y corrió a enseñar la trampa a su madre. Esta le dijo: 
- No me gusta ese juguete. ¿Qué falta pueden hacerte los pájaros? ¿Por qué has de martirizarlos? 
- Los meteré en una jaula. Ellos cantarán. Y yo les daré de comer. 
Tomó Seriozha un puñado de alpiste, lo esparció en la tablilla y puso la trampa en el jardín. El chico esperaba a que acudieran los pájaros. Pero los pájaros le tenían miedo y no volaban a la trampa. Seriozha se fue a comer y dejó la trampa en el jardín. Después de la comida se acercó, vio que la red había caído y que bajo ella se debatía un pajarito. Muy contento, Seriozha atrapó el pajarito y lo llevó a la casa. 
- ¡Mira, mamá, he cazado un pajarito! ¡Seguro que es un ruiseñor! ¡Cómo le late el corazón! 
La madre le dijo: 
- Es un pardillo. No lo martirices. Lo mejor que podrías hacer es soltarlo. 
- No, le daré de comer y de beber. 
Seriozha metió el pajarito en la jaula y dos días seguidos le echó alpiste, le puso agua y le limpió la jaula. Pero al tercer día se olvidó de cambiarle el agua. La madre le dijo: 
- ¿Ves? Te has olvidado de tu pajarito. Suéltalo. 
- No. No me olvidaré más; ahora le cambiaré el agua y le limpiaré la jaula. 
Seriozha metió la mano en la jaula para limpiarla, pero el pajarito se asustó y se golpeó contra los alambres. Seriozha limpió la jaula y fue por agua. La madre vio que se había olvidado de cerrar la jaula y le gritó: 
- ¡Seriozha, cierra la jaula que el pajarito puede escaparse y se matará! 
Antes de que hubiera acabado de decir esto, el pajarito encontró la puerta, se alegró, extendió sus alitas y cruzó volando la habitación hacia la ventana, pero no vio el cristal, se golpeó contra él y cayó sobre el poyo. 
Seriozha se acercó corriendo, tomó el pajarito y lo llevó a la jaula. El pajarito estaba vivo todavía, pero yacía sobre la pechuga, extendidas las alitas, y respiraba fatigosamente. Seriozha lo miró y rompió a llorar. 
- ¡Mamá! ¿Qué voy a hacer ahora? 
- Ahora ya no se puede hacer nada. 
Seriozha no se apartó en todo el día de la jaula y miraba todo el tiempo al pajarito, pero este seguía yaciendo sobre la pechuga y respiraba entrecortadamente. Cuando Seriozha se acostó, el pajarito vivía aún. Seriozha estuvo largo rato sin poder dormirse; cada vez que cerraba los ojos se imaginaba al pajarito tendido sobre la pechuga y respirando con dificultad. Por la mañana, cuando Seriozha se acercó a al jaula, vio que el pajarito yacía de espaldas, con las patitas agarrotadas, y estaba ya yerto. Desde entonces, Seriozha no ha vuelto a cazar pajaritos. 

El embustero

Un niño cuidaba de unas ovejas y, de pronto, como si hubiera visto un lobo, se pueso a gritar: "¡Socorro, un lobo!" Los hombres se acercaron y vieron que era mentira. Después que el chico hubo repetido su pesada broma unas tres veces, apareció de verdad un lobo. El chico se puso a gritar: "¡Socorro, socorro, un lobo!" Los hombres creyeron que quería engañarlos como siempre, y no le hicieron caso. El lobo vio que no tenía que temer nada y degolló a todas las ovejas del rebaño.

Dos camaradas

Iban por el bosque dos camaradas, cuando salió a su encuentro un oso. Uno echó a correr, trepó a un árbol y se ocultó entre las ramas. El otro se quedó en medio camino. Viendo que no tenía escapatoria, se echó al suelo y se fingió muerto. 
El oso le olió la cara, creyó que estaba muerto y se alejó. 
Cuando el oso se hubo marchado, el otro amigo bajó del árbol y preguntó entre risas: 
- ¿Qué te ha dicho ese oso al oído? 
- Me ha dicho que los que abandonan a sus camaradas en los instantes de peligro son muy malas personas.

El gorrión y las golondrinas

En cierta ocasión estaba yo en el patio mirando un nido que unas golondrinas habían hecho bajo el alero del tejado. Las dos golondrinas se alejaron volando, y el nido quedó vacío. 
Mientras las golondrinas estaban ausentes, un gorrión voló del tejado al nido, miró entorno, sacudió sus alitas y se metió en el nido; luego, asomó la cabeza y se puso a piar. 
Al poco regresaba una de las golondrinas. Quiso entrar en el nido, pero, cuando vio allí al intruso, dejó escapar un lastimero piido, agitó las alas y luego levantó el vuelo. 
El gorrión seguía en el nido, sin dejar de piar. 
De pronto llegó una bandada de golondrinas. Todas ellas se acercaban al nido, como si quisieran ver al gorrión y de nuevo se alejaban. 
El gorrión, sin dejarse intimidar, volvía la cabeza a un lado y a otro, y piaba. 
Las golondrinas se acercaban de nuevo al nido, hacían allí algo, y volvían a marcharse. 
Las golondrinas no se acercaban al nido en vano: cada una llevaba en el pico un pegotito de barro, y poco a poco iban cerrando el orificio del nido. 
Las golondrinas acudían y se marchaban, cada vez con un pegotito de barro cada una, y el agujero era cada vez más pequeñito. 
Al principio se veía el cuello del gorrión, luego no se distinguía más que la cabecita, luego el pico y, por fin, el gorrión dejó de verse; las golondrinas lo habían encerrado en el nido y luego se alejaron y se pusieron a revolotear alrededor de la casa.

Los cisnes

Una bandada de cisnes volaba de las tierras frías a los países cálidos. Volaba sobre el mar. Llevaba ya volando dos días con sus noches sobre el mar, sin descanso alguno. En el cielo lucía la luna llena, y los cisnes veían lejos, muy abajo, el lago azul. Todos los cisnes estaban cansados de batir sus alas, pero no se detenían y seguían volando. Delante volaban los cisnes viejos, los cisnes fuertes, y detrás volaban los más jóvenes y débiles. Un joven cisne volaba detrás de todos. Sus fuerzas se agotaban. Batió las alas y vio que no podía seguir volando. Entonces, extendió las alas y planeó abajo. Cada vez estaba más cerca del agua, y sus hermanos blanqueaban a cada instante más lejos, envueltos en la luz de la luna. El cisne se posó en el agua. Y plegó sus alas. El mar oscilaba bajo él y lo mecía. La bandada de cisnes era ya una rayita blanca en el claro cielo. Y en medio del silencio se oía apenas el batir de sus alas. Cuando la bandada se hubo perdido de vista, el cisne torció atrás el cuello y cerró los ojos.. No se movía, pero el mar, alzándose y bajando en anchas ondas, lo alzaba y bajaba con él. Poco antes del amanecer, una ligera brisa rizó el mar. Y el agua acariciaba el blanco pecho del cisne. El cisne abrió los ojos. En Oriente la aurora teñía de rosa el cielo, y la luna y las estrellas habían palidecido. El cisne aspiró profundamente, estiró el cuello, batió las alas, despegó del agua y echó a volar, rozando con sus plumas la superficie del mar. Iba ascendiendo más y más, y cuando el agua estaba ya lejos, debajo de él, voló adelante, en dirección de los países cálidos. Volaba solo sobre las enigmáticas aguas hacia donde habían volado sus hermanos.

