miércoles, 1 de marzo de 2017

Ray Bradbury: El regalo



Al día siguiente sería Navidad y, mientras los tres se dirigían a la base de lanzamiento, los padres estaban preocupados. Era el primer vuelo espacial de su hijo, su primer viaje en cohete, y querían que todo fuera perfecto. Por eso, cuando en la aduana les obligaron a dejar el regalo, que pesaba unos gramos más de lo permitido, y el arbolito con sus bonitas velas blancas, les pareció como si les hubieran despojado de la celebración navideña y de su amor.
El niño los esperaba en la terminal. Mientras iban hacia él, después de discutir en vano con los oficiales interplanetarios, los padres se dijeron en voz baja:
—¿Qué vamos a hacer?
—Nada, nada. No podemos hacer nada.
—¡Estúpidas normas!
—¡Con la ilusión que le hacía el árbol!
La sirena aulló, y los pasajeros corrieron al cohete de Marte. Los padres entraron los últimos, y el niño, entre ellos, pálido y silencioso.
—Ya se me ocurrirá algo —dijo el padre.
—¿Qué…? —preguntó el niño.
El cohete despegó, y se vieron lanzados a la oscuridad del espacio.
El cohete siguió avanzando con una estela de fuego, y dejó atrás la Tierra, el 24 de diciembre del 2052, para dirigirse a un lugar donde no existía el tiempo, ni los meses, ni los años, ni las horas. Los pasajeros durmieron el resto del primer «día». Hacia medianoche, según la hora terráquea que marcaban sus relojes neoyorquinos, el niño se despertó y dijo:
—Quiero mirar por el portillo.
Solo había un portillo, una gran «ventana» de cristal increíblemente grueso, en la cubierta superior.
—Todavía no —dijo el padre—. Te llevaré más tarde.
—Quiero ver dónde estamos y adónde vamos.
—Quiero que esperes por un motivo —dijo el padre.
Había estado despierto, volviéndose de un lado para otro, pensando en el regalo abandonado, en la fiesta de Navidad, en el árbol perdido y las velas blancas. Y, finalmente, hacía apenas cinco minutos, creía haber tenido una idea. Si conseguía ponerla en práctica, el viaje sería maravilloso.
—Hijo mío —dijo—, dentro de media hora exactamente será Navidad.
—Oh —exclamó la madre consternada, pues no quería que se lo dijera. Esperaba, de algún modo, que el pequeño lo olvidara.
La cara del niño se animó. Le temblaron los labios.
—Sí, ya lo sé. Tendré un regalo, ¿verdad? ¿Tendré un árbol? ¿Tendré un árbol? Me lo prometisteis…
—Sí, sí, todo eso y mucho más —contestó el padre.
—Pero… —empezó a decir la madre.
—Lo digo en serio —dijo el padre—. Lo digo completamente en serio. Y ahora disculpadme. Enseguida vuelvo.
Los dejó solos unos veinte minutos. Cuando regresó, sonreía.
—¡Qué poco falta!
—¿Me prestas tu reloj? —preguntó el niño.
Le dieron el reloj, que el pequeño sujetó entre los dedos mientras continuaba su tictac en medio del fuego, del silencio y del movimiento imperceptible del cohete.
—¡Ya es Navidad! ¡Navidad! ¿Dónde está mi regalo?
—Vamos a verlo —dijo el padre, cogiéndole del hombro.
Salieron de la cabina, bajaron a la entrada y subieron por una rampa; la madre los seguía.
—No entiendo nada —repetía ella.
—Enseguida lo entenderás. Ya hemos llegado.
Se detuvieron ante la puerta cerrada de una gran cabina. El padre llamó tres veces, y luego dos, en código. La puerta se abrió, y llegó hasta ellos la luz de la cabina y un murmullo de voces.
—Entra, hijo —dijo el padre.
—Está oscuro.
—Te llevaré de la mano. Vamos, mamá.
Entraron en la cabina y la puerta se cerró; el interior estaba realmente oscuro. Y apareció ante ellos un gigantesco ojo de cristal, de un metro y medio de alto por dos de ancho, por el que se veía el espacio.
El niño se quedó sin aliento.
Detrás de él, el padre y la madre se quedaron también sin aliento; y, en medio de la oscuridad, varias personas empezaron a cantar.
—Feliz Navidad, hijo —exclamó el padre.
Las voces de la cabina entonaron los viejos y familiares villancicos; el niño avanzó lentamente y aplastó la cara contra el cristal helado del portillo. Y se quedó un montón de tiempo mirando el espacio, la noche profunda y el resplandor, el resplandor de cien mil millones de maravillosas velas blancas…

lunes, 27 de febrero de 2017

Gabriela Mistral: La Cenicienta




 Cenicienta, Cenicienta,
pegada al fogón se pasa
y el hollín la va cubriendo
como penitente saya.

Con la ardentez de la hoguera
se quemaron sus pestañas;
de lavar grandes mosaicos
quebrada tiene la espalda.

De amigas tiene la leña
que en el fogón arde y salta,
las sartenes hervidoras
y cuatro ratitas blancas.

Su madrastra sólo quiere
las hijas de sus entrañas;
las besa de sol a sol
y las tiene regaladas;
esclavos les dan masaje
y camareras las bañan
y entre sus brocados rojos
descansan congestionadas.
Mas son feas como el susto
de medianoche cerrada…

A veces las dos se acuerdan
de la pobre Encenizada
y le dicen:  ”Ea, ven,
péinanos, que tienes gracia,
abróchanos las hebillas
y venos tejer la danza”.

Y la pobre Cenicienta,
con una tierna mirada,
les anuda los cabellos
y arrodillada las calza.

