lunes, 3 de septiembre de 2018

Oscar Wilde: El príncipe feliz



Dominando la ciudad, sobre una alta columna, se elevaba la estatua del Príncipe Feliz. Era toda dorada, cubierta de tenues hojas de oro fino; tenía, por ojos, dos brillantes zafiros, y un gran rubí rojo centelleaba en el puño de su espada. Todo esto le hacía ser muy admirado.
—Es tan hermoso como una veleta —observaba uno de los concejales de la ciudad, que deseaba granjearse una reputación de hombre de gusto artístico—; sólo que no es tan útil, —añadía, temiendo que le tomasen por hombre poco práctico, lo que realmente no era.
—Me alegro de que haya alguien en el mundo completamente feliz —murmuraba un desengañado, contemplando la maravillosa estatua.
—¿Por qué no eres como el Príncipe Feliz? —preguntaba una madre sentimental a su hijito, que lloraba pidiendo la luna—. Al Príncipe Feliz nunca se le ocurre llorar por nada.
—¿En qué lo conocéis? —replicaba el profesor de matemáticas. —Nunca visteis ninguno.
—Tiene todo el aspecto de un ángel —decían los niños del Hospicio al salir de la Catedral, con sus brillantes capas escarlatas y sus limpios delantales blancos.
Una noche voló sobre la ciudad una pequeña golondrina.
—¡Oh, los hemos visto en sueños! —contestaban los niños; y el profesor de matemáticas fruncía el entrecejo y tomaba un aire severo, pues no podía aprobar que los niños soñasen.

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