El elefante

Un hindú tenía un elefante. El hindú daba mal de comer al elefante y lo hacía trabajar mucho. Un día el elefante se enojó y pisó a su amo. El hindú se murió. Entonces, la mujer del hindú rompió a llorar, llevó a sus hijos a donde estaba el elefante, los echó ante las patas del animal y dijo a este: "Elefante, tú que has matado al padre, mata también a los hijos". El elefante miró a los niños, asió con la trompa al mayor, lo levantó blandamente y lo sentó en su cuello. El elefante, desde aquel día, obedecía al chico y trabajaba para él.

El águila

Un águila hizo su nido junto a una carretera, lejos del mar, y allí nacieron sus aguiluchos. 
Un día en que un grupo de gente trabajaba cerca del árbol, el águila llegó al nido llevando en sus garras un gran pescado. La gente, al ver el pescado, se puso a dar gritos y arrojar piedras al águila. 
El águila dejó caer el pescado, y la gente lo levantó y se marchó. 
El águila se posó en el borde del nido, y los aguiluchos levantaban sus cabezas y pedían lastimeramente de comer. 
El águila estaba cansada y no podía volar otra vez al mar; se metió en el nido, cubrió a los aguiluchos con sus alas, los acariciaba, alisándoles las plumaritas, y parecía pedirles que esperaran un poco. Pero cuanto más los acariciaba, más fuerte se quejaban los aguiluchos. 
Entonces, el águila salió del nido y se posó en la rama más alta del árbol. 
Los aguiluchos redoblaron sus quejas. 
El águila dejó escapar un fuerte grito, extendió las alas y voló pesadamente en dirección al mar. 
Regresó muy avanzada la tarde; volaba despacio y bajo, y en sus garras llevaba otra vez un gran pescado. 
Cuando se acercaba al árbol, el águila miró en torno para ver si había gente cerca, y, al no descubrir a nadie, plegó rápidamente las alas y se posó en el borde del nido. 
Los aguiluchos levantaron la cabeza y abrieron la boca, y el águila despedazó el pescado y les dio de comer.

El tiburón

Nuestro barco había anclado ante la costa de África. El día estaba muy hermoso, y del mar soplaba una fresca brisa, pero al atardecer el tiempo cambió: la atmósfera se caldeó como un horno, se había levantado el tórrido viento del Sahara, y apenas dejaba respirar. 
Antes del ocaso, el capitán salió a cubierta y gritó. "¡A bañarse!" Los marineros saltaron al agua en un santiamén, bajaron una vela, la ataron e hicieron con ella algo así como una pileta. 
Iban con nosotros en el barco dos chicos. Ellos fueron los primeros en saltar al agua, pero se sentían estrechos en la vela y se les ocurrió medir sus fuerzas en el mar. 
Ágiles como lagartijas, braceaban con toda su fuerza hacia el barril que flotaba sobre el ancla. 
Uno de los chicos adelantó a su amigo, pero luego fue quedando a la zaga. 
El padre del chico, un viejo artillero, observaba con orgullo desde cubierta a su hijo. Cuando el chico comenzó a quedar rezagado, el padre le gritó: "¡No te entregues! ¡Aprieta!" 
De pronto alguien gritó en cubierta: "¡Un tiburón!", y todos vimos en el agua el lomo del monstruo marino. 
El tiburón nadaba derecho hacia los chicos. 
"¡Atrás! ¡Volved atrás! ¡Un tiburón!", gritó el artillero. Pero los chicos no le oyeron y seguían nadando, entre risas y gritos, más fuertes y alegres cada vez. 
Petrificado, blanco como una pared. el artillero miraba a los chicos. 
Los marineros botaron una lancha y, remando con tanta fuerza que doblaba los remos, volaron hacia donde estaban los chicos; pero les faltaba un buen trecho para alcanzarlos, mientras que el tiburón se encontraba ya a unos veinte pasos de ellos. 
Al principio, los chicos no oían lo que les gritaban y no veían el tiburón. Pero, luego, uno de ellos volvió la cabeza, todos oímos un agudo alarido, y los chicos nadaron en distintas direcciones. 
El alarido aquel pareció despertar al artillero. El hombre salió corriendo hacia los cañones. Hizo girar una de las piezas, se pegó a ella, tomó puntería y asió la mecha. 
Todos los que nos encontrábamos en el barco quedamos paralizados de miedo, esperando a ver qué ocurría. 
Tronó el disparo, y vimos que el artillero se desplomaba al lado del cañón, tapándose la cara con las manos. No vimos lo que había ocurrido al tiburón y a los niños, porque el humo nos cegó por unos instantes. 
Pero, cuando el humo se hubo disipado sobre el agua, se oyó por todos lados un leve rumor que fue cobrando fuerza hasta convertirse en un grito de júbilo. 
El viejo artillero se quitó las manos de la cara, se levantó y miró al mar. 
En las olas se mecía el amarillo vientre del tiburón, muerto ya. Al cabo de unos minutos la lancha llegó a donde estaban los chicos y los trajo al barco.