Un día el rey dio una fiesta
por ver gracia derramada.
Para asistir a la fiesta
se preparan las hermanas.
Está ya hace cuatro días
sobre ellas la Encenizada
depilándoles las cejas,
amasando sus gargantas,
enseñando reverencias,
corrigiéndoles la danza…

Tiene quemados los dedos
de rizarlas y rizarlas;
de ceñirles la cintura
se rinde desventurada.
Y bailan siempre como ocas
y caminan desgarbadas.

Al fin se fueron al baile
y se apagó su rumor.
¡Ay!, qué callada la noche
para oírse el corazón,
¡la Cenicienta que llora
apegadita al fogón!

La llama del fuego brinca
distrayendo su aflicción;
las cuatro ratitas vienen
a mirarla alrededor.

Pero Cenicienta tiene
(¡ay!, ¡bendito sea Dios!)
hada que fue su madrina
y que se llama Esplendor.
cuando los criados duermen
con silencio de ilusión,
va abriendo puertas y puertas
y llegando hasta el fogón,
—¡Ah!, mi Cenicienta –dícele–,
ábreme tu corazón.

¿No quieres ir a la fiesta?
¿Lloras por eso mi amor?
Dícele la pobrecilla:
—Soy la hija del Tizón;
y la ceniza me cubre
hasta el mismo corazón.
El hada va sacudiéndole
con el aliento el hollín:
Cenicienta va quedando
desnuda como un jazmín.
La va mirando, mirando
y el mirarla es un cubrir
su cuerpo de velo de oro,
amaranto y carmesí.

—¡Ay!, ¡madrina!, ¿y mi carruaje?
—Hijita, ya vas a ver.
—¡Ay!, ¡madrina!, ¿y mis lacayos?
—Hijita, vienen también.
—¡Ay!…  ¿y mis palafreneros?
—Hijita, déjame hacer…

Las cuatro ratitas blancas
se hicieron caballos árabes
y los lagartos azules
dos lacayos fulgurantes,
y la calabaza vuelta
concha perla, fue carruaje.

—Mi ahijada Cenicienta,
¡acabaste de nacer!
No te reconoce tu ogro
de madrastra si te ve.
Ahora corres al baile
y bailarás como un pez:
pero por la medianoche
te despides sin volver,
porque el encanto termina
cuando el día alza la sien.
¡Cómo galopa el carruaje,
que en momentos no se ve
y la calabaza entra
en el palacio del rey!

Está el baile en su comienzo:
la sala alumbra mil lámparas
y los tocadores hieren
misterios de cobre y plata.
Del resplandor del palacio
la misma noche se aclara;
el baile se va tejiendo
a lo largo de cien salas,
y parece que es la tierra
la desposada que danza.

Rigen el rey con el príncipe
esta noche apasionada
y el orden de las parejas
que parecen marejadas
y de repente las guzlas
como los cobres se paran;
se vuelven todos los rostros:
¡va entrando la Encenizada!

Con tanta gracia camina
como la nube dorada;
con tal donaire saluda
que es como si se donara.

Aún vacilaba el príncipe
como el ciervo entre dos aguas.
Al verla sale a su encuentro
como quien entrega su alma.

Sobre la pareja cae
el millón de las miradas
y ellos pasan entre todos
ligeros como dos llamas.

Al sonar la medianoche
Cenicienta se separa
y sube al carruaje que
como jabalina escapa.

Cuando ya llegaba el día
volvieron las hermanastras
y despertó el mundo entero
al escuchar su algazara.
Desde el profundo fogón
Cenicienta viene, cándida,
y pregunta cómo ha sido
el baile de las hermanas.
Y las ogresas le cuentan
de la noche iluminada,
de la música de fuego
y de la princesa extraña
que al salir dejó la fiesta
como novia amortajada.

El rey renovó el convite
para la noche cercana,
y las ogresas partieron
en su carroza escarlata.
Y la pobre Cenicienta
en torno al fogón quedaba;
del fogón iba a la puerta
empinadita del ansia.

Llegó el hada Resplandor
y empezó a hermosearla
hasta hacerla grande de oros
como la noche estrellada.
(¡Ay, cómo va galopando
el trineo de las ratas,
y los lagartos azules
y la veloz calabaza!).

Cenicienta fue hacia el príncipe:
el príncipe le tendió
una mano en que los pulsos
se hacían puro temblor.

Pasa como un torbellino
la pareja del amor
y los ojos de las damas
echan desesperación.

Cenicienta tiene miedo
de oírse la propia voz,
porque está viviendo un sueño
tan perfecto como Dios.

Al llegar la medianoche
no oyó sonar el reloj
y al bajar las escaleras
su zapatito saltó…

Al otro día salieron
desde el palacio real
cuarenta heraldos voceando
pregón de Su Majestad:

—Que las mozas comarcanas
que el rey invitó a bailar
dejen probar en sus plantas
un zapato de cristal;
que a la dueña el mismo día
va el príncipe a desposar.
Se abrieron todas las casas
como vivas de ansiedad,
y las jóvenes hicieron
maravillas por calzar
el zapato más menudo
que la ampolla de la sal.

A casa de Cenicienta
golpeando ahora están
los heraldos.  Y las mozas
con qué jadeante afán
prueban y prueban gimiendo
el zapato sin igual.

Y del fogón Cenicienta
avanzando luego va
y las ogresas se ríen
cuando la ven alargar
su piececito de almendra,
vivo de felicidad.

Y se van enmudeciendo
las ogresas, al mirar
que el piececito se queda
en el cuenco de cristal;
y se van poniendo rojas
y terminan por llorar
viendo que la Cenicienta
con el zapato echa a andar.

Y aquella misma mañana
desposó el príncipe Sol
a María Cenicienta
veladora del tizón,
hija de ninguna madre,
desnudita hija de Dios…