viernes, 9 de diciembre de 2016

León Felipe: Contadme un sueño




Ahora estoy de regreso, he llegado hace poco,
soy nuevo en la ciudad... Y esto quiero decir:
Me durmieron con un cuento...
y me he despertado con un sueño.
Voy a contar mi sueño, narradores de cuentos.
Voy a contar mi sueño.
Es un sueño sin lazos,
sin espejos,
sin anillos,
sin redes,
sin trampas... y sin miedo.
Oíd:
Soñé... ¡Sueño!
No soy un cuento.
Vengo de más lejos...
¡Soy y vengo del sueño!
Y digo que soñar es querer, querer, querer, ...
querer escaparse del espejo,
querer desenredarse del ovillo,
querer descoyuntarse de la dulce rosquilla de los cuentos,
querer desenvolverse... prolongarse...
soñar es decir 4 veces,
o 44 veces,
o 4.444 veces, por ejemplo:
Yo no quiero,
yo no quiero,
yo no quiero,
yo no quiero,
verme en el tiempo
ni en la tierra
ni en el agua sujeto;
quiero verme en el viento,
quiero verme en el viento,
quiero verme en el viento,
quiero verme en el viento.

martes, 6 de diciembre de 2016

Robert Fischer: El caballero de la armadura oxidada (Cap. 1)




EL DILEMA DEL CABALLERO

Hace ya mucho tiempo, en una tierra muy lejana, vivía un caballero que pensaba que era bueno, generoso y amoroso. Hacía todo lo que suelen hacer los caballeros buenos, generosos y amorosos. Luchaba contra sus enemigos, que era malos, mezquinos y odiosos. Mataba a dragones y rescataba a damiselas en apuros. Cuando en el asunto de la caballería había crisis, tenía la mala costumbre de rescatar damiselas incluso cuando ellas no deseaban ser rescatadas y, debido a esto, aunque muchas damas le estaban agradecidas, otras tantas se mostraban furiosas con el caballero. Él lo aceptaba con filosofía. Después de todo, no se puede contentar a todo el mundo.
Nuestro caballero era famoso por su armadura. Reflejaba unos rayos de luz tan brillantes que la gente del pueblo juraba no haber visto el sol salir en el norte o ponerse en el este cuando el caballero partía a la batalla. Y partía a la batalla con bastante frecuencia. Ante la mera mención de una cruzada, el caballero se ponía la armadura entusiasmado, montaba su caballo y cabalgaba en cualquier dirección. Su entusiasmo era tal que a veces partía en varias direcciones a la vez, lo cual no es nada fácil.
Durante años, el caballero es esforzó en ser el número uno del reino. Siempre había otra batalla que ganar, otro dragón que matar y otra damisela que rescatar.
El caballero tenía una mujer fiel y bastante tolerante, Julieta, que escribía hermosos poemas, decía cosas inteligentes y tenía debilidad por el vino. También tenía un hijo de cabellos dorados, Cristóbal, al que esperaba ver algún día, convertido en un valiente caballero.
Julieta y Cristóbal veían poco al caballero porque, cuando no estaba luchando en una batalla, matando dragones o rescatando damiselas, estaba ocupado probándose su armadura y admirando su brillo. Con el tiempo, el caballero se enamoró hasta tal punto de su armadura que se la empezó a poner para cenar y, a menudo, para dormir. Después de un tiempo, ya no se tomaba la molestia de quitársela para nada. Poco a poco, su familia fue olvidando qué aspecto tenía sin ella.
Ocasionalmente, Cristóbal le preguntaba a su madre qué aspecto tenía su padre. Cuando esto sucedía, Julieta llevaba al chico hasta la chimenea y señalaba el retrato del caballero.