El salto

Un barco regresaba al puerto después de dar la vuelta al mundo; el tiempo era bueno y todos los tripulantes se hallaban en cubierta. Entre la gente, iba y venía una mona grande haciendo reír a todos. La mona bailoteaba, brincaba, hacía graciosas muecas, imitaba a la gente y, al parecer se daba cuenta de que los hombres se divertían y redoblaba por ello sus travesuras. 
Súbitamente se acercó de un salto al hijo del capitán del barco, niño de unos doce años, le quitó el sombrero, se lo encasquetó ella misma y trepó rápida por uno de los palos. Todos se echaron a reír; pero el chico se había quedado sin su sombrero y no sabía si imitar a los demás o si echarse a llorar. 
La mona se sentó en la primera verga, se quitó el sombrero y se puso a destrozarlo con manos y dientes. Al parecer, quería que el chico rabiase, pues le señalaba con el dedo y hacía muecas. 
El chico la amenazó con el puño y le dio unos gritos; pero la mona no hizo más que redoblar la furia con la que destrozaba el sombrero. 
Los marinos reían ya a mandíbula batiente. Pero el chico, todo arrebolado, se quitó la blusa y se dispuso a atrapar a la mona. En un santiamén trepó por un estay a la primera verga, pero la mona, más ágil y rápida que él, subió más arriba en el mismo instante en que el chico creía que iba a arebatarle el sombrero. 
-¡No te escaparás! -gritó el chico, y siguió trepando. 
La mona lo dejó acercarse y, luego, ascendió más alto, pero el chico, lanzado a la persecución, no quedaba a la zaga. En cosa de unos instantes la mona y el chico llegaron a lo alto del palo. Una vez allí la mona se estiró cuanto pudo y, asiéndose con una mano trasera al estay, colgó el sombrero de la punta de la última verga, se subió a la cima del mástil y, bailoteando, mostraba los dientes, muy contenta. Del palo a la punta de la verga en que colgaba el sombrero habría cosa de metro y medio. Por ello, para alcanzar el sombrero había que soltar el palo. 
Pero el chico ya no se daba cuenta de nada. Soltó el mástil y dio un paso por la verga. 
En cubierta todos miraban y se reían de lo que hacían la mona y el hijo del capitán, pero, cuando vieron que el chico soltaba la cuerda y avanzaba por la verga, manteniendo el equilibrio con los brazos extendidos, todos enmudecieron de espanto. 
Si el chico daba un paso en falso, se estrellaría contra la cubierta. Pero incluso si no daba un paso en falso, llegaba a la punta de la verga y lograba coger el sombrero, le sería muy difícil dar la vuelta y volver hasta el palo. 
Todos lo miraban esperando a ver qué sucedía. 
De pronto alguien horrorizado dejó escapar un ¡ay! 
Aquel grito hizo que el chico volviera en sí. Miró abajo y se tambaleó. 
En aquel mismo instante, su padre, el capitán del barco, salía de su camarote. Llevaba en las manos un rifle con el que se disponía a matar gaviotas. Al ver al hijo en lo alto del palo, le apuntó con el rifle y le gritó: 
-¡Al agua!...¡Salta enseguida al agua! ¡Si no, te mato!... 
El chico se tambaleó pero no había entendido al padre. 
-¡Salta o te pego un tiro!... ¡Una, dos!... 
Apenas el padre hubo gritado: 
-¡Tres!... -el chico saltó cabeza abajo. 
El cuerpo del chico cayó al mar como un proyectil de artillería, y apenas las aguas se hubieron cerrado sobre él, cuando veinte bravos marineros saltaban ya del barco a las olas. Unos cuarenta segundos después -a todos parecieron infinitamente largos- emergió el cuerpo del niño. los marineros lo asieron y lo llevaron al barco. A los pocos minutos, el agua fluía ya de la boca y la nariz del niño, que comenzó a respirar. 
Cuando el capitán vio esto, dejó escapar un grito, como si algo lo estrangulara, y corrió a su camarote, para que nadie lo viera llorar.
 
El león y el perrito

En un parque de Londres mostraban fieras salvajes, cobrando por ello dinero o tomando perros y gatos que servían de alimento a las fieras. 
Un hombre quiso ver las fieras, atrapó un perrito en la calle y lo llevó al parque. Le dejaron pasar, y el perrito se lo echaron al león para que se lo comiera. 
El perrito se encogió en un ángulo de la jaula, el rabo entre las piernas. El león se acercó y lo olfateó. 
El perrito se tendió de espaldas, levantó las patitas y agitó la cola. 
El león le dio la vuelta con una pata. 
El perrito se levantó y se alzó de manos ante el león. 
El león miró al perrito, volvió la cabeza a un lado y a otro y no tocó al chucho. 
Cuando el dueño de las fieras echó al león carne, este arrancó un pedazo y dejó el resto al perrito. 
Al anochecer, cuando el león se acostó, el perrito se tendió a su lado y descansó la cabeza en una pata del león. 
Desde entonces, el perrito vivía en la jaula con el león. Este no tocaba al chucho; comían y dormían juntos y, a veces, jugaban. 
En cierta ocasión un señor fue al parque y reconoció a su perrito; dijo al dueño del parque que el perrito era suyo y pidió que se lo devolvieran. El dueño quiso devolverlo, pero, cuando se pusieron a llamar al perrito para sacarlo de la jaula, el león, erizada la melena, rugió furioso. 
En fin, el león y el perrito vivieron todo un año en una misma jaula. 
Al cabo del año, el perrito enfermó y se murió. El león dejó de comer y no hacía más que oler al perrito, lamerlo y tocarlo con la pata. 
Cuando el león comprendió que el perrito estaba muerto, dio de pronto un salto y, erizado el pelo, se golpeó los costados con la cola, se arrojó contra la pared de la jaula y se puso a roer los cerrojos y el piso. 
El león estuvo todo el día agitándose en la jaula y rugiendo y, luego, se tendió al lado del perrito muerto, pero el león no dejó que se le acercara nadie. 
El dueño creyó que el león olvidaría su pena si se le daba otro perrito y metió en la jaula un chucho vivo, pero el león lo despedazó al instante. Luego abrazó entre sus patas al perrito muerto y no se movió en cinco días. 
Al sexto día, el león se murió.

Editorial progreso, Moscú

Pueden descargar el libro completo desde esta dirección: https://es.scribd.com/doc/61413406/LEON-TOLSTOI-CUENTOS-PARA-NINOS

jueves, 1 de octubre de 2020

León Felipe: Escuela


A mi querido amigo el Dr. Carlos Parés, sin el cual este libro no existiría.

