domingo, 13 de enero de 2013

Antonio Gamoneda: Caigo sobre unas manos

¿Quién no ha tenido, en los momentos duros de la vida, la necesidad de volver los ojos hacia el olvido y rescatar el momento placentero (de placenta) de unas manos de madre acariciando tu rostro en los instantes anteriores al sueño? Las manos de una madre son un universo protector de tanto alcance que es capaz de ser traído a la memoria pasado mucho tiempo. Antonio Gamoneda hace el ejercicio de reimplante de esa sensación en su corazón (re-cordar) y en el mío.
 
¡Disfrútenlo!


 

Cuando no sabía
aún que yo vivía en unas manos,
ellas pasaban sobre mi rostro y mi corazón.

Yo sentía que la noche era dulce
como una leche silenciosa. Y grande.
Mucho más grande que mi vida.
Madre:
era tus manos y la noche juntas.
Por eso aquella oscuridad me amaba.

No lo recuerdo pero está conmigo.
Donde yo existo más, en lo olvidado,
están las manos y la noche.
A veces,
cuando mi cabeza cuelga sobre la tierra
y ya no puedo más y está vacío
el mundo, alguna vez, sube el olvido
aún al corazón.
Y me arrodillo
a respirar sobre tus manos.
Bajo
y tú escondes mi rostro; y soy pequeño;
y tus manos son grandes; y la noche
viene otra vez, viene otra vez.
Descanso
de ser hombre, descanso de ser hombre.

3 comentarios:

Lu dijo...

No conocía este poema, Manolo. El recuerdo de una manos que nos acogen en la noche es sublímemente poético. "Descanso de ser hombre", me parece un verso logradísimo. ¡Cuánta sabiduría sobre la vida y sus escondrijos expresa Gamoneda en estos poemas!

Manolo dijo...

La poesía como filosofía de vida, Lu. Leyendo estos versos es inevitable esbozar una medio sonrisa cómplice.
Un saludo.

Eloísa dijo...

Hoy, he salido de nuevo a pasear por el blog en busca de poesía. Debo buscar un momento propicio, “estando ya mi casa sosegada”. Hoy, he topado con este poema. Para instalarme en “mi rincón”, -que no es físico-, me he puesto mis auriculares y le he dado al “play”. Y se ha creado una atmósfera íntima y mía, un remanso de paz, en el que escucho la música suave, la voz cadenciosa, estas palabras sabias y llenas de ternura de hombre-niño. ¿Qué más se puede pedir fuera de estas palabras que hacen sentir madre, y mujer? No por retórica la pregunta, dejó el humeante café de responder: -Nada.