- He aquí a tu padre - decía con un suspiro.
Una tarde, mientras contemplaba el retrato, Cristóbal le dijo a su madre:
-Ojalá pudiera a ver a padre en persona.
-iNo puedes tenerlo todo! - respondió bruscamente Julieta.
Estaba cada vez más harta de tener tan sólo una pintura como recuerdo del rostro de su marido y estaba cansada de dormir mal por culpa del ruido metálico de la armadura.
Cuando paraba en casa y no estaba absolutamente pendiente de su armadura, el caballero solía recitar monólogos sobre sus hazañas. Julieta y Cristóbal casi nunca podían decir una palabra. Cuando lo hacían, el caballero las acallaba, ya sea cerrando su visera o quedándose repentinamente dormido.
Un día, Julieta se enfrentó a su marido.
- Creo que amas más a tu armadura de lo que me amas a mí.
- Eso no es verdad - respondió el caballero - ¿Acaso no te amé lo suficiente como para rescatarte de aquel dragón e instalarte en este elegante castillo con paredes empedradas?
- Lo que tu amabas - dijo Julieta, espiando a través de la visera para poder ver sus ojos - era la idea de rescatarme. No me amabas realmente entonces y tampoco me amas realmente ahora.
- Sí que te amo - insistió el caballero, abrazándola torpemente con su fría y rígida armadura, casi rompiéndole las costillas.
-iEntonces, quítate esa armadura para ver quién eres en realidad! - le exigió.
- No puedo quitármela. Tengo que estar preparado para montar en mi caballo y partir en cualquier dirección - explicó el caballero.
- Si no te quitas la armadura, cogeré a Cristóbal, subiré a mi caballo y me marcharé de tu vida.
Bueno, esto sí que fue un golpe para el caballero. No quería que Julieta se fuera. Amaba a su esposa y a su hijo y a su elegante castillo, pero también amaba a su armadura porque les mostraba a todos quién era él: un caballero bueno, generoso y amoroso. ¿Por qué no se daba cuenta Julieta de ninguna de estas cualidades?.
El caballero estaba inquieto. Finalmente, tomó una decisión. Continuar llevando la armadura no valía la pena si por ello había de perder a Julieta y Cristóbal.

De mala gana, el caballero intentó quitarse el yelmo pero, ino se movió!. Tiró con más fuerza. Estaba muy enganchado. Desesperado, intentó levantar la visera pero, por desgracia, también estaba atascada. Aunque tiró de la visera una y otra vez, no consiguió nada.
El caballero caminó de arriba abajo con gran agitación. ¿Cómo podía haber sucedido esto? Quizá no era tan sorprendente encontrar el yelmo atascado, ya que no se lo había quitado en años, pero la visera era otro asunto. Lo había abierto con regularidad para comer y beber. Pero bueno, isi la había abierto esa misma mañana para desayunar huevos revueltos y cerdo en su salsa!.
Repentinamente, el caballero tuvo una idea. Sin decir adónde iba, salió corriendo hacia la tienda del herrero, en el patio del castillo. Cuando llegó, el herrero estaba dándose forma a una herradura con sus manos.
- Herrero - dijo el caballero - tengo un problema.
- Sois un problema, señor - dijo socarronamente el herrero, con su tacto habitual.
El caballero, que normalmente gustaba de bromear, arrugó el entrecejo.
- No estoy de humor para tus bromas en estos momentos. Estoy atrapado en esta armadura - vociferó, al tiempo que golpeaba el suelo con el pie revestido de acero, dejándolo caer accidentalmente sobre el dedo gordo del pie del herrero.
El herrero dejó escapar un aullido y, olvidando por un momento que el caballero era su señor, le propinó un brutal golpe en el yelmo. El caballero sintió tan sólo una ligera molestia. El yelmo ni se movió.
- Inténtalo otra vez - ordenó el caballero, sin darse cuenta de que el herrero le había golpeado porque estaba enfadado.
- Con gusto - dijo el herrero, balanceando un martillo en venganza y dejándolo caer con fuerza sobre el yelmo del caballero. El yelmo ni siquiera se abolló.
El caballero se sintió muy turbado. El herrero era, con mucho, el hombre más fuerte del reino. Si él no podía sacar al caballero de su armadura,
¿quién podría?.
Como era un buen hombre, excepto cuando le aplastaban el dedo gordo del pie, el herrero percibió el pánico del caballero y sintió lástima.