Oí tocar a los grandes violinistas del mundo,
a los grandes "virtuosos".
Y me quedé maravillado.
¡Si yo tocase así!... ¡Como un "Virtuoso"!
Pero yo no tenía
escuela
ni disciplina
ni método...
Y sin esas tres virtudes
no se puede ser "Virtuoso".
Me entristecí.
Y me fui por el mundo a llorar mi desdicha.
Una vez oí... en un lugar... no sé cuál...
"Sólo el Virtuoso puede ver un día la cara de Dios".
Yo sé que la palabra "Virtuoso" tiene un significado equívoco,
[anfibológico,
pero, de una o de otra manera, pensé,
yo no seré nunca un "Virtuoso..."
y me fui por el mundo a llorar mi desdicha.
Anduve... anduve... anduve...
descalzo muchas veces,
bajo la lluvia y sin albergue...
solitario.
Y también en el carro itinerario
más humilde de la farándula española.
Así recorrí España.
Vi entonces muchos cementerios,
estuve en humildes velorios aldeanos
y aprendí cómo se llora en los distintos pueblos españoles.
Blasfemé.
Viví tres años en la cárcel...
no como prisionero político,
sino como delincuente vulgar...
Comí el rancho de castigo con ladrones y grandes asesinos...
viajé en la bodega de los barcos;
les oí cantar sus aventuras a los marineros
y su historia de hambre a los miserables emigrantes.
He dormido muchas noches, años, en el África Central,
allá, en el Golfo de Guinea, en la desembocadura del Muni,
acordando el latido de mi sangre
con el golpe seco, monótono y tenaz
del tambor prehistórico africano
de tribus indomables...
He visto a un negro desnudo
recibir cien azotes con correas de plomo
por haber robado un viejo sombrero de copa
en la factoría del Holandés.
Vi parir a una mujer
y vi parir a una gata...
y parió mejor la gata;
vi morir a un asno
y vi morir a un capitán...
y el asno murió mejor que el capitán.
Y ese niño, ¿por qué ha llorado toda la noche ese niño?
No es un niño, es un mono -me dijeron.
Y todos se rieron de mí.
Yo fui a comprobarlo
y era un mono pequeño, en efecto,
pero lloraba igual que un niño,
más desgarrada y dolorosamente que todos los niños
que yo había oído llorar en el mundo.
El Sargento me explicó:
-Anoche en el bosque matamos al padre y a la madre,
y nos trajimos al monito.
¡¡Cómo lloraba el monito!!
Estuve en una guerra sangrienta,
tal vez la más sangrienta de todas.
Viví en muchas ciudades bombardeadas,
caminé bajo bombas enemigas que me perseguían,
vi palacios derruidos, sepultando
entre sus escombros niños y mujeres inocentes.
Una noche conté cientos de cadáveres
buscando a un amigo muerto.
Viví en manicomios y hospitales.
Estuve en un leprosario
(junto al lago petrolífero y sofocante de Maracaibo)
me senté a la misma mesa con los leprosos.
Y un día, al despedirme,
les di la mano a todos,
sin guantelete, como el Cid...
no tenía otra cosa que darles.
He dormido sobre el estiércol de las cuadras,
en los bancos municipales,
he recostado mi cabeza en la soga de los mendigos,
y me ha dado limosna -Dios se lo pague-
una prostituta callejera.
Si recordase su nombre lo dejaría escrito aquí orgullosamente
en este mismo verso endecasílabo
¡Oh, qué alegría!, poder pagar una letra,
una deuda, una limosna de amor
a los cincuenta años de vencida.
Y esta llaga que llevo aquí escondida
-desde mozo, hace 60 años-,
que sangra, que supura, no se cierra
y no puedo enseñarla por pudor.
No es herida gloriosa de la guerra...
¡Pero hay llagas redentoras!
Una vez... alguien me llevó ciego
a un lugar de pesadilla...de bicéfalos monstruos.
¿Alguien?...¿ o fue el veneno antiguo y poderoso de mi sangre
que está ahí, agazapado como un tigre,
se levanta a veces, deforma el Amor
y me deja sin defensa
en un mundo subyugante, satánico y angélico a la vez,
donde se pierde al fin la voluntad,
y uno ya no puede decir quién quiere que venza,
si la luz o la sombra?
Sin embargo
aquella vez vencieron y me salvaron los ángeles...
Pero yo no fui un soldado valiente.
¡Oh, el amor, el amor...! ¡Qué formas toma a veces!
¿Por qué ha de ser así?
¿Por qué este veneno de la sangre está ahí siempre,
agazapado como un tigre, y no se va,
y a veces se levanta, y lucha... y, ¡ay!, puede más que los
[ángeles?
Volví a blasfemar.
Quiero contarlo todo.
Que venga el pregonero,
el cura,
el psiquiatra,
el albañil...
Quiero que sepa todo el mundo
cómo
y de qué
está construida mi casa.
Otra vez,
desesperado,
quise escaparme por la puerta maldita y condenada
y mi ángel de la guarda me tomó de los hombros
y me dijo severo: no es hora todavía...
hay que esperar.
Y esperé.
Y sufrí,
y lloré otra vez.
He visto llorar a mucha gente en el mundo
y he aprendido a llorar por mi cuenta.
El traje de lágrimas
lo he encontrado siempre cortado a mi medida.
Viví en Norte América seis años, buscando a Whitman,
y no lo encontré, Nadie lo conocía.
Hoy tampoco le conocen.
¡Pobre Walt! tu palabra "Democracy"
la ha pisoteado el Ku-klux-klan...
y "aquella guerra", ¡ay! "aquella guerra" la perdisteis los dos:
Lincon y tú.
Llegué a México montado en la cola de la Revolución.
Corría el año 23...,
y aquí planté mi choza,
aquí he vivido muchos años,
he llorado,
he gritado,
he protestado
y me he llenado de asombro.
He presenciado monstruosidades y milagros:
aquí estaba cuando mataron a Trotsky,
cuando asesinaron a Villa,
cuando fusilaron a 40 generales juntos...
y aquí he visto a un indito,
a todo México
arrodillado llorando ante una flor.
He acompañado a la muerte muchas veces:
la vi a la cabecera de mi madre,
de mi compañera,
de amigos innumerables...
He sufrido y sufro el destierro...
y soy hermano de todos los desterrados del mundo.
Tengo un amigo judío que estuvo en Auschwitz
y me ha enseñado las cicatrices del látigo alemán.
He estado en el infierno.
En un infierno que Dante y Virgilio no soñaron siquiera.
Salí del infierno...y he rezado mucho después.
Me sepultaron vivo
y me escapé de la tumba.
He vivido largos años
y he llegado a la vejez
con un saco inmenso,
lleno de recuerdos,
de aventuras,
de cicatrices,
de úlceras incurables, de dolores,
de lágrimas,
de cobardías y tragedias...
y ahora... de repente,
a los 80 años
me doy cuenta de que sé tocar muy bien el violín...
que soy un "Virtuoso",
que puedo tocar en los grandes conciertos del mundo.
(El hombre y el poeta
son un mismo y único instrumento.)
Me gusta haber dado con mi almendra
antes de morirme.
Me gusta haber llegado a la vejez
siendo un gran violinista...
un Virtuoso.
Pero...con esta definición
que oí cierta vez en un lugar...no sé cuál:
"Solo el virtuoso puede ver un día la cara de Dios".


(En: ¡Oh, este viejo y roto violín!
Edit. Finisterre, 1965)

domingo, 13 de septiembre de 2020

Miguel Sánchez Robles: La muchacha a la que le dolía la belleza


Hay dos  clases  de  muerte:   la muerte  de  los  que  se van  y  la muerte   de  los  que  se quedan.  Elena  María  Débora  nos  enseñó  eso muy  pronto,  demasiado   pronto,  y nos hizo viejos y culpables  a todos.

Elena   María   Débora   repetía   por  tercera   vez   bachillerato    logse.   Era  una muchacha  sincera,  desvalida  e imperdonablemente   guapa  a la que  se le amontonaban las  palabras   al  preguntar   en  clase.  La  bautizaron   así,  con  ese  nombre   múltiple   y rimbombante,  porque  sus padres  eran estetas y aburridamente  perfectos,  pero nosotros primero  la llamamos  Ojitos,  después  Culo Bonito  y finalmente  Absurdita.   Sus padres hacían yoga, tenían  impermeables   ocres y trabajos  importantes,   creían  en la redención por  el Arte,  viajaban   mucho  a Italia  y Nueva  York  y  criticaban   "Salsa  Rosa"  para darle  un  poco   más  de  sentido   a  sus  vidas.   Sin  embargo,   ella  era  triste,   turbia, complicada,  rara,  diferente,  un poco  mística  o demasiado  mística,  como  le decía  a su esposa,  para  que lo cacareara   después  en la carnicería  del barrio,  el psicólogo  al que la llevaban  los martes  por  la tarde.  Para  nosotros  era  la muchacha   de los  calcetines lilas  y de  los ojos  alucinados,   unos  preciosos  ojos verdes  que  eran  todos  los  ojos y miraban  el mundo  con mucha  compasión  o con mucho  dolor de la belleza.

