lunes, 17 de mayo de 2010

Un paseo por el Riotinto minero

Este fin de semana hemos cabalgado a lomos de nuestras monturas para llegar a la cuenca minera de Riotinto. La realidad es que hace tiempo que era un proyecto familiar, pero, como casi siempre, debido a la cercanía, uno va posponiendo siempre para mejor ocasión.
La Asociación Andaluza de Profesores de Español “Elio Antonio de Nebrija” ha organizado un paseo con textos de Juan Cobos Wilkins, José Mª Morón y Concha Espina.


Comenzamos a las once de la mañana con la visita del Museo Minero, montado en el edificio del que fue Hospital construido por los ingleses en los años veinte. Se trata de un paseo, a través de las diferentes salas, por los 5000 años de historia de la minería en Riotinto. Hasta se puede entrar por los pasadizos de una mina reproducida a tamaño real.

Es muy interesante contemplar que los ingleses llevaron a Huelva su cultura, sus costumbres, sus formas de vida, sus formas de ocio y sus adelantos, que dejaban a los parroquianos en aquel entonces con la boca abierta de asombro, sobre todo si veían que las mujeres hasta jugaban al tenis, cuando por estos lares solo cabía malvivir, malparir, malcomer y despiojarse.
Los ingleses, con sus sólidas convicciones imperialistas victorianas, no se conformaron con adquirir los terrenos para sus explotaciones mineras, no; el contrato, firmado con nuestros “hábiles” gobernantes de entonces (¡qué poco hemos cambiado!), incluía el suelo y el subsuelo. Por tanto, se trataba de una colonización en toda regla. No había posibilidad alguna de que las circunstancias obligaran a expropiación de ningún tipo.
Por eso, sus prospecciones podían obligar a que el pueblo en su conjunto fuera siendo reconstruido en diferentes emplazamientos, según fuera conviniendo.
Hacían y deshacían a su antojo. Para muestra, un botón. La famosa “manta”. La extracción del mineral a veces se producía en plena calle. Para obtener el mineral buscado se colocaban montones sobre hogueras. Eso liberaba al aire todo tipo de materias volátiles tóxicas y se creaba una atmósfera ciertamente irrespirable. Es fácil suponer que la esperanza de vida de la población autóctona era extremadamente baja. Esos días ni los obreros podían salir de casa para trabajar en la mina. Y cobraban la mitad del salario. La Compañía además los consideraba borrachines y les retenía el 80 % del dinero; les daban vales para comprar comida, vales canjeables solo por productos de su propio economato… El negocio era redondo. Nuestra guía Raquel era todo un pozo de sabiduría, amabilidad y buen talante.
Se puede ver en el museo el tren (servicio para hombre y para mujer, agua fría y caliente, cuando nadie en el pueblo tenía ni agua corriente) construido con madera para una visita frustrada a la India de la reina Victoria, y que fue comprado por la Compañía para otra visita a Riotinto del rey Alfonso XIII, que tampoco pudo llevarse a cabo.



Los paseantes nos dirigimos luego al barrio de Bella Vista, el barrio exclusivo construido por los directivos de la Compañía. El número 21 nos muestra una vivienda con tres niveles, porche y jardín, mientras que los trabajadores vivían hacinados en casuchas de pocos metros cuadrados.

Tenían su Club Social, también exclusivo. Como puede verse en Memorias de África, las mujeres no tenían acceso a él (“En la Manoli no pueden entrar las mujeres”, decían los lugareños). Es que el rótulo “Men only” era demasiado complicado para un parroquiano del Riotinto de principios del XX.


Sorprenden las comodidades de una familia burguesa muy acomodada en la España miserable de esos años, solo envidiada por los centroeuropeos por su envidiable clima.




Raquel nos acompañó en la visita a la mina, ya cerrada, de Peña del Hierro, en la que nos contó la razón por la que las aguas del río tenían ese color tan característico. Hemos aprendido que los estudios llevados a cabo por investigadores de una universidad madrileña han revelado la existencia de más de mil especies de microorganismos. Es impresionante el lago de aguas rojizas que se ha formado al detenerse la actividad minera. Y cómo la vida quiere aferrarse a la existencia en esas duras condiciones.




El refrigerio en el restaurante La Fábrica ya se hacía imprescindible. Por la tarde, a las cuatro y media, el tren minero nos esperaba con puntualidad británica.



Así es, un tren de la época nos llevó siguiendo el curso del río por el camino de hierro que seguía el mineral para ser embarcado en los muelles de Huelva.

Una parada, un acercamiento al río colorado, un pequeño descanso; y vuelta a los vagones para deshacer el camino recorrido.



En definitiva, una visita muy recomendable, bien montada y de gran interés que nos deja en la retinas imágenes de otros mundos, como está intentando demostrar la mismísima NASA.


3 comentarios:

Orellana dijo...

Me sigues sorprendiendo con tu dominio de las tecnologías y del lenguaje.

Antonio Belzunce dijo...

Te faltan algunas fotos del Museo y el menú de La fabrica.
Por lo demás, estupendo.

Antonio López Castilleja dijo...

Magnífico paseo por las tierras mineras y las aguas rojizas de "Marte". Hay que seguir dando a conocer lo que tenemos tan cerca y resulta tan atrayante.