- Estáis en una situación difícil, caballero, pero no os deis por vencido. Regresad mañana cuando yo haya descansado. Me habéis cogido el final de un día muy duro.
Aquella noche, la cena fue difícil. Julieta se enfadaba cada vez más a medida que iba introduciendo por los orificios de la visera del caballero la comida que había tenido que triturar previamente. A mitad de la cena, el caballero le contó a Julieta que el herrero había intentado abrir la armadura, pero que había fracasado.
-iNo te creo, bestia ruidosa! -Gritó al tiempo que estrellaba el plato de puré de estofado de paloma contra su yelmo.
El caballero no sintió nada. Sólo cuando la salsa comenzó a chorrear por los orificios de la visera, se dio cuenta de que le habían dado en la cabeza. Tampoco había sentido el martillo del herrero aquella tarde. De hecho, ahora que lo pensaba, su armadura no le dejaba sentir apenas nada, y la había llevado durante tanto tiempo que había olvidado cómo se sentían las cosas sin ella.
El caballero se entristeció mucho porque Julieta no creía que estaba intentando quitarse la armadura. El herrero y él lo habían intentado, y lo siguieron intentado durante días, sin éxito. Cada día el caballero se deprimía más y Julieta estaba cada vez más fría.
Finalmente, el caballero admitió que los esfuerzos del herrero eran vanos.
-iVaya con el hombre más fuerte del reino! iNi siquiera puedes abrir este montón de lata! - gritó con frustración.
Cuando el caballero regresó a casa, Julieta le chilló:
- Tu hijo no tiene más que un retrato de su padre, y estoy harta de hablar con una visera cerrada. No pienso volver a pasar comida por los agujeros de esa horrible cosa nunca más. iEste es el último puré de cordero que te preparo!
- No es mi culpa si estoy atrapado en esta armadura. Tenía que llevarla para estar siempre listo para la batalla. ¿De qué otra manera, si no, hubiera podido comprar bonitos castillos y caballos para ti y para Cristóbal?
- No lo hacías por nosotros - argumentó Julieta, iLo hacías por ti!.
Al caballero le dolió en el alma que su mujer pareciera no amarlo más. También temía que, si no se quitaba la armadura pronto, Julieta y Cristóbal realmente se marcharían. Tenía que quitarse la armadura, pero no sabía cómo.

El caballero descartó una idea tras otra por considerarlas poco viables. Algunos planes eran realmente peligrosos. Sabía que cualquier caballero que se plantease fundir su armadura con la antorcha de un castillo, o congelarla saltando a un foso helado, o hacerla explotar con un cañón, estaba seriamente necesitado de ayuda. Incapaz de encontrar ayuda en su propio reino, el caballero decidió buscar en otras tierras.
"En algún lugar debe de haber alguien que me pueda ayudar a quitarme esta armadura", pensó.
Desde luego, echaría de menos a Julieta, Cristóbal y el elegante castillo. También temía que, en su ausencia, Julieta encontrara el amor en brazos de otro caballero, uno que estuviera deseoso de quitarse la armadura y de ser un padre para Cristóbal. Sin embargo, el caballero tenía que irse, así que, una mañana, muy temprano, montó en su caballo y se alejó cabalgando. No osó mirar atrás por miedo a cambiar de idea.
Al salir de la provincia, el caballero se detuvo para despedirse del rey, que había sido muy bueno con él. El rey vivía en un grandioso castillo en la cima de una colina del barrio elegante. Al cruzar el puente levadizo y entrar en el patio, el caballero vio al bufón sentado con las piernas cruzadas, tocando la flauta.
El bufón se llamaba Bolsalegre porque llevaba sobre su hombro una bolsa con los colores del arco iris, llena de artilugios para hacer reír o sonreír a la gente. Había extrañas cartas que utilizaba para adivinar el futuro de las personas, cuentas de vivos colores que hacía aparecer y desaparecer y graciosas marionetas que usaba para divertir a su audiencia.
- Hola, Bolsalegre - dijo el caballero - He venido a decirle adiós al rey. El bufón miro hacia arriba.
- El rey se acaba de ir.
No hay nada que él os pueda decir.
- ¿Adónde ha ido? - preguntó el caballero.
- A una cruzada ha partido.
Si lo esperáis, vuestro tiempo habréis perdido.
El caballero quedó decepcionado por no haber podido ver al rey y perturbado por no poder unirse a él en la cruzada.
- Oh - suspiró. Podría morir de inanición dentro de esta armadura antes de que el rey llegara. - quizás no le vuelva a ver nunca más.

El caballero sintió ganas de dejarse caer de su montura pero, por supuesto, la armadura se lo impedía.
- Sois una imagen triste de ver.
No con todo vuestro poder, vuestra situación podéis resolver.
- No estoy de humor para tus insultantes rimas - ladró el caballero, tenso dentro de su armadura - ¿No puedes tomarte los problemas de alguien seriamente por una vez?.
Con una clara y lírica voz, Bolsalebre cantó:
- A mí los problemas no me han de afectar. Son oportunidades para criticar.
- Otra canción cantarías si fueras tú el que estuviera atrapado aquí - gruñó el caballero.
Bolsalegre continuó:
- A todos, alguna armadura nos tiene atrapados. Sólo que la vuestra ya la habéis encontrado.
- No tengo tiempo de quedarme y oír tus tonterías. Tengo que encontrar la manera de salir de esta armadura.
Y dicho esto, el caballero se dispuso a partir, pero Bolsalegre le llamó:
- Hay alguien que puede ayudaros, caballero, a sacar a la luz vuestro yo verdadero.
El caballero detuvo su caballo bruscamente y, emocionado, regresó hacia Bolsalegre.
- ¿conoces a alguien que me pueda sacar de esta armadura? ¿Quien es?
- Tenéis que ver al mago Merlín, así lograréis ser libre al fin.
- ¿Merlin? El único Merlin del que he oído hablar es el gran sabio, el maestro del Rey Arturo.
- Si. Si, el mismo es.
Merlín solo hay uno, ni dos ni tres.
- iPero no puede ser! -Exclamó el caballero - Merlin y el rey Arturo vivieron hace muchos años.
Bolsalegre replicó:
- Es verdad, pero aún vive ahora. En los bosques el sabio mora.
- Pero esos bosques son tan grandes... dijo el caballero - ¿cómo lo encontraré ahí?
Bolsalegre sonrió.