Día siete mil doscientos  de mi vida:. La belleza  es verdad  sólo si duele

"Buenos  días,  tristeza,  regalo  envenenado   de  mi  vida.  Me  aburro  en  estas aulas que huelen siempre  a flor  que ya está muerta y anoto estas palabras   en mi Bloc de Escribir  Cosas  que  me  Dicen  que  Existo,  mientras  la profesora   de Lengua  nos mete  análisis   sintáctico   por   un  tubo  y  lo  dice  así  mismo:  por   un  tubo.  Querida tristeza:   Una  vez  deseé   sentarme   delante   de  Dios  para   preguntarle:     "¿Por  qué existimos   los  tristes?   ¿Qué  buscaste   o perseguiste    al  hacer   a  los  tristes  y  a  los trastornados  de verdad y al miserable  con diarrea  que se apuñala  un muslo?  Yo creo que Dios  tenía  objetivos  cuando  creó  a esa clase  de seres  o que  la Naturaleza   tenía objetivos  cuando  creó a esa clase de seres  o que La  Vida tenía objetivos  cuando  creo a  esa clase  de seres.  y creo que  uno de esos objetivos  es el de crear  belleza  entre lo igual, entre  lo efímero  y lo inútil. Belleza  de esa clase  de belleza  que puede  llegar a tener la lepra que se injerta  en la corola  de una amapola  o una rosa. A veces los raros no son ni eso:  raros.  Ni  los  trastornados,   trastornados.   Pero  la Humanidad   tiene  esa cosa grave  de  los  tristes,  ese  dolor  de  la belleza.  Si  los extraterrestres   existieran,  no tendrían  tristes.  Yo creo  que  el  Universo  no admite  la tristeza.  Ni  las  estrellas  ni las auroras  boreales  ni las galaxias  ni el polvo  cósmico  admiten  o tienen  la tristeza.  Yo creo que los tristes  somos  sólo de aquí, de este aquí que es un único aquí, el triste aquí, el bello aquí,  el pasajero   aquí. La tristeza  no saldrá  nunca  del planeta  la Tierra. No la podremos   exportar   ni  en  cohetes  de  la Nasa.  Por  eso  voy  a  misa  de  siete  algunas tardes, sola, tratando  de que Dios me explique  algo".

Elena María  Débora  era pálida  y vestía muy bien. Llevaba  siempre  pantalones  de franela,  calcetines  lila, chaquetas  de cheviot y jerséis  verdes y negros  muy ceñidos  sobre los cuales  se le notaban  exquisitamente   las clavículas.  Tenía un hermoso  cabello  oscuro que se recogía  en la nuca todas  las mañanas  durante  veinte  minutos  y se sentía  así: con la alegría  sin suerte  de un mendigo  borracho,  como una perra  estúpida  a la que se puede abandonar  en cualquier  sitio y con la alegría  sin suerte  de un mendigo  borracho,  ambas cosas revueltas  y a la vez. Eso dijo Megan,  su única y mejor  amiga,  a la que después  de su muerte  todos  le preguntamos   por  ella  en  los pasillos.  Dijo:  "Suspender,   no  ir a la universidad,   no  comprender    los  polinomios,    no  forjarse   un  futuro,   todo  eso  no  le importaba  a Ojitos,  lo que  sí le importaba  era sentirse  demasiadas   veces  así: como  un animal  triste  que no tiene  cabida,  como  un perro  callejero  en estado  de máxima  pureza al que nadie  entiende,  un mamífero  sucio  y perezoso  al que no  le gusta  lo que le tiene que gustar".

Día siete mil doscientos  nueve de mi vida.  "Señor,  ten piedad.   Cristo ten piedad" "Me  gusta  cuando  son  las  siete  de  la  tarde  y  ya  casi  es  de  muy  de  noche  y estamos  dentro  de la iglesia  unos pocos,  y  hace frío  en la calle y algunas  mujeres  con abrigo muy largo se arrodillan  y se persignan   muy bien. Me encanta  entrar y meter los dedos  ahí,  en la pila  del agua, y  hacer  esa cosa  como  de arrodillarnos   en el aire con una sola pierna   un poquito   mirando  hacia  la  Virgen que pisa  una serpiente  arriba  del altar.  Y luego  llega  el sacerdote   negro  vestido  con  ese paño  verde  que  le cubre  los hombros  y,  antes  de nada,  lo primero   que  hace,  es besar  el altar,  entonces  nos  mira sonriendo,  como alegrándose  de que unas pocas  personas  estemos  allí y dice:  "Misa de primer  viernes  de Cuaresma ". y, mientras,  yo  me doy cuenta  de que todo en la iglesia es suave y  limpio.  Me Jijo  en todo. Lo miro  todo. Las flores   de plástico   delicadamente puestas   en  los jarrones    de  color  plata.   Esas  velas  gordísimas   que  están  ardiendo siempre  para   nadie.  Los  dos  ángeles  preciosos    que  sostienen   en  los  quicios   unas lámparas  atadas  a un cordón  granate.  Las paredes  del fondo  con sus brillos  dorados y los relámpagos  pintados   en ella. El suelo de mármol.  Las palabras  del sacerdote  negro que  suenan   con   eco  como   una  cosa  que  flipa   y   me  entusiasma.   El  rojo   de  los reclinatorios  que tiene el resplandor  de la sangre  que hierve  en las películas   hardcore. En  un redondel   de  madera  que  está  colgado  en  la pared   de  la  derecha  un  romano golpea  con  un mazo  clavos  en los empeines  del Crucificado,   también  casi como  en las películas  hardcore.  Y me fijo en el que lee la carta a los gálatas y tiene cara de persona que se durmió  a los veinte  años y revivió  a los cincuenta  y tantos, y también  tiene cara de pensar  en secreto,  como piensan  Arón y mis compañeros   de clase de este curso,  que el mundo  actual  es un lugar siniestro  que afortunadamente   está llegando  a un punto  de colapso  o algo así.  Veo todas  esas cosas y me alegro  mucho  de estar allí metida.  Y me viene un sentimiento   de tranquilidad  y me doy cuenta  de que los hippies y los punkis  y los  emo  y   los   heavy   y   todos   los   demás,   buscamos    la  felicidad    en  los   lugares equivocados   o de que no sabemos  buscar  la felicidad   o de que la felicidad   no hay que buscarla.   y me  digo  a mí  misma,  en  voz  baja,  a manera  de propósito   de  enmienda, como  si estuviese  rezando  o sabiendo  responder   a las palabras   que  se  leen  en misa: "Vaya  vivir mejor.  Vaya  saber  estar bien en el mundo ". Entonces  me alegro  mucho de haber  venido  a misa,  de  no  haberme  quedado   en  casa  sentada   en  el sofá  viendo  un documental   sobre  las focas  y  me doy  cuenta  de  lo bella  que  es la liturgia,  ¿Se  llama así: Liturgia?   Y el sacerdote  lee de un libro  con las pastas  muy rojas.  Dice  "Si lo das todo menos  la vida,  has de saber  que no diste nada ". Dice:  "Señor,  ten piedad,  Cristo, ten piedad".   Dice  las cosas, pronuncia   las palabras,   como queriendo  transmitirnos  que de verdad  la vida  es algo  más  que  las  cadenas  de ácido  desoxirribonucleico    que  nos explica  en la pizarra   mi profesor  de Ciencias  Naturales.  Entonces  una mujer  a mi lado a  lo  mejor  responde:    "Señor  yo  no  soy  digna  de  que  entres  en  mi  casa,  pero   una palabra  tuya bastará para  sanarme ''. Y me acuerdo  de que Dios  está en todas partes  y de  cuando   me  tenía  que  aprender   cosas  del  catecismo   y  de  rezar  el  "Ángel  de  la Guarda"   todas  las  noches  antes  de  acostarme   cuando  era  muy pequeña.   Y también recuerdo  haber  oído  en  una película:    "Dios  es todo.  Dios  es la tristeza,  tu profesor, esos perros,... "

