domingo, 19 de febrero de 2017

Gustavo A. Bécquer: Introducción sinfónica



Por los tenebrosos rincones de mi cerebro, acurrucados y desnudos, duermen los extravagantes hijos de mi fantasía, esperando en silencio que el arte los vista de la palabra para poderse presentar decentes en la escena del mundo. Fecunda, como el lecho de amor de la miseria, y parecida a esos padres que engendran más hijos de los que pueden alimentar, mi musa concibe y pare en el misterioso santuario de la cabeza, poblándola de creaciones sin número, a las cuales ni mi actividad ni todos los años que me restan de vida serían suficientes a dar forma. 
Y aquí dentro, desnudos y deformes, revueltos y barajados en indescriptible confusión, los siento a veces agitarse y vivir con una vida oscura y extraña, semejante a la de esas miríadas de gérmenes que hierven y se estremecen en una eterna incubación dentro de las entrañas de la tierra, sin encontrar fuerzas bastantes para salir a la superficie y convertirse al beso del sol en flores y frutos. 
Conmigo van, destinados a morir conmigo, sin que de ellos quede otro rastro que el que deja un sueño de la media noche, que a la mañana no puede recordarse. En algunas ocasiones, y ante esta idea terrible, se subleva en ellos el instinto de la vida, y agitándose en terrible, aunque silencioso tumulto, buscan en tropel por donde salir a la luz, de las tinieblas en que viven. 
Pero, ¡ay, que entre el mundo de la idea y el de la forma existe un abismo que sólo puede salvar la palabra; y la palabra tímida y perezosa se niega a secundar sus esfuerzos! Mudos, sombríos e impotentes, después de Rimas 2 la inútil lucha vuelven a caer en su antiguo marasmo. Tal caen inertes en los surcos de las sendas, si cae el viento, las hojas amarillas que levantó el remolino.

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sábado, 4 de febrero de 2017

Antonio Rodríguez Almodóvar: La niña que se perdió buscando un cuento




La niña tenía tantas ganas de leer aquel cuento, que cuando llegó a la Feria del Libro se soltó de la mano de su padre y empezó a preguntar de caseta en caseta. Se lo había contado su abuela, pero lo malo es que no se acordaba del título, o no lo sabía, ni del autor, ni de la editorial, como le habían enseñado en el cole. Sólo se acordaba del argumento, que trataba de un niño que vivía solo, porque había sido abandonado por sus padres. Su único amigo era un halcón peregrino, un ave preciosa, con la que se entendía a las mil maravillas, a base de silbidos. Toda la vida la hacían juntos. Incluso cuando se dirigían al colegio por las mañanas, el animal llevaba la mochila con sus fuertes garras. Esto desataba la envidia de los compas, que por eso se metían con el niño:

-Como vives solo, cualquier día te agarra la Bruja Curuja. ¡La que se come a los niños crudos!
De esta frase la niña se acordaba perfectamente, y con ella fue preguntando de caseta en caseta. Pero ningún librero supo dar con aquel cuento. Se interrogaban unos a otros, buscaban en sus ordenadores. Nada.
-Pero, niña, ¿quién te ha contado ese cuento tan horrible? ¿Tú no sabes que los papás nunca abandonan a sus hijitos? Mira, en cambio, tengo aquí este otro cuento, muy bien ilustrado, que cuenta la historia de una niña que nunca salía sola de casa –le dijo uno. Pero aquello no le interesó para nada a la niña. Y otro:
-¿Cómo es eso de que una Bruja se comía a los niños crudos? ¡Qué asco! Mira, tengo aquí este cuento precioso, donde el lobo de Caperucita se arrepiente de lo malo que ha sido. –Aquello todavía le interesó menos a la niña. Un tercero quiso convencerla de que le comprara un libro lleno de espejitos y falsos brillantes, y un cuarto de que se llevara otro de princesas de merengue que hablaban por teléfono con la peluquería.
Cuando se convenció de que nadie parecía conocer aquel cuento, desconsolada, quiso volver con su padre. Pero entonces se dio cuenta de que se había perdido. Buscó por todas partes, abriéndose paso entre la mucha gente que visitaba la feria. Cansada de dar vueltas, sintió que nunca saldría de aquel bosque de piernas. Notó que el corazón le repicaba y miró hacia arriba, por si reconocía a alguien, pero no. Todos eran extraños y nadie se percataba de su situación. Sólo en un trocito de cielo, por entre las cabezas de los mayores, vio planear la silueta de un ave muy grande y le pareció que andaba buscándola. En aquel momento, una mano se le posó en un hombro y la niña se llevó un susto tremendo. Pero, al levantar y girar la cabeza, vio el rostro sonriente de una chica, vestida con una chaqueta verde, en la que se podía ver el anagrama del Ayuntamiento.
-Me parece que te has perdido, ¿a que sí?
Cuando su padre la encontró, en la caseta de los niños perdidos, ya la niña había empezado a usar un bloc y un bolígrafo que le habían dado para que se entretuviera. Y aunque apenas sabía escribir, empezó a inventarse una historia. Una historia de una niña a la que sólo le gustaban los cuentos que le contaba su abuela.