- aunque muy difícil ahora os parece. Cuando el alumno está preparado, el maestro aparece.
- Ojalá Merlín apareciera pronto. Voy a buscarlo a él - dijo el caballero.
Estiró el brazo y le dio la mano a Bolsalegre en señal de gratitud, y por poco le tritura los dedos del bufón con el guantelete.
Bolsalegre dio un grito. El caballero soltó rápidamente la mano del bufón.
- Lo siento.
Bolsalegre se frotó los magullados dedos.
- Cuando la armadura desaparezca y estéis bien. Sentiréis el dolor de los otros también.
- iMe voy! - dijo el caballero.
Hizo girar su caballo y, abrigando nuevas esperanzas en su corazón, se alejó galopando.

domingo, 4 de diciembre de 2016

Esquema de la oración simple


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Margaret Atwood: Penélope y las doce criadas (Cap. 18)



18

Noticias de Helena



Telémaco evitó la emboscada que le habían tendido -gracias a la buena suerte, no a una buena planificación- y regresó a casa sano y salvo. Yo lo recibí con lágrimas de gozo, y lo mismo hicieron las criadas.
Lamento tener que decir que a continuación mi único hijo y yo tuvimos una fuerte discusión. -¡Tienes un cerebro de mosquito! -lo reprendí-. ¿Cómo te atreves a embarcarte y partir sin más, sin pedir siquiera permiso? ¡Pero si eres un crío! ¡No tienes experiencia como capitán de barco! Es un milagro que no te hayas matado, y si hubieras muerto ¿qué habría dicho tu padre a su regreso? ¡Pues que la culpable era yo, por no haberte vigilado bien! -Y etcétera, etcétera.
Me equivoqué de táctica. Telémaco se envalentonó.
Dijo que ya no era ningún crío y proclamó su hombría: había vuelto a casa, ¿no? ¿Acaso no era prueba suficiente de que sabía lo que hacía? Luego desafió mi autoridad materna argumentando que no necesitaba el permiso de nadie para coger un barco que, de hecho, era parte de su herencia, y añadió que si quedaba algo de esa herencia no era gracias a mí, pues yo no la había defendido y ahora se la estaban zampando los pretendientes. Entonces dijo que había tomado la decisión correcta: había ido en busca de su padre, porque nadie más parecía dispuesto a mover ni un dedo en ese sentido. Aseguró que su padre habría estado orgulloso de él por demostrar un poco de coraje y no dejarse dominar por las mujeres, que como de costumbre se mostraban excesivamente emotivas y no exhibían ni sensatez ni buen juicio.
Al decir «las mujeres» se refería a mí. ¿Cómo podía referirse a su propia madre de esa manera? ¿Qué podía hacer yo sino romper a llorar? A continuación le solté el clásico sermón de «¿así es como me lo agradeces?, no tienes ni idea de lo que he tenido que soportar por ti, ninguna mujer merece semejante sufrimiento, más me valdría suicidarme». Pero me temo que Telémaco ya lo había oído otras veces, y cruzándose de brazos y poniendo los ojos en blanco manifestó que mi discurso lo importunaba y que estaba esperando a que terminara.
Después de eso nos tranquilizamos. Telémaco se dio un agradable baño que le prepararon las criadas; ellas le restregaron todo el cuerpo, le llevaron ropa limpia y luego les sirvieron deliciosos manjares a él y a unos amigos suyos a los que había invitado: Pireo y Teoclímeno. Pireo era itacense, y había ayudado a mi hijo a emprender su viaje secreto. Decidí hablar con él más adelante, y echar en cara a sus padres que dejaban demasiada libertad al muchacho. A Teoclímeno no lo conocía. Parecía agradable, pero pensé que debía averiguar algo acerca de su estirpe, porque es muy frecuente que los jóvenes de la edad de Telémaco caigan en malas compañías.
Telémaco devoró la comida y se bebió el vino de un trago, y yo me reproché no haberle enseñado modales en la mesa. Nadie podía recriminarme por no haberlo intentado. Pero, cada vez que lo regañaba, intervenía la anciana Euriclea y decía cosas por el estilo de:
-No seas así, hija mía, deja que el niño coma a gusto, cuando crezca ya tendrá tiempo de sobra para aprender buenos modales.
-Los árboles crecen hacia donde torcemos las ramitas -decía yo.
-¡Exacto! -replicaba ella-. Y nosotras no queremos que esta ramita se tuerza, ¿verdad que no? ¡Pues claro que no! ¡Nosotras queremos que crezca alto y erguido, y que arranque todo lo bueno que tiene su sabroso trozo de carne, sin que nuestra mamaíta cascarrabias lo ponga triste! Entonces las criadas reían por lo bajo y le llenaban el plato a Telémaco, y le decían que era un muchacho muy guapo.
Lamento tener que admitir que mi hijo estaba muy mimado.