En su habitación de niña rica con calcetines lilas y chaquetas de cheviot sonaba el despertador o le avisaba la sirvienta y Elena María Débora tenía que levantarse a las siete como un estúpido pollito amarillo para ir al instituto y, a las ocho de la mañana, iba por la calle, como íbamos todos, con sus nueve kilos de libros y cuadernos a la espalda, mirando los gorriones volar y preguntándose a lo mejor: ¿Por qué son tan libres los pájaros y yo tengo que ir al instituto? Entonces nos daban ganas de fugarnos las clases para entrar a Mercadona a robar porciones de queso azul danés y comérnoslas allí mismo o irnos al parque para tirarle piedras a las palomas o beber en ayunas litros de cerveza. Pero éramos obedientes animalicos fieles y nos íbamos al instituto, nos sentábamos en el pupitre de la cuarta fila o de la última fila y nos aburríamos mientras que el profesor de Matemáticas nos explicaba las matrices de Raven. Entonces, toda la clase, si mirábamos a Ojitos,  notábamos en ella esa tristeza presentida de animales que un día serán cazados, y sabíamos perfectamente que en vez de tomar apuntes, ella escribía cosas en su libreta azulo  dibujaba despacio payasos pensativos con los labios muy rojos, payasos aburridos como ella o nosotros.

Día siete mil doscientos  veinte de mi vida:  Objetivo  de perro  come perro

"Para  mí la vida es como  una verdad  que consiste  sólo en algo que nos quieren hacer  creer.  El  instituto   es  como  una  verdad  que  consiste   en  algo  que  nos  quieren hacer  creer.  Los  libros  son  como  una  verdad  que  consiste   en  algo  que  nos  quieren hacer  creer.  El psicólogo   de los martes  consiste  en algo  que  es como  una verdad  que nos quieren  hacer  creer. El Universo  mismo  es como  una verdad  que nos quieren  hacer creer y estar  viva  es cumplir  un objetivo  de perro  come perro.  El profesor  de Ciencias Naturales  nos pone  de actividad  explicar  los glaciares,  pero  a mí me gustaría  que me pidiesen    explicar   qué  es  un  objetivo   de perro   come  perro.   Entonces   respondería: "Hemos  venido   aquí  donde  somos   mortales  y  a  veces  si  no  eres  Cínica no puedes sobrevivir  en esta sociedad  hipócrita  en la que la gente  quiere  cosas  tan simples  como éxito y libertad para  tener mucho  dinero,  la gente  no quiere esa pena  desnuda  del dolor en  nosotros,   la  gente   miente,   mastica,   devora,   sobrevive,   escupe,   se  convierte   en súbdita   de  una  cosa  general,   la  gente  se  viste  de  baturro,   transita  por   las  calles, compra  la mismas  cosas, porque   estamos  metidos  en un mecanismo   de idioteces perro come perro.  Cuando  me aburro  mucho  en clase,  escribo  en mi libreta palabras   que no deberían  existir.  Escribo:  El mejor,  el peor,  nunca,  siempre .. O cuando  el profesor   de Sociales  explica  lo llana  que  es Holanda,   me acuerdo  de mi abuela  muerta  hace  tres meses  y  de  cómo  la vi por  última  vez  tras  un cristal  muy  limpio  en  el  Tanatorio  de MAFRE  con extraños  algodones   blancos  metidos  en las narices,  vestida  para  siempre con un traje de chaqueta  gris  oscuro  y con las manos  cruzadas  con dulzura  de momia sobre su pecho  de abuela  corpore  in sepulto.  También sé que a los profesores   les gusta mucho  ver a los alumnos  callados  y  atentos,  hipnotizados  para  la obediencia,   cuanto más  hipnotizados   para  la  obediencia   mejor,  y  algunas  veces  me  dan pena  y  atiendo como hipnotizada  a las palabras   del profesor   que explica  que Amsterdam   tiene más de mil puentes  mientras juego  a tratar  de imaginarlo  ciego,  tengo  obsesión  con los ciegos
y  con  los  ojos  de  los  ciegos,  y  sobre  todo  con  los  ciegos  que  mastican   chicle  en las esquinas   mientras    tratan   de   vender   todos   esos   cupones   que   tienen   que   vender forzosamente,    tal  vez porque   no  me  gustaría  por  nada  en  el mundo  quedarme   ciega desde  una vez que soñé  que me ocurría  eso. Desde  entonces  me fijo  mucho  en cómo los ciegos  caminan  siempre  muy  cerca  de la pared  y juego  a imaginarme   a los profesores ciegos mientras  hablan  de Holanda  o Inglaterra".

Un día, Elena  María  Débora  llegó  al instituto  con unas  hermosas   mallas  negras muy  ajustadas.  Descubrimos   entonces  algo  que  ocultaban  sus planchados   y cotidianos pantalones  de franela:  la silueta  perfecta  de sus piernas  y nalgas,  la volumetría   sublime con que se le ajustaban  a su carne  inalcanzable  y núbil. Ese día supimos  como nunca en qué  consistía  de verdad  la auténtica  belleza  y el dolor  de no poder  poseerla.   Y, como intentando    reparar    o   estropear    algo   para   siempre,   Jeaanfransuá,     el   hijo   de   un funcionario    de   la  embajada    belga   que   no   comprendía    bien   aún   nuestro   idioma, Jeanfransuá   un chico vago y sobrealimentado   que sabía decir muy bien  diecisiete  mil y décimo   sexto  en  nuestro   idioma,   pero  no  otras  palabras   más  complejas,   comenzó   a llamarla   Culo  Bonito.  Ese  mismo  día  el profesor   de Religión,   al  iniciar  la clase,  nos habló a todos  como  si supiera  algo nuevo  de Dios, como  si fuese  a decir  algo distinto  a lo  que  pone  en  la  Biblia  y  en  los  catecismos,   y  estuvimos   especialmente    atentos  y expectantes,   pero  cuando  llevaba  quince  minutos  hablando  todos  nos  dimos  cuenta  de que no había  nada  nuevo.  Entonces,  Culo Bonito,  levantó  la mano  para  pedir  la palabra y  dijo:  "Es precioso   en  las  películas   cuando  los  hijos  discuten   con  papá  sobre  cómo debe  ser el mundo,  sin embargo  yo no he discutido  con nadie  sobre  cómo  debe  ser el mundo.  ¿Cómo  cree  usted  que  debe  ser  el mundo?".   Por  supuesto,   el profesor  no  le respondió  y todos  la miramos  con compasión  y como  a una  perra  o un ángel  enfermos de tristeza  a los que se puede  abandonar  en cualquier  sitio.