domingo, 15 de enero de 2017

Gabriel García Márquez: Algo muy grave va a suceder en este pueblo


Imagínese usted un pueblo muy pequeño donde hay una señora vieja que tiene dos hijos, uno de 17 y una hija de 14. Está sirviéndoles el desayuno y tiene una expresión de preocupación. Los hijos le preguntan qué le pasa y ella les responde:
-No sé, pero he amanecido con el presentimiento de que algo muy grave va a sucederle a este pueblo.
Ellos se ríen de la madre. Dicen que esos son presentimientos de vieja, cosas que pasan. El hijo se va a jugar al billar, y en el momento en que va a tirar una carambola sencillísima, el otro jugador le dice:
-Te apuesto un peso a que no la haces.
Todos se ríen. Él se ríe. Tira la carambola y no la hace. Paga su peso y todos le preguntan qué pasó, si era una carambola sencilla. Contesta:
-Es cierto, pero me ha quedado la preocupación de una cosa que me dijo mi madre esta mañana sobre algo grave que va a suceder a este pueblo.
Todos se ríen de él, y el que se ha ganado su peso regresa a su casa, donde está con su mamá o una nieta o en fin, cualquier pariente. Feliz con su peso, dice:
-Le gané este peso a Dámaso en la forma más sencilla porque es un tonto.
-¿Y por qué es un tonto?
-Hombre, porque no pudo hacer una carambola sencillísima estorbado con la idea de que su mamá amaneció hoy con la idea de que algo muy grave va a suceder en este pueblo.
Entonces le dice su madre:
-No te burles de los presentimientos de los viejos porque a veces salen.
La pariente lo oye y va a comprar carne. Ella le dice al carnicero:
-Véndame una libra de carne -y en el momento que se la están cortando, agrega-: Mejor véndame dos, porque andan diciendo que algo grave va a pasar y lo mejor es estar preparado.
El carnicero despacha su carne y cuando llega otra señora a comprar una libra de carne, le dice:
-Lleve dos porque hasta aquí llega la gente diciendo que algo muy grave va a pasar, y se están preparando y comprando cosas.
Entonces la vieja responde:
-Tengo varios hijos, mire, mejor deme cuatro libras.
Se lleva las cuatro libras; y para no hacer largo el cuento, diré que el carnicero en media hora agota la carne, mata otra vaca, se vende toda y se va esparciendo el rumor. Llega el momento en que todo el mundo, en el pueblo, está esperando que pase algo. Se paralizan las actividades y de pronto, a las dos de la tarde, hace calor como siempre. Alguien dice:
-¿Se ha dado cuenta del calor que está haciendo?
-¡Pero si en este pueblo siempre ha hecho calor!
(Tanto calor que es pueblo donde los músicos tenían instrumentos remendados con brea y tocaban siempre a la sombra porque si tocaban al sol se les caían a pedazos.)
-Sin embargo -dice uno-, a esta hora nunca ha hecho tanto calor.
-Pero a las dos de la tarde es cuando hay más calor.
-Sí, pero no tanto calor como ahora.
Al pueblo desierto, a la plaza desierta, baja de pronto un pajarito y se corre la voz:
-Hay un pajarito en la plaza.
Y viene todo el mundo, espantado, a ver el pajarito.
-Pero señores, siempre ha habido pajaritos que bajan.
-Sí, pero nunca a esta hora.
Llega un momento de tal tensión para los habitantes del pueblo, que todos están desesperados por irse y no tienen el valor de hacerlo.
-Yo sí soy muy macho -grita uno-. Yo me voy.
Agarra sus muebles, sus hijos, sus animales, los mete en una carreta y atraviesa la calle central donde está el pobre pueblo viéndolo. Hasta el momento en que dicen:
-Si éste se atreve, pues nosotros también nos vamos.
Y empiezan a desmantelar literalmente el pueblo. Se llevan las cosas, los animales, todo.
Y uno de los últimos que abandona el pueblo, dice:
-Que no venga la desgracia a caer sobre lo que queda de nuestra casa -y entonces la incendia y otros incendian también sus casas.
Huyen en un tremendo y verdadero pánico, como en un éxodo de guerra, y en medio de ellos va la señora que tuvo el presagio, clamando:
-Yo dije que algo muy grave iba a pasar, y me dijeron que estaba loca.


Ejercicios acerca de la lectura de este cuento