• • •



Cuando los tres jóvenes hubieron acabado de comer, les pedí que me hablaran del viaje. ¿Había averiguado Telémaco algo acerca de Odiseo y su paradero, dado que aquél era el objeto de su excursión? Y si había descubierto algo, ¿le importaría compartir conmigo sus hallazgos? 
Como veréis, yo seguía un poco dolida. No es fácil perder una discusión con tu hijo adolescente. Cuando tus hijos ya son más altos que tú, sólo te queda la autoridad moral, que es un arma muy débil. Lo que Telémaco dijo a continuación me sorprendió mucho. Después de visitar al rey Néstor, que no sabía nada de Odiseo; había ido a visitar a Menelao. A Menelao en persona. A Menelao el rico, Menelao el tarugo, Menelao el de la voz estridente,
Menelao el cornudo. Menelao, el esposo de Helena, mi prima Helena, Helena la hermosa, Helena la zorra infecta, la causa fundamental de todas mis desgracias.
-¿ Y viste a Helena? -pregunté un tanto cohibida.
-Sí, ya lo creo -contestó mi hijo-. Nos ofreció una espléndida cena.
Entonces se puso a contar no sé qué historia acerca del anciano del mar, y de cómo Menelao se había enterado gracias a aquel anciano y sospechoso caballero de que Odiseo estaba atrapado en la isla de una hermosa diosa que lo obligaba a hacer el amor con ella noche tras noche hasta que llegaba el alba. Llegados a este punto, yo ya había oído suficientes historias sobre hermosas deidades.
-¿ Y cómo encontraste a Helena? -pregunté.
-Pues la encontré bien -respondió Telémaco-. Todos contaban historias de la guerra de Troya, historias fabulosas, con muchos enfrentamientos, combates cuerpo a cuerpo y tripas desparramadas (mi padre salía en ellas), pero cuando los ancianos veteranos empezaron a lloriquear, Helena echó algo en las bebidas y todos nos reímos mucho.
-Ya, ya, pero ¿qué aspecto tenía?
-Estaba tan radiante como la dorada Afrodita -contestó Telémaco-. Uno se estremecía al verla.
Helena tiene gran fama, y hasta forma parte de la historia.
¡Es como la pintan, o incluso más hermosa! -Sonrió tímidamente.
-Supongo que habrá envejecido un poco -dije con toda la calma de que fui capaz. ¡Helena no podía seguir tan radiante como la dorada Afrodita! ¡Eso habría sido antinatural!
-Bueno, sí, claro -dijo mi hijo. Y finalmente se impuso ese vínculo que se supone que existe entre las madres y los hijos que han crecido sin padre.
Telémaco escudriñó mi rostro e interpretó mi expresión-. La verdad es que estaba muy envejecida -prosiguió-. Parecía mucho mayor que tú. Estaba como consumida. Y muy arrugada -añadió-.Como una seta reseca. Y tenía los dientes amarillentos. Y le faltaban unos cuantos. No empezó a parecernos hermosa hasta que hubimos bebido mucho.
Yo sabía que Telémaco mentía, pero me conmovió que mintiera parn complacerme. Tenía que notarse que era bisnieto de Autólico, el amigo de Hermes, el tramposo por excelencia, e hijo del astuto Odiseo, el de la voz tranquilizadora, fecundo en ardides, experto en persuadir a hombres y engañar a mujeres. Al final iba a resultar que mi hijo no era tonto del todo.
-Gracias por todo lo que me has contado, hijo mío -dije-. Te lo agradezco mucho. Ahora voy a entregar un cesto de trigo como ofrenda, y rezaré para que tu padre regrese sano y salvo.
Y así lo hice.