Día siete mil doscientos  treinta y cinco  de mi vida: ¡¿Ah, sí?! "Querida  tristeza:  La  mayoría  de las personas   tienen  el récord  guiness  de la vaciedad  al hablar.  Mis padres  y  la gente  mayor  que  conozco  dicen:  ¿ ah, sí?, y dicen nada  más  que  ¿ ah,  sí?,  cuando  les  cuentas  algo  que  sea  complicado   o distinto.  Los padres  en general  no creen  en las cosas  complicadas  ni en que a una niña con acné le puedan   gustar   mucho   los  cuadros   de  Caravaggio  y  esté  enamorada   un poco   de  su profesor   de Ética  o de  Sociales.   Cuando  los profesores   hablan  en  línea  recta  me da asco.  Don  David   Cea,  ese profesor   calvo  que  elogia  los  dúplex  y  nos  da  las  cosas masticaícas,   es el que  más  en línea  recta  habla.  Casi  todos  los profesores   hablan  del mismo  modo y  dicen  lo  mismo,  una  cosa  que ya  es triste y  antigua,  a lo mejor  hace tiempo  no lo fue,  pero  ya  es triste y antigua.  Sobre  todo  hay  un puñado   de profesoras de  Literatura,   Religión  y  Biología   que  son  casi  como  la  misma  profesora,   y  aunque sean  materias  distintas  son  casi  las  mismas  cosas  lo  que  en  el fondo   vienen  a decir. Una vez leí que Bukowski  veía a Hemingway  como un individuo  que practicaba   ballet a escondidas,  yo  también   veo  un poco   así  a  todos  mis profesores   y  a  mis padres,   no puedo  evitarlo,  les veo  así y  creo  que muchos  muchachos  son  rebeldes  porque  les ven también  de esa manera.  Cuando  es domingo por  la mañana,  como  hoy, me asomo a la ventana  y  se  ven perros  y  ancianos  que  están  tomando  el sol y  muchachos  pequeños que juegan  con patine tes y con aros.  Uno de esos ancianos  siempre  se cuenta  los dedos de la mano.  Se  los pone  muy  cerca  de los  ojos y  se los  va  contando   uno por  uno sin prisa,  muy despacio.  A mí también  me gusta  contármelos   así. El  otro día, buscando  al Jefe de Estudios para  darle  un papel  que me ha dado mi médico  del alma  al que llevan los martes,  abrí  la puerta  de esa habitación  del  instituto  en la que  hay dos niños  con síndrome  de Down  sentados  alrededor  de  una estufa  con  un profesor   despeinado   que tiene cara de que le huela  muy mal el aliento, y me dio tristeza  como cuando  llueve  los sábados  o  le miro  las  arrugas  de  alrededor   de  la  boca  a mi  madre,  y  entonces   me acordé  de cuando  el profesor   de Historia  nos habló  del existencialismo   que tenían  los maestros  de  escuela   republicanos,   de  todo  eso  me  acordé   de  golpe.  Los profesores saben  cosas  que han leído, pero  no lo que realmente  pasa  en el mundo y ni siquiera  se imaginan para  qué nos ha inventado  Dios".

Elena María  Débora  pasaba  mucho  de nosotros.  Como repetía  curso y era mayor de edad, nos miraba  con un total desinterés  perfecto.  No parecía  importarle  saber que la llamábamos   Ojitos  o Culo Bonito.  No parecía  enterarse  de nada.  No parecía  importarle que existiésemos.   No parecía  importarle  que el Fran  escupiera  al bies y echara  chorros de  saliva   en  las  pizarras   durante   los  cambios   de  clase.   No   parecía   importarle   la profesora  de Lengua  que era una anciana  prematura  de pelo  caoba  que se había  perdido en la vida y se pasaba  las horas enteras  de clase dictando  apuntes  sobre Alvargonzález   o Don Juan Manuel  o escribiendo   con tiza en la pizarra  la definición  de Parnasianismo   y después  leyendo   un  poema  parnasianista   que  ningún   alumno   entendíamos.   Una  vez, después  de la lectura  de uno de esos poemas  cursis  e ininteligibles,   levantó  la mano  y dijo: "Señorita,  cuando  yo  era pequeña creía  que las poesías   venían  del cielo".  Y toda la clase  nos  reímos   muchísimo,   pero  no  le  importó   o no  pareció   importarle   y  debió volver a sentirse  muy sola y rara o decepcionada  de nosotros,  todos nosotros.

Día siete mil doscientos  cuarenta y ocho de mi vida: Dragones,  decepción

"A veces  me siento  sola y distinta y muy decepcionada   de todo lo que me rodea. Tan decepcionada   como mi hermano pequeño  cuando juega  siempre  solo en el jardín  y le pregunto:    "¿A  qué juegas?",   y siempre  está jugando   a cazar  dragones  a los que  le pone  trampas  que consisten  en papel  albal con tomate y jamón  de york  encima, y nunca ha cazado ninguno,  y entonces  le pregunto:   "¿Qué  vas a hacer  cuando  caces alguno?",
y él se encoge  de hombros,  no responde  nada y me mira con ojos de desengañado.  "

Un día de febrero  la profesora  de Plástica,  una mujer  rubia y moderna  a la que le duraba  mucho  el carmín  en los labios y se ponía  pañuelos  palestinos  abiertos  sobre  los hombros,    organizó    un   carnaval.    Elena    María    Débora    se   presentó    vestida    de espermatozoide   gigante  y no supo qué hacer  ni cómo  comportarse   para  la ocasión.  Ese día no supimos  qué pensar  ni qué decir de ella apoyada  con esa pinta  de espermatozoide malgastado  o algo  así en el último  rincón  del aula de Dibujo,  aburrida  y patética,  como fuera del mundo.  Ese día estuvo  más triste  y desubicada  que nunca.  Ese día comenzó  a no  encajar  muy  bien  en  todo  aquello  y  a partir  de  entonces   se  volvió  un  poco  más corrosiva  y rebelde.

Día siete mil doscientos  cincuenta y tres de mi vida: Made  in tristeza

"...No hay suficiente  de nada mientras  vivimos y yo suelo siempre pensar  mucho en  cosas   amigas   de   la  melancolía    que   la  Medicina    llama  pequeñas    obsesiones patológicas,  porque  tengo una soledad  asumida y movimientos  sísmicos  en mi alma que el psicólogo   llama  trastorno  bipolar, porque   a mí no me importa  lo que  me  tiene  que importar y no me gusta jugar,  ni ver la tele, ni aprenderme   lo llana  que es Holanda,  y tampoco  me gusta  el  "ragut"  de ternera  que Elisa,  la sirvienta  peruana,   ha cocinado hoy. En casa, hoy, comiendo,  mi madre  me ha gritado  un poco para  que me termine  mi plato.  Mi padre   está  en  Bruselas.   Elisa  me  ha pelado   una  naranja.   Mi  hermano   ha pedido  más zumo.  Ha habido  un atentado  y en la televisión  hemos  visto a una locutora bellísima   decir:   sentimiento    de  máxima   consternación,    y  yo   he  notado   que   esas palabras   son poco,   que  la  locutora  quería  decir  otra  cosa,  me  gustaría   que  hubiese otras palabras  que dijesen  algo más, pero  no las hay, y he sentido  que no hay suficiente de nada mientras  vivimos y que a veces se rompen  o se quiebran  mis ganas  cada día de vivir un día más ".

Algún  tiempo después, en  la  semana   cultural   de  nuestro   instituto,   todos  los alumnos  de bachillerato   asistimos  en el salón  de actos  múltiples   a una  conferencia.   El conferenciante   era ... "uno  de esos catedráticos  profesionales del habla  que han hecho de la Historia  una cosa  estancada  y muerta  para  ejercicios  de retórica  y palabrería,  uno de esos  intelectuales   rancios  que  todavía  fingen  importarles   cosas  como  la duda  de si La Regenta  llegó o no llegó a consumar  con don Fermín  de Pas o cómo  Senaquerib  mandó edificar Nínive u Odoacro asoló el  imperio Romano de Occidente, uno de esos catedráticos que viven de afirmar conclusiones que   pueden    deducirse    de   ciertas curvaturas  de  los cráneos.  Puso  diapositivas. Sentí piedad  por  él, por  cómo  trataba  de contar  esas cosas  que luego  no le importan  a nadie.  Sentí piedad  también  por toda esta costumbre  de la hipervelocidad de mierda  que estamos viviendo,  por  la pérdida  de una brújula  moral,  por esa ansiedad  de cosa para nadie que está invadiéndolo   todo y porque la cultura  y la educación  parezcan  estar hechas  por gestos  de un viejo oficio  que todavía debemos  soportar.  También   sentí  piedad  por  mí. Lo veía  hablar  y le notaba  como  un riesgo  genético  de muerte  súbita,  y me acordé  de unos versos  de Gonzalo  Rojas  que sé de  memoria,   que  muchas   veces,  sin  querer,  cuando  escucho   a  gente  muy  importante hablando  en el nombre  de toda  la Humanidad   sensible  y civilizada,   los  recito  en voz baja:  "Lo prostituyen   todo/  con su ánimo  gastado  en circunloquios.!   Lo  explican  todo. Monologan/    como   máquinas    llenas   de   aceite.!   Lo   manchan    todo   con   su   baba metafísica.!   Yo los quisiera  ver en los mares  del sur/  una noche  de viento  real,  con la cabeza  vaciada  en  el frío,!   oliendo  la soledad  del  mundo,!  sin  luna,!  sin  explicación posible,! fumando   en el terror del desamparo".   Me hubiese  gustado  haberle  preguntado: "Señor   catedrático, ¿qué   cree  usted   que  es  peor:   ser  cruel   o  ser  estándar?".   Pero pregunté  otra  cosa ..." ...al final  de la conferencia  Elena  María  Débora  levantó  la mano como  siempre  para  intervenir  y preguntó:   "¿Qué  hacen  esos  ángeles  de piedra  en las agujas  góticas  de  las  catedrales   donde  nadie  puede   verlos?  Me  parece   absurdo".   El conferenciante   miró a izquierda  ya  derecha  y dijo: "Bueno,  ahí están".  Y se echó a reír. Todos  nos pusimos  a reír  estrepitosamente.    Una  risa  convulsa  y monstruosa.   Una  risa estúpida   e hiriente   en  cuyos  intervalos   podía  escucharse:   "[Absurdita,   Absurdita!   Ha preguntado  Absurdita.  Siempre  pregunta  Absurdita".

Día siete mil doscientos  sesenta y cuatro de mi vida:  Vomitando  agua de lluvia

"Querida   tristeza,   me  cuesta  mucho  estar  viva.  Cada  día  más.  Cada  vez  me siento  más sola y más estúpida.  Para sobrevivir  necesito  escribir  en este bloc cosas que me ayudan  a soportarlo  todo: Diez minutos para  recogerme  los cabellos  sobre  la nuca. Sabores  de proteínas   en polvo.   El  viento  de las calles  en marzo  o en abril.  La  hostia blanca  que  se  deshace   en  la  boca.  La  alegría  de  cuando  yo  era pequeña   y jugaba descalza.   Un  angioma   bonito   en  mi pómulo    izquierdo.   Los   niños   en  la  comunión cuando  los visten  con  chaqueta  azul marina  cruzada  y  escapulario   del NUlo Jesús  de Praga.  Cuando  me pregunto    a  mí  misma  enfrente   del  espejo:   "¿Sólo  existe  lo  que ocurre?".   Inventar   una flor   o ser  un  niño  que  se  ha  escapado   de  misa para   tirarle piedras  a las palomas.   Disfrutar  muchos  ocho de agosto y vomitar  agua de lluvia, debe ser bonito vomitar  agua de lluvia o leer un cuento ruso y lleno de rabia  en el que poder quedarme  a vivir.  Tuya siempre:  Absurdita.  "

Elena  María  Débora  se quitó  la vida tres días después  de este  apunte  en su bloc de escribir  pensamientos   que te dicen  que existes  y que ahora,  once  años  después,  han colgado  en la página  web del instituto  a iniciativa  de sus padres  que no sabían muy bien qué hacer con él en casa. Elena  María Débora  terminó  con su vida  una mañana  lluviosa de   domingo  encerrada   en  su  cuarto  de baño  y cortándose   las  venas  con  el  cutter  de Plástica  en la bañera  llena  de agua caliente  para  sangrar  mejor,  para  sangrar  mejor. Nos enteramos  porque  el director  entró  a clase a decírnoslo  al día siguiente.  Todos  fuimos  a su entierro.  Todos  pagamos  parte  de sus coronas  de flores.  Todos  supimos,  desde aquel día y para  siempre,  que  es verdad  que hay mujeres  que arrastran   maletas  cargadas  de lluvia o algo así y que hay dos clases  de muerte:  la muerte  de los que se van y la muerte de los que nos  quedamos.   Desde  ese día, todos  fuimos  más  viejos  para  siempre.  Pero Dios  es  azul  y  lame  nuestra   angustia,   esta  alegre  amargura   de  vivir  un  día  más  que tenemos  aquellos  que la quisimos  tanto y no supimos  nunca  hacérselo  saber.